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1cub_velazquez.jpgLas relaciones, influencias e incluso los textos que dejó Picasso sobre Velázquez son algo que han estudiado casi todos los especialistas en el pintor malagueño y también, de manera menos abundante, los expertos en la obra del sevillano. Sin duda los dos maestros más importantes de la historia de la pintura española necesitaban un ensayo como el que ha acometido Rafael Llano. Y digo ensayo porque no es un estudio biográfico, tampoco estilístico, y mucho menos crítico sobre la influencia de Velázquez en Picasso, sino más bien la mezcla de todos ellos: la visión de cómo el segundo interpretó y llevó a cabo las lecciones del pintor barroco en sus lienzos. Es también interesante el libro porque no pretende establecer hipótesis de trabajo, sino más bien porque describe lo que ve, lo que toca, lo que un día el autor empezó a experimentar mientras contemplaba en el Museo Picasso de Barcelona las versiones de Las meninas y sintió el irrefrenable impulso de ponerse a escribir.

Durante los últimos años hemos asistido a debates muy interesantes sobre Las meninas de Velázquez. Este lienzo ha escondido para los estudiosos interpretaciones tan variadas, y en ocasiones tan disparatadas, que solo han hecho crecer el mito de una pintura que sigue apasionando a los historiadores, casi tanto como a los pintores y críticos. El último debate, propuesto por Manuela Mena, quiso ahondar —gracias a las nuevas técnicas radiográficas y radiológicas— en una visión del cuadro más alegórica, identificándolo con la educación de Margarita de Austria como heredera del trono. Fallecido su hermano Baltasar Carlos y casada su hermana María Teresa con el rey francés, solo quedaba en la corte una mujer capaz de dar continuidad a la monarquía. Y por eso Velázquez retrata a la infanta en el centro de un cuadro donde los personajes juegan papeles dobles, triples o simulados, pero todos en función de la esperanza que esa niña aportaba a una dinastía ya en caída libre. Luego vendrían John Elliot y Jonathan Brown a deshacer en parte aquella hipótesis de la conservadora del Museo del Prado, pero algunos de sus planteamientos parecerían adivinados décadas antes por un Picasso lleno de vitalidad creadora y, a la vez, deudor de una tradición e historia a la que nunca quiso renunciar.

Tampoco aquello era una novedad en Velázquez. Recordemos que unos años antes había hecho lo propio en otro lienzo: la Lección de equitación del príncipe Baltasar Carlos. Entonces los reyes, validos y cortesanos presentes en la escena acompañaban al heredero de otra manera. Había esperanza y alegría en aquella imagen. Futuro. Nada que ver con Las meninas. Y parece que Picasso captó mejor que nadie el mundo en descomposición que se traslucía detrás de la obra maestra velazqueña. Seguramente algo parecido a lo que Picasso percibía entre agosto y septiembre de 1957 cuando plasmó la serie de 58 lienzos sobre Las meninas que conserva hoy su museo barcelonés.

Por eso cuando he leído algunas de las propuestas de Rafael Llano en su voluminoso ensayo, he creído no solo resucitar ese debate en torno a la creación velazqueña, sino la asunción, por parte de Picasso, de esa controversia, además de una visión compleja y variada, que solo una serie de muchos cuadros podía recrear. Picasso en cada una de sus meninas hace una interpretación diferente: del espacio, del color, de cada uno de los personajes, de cada gesto, de cada ausencia, de la luz, de cada espejo que enseña o no enseña a unos difuminados y fantasmales reyes. Por eso he apreciado en la morosidad descriptiva de Llano, en el detalle con el que explica cada una de las pinceladas, sombras y colores, la verdadera interpretación que de cada una de ellas quiso hacer el propio Picasso. Es su gran hallazgo. Estoy convencido de que es exactamente lo que Picasso pretendió, y por eso mismo este libro ya merece la pena.

Pero hay más. Rafael Llano ha titulado su libro Picasso frente a Velázquez, y aunque conocemos algunos trabajos sobre las relaciones entre los dos pintores, especialmente los textos que dedica a cada uno de los lienzos del malagueño Palau i Fabre (Polígrafa, 1982), los últimos años han sido particularmente ricos en aportaciones, gracias sobre todo a las exposiciones del Guggenheim de Nueva York y del Museo Picasso de Málaga, comisariadas ambas por Carmen Garrido. Y hay más, porque estos nuevos trabajos demuestran que lo que hizo Picasso con sus meninas no eran solo su deseo de agotar una etapa creativa, por ejemplo, como el cubismo —desarrollado apenas en unos años—, sino en hacer todo un planteamiento acabado sobre lo que él podía aportar, gracias a sus infinitos recursos, a su visión del arte.

Por lo demás, el libro incluye la reproducción en color de cada uno de los 58 lienzos que componen la serie, y que Picasso quiso mantener unidos al legarlos en 1968 a la ciudad de Barcelona; así como el único dibujo preparatorio y reconocido de la misma. También se reproducen otros óleos y dibujos del malagueño, así como algunas fotografías de David Douglas Duncan pertenecientes al archivo de Harry Ranson Center, de la Universidad de Austin (Texas), fotografías que fueron tomadas en el mismo momento y lugar —el estudio/vivienda en La Californie, en Cannes— en que Picasso pintó la serie.

Con este libro Rafael Llano, profesor de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid y comisario de varias exposiciones, consigue una obra de referencia sobre Picasso que, sin agotar el tema, resultará obligado consultar y citar cada vez que se aluda al mismo.

Fernando Rayón


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