Olvidar Cataluña

Aleix Vidal-Quadras

Malditas sean las naciones y malditos son los hombres nacionales…! Amo a todos los vasallos del Rey nuestro Señor, y a los napolitanos por ventura dando ocasión de celos a los españoles, porque me parece grande pilar de la monarquía del Rey, y no soy yo nacional, que es cosa de muchachos.»

(Carta del Conde-Duque de Olivares al Marqués de Torrecuso, maestre de campo napolitano, a raíz de una discusión de éste con el Conde de Santa Coloma, catalán y Virrey de Cataluña.)

A lo largo de los dos últimos meses, algunas voces procedentes del campo del nacionalismo se han congratulado del resurgir de esta doctrina y se han ufanado, en expresión no exenta de optimismo, del «triunfo de nuestras ideas».

Curiosamente, esta euforia ha venido motivada por sucesos tan preocupantes como los sangrientos pogroms étnicos en algunas repúblicas soviéticas, la amenaza inquietante de disputas fronterizas violentas entre diversas naciones de la Europa del Este o los crecientes síntomas de inminente erupción del heterogéneo volcán plurinacional, pluricultural y plurirreligioso que durante los últimos tres siglos ha ido conformando el imperio ruso. Es de suponer que la invasión brutal del indefenso emirato de Kuwait por parte de Irak también ha contribuido, al tratarse, obviamente, de una agresión inspirada entre otros motivos por un exacerbado nacionalismo, a estimular las antedichas alegrías.

Resulta aparente, y así lo han señalado numerosos analistas, que el crepúsculo de la guerra fría y de la política de bloques ha hecho emerger otro tipo de fuentes de conflicto, entre los cuales los fundamentalismos religiosos y los nacionalismos ocupan un lugar siniestramente destacado. El hecho de que este fenómeno por tantos motivos negativo haya sido invocado desde las filas de los nacionalismos catalán y vasco como una muestra del vigor ideológico de sus tesis, ilustra, una vez más, la ausencia de rigor y la manipulación superficial de los acontecimientos históricos en los que estos sectores caen con excesiva frecuencia. Considerar el triunfo episódico de una determinada doctrina social o política como un argumento per se a favor de su bondad o legitimidad no parece a estas alturas demasiado serio. Un enfoque semejante podría ser igualmente aplicable al fanatismo chiita de nuestros días o a la barbarie fascista de las décadas de los treinta y los cuarenta, cosa que difícilmente podría ser aceptada por un nacionalista catalán o vasco dotado de un mínimo de sentido común.

En cualquier caso, el nuevo escenario mundial establecido tras la evaporación del marxismo devuelve a los nacionalismos un protagonismo indudable y constituye un acicate para la reflexión sobre estos movimientos desde la presente realidad española. En particular, el nacionalismo catalán, cuya influencia decisiva en la vida pública del Principado durante este siglo nadie se atrevería a negar, ofrece un interesante motivo de análisis, no tanto por sus contenidos, que, tal como sucede en todas las corrientes nacionalistas, son de una trivialidad decepcionante, sino por sus peculiaridades, que lo singularizan, y por el reto intelectual que representa el esclarecimiento de los factores sociales, económicos, históricos y políticos que determinan su amplio éxito electoral y su considerable poder de movilización. Asimismo, resulta indispensable poner de relieve las severas limitaciones que el nacionalismo presenta a la hora de ofrecer soluciones válidas a los problemas de Cataluña y contribuir eficazmente a su progreso y a su prestigio en el contexto español y europeo.

Esquematismo reduccionista

El tema es, por supuesto, muy vasto, y no puede ser agotado en un artículo breve, por lo que me limitaré a apuntar algunos aspectos a mi juicio particularmente interesantes y a intentar ofrecer líneas de pensamiento alternativas tendentes a romper con el esquematismo reduccio nista típico de los enfoques na- cionalistas.

El nacionalismo es una doctrina intelectualmente insatisfactoria en la medida que transforma las contingencias —las naciones, las lenguas y las culturas nacen, viven y desaparecen— en absolutos sacralizados y que basa su capacidad de explicar la realidad social en la circunstancia importante, pero no esencial, de pertenecer a una determinada etnia, religión o cultura. Todo nacionalista sincero se ve inexorablemente compelido a abdicar parcial o totalmente de interpretar el mundo mediante la racionalización de sus mecanismos y ha de estar dispuesto, mal que le pese, a desplazar la sede de sus posibilidades de comprender su entorno político, económico, religioso y cultural de su cerebro a su intestino grueso. Una vez llevada a cabo, de manera consciente o inconsciente, esta estremecedora maniobra, el nacionalista ya está listo para las más importantes hazañas porque la fe puede desplazar montañas mientras que la razón sólo puede aspirar modestamente a entenderlas. Consecuentemente, uno de los problemas cruciales de los líderes nacionalistas responsables y el caso catalán es un buen ejemplo estriba en controlar las fuerzas poderosísimas que contribuyen a desatar y que resultan en ocasiones de difícil encauzamiento.

El nacionalismo resulta extraordinariamente motivador en el plano individual porque descansa en instintos y atavismos profundamente enraizados en la naturaleza humana. La seguridad que proporciona la conciencia de pertenecer a un grupo homogéneo, el odio o el temor a lo que es distinto o extraño, la satisfacción narcisista de percibir el universo a través de lo que uno es o pretende ser y la necesidad de autoafirmación frente a los demás laten en el núcleo oscuro y oculto de los fervores nacionalistas.

En el terreno de lo colectivo, el nacionalismo es extraordinariamente complejo y multiforme, y la simple tarea de clasificar los nacionalismos o, como cuestión previa, establecer criterios significativos para una taxonomía clarificadora de los mismos, representa una tarea formidable para el sociólogo o el politólogo, y existen todavía notables discrepancias al respecto.

Singularidad

El nacionalismo catalán, tal como quedó articulado desde los inicios de nuestro siglo, ofrece aspectos singulares que lo envuelven en un aura de originalidad y que le proporcionan los elementos para escapar de la linealidad mentalmente empobrecedora propia de su esfera ideológica.

Entre las características que hacen del catalán un nacionalismo poco común, cabe destacar en primer lugar el hecho histórico de que Cataluña jamás ha tenido un Estado propio, y, en este contexto, no tiene un Estado que «recuperar». La carencia de un lastre de nostalgia de un Estado que un día fuera suyo proporciona al nacionalismo catalán una mayor libertad de movimientos y una superior flexibilidad a la hora de buscar salidas no estándar a sus frustraciones. Resulta innecesario aclarar que el mosaico de condados de los siglos IX al XI o el reino catalano-aragonés de los siglos XII al XV, con sus sucesivas divisiones y recomposiciones, no pueden ser en absoluto asimilados a un Estado en el sentido moderno del término.

Otra cuestión a destacar es que de las dos violaciones territoriales clásicas del principio nacionalista, a saber, una nación partida en varios Estados o un Estado que encorseta a varias naciones, Cataluña es, a los ojos de sus nacionalistas, un espécimen híbrido. Por una parte, el Estado español es conceptualizado como un armazón jurídico-administrativo que las diversas naciones existentes en su seno, entre ellas la catalana, soportan a regañadientes, y, por otra, una visión pancatalanista romántica presenta los hipotéticos Países Catalanes repartidos entre los Estados español y francés, con la denominada «Cataluña Norte» al otro lado de los Pirineos.

Un tercer aspecto notable es la práctica división de los ciudadanos de Cataluña en dos mitades no disjuntas, una de castellano y otra de catalano-parlantes. Los grandes movimientos migratorios hacia Cataluña en busca de puestos de trabajo procedentes de otras partes de España, muy especialmente en los años cincuenta y sesenta, han creado una sociedad de un bilingüismo complejo y de un curioso sincretismo cultural. Las lenguas castellana y catalana se mezclan, entrecruzan, barbarizan y conviven en un equilibrio fascinante y dinámico. No es infrecuente participar en conversaciones múltiples en las que los interlocutores pasan de una lengua a otra en rápida sucesión según a quién se dirigen y recurren a vocablos castellanos o catalanes indistintamente para afilar una idea o precisar un matiz. No existe, como en Bélgica, una coincidencia entre división territorial y lingüística, sino que las dos lenguas permean todo el país en una inextricable interrelación. Esta realidad viva, estimulante e irreversible produce una aguda irritación en los nacionalistas, que se han embarcado en una ingente tarea para lograr lo que ellos denominan «normalizar» lingüísticamente el país, es decir, conseguir una Cataluña monocroma y monolingüe en catalán, con el castellano como lengua puente hacia el resto de la Península.

La revisión actualmente en estudio por parte del Gobierno nacionalista de la vigente Ley de Normalización Lingüística contempla incluso acciones sancionadoras contra empresas privadas o comercios que no se atengan a los mencionados criterios uniformizadores. Es ocioso decir que si semejante disparate se llevase al Parlamento de Cataluña en forma de proyecto de ley, se suscitaría un debate muy encendido y la convivencia pacífica de los catalanes se vería seriamente perturbada.

La burguesía catalana

Por último, es interesante destacar que el catalán constituye un ejemplo paradigmático de nacionalismo estrechamente ligado a procesos de modernización e industrialización, hasta el punto de que casi podría ser un arquetipo al respecto. En efecto, la poderosa síntesis entre cultura y política que cristalizó en el novecentismo y que vertebró definitivamente al catalanismo en su vertiente pública, se apoyó en la voluntad de una clase social, la burguesía catalana, de superar el decadentismo epañol de finales del siglo XIX. Tal como ha puesto magistralmente de manifiesto Ernest Gellner, el nacionalismo es una consecuencia obligada de las necesidades de las sociedades industriales modernas, que requieren una cultura homogénea, completa y alfabetizada dentro del territorio del Estado para garantizar la eficacia de un sistema de producción en permanente progreso. Esto exige a su vez un sistema educativo piramidal que proporcione individuos con nivel de conocimientos superior a un umbral mínimo, intercambiables socialmento móviles.

La burguesía catalana de las primeras décadas del siglo XX emprendió decididamente la incorporación de su país a lo que en lenguaje tofleriano sería la segunda ola, pero en franca oposición a la estructura general española de la época, caciquil, inmovilista y con un peso excesivo del sector primario. Por tanto, se vio obligada a fabricar su propio ámbito cultural homogéneo dentro de su pequeño territorio, y es ilustrativo recordar cómo la Mancomunidad creó el Instituto de Estudios Catalanes y la Biblioteca de Cataluña, y encargó a Pompeu Fabra la construcción de una lengua moderna, apta para posibilitar el funcionamiento de una sociedad avanzada en renovación permanente.

Una vez encendida la antorcha nacionalista y puesta de manifiesto su eficacia movilizadora, se la disputaron diversas manos, y con el advenimiento de la República pasó a ser bandera de la izquierda. Posteriormente, la oposición a la dictadura franquista haría un uso abundante y generalizado de las reivindicaciones nacionalistas y las integraría como una componente clave en su lucha por la recuperación de las libertades políticas.

El sostenido triunfo electoral del nacionalismo en Cataluña durante los últimos diez años se explica a partir de su identificación con la resistencia al régimen anterior, de su habilidad para aparecer como la opción más útil frente al socialismo centralista y fiscalizador y de su carácter de instrumento de ciertas élites para controlar políticamente el país y crear una tupida red de influencias clientelares.

La experiencia actual

Sin embargo, el triunfo de una ideología no significa necesariamente que sea social o moralmente correcta, la posesión de la mayoría proporciona el poder pero no siempre garantiza la posesión de la verdad o la acción más adecuada. A la luz de los diez años de experiencia de administración nacionalista en Cataluña, se puede llegar a la conclusión de que el nacionalismo no ha sabido proporcionar al país un horizonte ambicioso ni lo ha colocado, a pesar de su voluntarismo retórico, en el lugar que potencialmente merece en España y en Europa.

A diferencia de lo que en su día hicieron ejemplarmente Prat de la Riba y Cambó, situando a Cataluña a la vanguardia de un ambicioso proyecto de renovación social, cultural y económica, transformándola en referencia de modernización y de progreso para el resto de España, Sa versión pujolista del nacionalismo catalán actual es de una anodina atonía.

De la misma forma que los hombres del novecentismo se lanzaron imaginativa y valientemente por la senda de la industrialización modernizadora con todas sus secuelas positivas en los ámbitos de la creación de infraestructuras, de impulso a la educación y la formación y de fomento de las nuevas tecnologías, el nacionalismo pujolista podía haber enfrentado sin vacilaciones los retos propios de nuestra época. Lejos de ello, sus actuaciones en campos tales como la gestión medioambiental, la universidad, la investigación o la articulación de una administración pública ágil, flexible y eficaz han sido de una pobreza y de una falta de ambición decepcionantes.

Nueva Revista. 1ª serie. Núm. 11

«El contraste entre el discurso nacionalista catalán de nuestros días, construido sobre conceptos tales como la competitividad, la modernidad o el europeismo, y lo limitado de sus avances en todas estas direciones, resulta particularente sonrojante.»

La revista The Economist se refería en junio de 1988 al líder de la actual mayoría gobernante en Cataluña en los siguientes términos: «Short in words and in stature, Mr. Pujol makes unmemorable speeches and governs unexcitingly». Y parece obvio que nuestra época y sus desafíos gigantescos centrados en la conservación del planeta, en la revolución tecnológica y en el ocaso de las ideologías, no aconseja precisamente estilos de gobierno carentes de brío y de nervio creativo. El contraste entre el discurso nacionalista catalán de nuestros días, construido sobre conceptos tales como la competitividad, la modernidad o el europeísmo, y lo limitado de sus avances en todas estas direcciones, resulta particularmente sonrojante.

Otra característica negativa del nacionalismo catalán hoy gobernante en la Generalidad es su impúdica ambigüedad en torno a los temas de fondo que definen un modelo de sociedad. Los posicionamientos de los diputados catalanes nacionalistas en el Congreso sobre cuestiones tan trascendentes como la despenalización del consumo de drogas, el sistema educativo, la sanidad o la currupción han sido sistemáticamente de una vaporosidad acomodaticia ante las tesis socialistas, cuando no de un seguidismo rayano en lo servil.

Las grandes líneas de actuación de los nacionalistas en el gobierno de la propia Cataluña dentro de sus amplias competencias autonómicas se han caracterizado también por una notable indefinición ideológica que ha dado lugar a ominosas contradicciones entre una retórica de defensa de la sociedad civil y de la libre iniciativa y una voluntad apenas disimulada de control y tutela. Un presupuesto en el que el endeudamiento comienza a ser una losa, con un predominio crónico del gasto corriente sobre la inversión, una Ley de Sanidad que consagra un modelo rígidamente burocratizado o un documento de estrategia que recomienda, entre otras minucias, colocar personas adictas en puestos claves de los medios de comunicación, de los colegios profesionales o de las universidades, no sugieren precisamente un clima de respeto a las libertades.

Dualidad

En cierta ocasión, ante un erizado consejero de Cultura —persona educada y agradabilísima, me complace reconocerlo, cuando no está ejerciendo de nacionalista—, utilicé en el Parlamento un símil extraído de la física que ilustra claramente la senda por la que, a mi entender, los catalanes debemos buscar en el futuro nuestro equilibrio interior como pueblo. De la misma forma, dije, que la luz se comporta en determinados fenómenos, tales como la difracción, de manera ondulatoria, aparece en otros, tales como el efecto fotoeléctrico, como un conjunto de corpúsculos, y es imposible afirmar, sin cercenar la realidad, que la luz es una onda o un haz de corpúsculos. Es las dos cosas a la vez, y por ello la física se vio obligada a introducir una nueva idea que describiese este hecho inasumible por el sentido común ordinario. Hoy en día ningún físico se altera cuando emplea el concepto de dualidad onda-corpúsculo. También los catalanes somos duales, y debemos hacer simultáneas, compatibles y complementarias dos realidades igualmente presentes en nuestra estructura espiritual. Podemos ser, y es bueno que seamos, catalanes y españoles, de la misma forma que la luz es ondulatoria y corpuscular. Reclamar o incluso exigir nuestro autogobierno y el ejercicio de nuestra identidad no ha de ser obstáculo para sentirnos parte de la empresa común española y participar activamente en la marcha del Estado. Hablar, escribir y soñar en nuestra lengua catalana no significa que en el fondo de nuestras almas no resuene también como propia la lengua castellana, que nos hermana con otros muchos pueblos de pasado grandioso y compartido.

La obsesión por la diferencia es mala consejera, y la preocupación constante por el continente nos hace descuidar lo realmente importante, que es el contenido. Tal como recomienda ingeniosamente uno de nuestros pensadores contemporáneos, hemos de hacer un esfuerzo para olvidar un poco a Cataluña si deseamos que nos quede tiempo y energías para trabajar por ella.

Ser un caballero no significa siempre saber griego, esgrima y equitación, sino, en ocasiones, haberlos olvidado. Hagamos, pues, este ejercicio purificador de olvidar ligeramente a Cataluña para mejor servirla.

En una carta que el actual y carismático presidente de la Generalitat escribía en abril de 1981 al entonces presidente del Gobierno, el nada carismático pero agudamente inteligente Leopoldo Calvo Sotelo, le decía: «Reiteramos nuestro deseo de aplicar la política que nos marcó Cambó: querer para Cataluña la libertad y para España la grandeza». Tengo la convicción-o, si se quiere, la sospecha de que ya es hora de invertir los términos de esta ecuación. Como catalanes, y desde Cataluña, sería bueno empezar a concentrar sin reservas nuestros esfuerzos en el impulso de las libertades en España, ganando al mismo tiempo para nuestros colores una pátina de grandeza.