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Ver productosLa hospitalidad no elimina las diferencias ni resuelve los conflictos, pero abre un espacio donde el otro deja de ser una amenaza

6 de abril de 2026 - 8min.
Avance
Las fronteras no son solo líneas que separan territorios. También son espacios donde las diferencias culturales, religiosas e históricas se encuentran, conviven y, en ocasiones, entran en tensión. En un mundo marcado por la movilidad, la diversidad y los conflictos, comprender cómo es posible vivir juntos en estos contextos se vuelve una cuestión central.
En este escenario, la hospitalidad aparece entonces como una práctica clave. No se limita a gestos de cortesía, sino que implica reconocer al otro, acoger la diferencia y construir formas de convivencia en contextos complejos. Pero ¿cómo se vive la hospitalidad cuando existen identidades fuertes, memorias históricas diversas y normas que regulan la vida en común? Como señalan diversos estudios, la hospitalidad puede entenderse no solo como valor individual, sino como una práctica social que organiza la relación con el otro (Reckwitz, 2017; Lamont, 2018).
A partir del análisis de una ciudad situada entre dos continentes, este artículo explora cómo la hospitalidad se manifiesta en espacios simbólicos, religiosos y cotidianos y se analiza, en concreto, la arquitectura sagrada de Estambul.
En el texto, lejos de idealizar la convivencia, se propone entenderla como un proceso en constante construcción, donde la apertura al otro convive con límites, normas y tensiones. En este contexto, la hospitalidad se presenta como una condición fundamental para pensar la ciudadanía en sociedades diversas.
ArtÍculo
¿Qué significa convivir cuando la diferencia no es la excepción, sino lo habitual? En algunos lugares del mundo, la convivencia entre culturas no es una opción, sino una condición cotidiana. Ahí, personas con tradiciones, creencias y formas de vida distintas comparten calles, instituciones y ritmos de vida, generando dinámicas complejas de relación.
Estas realidades permiten ver cómo se construye la convivencia cuando no existe una identidad única que la sostenga. En lugar de la homogeneidad, lo que aparece es la necesidad de articular diferencias, establecer acuerdos y encontrar formas de coexistencia que no eliminen la diversidad.
En este contexto, la hospitalidad adquiere un papel central. No se trata únicamente de recibir al otro, sino de reconocerlo como alguien con quien se comparte un mismo espacio. La hospitalidad implica apertura, pero también límites, normas y formas de organización que hacen posible la convivencia. Y ahí aparece una pregunta inevitable: ¿hasta qué punto es posible acoger al otro sin renunciar a la propia identidad?
Algunas ciudades, situadas en puntos de cruce entre culturas, permiten observar con claridad estas dinámicas. En ellas, la historia, la religión y la vida cotidiana se entrelazan para configurar formas específicas de relación con el otro. Históricamente, estos territorios han sido escenarios de intercambio cultural, religioso y económico (Faroqhi, 2004). Estos espacios funcionan como verdaderos laboratorios donde se ensayan modos de convivencia en contextos de diversidad. Como advierte Derrida (2000), toda hospitalidad real se mueve entre una apertura ideal al otro y una hospitalidad regulada por condiciones concretas.
En los espacios simbólicos, como iglesias, mezquitas y sinagogas, la hospitalidad se expresa de manera especialmente significativa. Son lugares que conservan huellas de distintas tradiciones a lo largo del tiempo. En ellos, elementos de diversas culturas conviven en un mismo ámbito, haciendo visible una memoria compartida que no siempre ha estado exenta de tensiones. No es una convivencia simple, esta superposición de significados muestra que la convivencia no implica borrar el pasado, sino aprender a habitarlo.
Otros entornos, en cambio, mantienen una identidad claramente definida. En ellos, la hospitalidad se organiza a través de normas explícitas: formas de vestir, comportamientos esperados o tiempos de acceso. Lejos de contradecir la acogida, estas reglas la hacen posible, ya que permiten preservar el sentido del lugar mientras se abre al visitante. En estos casos, acoger no significa diluir la identidad, sino compartirla desde un marco definido. Desde la filosofía de la alteridad, este reconocimiento del otro es el fundamento de toda relación ética (Levinas, 1969).
Desde esta perspectiva, en contextos contemporáneos la hospitalidad se vincula con la ciudadanía democrática, especialmente en sociedades plurales donde es necesario equilibrar reconocimiento y regulación (Benhabib, 2004).
A lo largo de su historia —Bizancio, Constantinopla, Imperio Otomano y República de Turquía— Estambul ha sido territorio de tránsito, comercio y encuentro entre pueblos. Su posición estratégica entre Europa y Asia la convirtió durante siglos en un eje fundamental de intercambio cultural, religioso y económico (Faroqhi, 2004). Esta condición geográfica e histórica la configura como un espacio privilegiado para comprender la hospitalidad en contextos de diversidad histórica y social.
La hospitalidad en Estambul no se reduce a gestos individuales ni a prácticas circunstanciales de acogida; se configura como una estructura histórica que ha permitido la coexistencia —no siempre exenta de conflicto— de múltiples credos, lenguas y memorias culturales.
Ejemplo de ello son sus arquitecturas sagradas: Santa Sofía y la Mezquita Azul. La primera constituye un símbolo elocuente de hospitalidad histórica. Construida como basílica cristiana en el siglo VI bajo el Imperio Bizantino, convertida en mezquita tras la conquista otomana en 1453, posteriormente declarada museo durante el periodo republicano y nuevamente designada como mezquita en la actualidad, el edificio refleja capas sucesivas de significado que no se cancelan entre sí, sino que se superponen. Cada transformación no implicó una simple sustitución funcional, sino una reconfiguración simbólica que incorporó nuevas narrativas sin borrar completamente las anteriores (Trantas, 2025). En su materialidad arquitectónica, Santa Sofía conserva la memoria de los distintos momentos políticos y religiosos que la han atravesado, convirtiéndose en un testimonio tangible de la historia compartida —y disputada— de la ciudad.
La coexistencia visible de mosaicos cristianos y elementos islámicos materializa una forma singular de hospitalidad simbólica: el reconocimiento tangible de narrativas históricas diversas en un mismo espacio. Las imágenes de la tradición bizantina, parcialmente preservadas, conviven con la caligrafía islámica y con los dispositivos litúrgicos propios de la práctica musulmana. Esta convivencia no elimina la tensión inherente a los cambios de uso y significado, pero sí pone en evidencia una disposición a integrar huellas del pasado en la configuración presente del lugar. Santa Sofía se presenta así como un espacio donde la memoria no es completamente expulsada, sino reinscrita, permitiendo que diferentes tradiciones permanezcan visibles y dialoguen desde su propia especificidad.
La Mezquita Azul ofrece una experiencia distinta: se trata de un espacio religioso plenamente vivo, en el que la práctica litúrgica continúa estructurando el uso y el significado del lugar. Construida a comienzos del siglo XVII bajo el sultán Ahmed I, la mezquita forma parte del conjunto de mezquitas imperiales otomanas concebidas no solo como monumentos arquitectónicos, sino como complejos religiosos y sociales activos (Kuban, 2010). A diferencia de edificios convertidos en museos, aquí la función espiritual permanece central. El acceso está regulado por normas claras relacionadas con la vestimenta, los horarios de oración y el comportamiento dentro del recinto. El visitante es recibido con apertura y cortesía, pero dentro de un orden previamente establecido que preserva el carácter sagrado del espacio.
Esta configuración permite observar que la hospitalidad auténtica no supone la dilución de la identidad del anfitrión ni la neutralización de su tradición. Por el contrario, implica la capacidad de acoger desde una pertenencia sólida y explícita. La regulación no contradice la hospitalidad; la estructura y la hace posible, pues define los límites dentro de los cuales el encuentro puede darse sin que el espacio pierda su significado religioso. La norma, en este contexto, opera como condición de convivencia y como expresión de una identidad que se mantiene visible y coherente.
Más allá de los grandes monumentos, la hospitalidad también se construye en la vida cotidiana. En mercados, calles o espacios públicos, la relación con el visitante combina gestos de cercanía con dinámicas económicas propias de una ciudad global. La cordialidad, la conversación inicial o pequeños rituales sociales forman parte de una tradición de acogida, pero también se insertan en contextos de intercambio y negociación. ¿Se trata de hospitalidad o de interés? Probablemente, un poco de ambas cosas.
Esta ambivalencia ha sido señalada por Bauman (2016), quien advierte que las sociedades actuales oscilan entre la apertura al otro y su percepción como posible amenaza o recurso económico. Esta realidad muestra que la hospitalidad no es una práctica idealizada. Está atravesada por intereses, normas y tensiones. El visitante puede ser recibido como huésped, pero también como cliente o como desconocido. Aun así, en medio de estas ambivalencias, persisten formas de reconocimiento que hacen posible la convivencia.
En este sentido, la ciudadanía no puede entenderse únicamente como un estatus legal. También implica participar en un espacio compartido, relacionarse con otros y construir vínculos en contextos de diversidad. Las ciudades globales, como señala Sassen (2001), son escenarios donde se redefinen constantemente las formas de pertenencia. La hospitalidad contribuye a este proceso al facilitar el encuentro entre personas distintas y al generar condiciones para la convivencia.
Sin embargo, acoger al otro no es un proceso sencillo. Requiere disposición, tiempo y, en muchos casos, la capacidad de cuestionar prejuicios propios. También implica aceptar que la convivencia no elimina el conflicto, sino que lo gestiona.
Los territorios de frontera, ya sean geográficos o simbólicos, muestran con especial claridad esta complejidad. Lejos de ser únicamente espacios de separación, pueden convertirse en lugares donde se ensayan nuevas formas de relación basadas en el reconocimiento, el respeto y la negociación.
En un mundo atravesado por tensiones constantes, convivir no es un punto de partida, sino una tarea en construcción. La hospitalidad no elimina las diferencias ni resuelve los conflictos, pero abre un espacio donde el otro deja de ser una amenaza. Y en ese pequeño desplazamiento —casi imperceptible— se decide algo mayor: si todavía es posible vivir juntos.
Referencias
Bauman, Z. (2016). Strangers at our door. Polity Press.
Benhabib, S. (2004). The rights of others: Aliens, residents, and citizens. Cambridge University Press.
Derrida, J. (2000). Of hospitality. Stanford University Press.
Faroqhi, S. (2004). The Ottoman Empire and the world around it. I.B. Tauris.
Lamont, M. (2018). Addressing recognition gaps: Destigmatization and the reduction of inequality. American Sociological Review, 83(3), 419–444.
Levinas, E. (1969). Totality and infinity: An essay on exteriority. Duquesne University Press.
Reckwitz, A. (2017). The society of singularities. Polity Press.
Sassen, S. (2001). The global city: New York, London, Tokyo (2nd ed.). Princeton University Press.
La imagen de la mezquita Santa Sofía en Estambul que ilustra el texto es de Arild Vågen. Tiene licencia: CC BY-SA 3.0 y el archivo se encuentra en Wikimedia Commons. Se puede consultar aquí.