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Ver productosLa Unión Europea puede ser más fuerte que la suma de sus estados, pero los estados miembros no van a ser más fuertes por separado en un orden internacional basado en el poder

5 de febrero de 2026 - 14min.
José Ignacio Torreblanca. Analista político y periodista. Fue director de la sección de Opinión de El País y ahora escribe para El Mundo. Doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid y profesor titular de la UNED.
Avance
Europa atraviesa un momento crítico y debe reconocerlo. Al ganar las elecciones alemanas de 2025, Friedrich Merz afirmó que había llegado la «hora de la independencia», afirmación que refleja un cambio profundo: las condiciones de supervivencia y éxito del proyecto europeo han cambiado.
Históricamente, la Unión Europea se construyó con la integración económica como base de una unión política futura. Fue un enfoque exitoso, aunque convirtió la unión política en una promesa siempre aplazada. Hoy, la UE tiene desafíos conocidos y otros nuevos; el problema no es la falta de diagnóstico, sino la ausencia de voluntad política para acometer reformas cuya necesidad nadie discute.
La parálisis tiene dos causas: el nuevo entorno internacional y el auge del soberanismo. En el plano global, la UE apostó en la última década por la descarbonización, por responsabilidad climática y para reducir su dependencia energética, pero el «pacto verde» evolucionó hacia otro «pacto industrial limpio», preocupado por primera vez por la economía.
La pandemia, la guerra en Ucrania y el regreso de Donald Trump evidenciaron que la UE es vulnerable a dependencias críticas en sectores estratégicos dominados por China. Por eso, impulsa capacidad industrial propia y asume que la seguridad debe ser el nuevo motor de la integración.
El marco posterior a la Guerra Fría —protección estadounidense, energía rusa barata y comercio ventajoso con China— ha desaparecido. El paraguas americano es inseguro, el gas ruso es una fuente de inestabilidad y las importaciones chinas representan una vulnerabilidad. En este contexto, se impulsan por primera vez comisarías explícitas de defensa, seguridad, tecnología y soberanía.
Esta transición geopolítica choca con los soberanismos, en un orden internacional peligroso para la UE, diseñada justo para superar los nacionalismos. Europa solo sobrevivirá si refuerza su unidad. El reto no es solo reformar las instituciones, sino convencer a los soberanistas de que esto sirve a sus intereses. Solo así triunfará la UE en la próxima década.
ArtÍculo
La noche que ganó las elecciones parlamentarias de febrero de 2025, el candidato de la CDU-CSU, Friedrich Merz, que sería posteriormente investido como canciller alemán, hizo dos afirmaciones igualmente sorprendentes. Por un lado, manifestó que había llegado «la hora de la independencia» de Europa. Por otro lado, acto seguido, confesó que escucharse formulando ese pensamiento en voz alta le había provocado sorpresa1.
Esas dos manifestaciones capturan bien la situación actual de la Unión Europea. Estamos ante un momento de cambio profundo en el entorno internacional que, a su vez, afecta decisivamente a la Unión Europea. Ese cambio altera de forma radical las condiciones de existencia, éxito y supervivencia del proyecto europeo. Pero para poder actuar eficazmente y lograr salvar al proyecto europeo, tenemos que primero atrevernos a verbalizar lo que ocurre y lo que necesitamos hacer. Las realidades que no se nombran no existen.
Tradicionalmente, el proyecto europeo ha mirado mucho más hacia dentro que hacia afuera. Con razón. Superar una dinámica de rivalidad de siglos y construir un edificio institucional y de políticas que permitiera a todos los miembros ganar en lugar de perder soberanía no era una tarea fácil ni sencilla. Como sabemos, en lugar de proceder de arriba abajo y de la política a la economía, los padres fundadores optaron por comenzar desde abajo, por la integración económica, esperando generar una dinámica posterior de integración política. Esa decisión, tecnocrática, ha demostrado su éxito. Pero también ha convertido el camino hacia la unión política en una marcha hacia una tierra prometida que parece un espejismo que se aleja cuando uno más cerca cree estar de él.
El proyecto europeo enfrenta un gran número de desafíos, desde la demografía a la tecnología pasando por la competitividad, la descarbonización o la necesidad de completar el mercado interior, todos ellos de gran importancia. Algunos de ellos son nuevos; otros han estado siempre ahí, de una manera o de otra. Superar esos desafíos es posible. Como muestran los informes elaborados por los mandatarios Enrico Letta y Mario Draghi, nuestro problema no es que tengamos un déficit de conocimiento sobre lo que nos ocurre y lo que hay que hacer. Al contrario, podría decirse que el paciente europeo está sobrediagnosticado desde hace tiempo y que las soluciones son sobradamente conocidas2.
Por tanto, el problema que enfrentamos es que, al contrario que en otras fases críticas del proceso de integración como la creación de la CECA, la firma del Tratado de Roma o el lanzamiento de la moneda única, cuando los estados miembros avanzaban a tientas hacia lo desconocido, en esta ocasión el problema es que los líderes europeos, sabiendo lo que tienen que hacer, no encuentran la voluntad política, las estrategias o las coaliciones para hacerlo.
La parálisis europea tiene, en mi opinión, una doble explicación. La primera es externa, y relacionada con el entorno internacional. La segunda hay que buscarla más en casa, en los cambios de correlaciones de fuerzas entre europeístas y soberanistas.
La descarbonización ha sido el principal proyecto político de la UE en la última década. Por razones justificadas. La realidad del calentamiento global, que nos ha llevado a adquirir un compromiso moral con las próximas generaciones, se ha combinado con unos intereses económicos y geoestratégicos marcados por el hecho de que el territorio de la UE no es rico en combustibles fósiles. Ello no solo ha supuesto asumir una elevada factura por las importaciones energéticas sino, además, como se ha constatado en el largo arco de conflictos que va desde la primera crisis del petróleo en los años setenta hasta la invasión rusa de Ucrania, ser muy vulnerable a las coacciones de potencias energéticas. Por tanto, para la Unión Europea, avanzar en la descarbonización no solo proporciona un dividendo climático sino, muy claramente, al reducir dependencias de terceros, un dividendo geopolítico.
En los últimos años, la agenda de la descarbonización ha evolucionado desde el llamado «pacto verde» hasta el actual «pacto industrial limpio». Con ello se ha buscado, por un lado, incorporar consideraciones sobre la competitividad como, por otro, limitar el impacto y compensar los costes sociales de la agenda verde. Sin embargo, este giro en la agenda verde no solo se ha originado en la preocupación por el impacto para el futuro de la política industrial de los altos precios de la energía o, complementariamente, por la captura por parte de los partidos de la derecha radical-populista de la agenda anticlimática, sino por la emergencia de una nueva preocupación de carácter estratégico: la seguridad económica.
La seguridad económica asomó por primera vez con fuerza coincidiendo con la pandemia de la covid-19, se reforzó con la invasión rusa de Ucrania y, más recientemente, se ha consolidado con la llegada a la presidencia por segunda vez de Donald Trump y el recrudecimiento de las tensiones comerciales y rivalidades entre EE. UU. y China. Bajo el nuevo paradigma de la seguridad económica, los europeos ya no buscan solamente maximizar su ritmo de descarbonización, lo que en el pasado ha supuesto importar tecnologías verdes (paneles solares, vehículos eléctricos o aerogeneradores), principalmente de China, como vía para lograr una descarbonización rápida y barata, sino reflexionar sobre la conveniencia de un escenario donde la descarbonización conlleva la emergencia de una nueva ronda de dependencias críticas en materia tecnológica que puedan ser explotadas por razones de rivalidad geopolítica.
La Unión Europea ha decidido, por tanto, compatibilizar la descarbonización con el desarrollo de una capacidad industrial y tecnológica propia tanto en el ámbito de las energías verdes (baterías) como en la conectividad (semiconductores) y la industria de la defensa. Todo ello refleja una respuesta coordinada y de amplio espectro al cambio radical en el entorno internacional y de seguridad en el que se mueve el proyecto europeo.
En el escenario posterior al fin de la Guerra Fría, el proyecto europeo pudo progresar gracias a la continuidad del paraguas de seguridad estadounidense —que permitió reducir los presupuestos e inversiones en defensa y disfrutar del llamado «dividendo de la paz»—, generar crecimiento y competitividad sobre la base de unas importaciones de energía estables y baratas —fundamentalmente a través del gas ruso—, así como una relación comercial ventajosa con China que permitía importar bienes de consumo y tecnologías verdes de China a precios muy competitivos, alimentando, además, nuestra descarbonización. Esos tres elementos han mutado considerablemente: el paraguas de seguridad estadounidense no se puede hoy dar por hecho, el gas ruso se ha convertido en un factor de inflación e inestabilidad, y las importaciones chinas de tecnología, en una nueva vulnerabilidad geopolítica.
La seguridad, militar o económica, es el nuevo proyecto europeo. A muchos esto les provoca sorpresa, o negación, pero si echamos la vista atrás, lo anómalo es que la integración europea haya podido proceder y cosechar tantos éxitos prescindiendo de dos elementos, la defensa y la seguridad económica, que son existenciales para los estados.
Como sabemos, en torno al cambio de siglo, primero, con la Declaración de Laeken y, segundo, el proyecto de Convención y, luego, de Constitución europea, la Unión Europea se embarcó en un fallido proyecto de unión política. Retrospectivamente, bien se puede argüir que el proyecto de Constitución Europea, al forzar contra la experiencia histórica de la integración un proceso político vertical, de arriba abajo, estaba abocado al fracaso. Ahora, sin embargo, nos encontramos en una situación en la que la búsqueda de la seguridad en el ámbito militar y económico bien pudieran dar lugar a un proceso de integración que, al estar basado en necesidades funcionales, pudiera funcionar de abajo a arriba y, por tanto, ser exitoso. Dos nuevas comisarías de la Comisión Europea presidida por Ursula Von der Leyen en diciembre de 2024 bien pudieran reflejar este giro: una, la asignada al lituano Andrius Kubilius para promover la industria de la defensa europea; la segunda, a la finesa Henna Virkkunen bajo el título «Seguridad, Soberanía Tecnología y Democracia».
La primera comisaría pretende ser, sin duda, un embrión de una cooperación en materia defensiva que permita superar por la vía de los hechos, los bloqueos y dificultades enfrentados por la política de seguridad y defensa europea (PCSD), que ha mostrado su irrelevancia en el contexto de la agresión rusa a Ucrania. La segunda, por su parte, adentra a la Unión Europea en el diseño de una política industrial propia no solo dedicada a lograr incrementar la prosperidad de los europeos, sino a dotar a la UE de determinadas capacidades industriales, críticas desde el punto de vista de su poder, autonomía e influencia global. Si la primera pretende generar los incentivos para construir una industria europea de defensa que permita a la UE emanciparse tecnológicamente de EE. UU. en el ámbito de la defensa, la segunda aspira a dotar a la UE de sus propias capacidades en, fundamentalmente, los dos ámbitos en los que tiene lugar la competición global por la tecnología: los semiconductores y la inteligencia artificial.
En los años ochenta del siglo pasado, los estados miembros de la UE, presionados por la pérdida de competitividad respecto de EE. UU. y Japón, impulsaron el Acta Única Europea, un paquete de más de 300 directivas destinadas a llevar a la realidad la promesa del mercado interior acordada en los tratados fundacionales de la UE. Entonces, los estados miembros aceptaron transferir a la UE tanto las políticas como la autoridad necesaria para consolidar el proyecto del mercado interior. Hoy, aunque esta vez las presiones no son solo económicas, sino de seguridad, los estados miembros se encuentran en una tesitura similar: para garantizar su seguridad, defensiva y económica, necesitan ceder competencias y autoridad, esto es, soberanía.
Sin embargo, mientras que en los años ochenta, los liderazgos de Jacques Delors, Helmut Kohl, François Mitterrand y Felipe González lograron forjar un gran pacto entre conservadores y socialdemócratas del Sur y el Norte, incluyendo el Reino Unido de Margaret Thatcher, e industria y sindicatos, la realidad es que, pese a la enormidad de los desafíos que enfrentamos hoy, es difícil vislumbrar en el horizonte una coalición integracionista capaz de lograr los objetivos estratégicos que la UE se ha marcado.
Una parte de la explicación tiene que ver con las limitaciones del marco institucional europeo actual, que son notorias. Pero las ineficiencias del sistema, con sus múltiples puntos de bloqueo debidos a la unanimidad, la exagerada dimensión de una Comisión Europea con 27 comisarios, o la rigidez de políticas y procesos, sometidos a un penoso y larguísimo proceso de negociación, no lo explican todo. Aunque lográramos, milagrosamente, llevar a cabo una profunda reforma institucional, nos seguiríamos encontrando con el mismo problema: el crecimiento de partidos soberanistas y, a su vez, de posiciones soberanistas en los partidos que tradicionalmente han dominado la política en los estados miembros.
El soberanismo, que en tiempos se llamó, peyorativamente, euroescepticismo o, más elegantemente, intergubernamentalismo, se ha convertido hoy en el paradigma dominante en las políticas nacionales de los estados miembros. El soberanismo se expide hoy en todo tipo de versiones.
Una, no estridente, encabezada por Alemania, donde los dos cancilleres, Scholz y Merz, que han sucedido a Angela Merkel, no han cuestionado el paradigma que ella consagró que proclamaba que la Unión era de los estados, no los estados de la Unión. Alemania no es hoy un país integrador, como tampoco lo son los Países Bajos, los escandinavos ni los países de Europa Central y Oriental.
Una segunda versión de soberanismo es la que representa Giorgia Meloni en Italia (y podrían, hipotéticamente, representar Marine Le Pen y Jordan Bardella en Francia), que es mucho más activa en la defensa de la identidad nacional y el rechazo a la injerencia de la UE en asuntos considerados centrales en la agenda nacional-conservadora —migración, valores morales y religiosos— pero que sin embargo se articula en las instituciones europeas de una forma transaccional, no frontal, y, consciente de su importancia, pone en valor el mantenimiento del consenso europeo en algunos temas fundamentales como la defensa de Ucrania o la preservación del vínculo transatlántico.
La tercera versión del soberanismo, representada por Viktor Orbán en Hungría, es aquella que hace de la confrontación con Bruselas la razón de ser de su proyecto político. Y aunque, al final, también es transaccional, vendiendo su acomodo a las políticas europeas, por ejemplo, hacia Rusia, a un precio muy alto, su efecto neto es el de una continua deslegitimación y debilitamiento del proyecto europeo.
Una cuarta versión del soberanismo europeo es la que proviene del exterior, especialmente de EE. UU. Durante la primera presidencia de Donald Trump, determinados actores del movimiento republicano MAGA (en inglés, Make America Great Again), especialmente Steve Bannon, quisieron aglutinar e influir, con poco éxito, sobre los movimientos populistas europeos. En esta ocasión, durante la segunda presidencia de Donald Trump, el impulso al soberanismo europeo ha añadido dos elementos novedosos. Uno, su apoyo tanto desde la Casa Blanca —la Unión Europea se hizo para perjudicar a EE. UU., dijo Trump— como del Congreso de EE. UU., que han expuesto en numerosas ocasiones su deseo de ver llegar al poder a movimientos homónimos en Europa. Dos, la puesta al servicio de las fuerzas soberanistas europeas de la principal plataforma de comunicación global, la red social X, perteneciente a Elon Musk que no ha dudado en utilizar su alcance e influencia para impulsar electoralmente a las fuerzas soberanistas y anti-globalistas europeas.
El orden internacional se desplaza de las reglas al poder, poniendo en cuestión los principios básicos del derecho internacional sobre los que se ha asentado la seguridad y prosperidad de los estados miembros de la UE. Si ese orden liberal internacional se debilita, lo es también en parte porque las democracias liberales también se debilitan en casa. El nacional-conservadurismo pretende rescatar al estado-nación del mar de la globalización. Ello resulta particularmente problemático para el proyecto europeo, precisamente diseñado para superar los nacionalismos, que tiene que enfrentar, por un lado, imperios que solo conciben las relaciones internacionales en términos de áreas de influencia y vasallajes, como, por otro, estados-nación que rechazan el multilateralismo y la integración supranacional por considerarlas amenazas a su identidad nacional.
A la espera, especialmente en Francia, de constatar el éxito electoral de estas fuerzas y su posterior desempeño, solo cabe señalar cuán adversa se ha convertido la política en los estados miembros para el proyecto europeo. Justo cuando estamos inmersos en un desafío geopolítico de primera magnitud que nos interpela desde tres geografías cruciales (EE. UU., Rusia y China), más dificultades encontramos para acometer las reformas institucionales y de políticas que necesitamos para lograr dar una respuesta efectiva a los desafíos que enfrentamos. Disuadir a Rusia, independizarse de EE. UU. y evitar una nueva dependencia respecto de China son las exigencias que nos marca el contexto geopolítico.
Sin embargo, con la actual correlación de fuerzas, cada vez más escorada hacia el soberanismo, no parece realista confiar en que la concreción de estos objetivos, tan existenciales como costosos, pueda garantizarse solo mediante la tradicional coalición de fuerzas —conservadores, liberales, socialdemócratas y verdes— que ha sostenido el proyecto europeo. La Unión Europea puede ser más fuerte que la suma de sus estados, pero los estados miembros no van a ser más fuertes por separado en un orden internacional basado en el poder. Por tanto, antes que responder a la pregunta de qué reformas institucionales necesita la Unión Europea para hacer frente a la triple transición —geopolítica, energética y tecnológica—, conviene preguntarse cómo convencer a los soberanistas de que lograr esa triple transición sirve a los intereses nacionales de sus países ya que, de lo contrario, serán sometidos por EE. UU., China y Rusia. Negociar, pactar, cooptar, dividir, son los verbos que habrá que conjugar en la próxima década cuando los europeístas hablen con los soberanistas. l
Notas
Foto: Dusan_Cvetanovic / Pixabay. El archivo se puede consultar aquí.