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Ver productosNada de adaptarse: si las humanidades quieren ganar relevancia en el mundo actual, lo que han de hacer es enfrentarse a él y retarlo

8 de enero de 2026 - 4min.
Thomas Chatterton Williams. Redactor de The Atlantic y ensayista. Profesor de Humanidades en el Bard College y miembro no residente del American Enterprise Institute.
Avance
Lo de la crisis de las humanidades ya se sabe: mil veces lo hemos oído y repetido. Lo de solucionarlo no está nada claro. Un reciente artículo en The Atlantic de Thomas Chatterton Williams propone una tesis sexy: nada de tratar de «hacer que las humanidades sean ‘relevantes’». Y explica a qué se refiere. Ante la baja matriculación en las universidades, los recortes en su financiación y el colapso de la capacidad de atención en la lectura generalizado, algunos centros han optado por la «adaptación». ¿Qué significa esto en la práctica? Manejo de fragmentos en lugar de los propios libros, reestructuración de materias y programas según su viabilidad…
Para el autor, estas medidas no solo son fallidas, sino que camuflan el verdadero problema, la verdadera amenaza a la que se enfrentan las humanidades, eso de lo que casi nadie habla, pero él lo hace así de claro. «Como profesor de humanidades —explica—, el mayor peligro que veo para la disciplina es la creciente percepción, alimentada por la omnipresencia de los grandes modelos lingüísticos, de que el conocimiento es barato, un bien cuya adquisición debe ser fácil y sin fricciones. Las humanidades que valoran la investigación rigurosa siempre estarán en desacuerdo con un mundo que piensa así; por eso la relevancia es un objetivo inútil. Para que los departamentos de humanidades sigan siendo importantes, deben desafiar al mundo moderno en lugar de adaptarse a él. De hecho, la lección más útil que las humanidades pueden ofrecer hoy en día es profundamente contracultural: la dificultad es buena, un fin en sí mismo».
Pasa a continuación a ejemplificar su caso personal como profesor de Humanidades en el Bard College, una universidad privada de artes liberales en Annandale-on-Hudson, Nueva York. Allí, mientras trata de enseñar los libros y las ideas que considera importantes, imparte dos seminarios: uno sobre Albert Camus y sus influencias, y otro sobre la idea del sueño americano a través de escritores negros como Frederick Douglass y James Baldwin.
En su relato afirma cómo el alumnado primero se manifiesta encantado e impaciente por comenzar el aprendizaje. Enseguida empiezan las dificultades y llegan los trabajos escritos o echando mano —con mayor o menos destreza— de la IA. En el caso de Camus, la mayoría de los estudiantes, explica el autor, «serán capaces de recordar la famosa exhortación del filósofo a imaginar a Sísifo feliz, pero pocos demostrarán dominar la abstrusa línea de pensamiento que le llevó a ello. No muchos están dispuestos a intentarlo».
Esta situación ha convertido, según Williams, los ensayos para casa —que considera el ejercicio central del aprendizaje humanístico— en herramientas casi inútiles, tanto para enseñar como para evaluar. Incluso los debates en clase parecen contaminados por la IA: las intervenciones son cada vez más intercambiables, previsibles y carentes de riesgo intelectual. Si los estudiantes delegan en la tecnología la generación de ideas, desaparece la posibilidad de que lleguen por sí mismos a una intuición original o transformadora, que es precisamente el mayor placer y el mayor valor del trabajo intelectual. Es no es fácil. Esto no es delegable ni intercambiable. Esto es maravilloso también.
El autor establece un curioso paralelismo: «Agotar nuestras facultades mentales, por ejemplo, mediante la lectura profunda o la escritura laboriosa, es lo que las hace más potentes. El ejercicio físico funciona de la misma manera. La IA, por el contrario, promete conocimiento sin esfuerzo, al igual que muchas personas ven en los medicamentos GLP-1 la posibilidad de perder peso sin fuerza de voluntad. Aunque ambos tienen usos legítimos, su adopción generalizada ha disminuido nuestra capacidad para apreciar, y mucho menos soportar, el trabajo sostenido y desafiante que se requiere para prosperar más allá del nivel de la simple apariencia. Solo a través de la dificultad mejoramos nuestras facultades de pensamiento y percepción, que nos acompañan en cada esfuerzo. Esta es la verdadera razón de ser de la relevancia de las humanidades».
Vuelve finalmente a Sísifo. A un Sísifo feliz, tal y como lo vio Camus, cuya gran revelación fue que «en un mundo sin sentido, creamos nuestro propio significado y valor a través de la lucha voluntaria», eso es algo que la IA no comprenderá jamás y jamás enunciará. Eso es algo que las humanidades enseñan mejor que nada y nadie.
Este artículo se publicó, como se menciona en el texto, en The Atlantic, el 14 de diciembre de 2025. El enlace se proporciona en el propio artículo. La imagen que lo ilustra es de Pixabay / Ylanite y se puede consultar aquí.