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El poeta, ensayista y novelista Andrés Trapiello (1953) vuelve, como casi cada año, como vuelven las oscuras golondrinas, a publicar un tomo de su diario. Las cosas naturales siempre vuelven. Desde que en 1990 publicase El gato encerrado, pocas veces ha faltado a la cita con sus lectores. El volumen de este año narra el año 2008, se titula Diligencias y hace el número 22 de la serie, titulada Salón de pasos perdidos.

Para los lectores habituales la publicación de un nuevo tomo es un acontecimiento, una fiesta literaria, un placer. Para el crítico es una prueba de fuego. Porque mientras que el lector que está en el secreto lo que quiere es que se pondere la última entrega y se compare con las precedentes en una especie de juego o contradanza de reconocimientos y variaciones, el lector que no conozca estos libros más que de oídas necesita una explicación previa. Muy obvia para el trapiellófilo, obligatoria para el recién llegado. Sin ella, aun aceptando que es una lectura deliciosa, se le escaparía su importancia literaria, social y biográfica.

"Diligencias" (Editorial Pre-Textos), 512 págs.
“Diligencias” (Editorial Pre-Textos), 512 págs.

Los diarios de Andrés Trapiello hay que encuadrarlos en la tradición de la literatura del yo, arrancando de las Confesiones de Agustín de Hipona, nada menos, y su descubrimiento de la intimidad. Los libros de Teresa de Jesús también contribuyen a delimitar el campo de acción del género, con su prosa cercana y sabrosa, su aire de sinceridad («tono de confesionario» lo bautizaría Baudelaire), el sentido del humor, la legítima defensa, la variedad temática, la mezcla de reflexión y anecdotario, etc. Un mérito de Trapiello es incorporarse a esa tradición aportando su sello, pero fidelísimo a la naturaleza del género, que conoce y ha estudiado profundamente, como demuestran sus conferencias en la Fundación March.

Partir del origen ayuda a comprender la explosión del género diarístico desde los años 30 del siglo pasado y, sobre todo, en los últimos decenios. El fenómeno lo ha destacado Adam Zagajewski (En la belleza ajena, Acantilado, 1998): «Somos testigos de esta renovación de la literatura. Diarios de escritores, memorias, autobiografías retornan a esa tradición arcaica, a escribir la historia desde el punto de vista de un hombre soberano y no de un profesor adjunto».

Ortega: “Se olvida demasiado que el hombre es imposible (…), sin idear el personaje que va a ser”

Acierta el prestigioso poeta polaco al subrayar la soberanía del hombre corriente, y José Ortega y Gasset lo pone en su contexto histórico. En La rebelión de las masas (1929), se preguntó: «Al contemplar en las grandes ciudades esas inmensas aglomeraciones de seres humanos… ¿Puede hoy un hombre de 20 años formarse un proyecto de vida que tenga figura individual…?» Ya había adelantado la respuesta en Meditaciones del Quijote (1914), donde alertó de la necesidad del hombre de salvar su circunstancia para salvarse a sí mismo. En Historia como sistema (1935) precisó que esa salvación ha de ser literaria: «Se olvida demasiado que el hombre es imposible sin imaginación, sin la capacidad de inventarse una figura de la vida, sin idear el personaje que va a ser. El hombre es novelista de sí mismo, original o plagiario». En el Prólogo para alemanes (1932) remacha: «¡La vida resulta ser, por lo pronto… un género literario!»

Desde esta perspectiva se entiende mejor la proliferación de diarios en el mundo contemporáneo, que no es una moda, sino una necesidad. De ahí su carácter íntimamente épico y subrepticiamente político. Este fenómeno lo desarrollé en este pequeño ensayo. Que Trapiello, sin ser particularmente orteguiano, es muy consciente del reto lo demuestra la cita de Benito Pérez Galdós (Fortunata y Jacinta I, 3, III) que encabeza todos y cada uno de los tomos de su diario: «Por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela.»

El lector que se encuentre por primera vez con cualquiera de los tomos del diario de Trapiello necesita además otra perspectiva. Junto a las tradiciones venerables y las corrientes actuales, ha de conocer que ese libro que tiene entre las manos es un volumen más en una obra ya monumental, de 22 tomos («y los que te rondaré, morena»), que ocupa (por ahora) más de 11.000 páginas.

Esta perspectiva es necesaria por dos razones. Para calibrar la importancia objetiva del proyecto literario en el que, como lector, se adentra. Lee, en buena medida, los Episodios Nacionales de la España actual, más biográficos, como corresponde por reacción a esta época tan saturada de ficciones novelísticas, televisivas, periodísticas y hasta políticas, pero igual de atentos —de reojo— a la evolución cultural, política y social de nuestro país, testigos de excepción de la Historia desde su intrahistoria.

La segunda razón es que una buena parte del atractivo de esta lectura consiste en dejarte llevar por el paso del tiempo, sus ritmos y recurrencias, como en cualquier vida; y sobresaltarte por sus giros inesperados, celebrando los buenos y llorando los otros. No fue un acierto pequeño que la colección conmemorativa de ensayos sobre Salón de pasos perdidos que se publicó en 2009 se titulase Vidario, porque de lo que da testimonio este proyecto, día a día, es de una vida.

Partiendo de aquí, podemos por fin entrar en el nuevo diario. En Diligencias encontramos lo de siempre y lo nuevo, entreverados. Como los últimos tomos, es algo más breve y este año hay más entradas más cortas, casi aforísticas. En ellas, abundan las greguerías exentas («Las mimosas florecidas, todo el árbol como ese instante en que estalla un fósforo antes de ser llama»); porque los aforismos, en realidad, a Trapiello ya le salen solos y redondos a cada paso en el interior de su prosa cotidiana. Por ejemplo, éste, de una psicología tan perspicaz, incluido en la crónica de una visita a Cádiz: «“Se vende”. Es ese uno de los carteles que más fantasías han despertado, porque la mayoría de los cándidos pensamos: “Se compra”».

“Se advierte que es un hombre bueno en que es un hombre con humor”

Volvemos a encontrar el costumbrismo cotidiano («La eterna margarita social: ¿saludo, no saludo? Me saludan, no me saludan…»), la crítica del mundo cultural («En el periodismo, como en este mundo, sólo te dan lo que ya tienes, sean reseñas o premios»), la hilarante mofa del arte moderno («De un pollock grande podrían hacerse seis pollockitos, y de un rothko, dos o tres rothkitos»),  y una sabiduría profunda que crece con los años: «Se advierte que es un hombre bueno en que es un hombre con humor. El humor es una condición necesaria de la bondad, tanto o más que la verdad es una condición necesaria de la belleza».

Hallamos, precisamente, el mismo humor de siempre, quizá más dulcificado. Idéntica pasión por las palabras, que es amor por la realidad y que le hace capaz de detenerse a apuntar las diferencias entre la mula burrera y la yeguata, el mulo burrero y el yeguato. Trapiello utiliza, como quien no quiere la cosa, un vocabulario exacto y riquísimo, en la estirpe de Azorín.

En Diligencias hay una profundización en uno de los grandes temas del diario: la poesía conyugal, tierna incluso cuando se describe un enfado. Está el incansable interés por la vida de los vecinos, que en este tomo alcanza una cumbre de emoción contenida en la historia del joven electricista y sus hermanos, a los que llaman “los peregrinos”  (páginas 256-263). También hay un quijotesco enfrentarse a las miserias pequeñas del mundillo literario, como cuando cuentan anécdotas chuscas o denigrantes, apócrifas, de Juan Ramón Jiménez y él se revuelve así: «Si es por pintarle bigotes a la Monalisa, se entiende, pero si no, es como para cagarse en su puta madre, dicho esto en general, sin pensar en la madre de nadie en concreto». La prosa de Trapiello ha llegado a un nivel desde el que puede insultar con tanta crudeza como delicadeza, a la vez, sin confundir lo cortés con lo valiente.

Las novedades las pone por su cuenta la vida: la edad de los hijos, sus finales de carrera, sus novias, sus proyectos; y algún susto de salud, que queda en eso. La importancia que cobra el deporte (visto, no practicado) no me la esperaba. Lo comenta con pasión en varias ocasiones, y con una épica hilarante en la antológica crónica de la final de Wimbledon de Nadal (págs. 337-342). El paso de la edad se observa con curiosidad y trae más sabiduría y humor que melancolía y tristeza. Véase esta nota a vuelapluma: «A todo se llega: me cuesta ya más enviar un libro que escribirlo».

Vidario: Recetario para construir vidas

A veces nos hemos preguntado quién leerá en el futuro una obra tan monumental y tan pegada a la cotidianidad de un hombre. Pocos trapiellólogos no habremos fantaseado alguna vez con hacer una antología o con extraer una aforística o, sobre todo, con montar unos tomos temáticos. Habría materia para dedicar un volumen a cada uno de estos tópicos u otros: matrimonio, hijos, política, oropéndolas, lechuzas y ruiseñores, conferencias en provincias, mendigos, metadiarística, enfermedades e hipocondrías, melancolías, vidas ejemplares, vecinos de Conde de Xiquena, vecinos de Las Viñas, familia, familia política, cenas de sociedad, estrellas, labores del campo, palabras preciosas, difuntos, disputas, memoria histórica, y retratos de amigos. Saldrían exactamente (el orden de los factores…) otros 22 tomos.

Sin embargo, perderíamos lo esencial, que es la vida. No tanto la de Andrés Trapiello, ojo, que seguiría tan fresca en los fragmentos, como la del lector, que acude a estos tomos, quizá sin ser consciente del todo, porque son una escuela sostenida en el tiempo de personalismo e individualidad. Adiestran a la mirada a ver la cotidianidad iluminada, guían el pensamiento y el sentido crítico y animan a la introspección. Dice Trapiello: «Sin ánimo de ofender a nadie: yo soy como todo el mundo», y ese «yo» es al que todo el mundo, como quería Ortega, ha y hemos de aspirar. ¡Con cuánto trabajo en estos tiempos! Andrés Trapiello se lo dice a él, pero lo oímos todos: «Hemos de conducirnos noblemente en atención al muerto que todos llevamos dentro».

Ese reto moral ante el que nos pone y para el que nos prepara hace que su diario no vaya a pasar ni necesite de estrategias de embalsamiento o marketing para el futuro. Siempre habrá lectores que acudan a él como a un vidario, esto es, como un recetario gracias al cual construir sus propias vidas.


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.