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Ver productos1 Nov 1990 - 8min.
El 2 de agosto de 1990, Iraq invade el emirato independiente de Kuwait, con el propósito de someterlo a su autoridad, produciendo con ello una grave crisis política que, inmediatamente, afecta a una extensa zona (el Golfo Pérsico) de modo directo y a otras muchas de modo indirecto. Esta crisis política, sobre cuyos orígenes y naturaleza nada habremos de decir aquí, se traduce de inmediato en poderosa perturbación económica de alcance mundial.
Como dato externo, final, se observa que el precio del petróleo en los mercados internacionales se duplica entre finales de julio y finales de agosto de 1990, aumentando aún más posteriormente, situándose en la actualidad próximo a los 36 $ el barril.
Por efecto de diversos ajustes en la producción de algunos países productores, el volumen global de la oferta no parece haber disminuido sensiblemente. Es decir, que se ha producido una fuerte elevación del precio sin que disminuya el volumen de abastecimiento.
El precio ha aumentado, principalmente, como consecuencia de la influencia de las expectativas adversas sobre las posibilidades de abastecimiento estable de crudo. Esa es la tremenda potencia de lo «inmaterial» de las expectativas, de las «ideas que los agentes económicos se hacen de las cosas» sobre los procesos económicos. ¿Se trata de una especie de histeria colectiva? No. Aunque el precio del crudo retornase a su valor de antes de la crisis o, incluso descendiese por debajo de éste, la crisis iraquí ha puesto aún más de manifiesto la siguiente realidad: pesa una enorme incertidumbre sobre las posibilidades de contar permanentemente con una fuente de abastecimiento de crudo en aquella zona del mundo. Y, en esencia, eso es lo que refleja el comportamiento de los mercados.
El precio del petróleo ha aumentado, principalmente, como consecuencia de la influencia de las expectativas adversas sobre las posibilidades de abastecimiento estable del crudo.
«Ajustarse» a la crisis iraquí, por lo tanto, es no solamente reaccionar «de momento» al incremento de precios de un factor de producción importante en el conjunto de la economía, sino también prepararse a la sustitución, eventualmente completa, de ese factor, por lo menos como materia prima energética.
La economía española, en el momento del inicio de la crisis, se encontraba en una fase de desaceleración cuyos rasgos principales eran: reducción del ritmo general de crecimiento, leve reducción de la inflación, reducción del déficit de la balanza de pagos (merced principalmente al reducido precio del petróleo, al incremento de entradas de capitales extranjeros atraídos por los altos tipos de interés y al descenso de las importaciones de mercancías). El nivel de utilización de la capacidad productiva de la industria española era en julio de 1990, justo antes de la crisis, similar al del mes de enero de 1990 pero inferior al de julio de 1989. El volumen de construcciones no residenciales experimentaba un incremento, pero el de viviendas había descendido. Se desaceleraba el incremento de empleo laboral y descendía la demanda de bienes duraderos y bienes de inversión, pero no la de bienes de consumo no duraderos. No solamente una economía desacelerada, sino desacelerada del modo menos favorable, susceptible de conducir a una contracción.
La ciencia económica no es de tipo normativo y, por tanto, no se pregunta si una determinada intervención económica es buena o mala sino que lo que intenta es responder a la pregunta de cuáles son las consecuencias previsibles de esta intervención en un contexto dado. En particular, pone de manifiesto que el efecto total depende simultáneamente tanto del tipo de intervención como de las condiciones particulares de la economía en donde la intervención se aplica. Así pues, para analizar los probables efectos económicos que la crisis iraquí tendrá sobre nuestra economía es conveniente establecer previamente el marco de referencia con respecto al cual valorarlos.
La economía española mostraba a lo largo del primer semestre de 1990 signos evidentes de una lenta, aunque continua, desacelereación en sus niveles de actividad.
Un primer elemento del citado marco lo constituye la evolución esperable de la economía española de no haberse producido la crisis. El segundo elemento consiste en evaluar los efectos esperados de la crisis sobre los precios del petróleo. A la situación de la economía española ya nos hemos referido anteriormente y hemos concluido que mostraba, a lo largo del primer semestre de 1990, signos evidentes de una lenta aunque continua desaceleración en sus niveles de actividad. Para completar el planteamiento debemos partir de un escenario probable que muestre la evolución de la crisis. Para simplificar nuestro análisis cabe plantear tres escenarios posibles. El primero, que denominaremos optimista, supondría que el precio del crudo volvería, a lo largo del primer trimestre de 1991, a los niveles medios existentes con anterioridad a la invasión de Kuwait. El segundo, escenario de tipo medio, viene a suponer que el precio se estabilizará, hacia finales del primer trimestre de 1991, en torno a los 25 $ el barril. Por último, el pesimista, situaría el precio del barril por encima de los 40 $ y que estos niveles de precios se mantendrían a lo largo de un período indefinido como consecuencia del agravamiento y enquistamiento de la crisis.
De los tres escenarios, el de tipo medio, es el más probable y a él parece que también se atiene el Ministerio de Economía y Hacienda a la hora de elaborar los presupuestos de 1991.
Los efectos sobre la economía española, si nos atenemos al escenario medio, serán a corto plazo relativamente moderados, si bien contribuirán a empeorar las expectativas empresariales con respecto a los del primer semestre de este año y a frenar, en mayor medida, el ritmo de crecimiento de nuestra economía.
En todo proceso productivo intervienen los distintos factores en proporciones que, en ausencia de interferencias importantes en el funcionamiento del mercado, tienden a respetar el de sus productividades marginales. Por consiguiente, como consecuencia de la elevación del precio de este input básico, estarán más afectadas aquellas industrias y sectores que sean más dependientes del petróleo y, en términos generales, el efecto negativo será mayor en la industria que en los servicios.
Si descendemos a sectores específicos, y teniendo en cuenta que no sólo mostrarán un alza los derivados del crudo sino también sus sustitutos tales como gas natural y carbón, resultará que se verán proporcionalmente más afectados aquellos sectores productivos en los que el coste de la energía suponga un elevado porcentaje del coste total. Por consiguiente, sin pretensiones de exhaustividad, cabe esperar que los mayores efectos negativos se evidenciarán en el sector de la siderurgia, construcción naval, agroquímica, transporte, turismo, automóvil en especial del segmento más bajo en donde la incidencia del coste del carburante es mayor con respecto al coste total del vehículo, etc.
Un aspecto de particular importancia a tener en cuenta lo constituye la evolución esperada del tipo de cambio de la peseta con respecto a las principales monedas y, principalmente, con relación al dólar, dado que de él dependerá en gran medida el montante de nuestra factura petrolera. Si apostamos a medio plazo por una ligera devaluación de nuestra moneda ello vendría a incrementar el efecto de la crisis. Sin embargo, si aceptamos como verosímil el nivel de precios que predicen los expertos del Ministerio de Economía y Hacienda, es dable esperar que los probables efectos a corto y medio plazo no serán de gran importancia frente a las consecuencias que supondría la propia inercia de la economía española. Las causas principales de esta desaceleración que podría degenerar en una contracción, hay que buscarlas más en motivos estructurales que en coyunturales. En consecuencia, creemos que no serán suficientes meras políticas económicas de ajuste a corto plazo.
Los efectos de la crisis sobre la economía española, si nos atenemos al escenario medio, serán a corto plazo relativamente moderados
Podríamos haber comenzado titulando este artículo de la siguiente forma: No hay bien que por mal no venga. En efecto, pensamos que las potencias tecnológicas tendrán un estímulo añadido que les impulsará a fomentar la investigación en métodos de producción de energía alternativos que sirvan, a medio plazo, para la sustitución efectiva del petróleo como combustible. En concreto, si bien el precio del crudo es muy posible que no se eleve a medio plazo a niveles superiores a los 30 dólares y, por tanto, el estímulo económico directo a la sustitución del crudo no sea muy imperioso, pensamos que la inestabilidad política que derivará de la actual crisis del Golfo Pérsico supone una hipoteca que a las naciones económicamente desarrolladas no les conviene soportar durante mucho tiempo.
Un pequeño botón de muestra lo constituye la crisis financiera actual que se ha producido a pesar de que en términos reales la reducción del petróleo procedente de Kuwait e Irak ha sido compensada por la de otros países productores. Sin embargo, la dependencia de la economía mundial con respecto a esta materia prima ha quedado tan palmariamente expuesta que no es aventurado pensar que en el futuro más de un dirigente político pueda pensar en utilizar el petróleo como medio de presión o incluso chantaje.
La inestabilidad política que se derivará de la actual crisis del Golfo Pérsico supone una hipoteca que a las naciones económicamente desarrolladas no les conviene soportar durante mucho tiempo
La crisis actual, a diferencia de las anteriores crisis energéticas, radica en su carácter político. En las anteriores se formó un cártel de productores que, en principio, sólo buscaban la maximización de sus beneficios. Así, no fue difícil predecir, como lo hicieron muchos economistas, que los precios del crudo volverían a bajar.
El razonamiento utilizado para llegar a esa conclusión partía del hecho de que incluso en ausencia de la utilización de energías alternativas, la vida de un cártel de oferta es relativamente placentera y solidaria durante una situación de demanda creciente, mientras que, cuando ésta es decreciente, se genera una situación inestable en la que cada uno intenta aumentar su cuota pensando que los demás no lo detectarán, con lo que se origina una sobreproducción que impulsa los precios del crudo más a la baja.
Por consiguiente, pensamos que la naturaleza política de la crisis actual es el peligro más importante y es la causa potencial de una gran inestabilidad que puede hipotecar el desarrollo económico futuro. Creemos que este peligro latente, probablemente, impulsará a los gobiernos de las principales potencias económicas a plantearse la solución definitiva a esta fuente de inestabilidad económica, impulsando la investigación de fuentes de energía alternativa y, en particular, el desarrollo completo de reactores de fusión.
En relación con España, la actual crisis podría ser una oportunidad para emprender las necesarias reformas estructurales conducentes a una dinamización no especulativa de nuestra economía en la que se tomen en cuenta las previsibles transformaciones tecnológicas que surgirán en el ámbito energético.