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Ver productos1 Nov 1990 - 9min.
La mayoría de los observadores políticos de la reforma democrática que dio lugar a nuestro actual régimen político han destacado la importancia que tuvo en este proceso la construcción del Estado de las autonomías.
Durante los 14 años de historia electoral del régimen monárquico constitucional un hecho político de primera magnitud ha sido el auge del voto nacionalista en regiones como el País Vasco y Cataluña. En el caso que nos ocupa, las formaciones políticas de ámbito circunscrito a la nacionalidad vasca, pasaron de un 38 por 100 a más de dos tercios del total de sufragios emitidos. Por el contrario, las opciones «españolistas» tuvieron que conformarse en las últimas elecciones autonómicas con un modesto 31 por 100.
La persistencia del terrorismo y la hegemonía nacionalista fueron los factores decisivos de la política vasca durante la transición.
Mas, a mi juicio, esta consolidación de la hegemonía del voto nacionalista en estas dos nacionalidades históricas oscurece otras realidades políticas. En efecto, poco tiene que ver el voto al PNV con el otorgado a la coalición Herri Batasuna, como no sea la distribución generacional en el seno de las familias vascas. Esta hegemonía difícilmente puede traducirse en un frente de gobierno de carácter nacionalista, pues las líneas divisorias que separan al PNV, EE, EA y HB son demasiado notorias. Unicamente la perspectiva, improbable, de una reunificación del PNV podría permitir sumar voluntades con partidos como Euzkadiko Ezquerra hasta lograr una eventual mayoría absoluta nacionalista democrática.
Buena parte de los profesionales de los medios de comunicación y de los analistas políticos observaron con sorpresa el pacto de gobierno, primero de legislatura, entre el PSOE y el PNV en 1986. Parecía impensable que la hegemonía global de las formaciones nacionalistas dejara pasar la oportunidad de formar de nuevo un gobierno exclusivamente nacionalista. Por otro lado, desde la experiencia de las fuertes desavenencias entre socialistas y nacionalistas vascos durante el Gobierno del lehendakari Garicoechea, el pacto de gobierno PNV-PSOE parecía un giro político demasiado brusco. Sin embargo, a poco que se profundice en la historia política vasca de los últimos 50 años se observa una tradición muy diferente, únicamente oscurecida por el ascenso del nacionalismo radical.
La idea fundamental que quiero destacar aquí es la existencia de una continuidad política en el caso de las dos formaciones mayoritarias vascas del periodo democrático republicano, reforzada por la persistencia de una alianza política entre el PNV y el PSOE desde 1936 hasta 1979, capaz de dirigir buena parte de la oposición vasca a la dictadura.
Los nacionalistas vascos fueron los más importantes y persistentes colaboradores del socialismo español durante los largos decenios de represión, clandestinidad y exilio. Esto no significó que no existieran conflictos interpartidarios, así como líneas divisorias en el seno de los dos partidos producidas por las relaciones con el fraternal aliado. Pese a todo ello, el pacto de gobierno entre el PNV y el PSOE pervivió durante 45 años, todo un récord de estabilidad y colaboración políticas.
En efecto, desde el comienzo de la guerra civil las dos formaciones políticas mayoritarias, el PNV y el PSOE, iniciaron una colaboración para la lucha contra las fuerzas franquistas y la defensa de las libertades y del recién concedido Estatuto de autonomía. El resto de los partidos que representaban ese característico pluralismo vasco —republicanos liberales, comunistas y nacionalistas progresistas—, participaron también en el Gobierno vasco pero desde el comienzo el eje de la colaboración pasó por nacionalistas vascos y socialistas.
Una vez ocupada la totalidad de la zona del País Vasco fiel a la República en la primavera-verano de 1937, el PNV se incorporó a los dos primeros gobiernos frentepopulistas presididos por el doctor Negrín. La colaboración gubernamental del PNV finalizó en el verano de 1938, debido a un gesto de solidaridad con el nacionalismo catalán y a otras divergencias respecto a la evolución política de la zona republicana.
Una vez finalizada la contienda incivil, se produjo el lógico colapso de las instituciones republicanas incluidas las autonómicas. Durante la segunda guerra mundial, Negrín, Irala y Aguirre mantuvieron de manera fantasmal la estructura de los gobiernos republicanos y autonómicos. Fue en este periodo cuando las relaciones entre socialistas y nacionalistas estuvieron bajo mínimos debido a la dispersión del exilio y a las fuertes disputas y recriminaciones interpartidarias en el exilio hispanoamericano.
Hay que tener en cuenta que Prieto consideraba a los «separatismos» como uno de los principales demonios ideológicos que facilitaron la extensión de la sublevación militar y la reacción de la derecha contra la República. Por si fuera poco esta posición del líder socialista español, existía en el seno del socialismo vasco una fuerte tendencia, representada por Aznar, Salinas y Toyos, partidaria de reconocer el hecho nacional vasco por encima del estatuto de autonomía regional del 36 y, en consecuencia, de convertir al Comité Central Socialista de Euzkadi en un Partido Socialista de Euzkadi, plenamente soberano y confederado al PSOE. De todas formas, la mayoría de los socialistas vascos organizados en el exilio y en la clandestinidad fueron partidarios de mantener los vínculos establecidos en 1936 con los nacionalistas vascos sin superar el techo del Estatuto.
Sólo en 1945, el optimismo producido por la victoria aliada condujo a la reconstrucción de las instituciones vascas y republicanas desde una perspectiva unitaria. De este modo, al finalizar la segunda guerra mundial los partidos con actuación en el País Vasco firmaron el «Pacto de Bayona» que permitió la reconstitución del Gobierno vasco en el exilio y de instituciones de resistencia a la dictadura.
Los siguientes hitos de las relaciones entre socialistas y nacionalistas estuvieron determinados por el comienzo de la Guerra Fría. En primer lugar, en 1948 los socialistas consiguieron vencer la resistencia de Aguirre respecto a la expulsión del PCE de las instituciones vascas. Después, el acuerdo entre el PSOE y la Confederación de Fuerzas Monárquicas influyó en la marcha del pacto de gobierno y de la alianza de hecho bilateral.
Aguirre, desde una óptica decididamente democristiana y occidental, aceptó la solución plebiscitaria y democrática de la cuestión de la forma de régimen sugerida por las tres grandes potencias, y cuyo principal abanderado era Prieto. Sin embargo, no se llegó a producir la adhesión e incorporación efectiva de los nacionalistas al pacto entre socialistas y monárquicos. A cambio de la incorporación del PNV al Pacto y de un compromiso que reconociera algún tipo de instituciones vascas —por ejemplo, una diputación general— en la futura transición a la democracia, Aguirre llegó a ofrecer la disolución del Gobierno vasco.
El PSOE prefirió dejar las cosas como estaban pues no convenía restar un aliado, posible base de una futura colaboración con la incipiente democracia cristiana española, y la presencia nacionalista podría alarmar a la derecha y a los militares monárquicos.
Las instituciones y organizaciones obreras históricas vascas fueron capaces de impulsar una protesta obrera generalizada y movilización popular política de masas, sobre todo en Vizcaya, en 1947, 1951, 1962, 1964, 1967, 1969 y 1970. Por supuesto que, en las movilizaciones y protestas de la década de los sesenta, el nacionalismo radical, el comunismo y el nuevo obrerismo cristiano desempeñaron un papel creciente que equilibró la anterior hegemonía del PNV y del PSOE. Empero creo que no es correcto hablar de discontinuidad política sino de adaptación de las fuerzas tradicionales ante los cambios políticos y sociales de la España del desarrollismo².
En el caso del nacionalismo, la tensión apareció en los años cincuenta con la disidencia de las juventudes y la aparición de nuevas vanguardias universitarias radicales. Esto significó que Irujo y otros líderes nacionalistas defendieran tesis más nacionalistas frente a la colaboración con el PSOE de dirigentes democristianos del PNV como Aguirre o Landáburu.
Los socialistas vascos, liderados por Gómez Beltrán, Amat, Iglesias y Rubial, discreparon de las tesis antinacionalistas de «Don Inda». Durante los años cincuenta y primeros de los sesenta, al menos los dos primeros, defendieron la autonomía política del Comité Central Socialista de Euzkadi, la pervivencia del acuerdo con el PNV y actitudes comprensivas frente al hecho nacional vasco. El PNV firmó los Acuerdos de París en febrero de 1957 y la Unión de Fuerzas Democráticas (UFD) en 1961, dos plataformas de coordinación de la oposición democrática que respondían a la posición política del PSOE.
El ascenso de la izquierda «abertzale» supuso que, cuando se produjo el fallecimiento de Aguirre en 1960, y de Landáburu y de Gómez Beltrán en 1963, resurgieran algunas desavenencias entre el PSOE y el PNV. Por ejemplo, Irujo se opuso a profundizar la colaboración entre los dos partidos en el seno de la UFD y a toda alusión propagandística a España. Se podría decir que en el seno del PNV la competencia de los nacionalistas radicales reabrió la tensión interna entre los partidos de posiciones posibilistas, demo-liberales y reformistas de inspiración cristiana, y los defensores de una mayor firmeza nacionalista y de posturas ideológicas alejadas del reformismo cristiano. Estas dos «almas» del nacionalismo no resolverían sus contradicciones hasta entrada la década de los ochenta, con la escisión de Garaicoechea.
De todas formas, la colaboración entre el PSOE y el PNV se mantuvo durante el final de la dictadura aportando algo de estabilidad a la política de oposición en la polarizada sociedad vasca tras la espiral de violencia y represión. Incluso el giro politico-ideológico del PSOE y la renovación del liderazgo socialista en los primeros años setenta no supuso la ruptura de la alianza política. No obstante, existió la salvedad del pacto sindical que unía a UGT y ELA-STV desde 1960, denunciado por los solidarios en marzo de 1972.
La persistencia del terrorismo y la hegemonía nacionalista fueron los factores decisivos de la política vasca durante la transición.
Sin embargo, el PSOE venció en las elecciones generales de 1977, 1982 y en las autonómicas de 1986, constituyendo la minoría con mayor representación parlamentaria. Era la primera fuerza de Alava, la segunda de Vizcaya y, según los comicios, de Guipúzcoa. Para el nacionalismo vasco tradicional, el PSE-PSOE representaba a una parte fundamental de la sociedad del País Vasco. Mas la tensión terrorista, las dificultades de la reconstrucción de las instituciones vascas y la consolidación de la hegemonía del voto nacionalista, con un porcentaje creciente de la izquierda «abertzale» hizo que el PNV se viera obligado a diferenciarse de las opciones «españolistas», representadas desde 1980-1982 por el PSOE casi en exclusiva, optando por la alternativa del enfrentamiento con los gobiernos centrales de UCD o del PSOE.
Los nacionalistas vascos fueron los más importantes colaboradores del socialismo español durante los largos decenios de represión, clandestinidad y exilio.
De este modo, entre 1980 y 1986 el PNV gobernó en solitario, enfrentado a sus antiguos aliados socialistas tanto en el País Vasco como en el Gobierno central. Aparentemente, esto supuso el final de más de 40 años de colaboración política, dado que parecía que los nacionalistas no necesitaban del concurso socialista para administrar la sociedad vasca. Sin embargo, cuando la hegemonía del PNV parecía mayor, en toda su larga historia, se produjo la división del partido, resolviéndose la contradicción entre las dos caras del nacionalismo clásico. Pronto, el peso de la tradición, de la convivencia de las principales élites políticas democráticas durante años de guerra, exilio, clandestinidad y recuperación de las libertades, se impuso en un nuevo pacto de gobierno sobre fundamentalismos y exclusivismos ideológicos. Como hace cinco años señalaba el profesor J. P. Fusi,
«La estructura del País Vasco exigiría por tanto políticas de integración, de equilibrio entre las distintas subculturas y minorías, políticas de conciliación, de superación de los exclusivismos, políticas abiertas de consenso, que excluyesen las imposiciones unilaterales y sectarias de conceptos y proyectos políticos-culturales exclusivistas.»
El futuro lo han determinado los electores el pasado 28 de octubre pero lo más probable y deseable es la continuidad de una colaboración política histórica que ha permitido aportar algo de estabilidad a la crispada sociedad vasca de la segunda mitad del siglo XX.