FRANCIA Y EL FUTURO

Semanas antes de que el pueblo francés concurra a las urnas para elegir un nuevo Presidente de la República, nuestro amigo François Leotard, ministro de Estado y de Defensa del actual gabinete, ha querido expresar en un texto inédito para NUEVA REVISTA sus ideas sobre los tres grandes polos del proyecto político que encabeza: la nación, la reforma y el poder. Leotard, líder del Partido Republicano y una de las personalidades más atractivas del actual panorama político francés, reivindica en estas páginas su apoyo al candidato de centro-liberal, Edouard Balladur, y describe los desafíos del futuro.

François Leotard

En el transcurso de apenas cien días, nos disponemos a dar por concluido un período de quince años. Este punto, final de tantas cábalas y desilusiones, podría permitirnos acabar de una vez con la «cohabitación». Nunca insistiremos bastante en que esa «cohabitación» solo es posible soportarla, pero en ningún caso desearla. Durante esos 15 años, los socialistas han disfrutado de dos largos períodos de predominio político. Situación normal, a la que llegaron gracias al peculiar espíritu de la Vª República, basado en una compleja trama de confianzas que iba desde el Presidente hasta el último diputado, que permitía así consolidar una estable mayoría política. Nosotros, al cabo de 15 años, no la hemos conocido.

Los socialistas han aprovechado esta época de continuidad para ocupar el Estado, contravenir la justicia, someter la economía. Por nuestra parte, en cambio, vamos a emplear el tiempo de esa situación nueva para reformar. Reformar el Estado, volver a constituir la justicia y liberar la economía. Los socialistas hicieron de su mayoría un ejercicio de arrogancia. A nosotros corresponde hacer de la nuestra un servicio. A partir de 1958, varias de las elecciones presidenciales vinieron condicionadas por algún problema concreto, que preocupaba al país mucho más que la persona a quien se designaba para resolverlo. En 1958 se trataba de una cuestión de «Autoridad». En 1974, fue la «Renovación». En 1981, «El Cambio». 1995 será la elección de la Reforma. Al exponer nuestro programa, aceptamos -de forma clara y serena- participar en las responsabilidades que para nosotros se deriven, tanto de la victoria como de la derrota. Estamos dispuestos a concretar nuestra responsabilidad de dos maneras: prestar nuestro apoyo al candidato y reforzar nuestro proyecto.

En apoyo de Balladur

Es cierto que el compromiso de apoyar -como ocurrió en 1969- a una persona que no proviene por vía directa de nuestra familia política, (Edouard Balladur), no es una actitud ni frecuente ni una decisión fácil de tomar. Lo que significa, por nuestra parte, que consideramos el interés de las instituciones por encima del espíritu partidista. Y esto lo mantengo así en presencia de mi partido político. Lo que ello muestra es que, según nuestra opinión, el bien general de la mayoría es más importante que las conveniencias de los grupos que la forman. Y, en el mismo sentido, pensamos que el interés de Francia -sobre el cual no nos ocupamos de modo suficiente- es también más importante que los propios objetivos de nuestro partido a corto plazo. Todo ello -claro está en el supuesto de que nuestros propósitos sean acogidos, llevados a la práctica y convertidos en actos concretos durante el tiempo necesario. Asumo ante ustedes personalmente este compromiso, con la única condición de que el Partido Republicano lo acepte como signo distintivo de nuestra formación política y de su estilo de pensamiento.

Tampoco vamos a apoyar a una figura desconocida, como si fuéramos ciegos dispuestos a guiar a otro ciego. Hemos tenido sobradas ocasiones que, han permitido probar, a lo largo de dos años, sus cualidades de hombre de Estado, sin las cuales, ni hay, ni puede haber, ninguna candidatura que sea válida y útil. Esas cualidades son las propias de un hombre de Estado:

  • la firmeza (tan alejada de la bravuconería y de la vanagloria).
  • el respeto a los demás (tan alejado de la candidez y de la debilidad).
  • la libertad de espíritu (tan alejada de la falta de convicciones y del oportunismo).

Si he mencionado estas cualidades, que solo pueden atribuirse a un ser humano, es porque hay quienes intentan convencernos de que votemos a un partido, y no a un hombre. Afirman que su candidato no estará para otra cosa más que para el servicio de su partido, intercalando con habilidad un conjunto de ideas a las cuales tampoco nosotros -en modo alguno- hemos renunciado. De haberlo hecho en los dos últimos años ¿cómo se explica que votaran junto a nosotros sistemáticamente, en apoyo del actual Primer Ministro (Balladur), en todo ese tiempo? No parece que éste sea el momento oportuno para retirar ese apoyo. ¡Eso antes, hace dos años!

Dicho esto, quisiera entrar en el motivo central de nuestro encuentro de hoy, que podría quedar resumido de esta forma: comprometerse. Pero comprometerse… ¿para qué? ¿para hacer qué? ¿para caminar? ¿en qué dirección? Si quisiera contestar como lo hacían nuestros antepasados, es decir, con frases lapidarias, diría: Pacificar. Reformar. Dirigir. Estoy convencido de que para el bien de Francia necesitamos, al mismo tiempo: la paz civil, la reforma y «Autoridad». Pienso que hay determinadas actitudes, ciertos objetivos que tenemos derecho a esperar del futuro Jefe del Estado.

Sin poder, ni querer, repetir ahora las diversas propuestas que se han formulado, me parece oportuno insistir en referencia a los tres grandes polos en los que se fundamenta nuestro proyecto político: La Nación, la Reforma y el Poder.

Intentaré exponer este proyecto ofreciendo unas cuantas reflexiones capaces de atraer a nuestros compatriotas y, sobre todo, de convencerles.

La Nación

El primer conjunto de reflexiones que se nos presenta hace referencia a la Nación. No creo que las naciones estén muertas. Y tampoco creo que nuestras convicciones de franceses sean opuestas a lo que creemos como europeos. No creo, en fin, que el principio de nación

lleve a la guerra como rechazo del otro, ni que pretenda imponerse por la fuerza a él. Salvo prueba en contrario, la nación es el espacio donde se manifiesta, a través del tiempo, la identidad de un pueblo. O, para mayor precisión: su sentido de la democracia. Nuestro concepto de nación no se corresponde con el de la extrema-derecha, que la considera en sentido de rechazo, negación, postura cerrada ante el extraño. Para nosotros es construcción positiva, paciente, ininterrumpida, continuada, de una comunidad identificada con sus propios valores, con su lengua, su paisaje, su cultura. Amigos míos republicanos: no vamos a escatimar ni disminuir nuestro discurso en torno a la nación. Así lo esperan los franceses como señal de confianza en nuestras ideas y expresión de que nos sometemos al interés general de nuestro pueblo.

En el momento actual, y puesto que -a Dios gracias- no tenemos con el exterior ningún conflicto directo, la nación parece estar en conflicto consigo misma. Tal vez será que no se quiere a sí misma lo suficiente. Numerosas desgracias, desgarrones y desaires, la han dejado malherida. Entre todas estas dificultades, quizá el peor de los comportamientos ha sido el de la indiferencia. Y porque no somos indiferentes, queremos hablar del tema.

Existe, en efecto, una amplia comunidad humana de pueblos que respetamos en cada uno de sus miembros, de acuerdo con sus diferencias. Pero también existe la comunidad de los franceses, sobre la cual nos cabe, por supuesto, una seria responsabilidad.

En cuanto se refiere a la base que sirve de fundamento a la nación y la mantiene fuerte en todo momento, hay que situar el Derecho. Tenemos el propósito, en esta campaña, de insistir en el lugar preponderante que concedemos al Derecho en nuestra sociedad. Todo ello sin disminuir el papel capital que desempeñan las instituciones. Cualquiera que sea el sentido que tome la Vª República -bien se incline al sistema parlamentario o presidencial- en cualquier supuesto, el principio básico de toda reforma se asienta sobre el refuerzo del papel del parlamento. Concordancia de votos al exigir la presencia física de los diputados electos, aumento de los medios de control, discusión presupuestaria, iniciativas legislativas, duración de las sesiones, comisiones de control, etc; se trata de recursos de sobra conocidos, que pueden llevarse a la práctica sin necesidad de una reforma profunda de la Constitución. Al referirnos a la idea de Nación, tal como se concibe en nuestro proyecto político, hay que entender que esa idea alude a Europa. Sobre todo, teniendo en cuenta que estos dos supuestos deben permanecer unidos:

En favor de Europa

-No será posible la construcción de una Francia fuerte y en paz, dentro de una Europa con sensación de derrota y paralizada. Europa es como esa cumbre sobre la que nos gustaría respirar: el espacio natural en el que mostrar el espíritu de la identidad y del talento francés.

-La segunda afirmación indica que no construiremos Europa destruyendo sus naciones. Así pues, no queremos elegir entre las dos caras de la alternativa: o la Francia en solitario o la Europa en crisis. Rechazamos, pues, estas dos amenazas y presentamos a cambio la necesidad de trabajar, idear, proponer, en torno al único objetivo útil: ¿cómo será posible conseguir el progreso de Europa, siendo fieles a nosotros mismos?

Desde el plano de la construcción de Europa, tema de primera magnitud política para nuestro partido, nos decidimos a la elección por una geografía y una historia determinadas. En efecto, podemos seguir siendo geográficamente europeos. No es nada difícil. Tal cosa supone acomodar nuestras fronteras con los vecinos, abrirnos a su comercio y abrirles a nuestros productos. Pero también podemos al mismo tiempo separarnos de una historia de la que -sencillamente- no somos actores.

La cuestión sería, en tal caso, que esa historia se escribiría al margen de nosotros, sin nosotros. No es difícil calificar de territorio europeo desde Portugal al Báltico, o desde las Cícladas a Shetland. Pero ya resulta más difícil construir nuestra historia todos juntos, influyendo, a partir de entonces, como gran potencia en los destinos del mundo. Lo que más nos cuesta no es el nombre de europeos, pues no se trata aquí de festejar puentes, o túneles y autopistas «europeas», sino la voluntad política de compartir el poder, y de ponerlo al servicio de nuestras convicciones y prácticas sociales de convivencia que -como en la actitud unánime ante dramas como los de Bosnia y Argelia- muestran los verdaderos fundamentos de la identidad europea.

Es cierto, sin embargo, que ayudar en la construcción de una gran potencia es, en cierto modo, más difícil para el caso de Francia que para otras naciones. Más difícil, porque no tenemos cultura de Imperio. Y más difícil, porque durante largos períodos hemos dominado Europa. Por las cifras de la demografía y el peso de las armas, ocupamos bastantes veces una posición particular dentro de Europa. Con la excepción de Suiza, hemos invadido o constituido una seria amenaza para todos nuestros vecinos. En el siglo XVIII fuimos llamados por el resto de los europeos, «La gran Nación». Sin embargo, no fundaremos sobre la nostalgia nada que tenga la solidez necesaria. Reconozcamos también que, desde el siglo XVI hasta el momento actual, hemos pasado de representar el 35% de la población europea (Rusia incluida), al 11% en 1990. Pese a esa realidad, estoy convencido de que el Partido Republicano debe encabezar el movimiento francés hacia Europa, como una de las condiciones que podrían facilitar nuestra recuperación. Circunstancia que pasa -de modo constante en los 35 últimos años- por nuestro particular entendimiento con Alemania.

Acuerdo franco-alemán

Es un hecho que, para la gran mayoría del pueblo alemán, Francia es un país que «cae simpático», sin duda alguna, y que es «importante», también sin duda. Pero esa buena relación franco-alemana, no influye demasiado a la hora de orientar los intereses preferentes de Alemania respecto a Europa, que deberían dirigirse -para gran parte de la opinión pública- hacia sus problemas internos, como son las campañas contra el crimen, sobriedad presupuestaria y atención a los particularismos locales.

Por lo que se refiere a Francia, desempeña un papel fundamental sólo en el terreno de la defensa de Europa, porque la opinión alemana no desea que su país ocupe en este ámbito ningún puesto destacado. La Unión Política acaba por convertirse en un concepto demasiado vago (pese a la opinión favorable a una política internacional común), y el objetivo de la moneda única sigue siendo francamente impopular.

Las élites políticas y económicas alemanas, si bien no creen que exista una crisis en las relaciones de nuestros dos países, reconocen sin empacho que se mantienen serios recelos mutuos y no solo por cuestiones del desconocimiento del idioma, sino también de las respectivas culturas políticas, lo que añade un problema específico, que Alain Lamassure conoce bien: la falta de tiempo, o, como sospechan algunos, la falta de interés. Y lo peor, como afirman ciertos interlocutores, es que esas dificultades tienden a agravarse:

1) Las nuevas prioridades europeas de Alemania se distancian cada vez más del acuerdo franco-alemán.

2) Toda una generación de alemanes francófilos está a punto de quedar sobrepasada.

3) Berlín, la nueva capital, aleja la frontera francesa del anterior centro de decisión política, Bonn.

4) La vuelta del SPD al poder en Alemania resulta cada vez más probable; sobre este hecho, es preciso reconocer que los franceses no han establecido el oportuno diálogo con este partido.

Si he insistido tantas veces en el tema de la Nación, es porque estoy convencido de que no podemos fundar nada sólido ni permanente, sin ella y mucho menos contra ella. Creo, tomando una frase reciente, que hará falta «menos de nación económica» y más de «nación social». Lo que supone, en mi opinión, que las raíces de la crisis de identidad que afecta a nuestro país no están muy lejos de la crisis social.

A la pregunta ¿para qué sirve un ciudadano? responde como un lejano eco otra pregunta: ¿para qué sirve un parado? Y puesto que aspiramos a contestar esta doble pregunta con una sola respuesta: solidaridad, nos declaramos unidos a la supervivencia de una nación, aceptando, no solo su apertura -yo diría pasiva- hacia Europa, sino también un papel activo en la construcción del continente.

Reforzar la Unión Europea

Tal vez deberíamos reflexionar sobre el papel que van a representar las próximas etapas -en verdad capitales- del proceso de unión europeo. No pretendo aludir a las instituciones que han sido objeto de propuestas francesas acertadas e inteligentes, sino que voy a referir

François Leotard

me a los dos fines más decisivos y también más difíciles que faltan por cumplir: la moneda y el ejército europeos.

Solamente dos puntos para pensar: es imprescindible lograr la moneda única para 1997. Si nos atrasamos, o, peor aun, si renunciamos al proyecto, el torbellino de monedas, el impacto de las especulaciones, los desequilibrios económicos, harían inútil hasta la voluntad política más decidida.

En materia de defensa, hemos realizado, en verdad, notables progresos. Me atrevo a afirmar ahora que en el terreno defensivo -precisamente en el único en el que no se hicieron previsiones concretas, ni en el Tratado de Roma ni, como tales, en Maastricht- es donde se han dado, en los últimos años, los pasos más significativos. Maniobras conjuntas, organización operativa del Cuerpo de Ejército Europeo, intercambio estratégico con nuestros socios, creación de fuerzas multinacionales en la zona sur, con italianos y españoles, Agencia franco-alemana de Armamento, conversaciones nucleares con los británicos, desarrollo de programas de cooperación, comienzos del programa de la Europa del Espacio, cuerpo aéreo franco-británico… La lista de iniciativas, decisiones y pasos hacia delante es ya muy extensa. Se corresponde con la misma extensión de los desafíos que se nos lanzan desde ese mundo nuevo de la post-guerra fría. De tal modo que, finalizado el año 1994, cada una de las cuatro cumbres europeas: franco-alemana, franco-italiana, franco-española y franco-británica, se han caracterizado por un mayor grado de compromiso en materia de defensa. Pero la Nación es un cuerpo vivo que gira, según la vuelta que corresponde, de forma insegura, activa, inquieta, pasiva, dolorida… Solo estará en condiciones de recorrer el mundo que le espera, si logra establecer un amplio acuerdo a las reformas que le son necesarias para continuar su marcha hacia delante.

La Reforma

Si nuestra tasa de paro es más elevada que la media europea, si nuestros excedentes comerciales, aunque se mantienen altos y equilibrados, no consiguen el nivel de Alemania, si nuestra presión fiscal resulta incomprensible, si tantos jóvenes terminan sus estudios sin una formación adecuada, si nuestras empresas soportan cargas mucho

Francia y el futuro

más pesadas que las de nuestra competencia extranjera, todo esto no puede ser tomado como una especie de fatalidad que se hubiera cebado malignamente en nuestro país. Se trata, simplemente, de que las reformas necesarias no se hicieron a tiempo. Y es que, con demasiada frecuencia, nuestro país prefiere la revuelta a la reforma.

Con los ojos puestos en la reforma, hemos de conceder un voto de confianza al Primer Ministro, al Gobierno por él nombrado, a la mayoría que lo sustenta, actitud de apoyo decidido que, pese a grandes dificultades, hemos mantenido durante los últimos dos años. Desde las mejoras obtenidas en la participación de los asalariados en los beneficios, hasta los nuevos derechos del pequeño empresario; desde la privatización de las cinco grandes empresas públicas hasta la reforma del impuesto sobre la renta, desde la reforma del Consejo Superior de la Magistratura hasta la creación del Tribunal de Justicia de la República, desde la reforma del derecho a la nacionalidad hasta la ley sobre el control de la emigración, desde el Libro Blanco sobre la Defensa hasta la ley sobre el programa militar 95-2000; desde la ley de seguridad social hasta una reforma tan valiente como la del régimen de jubilación, hemos abordado las reformas más difíciles que haya conocido nuestro país desde hace mucho tiempo. Me van a permitir, a la vista de semejante panorama, rechazar con cierto desprecio mezclado de ironía, la acusación formulada desde diversos sectores de la oposición de que hemos desarrollado una política conservadora.

El Poder

Si utilizo ahora el término Poder, lo hago con el objeto de unir dentro de un mismo propósito, tres fines:

1) Reforzar la cohesión de la actual mayoría.

2) Comprometer la necesaria renovación del proceso descentralizador.

3) Asentar la autoridad del Estado.

No sería posible, ciertamente, mantener mucho tiempo la opinión general en favor de esta nueva singladura de la Vª República, de no contar con una mayoría consciente, lúcida, que apruebe la decisión de distribuir el poder a través del proceso descentralizador y fortalecer simultáneamente la autoridad del Estado. Según nuestro programa, distribuir el poder no supone debilitar al Estado. Eso carecería de sentido. Tratamos con ello, simplemente, de entregar a cada persona individual, lo mismo que a cada una de las comunidades en las que vive y se expresa, su dignidad de ciudadano.

En consecuencia, esta próxima elección presidencial, debería servir para dar una respuesta clara al ansia de recuperar la dignidad, de que sea reconocida la tarea que realiza en su propia parcela cada uno de nuestros compatriotas. Ser escuchado, tomar parte en las decisiones, negociar, votar y controlar, son algunos de los deseos que forman parte de esta reivindicación. Del hombre ciudadano a la región ciudadana, nos proponemos crear las condiciones de un nuevo diálogo republicano. Para nuestra familia política, ¿habrá algún mensaje más urgente, más imperioso, más liberal que el de otorgar a cada cual -en particular a cada joven- hombre o mujer, el sentido de su protagonismo, de su prioridad sobre el dinero, sobre el favoritismo, la picaresca o el apaño? «República» supone reconocer el valor del mérito propio, más que una idea política. Y no creo que pueda separarse la distribución del poder del acceso de cada uno a las responsabilidades, a su responsabilidad. En consecuencia, hablamos de la superioridad del individuo sobre el dinero, del joven sobre su trabajo, del ciudadano sobre el Estado, del trabajador sobre la máquina, en otras palabras, de la superioridad del hombre en referencia a todo lo demás, que está para servirle.

Nuestra intención ha sido ir mucho más allá de mejorar una simple técnica de eficacia burocrática, propósito repetido hasta el punto de marcar las fases en el desarrollo de nuestra historia en cuanto se refiere al desarrollo administrativo: descentralización, desconcentración, deslocalización, etc. Nuestras ambiciones van mucho más lejos que todas estas palabras, cuyo sentido, por mucho esfuerzo que hagamos, se encuentra hoy fuera de los intereses de nuestros conciudadanos. Lo cierto es que ellos consideran que disponemos del suficiente número de funcionarios, gestores y técnicos para encauzar y controlar todos esos problemas. ¿Habremos de repetir una vez más que no somos simples gestores de la «cosa pública»? Nuestra responsabilidad es política. Por eso no puede reducirse a una fórmula de reparto o a un decreto bien elaborado, ni siquiera recurriendo a la mejor de las «comisiones» de trabajo. La mera superposición de textos y documentos no sirve para justificar una buena política. El proyecto que defendemos aspira a ser un humanismo.

Diálogo social

Si queremos acabar con esta sociedad esquizofrénica, que exige responsabilidad y al mismo tiempo ignora, que ayuda, pero no se interesa, que gasta en exceso pero no protege nada, que logra combinar en carrera de obstáculos asistencia y miseria, será necesario encontrar los fundamentos del compromiso político, su parte más noble, es decir, la visión de futuro y el valor moral, ideas por las que luchamos. Todo esto pasará, no lo dudemos, gracias a la apertura de un auténtico diálogo, al día siguiente a las elecciones presidenciales. Porque no se trata sólo de descentralizar el poder en favor de los territorios locales, sino de lograr verdaderos colaboradores. Desearía, por mi parte, establecer antes del próximo verano un diálogo amplio con las grandes organizaciones sindicales, familiares y profesionales que nos permitiera examinar de forma leal y responsable el partido que podremos sacar a este resurgir con el que nos hemos encontrado. Sin embargo, solo sería posible proseguir la tarea de reconducción asumida en abril de 1993, a través del espíritu de diálogo con las fuerzas sociales del país.

Las sesiones informativas y las necesarias discusiones sobre el equilibrio de los salarios, las condiciones de trabajo, el estado de la contabilidad social, la reglamentación de la jornada de trabajo, las indemnizaciones de paro, deberán ser objeto de una tarea de examen profundamente descentralizada, respetando las características específicas de las industrias y sus diversas ramificaciones. Con el fin de equilibrar este reparto del poder y del diálogo abierto con el conjunto del cuerpo social, es necesario un Estado fuerte en aquellas facetas en las que los ciudadanos tienen derecho a confiar en esa fuerza. He dicho Estado «fuerte» y no «pesado». Las competencias judiciales, policiales y militares se verán -si actuamos con valor y lucidez- reforzadas. La autoridad del Estado no es más que la autoridad de sus representantes.

En cierto sentido, se trata, simplemente, de la vuelta de la República. ¿Quién no comprende que, al ceder en determinados temas, al

renunciar a sus propios principios, la República no crea mayores espacios de libertad, sino que abandona sus propios terrenos en manos de la injusticia y la violencia? Recordemos al respecto que devolver la autoridad al Estado es una forma de «ejercerla», en lugar de «jugar con ella».

Hemos visto en el pasado a un Presidente de la República recibir en su despacho a una delegación de estudiantes rebeldes, y a su ministro de Educación lamentar por la radio que, por aquella entrevista, sus medidas habían sido invalidadas. Hemos visto a un Primer Ministro de la República lanzarse a burlas xenófobas en detrimento de japoneses y británicos. Hemos visto a un ministro de Asuntos Exteriores financiar su campaña electoral con la ayuda de un país hostil a Francia y, poco tiempo antes, mi predecesor en la cartera de Defensa tuvo que dimitir en medio de un gran escándalo, justo antes de entrar en combate, en la campaña del Golfo Pérsico.

O, tal vez, podríamos remontarnos en el tiempo e imaginar las disputas casi públicas del ministro del Interior, o pensar cómo, en un pasado todavía reciente, ciertos extraños pasajeros fueron acogidos en nuestros aviones oficiales. Como también sería posible -y ésto es más grave todavía- recordar los apretones de mano de Gadaffi y Honecker, o la solemne lectura de la correspondencia de un golpista hoy olvidado…

Pero todo esto pertenece al pasado, o mejor, pertenecerá al pasado si acertamos a distinguir dónde están y quiénes son nuestros verdaderos adversarios. Porque mi temor es, hoy por hoy, que olvidemos el combate que, por el momento, hemos ganado.

El que con el tiempo habría de ser Felipe II el Atrevido aconsejaba a su Rey, el Rey de Francia, mientras se libraba la batalla de Poitiers. Era un 19 de septiembre de 1356. Ante los sucesivos ataques de los ingleses por los flancos, gritaba a Juan II, el Bueno: «Padre, ¡en guardia por la derecha! Padre, ¡en guardia por la izquierda!» Hemos de estar prevenidos hoy ante el mismo tipo de ataques. Las demagogias de izquierda o las de derecha encuentran, ambas, un valioso aliado en el populismo, hoy día muy activo. Y entre esas dos fuerzas está Francia, que a veces puede recordar, si se me permite la expresión, a un «boxeador sonado».