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Ver productos«Menorca posee una inmensa bibliografía. Es uno de los lugares habitados por nuestra gente sobre el cual se han concentrado una mayor cantidad de observaciones de la procedencia más diversa. Casi toda esta curiosidad se ha producido en la época moderna. El hecho es notable. Dudo que haya un espacio en esta misma área que proporcionalmente contenga una documentación más al día y más general».
1 Jul 1992 - 9min.
Son palabras del escritor ampurdanés Josep Pla, escritas en 1948, que conservan toda su vigencia en la actualidad. Los años pasados desde que fueron escritas no han hecho sino acrecentar la bibliografía relativa a la isla en los distintos campos del conocimiento. De hecho, parafraseando una afirmación hecha en otro contexto, podría decirse que en la actualidad existen más investigadores activos en las distintas ramas del conocimiento que los que ha habido a lo largo de toda la historia hasta nuestros días.
El interés de los investigadores por la isla es relativamente tardío, ya que la primera noticia de un estudio realizado en Menorca data del año 1711.
El interés de los investigadores por la isla es relativamente tardío, ya que la primera noticia de un estudio realizado en Menorca data del año 1711. En esta fecha está documentada la estancia del botánico catalán Joan Salvador Riera, quien realizó una campaña de herborización en compañía de unos médicos ingleses. La visita de Salvador tuvo lugar estando la isla ocupada por las tropas inglesas, las cuales la habían conquistado en nombre del pretendiente al trono de España, el Archiduque Carlos. Posteriormente, en 1713, el tratado de Utrecht cedió la soberanía de la isla de Menorca a la Corona Británica, que la ejerció de un modo intermitente, por espacio de un siglo.
Dentro de la primera mitad de la centuria llegaron otros botánicos, el hermano del propio Salvador y más tarde los franceses Cusson y Richard, quienes visitaron la isla para conocer las peculiaridades de su flora. Estas investigaciones pueden encuadrarse en el contexto del esfuerzo llevado a cabo por diversas instituciones académicas de diferentes naciones en vistas a la determinación de las floras de cada país y sobre todo para promover la recolección de ejemplares y semillas con destino a los jardines botánicos.
Hacia la mitad del siglo aparecen los primeros libros referidos específicamente a Menorca. Estos libros surgen gracias a la curiosidad creciente que la isla despertaba en las capitales europeas, potenciada por su situación geográfica que la colocaba en el punto de mira de los intereses estratégicos de las grandes potencias de la época.
Los tres primeros libros que se publican responden claramente a este interés. En ellos los autores se sirvieron de sus experiencias profesionales en la isla para elaborar los textos. Dos de ellos están escritos por médicos, uno inglés, Georges Cleghorn, y el segundo francés, François Passerat de la Chapelle. El tercer libro fue escrito por un ingeniero llamado John Armstrong.
Los libros de Cleghorn y Passerat de la Chapelle describen la situación sanitaria de la isla, sus enfermedades más comunes, y su relación con el modo de vida y las costumbres de sus habitantes. El primero de los dos autores acompaña el texto puramente médico con un capítulo introductorio en el cual figuran numerosos datos de la fauna y flora isleñas, ofreciendo un catálogo con más de 400 especies vegetales y unas 200 animales, principalmente peces, con sus denominaciones prelinneanas seguidas por los nombres populares. El libro de Armstrong corresponde, más bien, a lo que en la época se llamaba una topografía histórica y así, junto a los capítulos dedicados a esbozar una historia de la isla, aparecen otros en los que se describe su territorio desde el punto de vista geográfico y naturalístico, poniendo mayor énfasis, como era de esperar por el origen profesional de su autor, en los aspectos geológicos.
Los primeros estudiosos de origen menorquín no aparecen hasta las últimas décadas del siglo XVIII. Profesionalmente son médicos y farmacéuticos, cuyos intereses se centran mayormente en el campo de la botánica, y se dedican a la elaboración de herbarios y catálogos de la flora menorquina.
Todos ellos trabajan en Menorca, pero mantienen contactos con instituciones de fuera de la isla. Así, uno de ellos, el farmacéutico Andreu Hernández, es corresponsal del Jardín Botánico de Madrid y miembro de la Real Academia de Farmacia, y otro, Joan Bals, es miembro de la Academia Médico-Práctica de Barcelona. Este último compagina sus aficiones botánicas con las meteorológicas y durante ocho años, entre 1792 y 1799, realiza tres observaciones diarias de presión y temperatura, las cuales han llegado hasta nuestros días en unos manuscritos que se conservan en la Real Academia de Medicina de Barcelona.
El siglo XIX se inicia con la figura de otro médico, formado también en Francia, de nombre Rafael Hernández, hijo de Andreu Hernández, y continuador de su obra botánica. Este personaje protagoniza hacia la mitad de la segunda década del siglo una polémica con el jurista, historiador y literato Joan Ramis, autor de un catálogo linneano con las especies vegetales, animales y minerales de la isla. Se ha de destacar la excepcionalidad de la polémica —en el contexto del panorama científico español de la época— por su viveza y por evidenciar la vigencia de un elevado interés hacia las cuestiones científicas en un determinado sector de la sociedad menorquina de principios del siglo XIX.
Las siguientes décadas se caracterizan, como en el resto del país, por un estancamiento general en los estudios naturalísticos, roto tan sólo por una rápida visita del botánico francés Cambessèdes, que fue acompañado en su estancia por Rafael Hernández. Fruto de esta visita fue un famoso estudio sobre la flora baleárica. Otro visitante de esta misma época fue Alberto della Marmora quien, residiendo temporalmente en Mallorca, llevó a cabo el primer mapa geológico de las Islas Baleares.
La segunda mitad del siglo XIX marca, sin duda, el inicio de la ciencia naturalística moderna en Menorca, y está presidida por dos figuras de primera magnitud. El primero de ellos es el sacerdote Francisco Cardona y Orfila, y el segundo, y el más importante a escala internacional, el farmacéutico y botánico J. J. Rodríguez Femenias.
Cardona y Orfila fue un malacólogo y entomólogo que mantenía relaciones epistolares con científicos de todo el mundo, y cuya colección malacológica fue considerada durante mucho tiempo como la segunda en importancia de todo el Estado español.
Cardona y Orfila fue un malacólogo y entomólogo que mantenía relaciones epistolares con científicos de todo el mundo, y cuya colección malacológica fue considerada durante mucho tiempo como la segunda en importancia de todo el Estado español. Determinó tres especies de moluscos nuevas para la ciencia, y publicó numerosos catálogos de coleópteros menorquines.
J. J. Rodríguez Femenias comenzó sus trabajos botánicos hacia 1860, dedicándose en una primera época a las plantas fanerógamas, pero al poco tiempo desplazó el centro de sus intereses hacia el complejo mundo de las algas, del que llegó a ser un especialista de renombre internacional. Mantuvo contactos epistolares con la mayoría de los botánicos de la época y las muestras que les enviaba forman parte actualmente de diversos herbarios europeos. Por otra parte, elaboró una importante colección de algas, actualmente depositada en el Ateneo de Mahón, con los ejemplares que recogía en Menorca y con otros que le enviaban sus corresponsales.
Sus obras principales son la Flórula de Menorca (1904), en la que recoge más de 1.000 especies entre fanerógamas, pteridófitos, algas y líquenes, y un folleto denominado Algas de las Baleares (1888).
Otros científicos menorquines, activos en las últimas décadas del siglo y primeras del siguiente, son Mauricio Hernández Ponsetí, Jaime Ferrer Aledo y Antonio Landino. El primero, farmacéutico como Rodríguez, realizó algunos estudios de la flora y la avifauna menorquinas, pero destaca sobre todo por sus trabajos meteorológicos. Durante cerca de cuarenta años llevó a cabo observaciones meteorológicas diarias en una estación establecida en la azotea de su casa particular.
Ferrer Aledo, farmacéutico también, se dedicó muy especialmente al estudio de la fauna piscícola de la isla publicando numerosos catálogos y otros estudios. Destacan también sus valiosas aportaciones al campo de la antropología del mundo de la pesca.
En último término la aportación más importante de Landino fue la recolección de un herbario de plantas superiores menorquinas, que se halla depositado, como el herbario de algas de Rodríguez, en el edificio del Ateneo de Mahón.
La primera mitad del siglo XX se caracterizó por el inicio de un claro estancamiento de la investigación naturalística menorquina, que iba creciendo a medida que transcurrían los años. Las dos primeras décadas del siglo XX conocieron todavía la actividad de algunos de los científicos que habían iniciado su andadura en el siglo anterior. Sin embargo, los investigadores autóctonos iban desapareciendo paulatinamente sin que se diera un recambio generacional por primera vez en muchos años.
De esta manera se llegó a los años treinta, en los que la parálisis científica fue casi total y se prolongó durante los primeros años en la difícil posguerra. Sólo existen dos importantes excepciones: el meteorólogo José M.ª Jansá y el ornitólogo Josep Moll. Jansá fue uno de los forjadores de la moderna meteorología española. Publicó entre 1930 y 1932 uno de los primeros estudios científicos sobre el fenómeno de la tramontana, considerado como uno de los trabajos rigurosos sobre este tema, y que en su tiempo abrió nuevos caminos a los investigadores. El segundo dedicó sus esfuerzos a la fauna ornitológica menorquina, de la cual llegó a ser uno de sus mejores conocedores, publicando los resultados de sus observaciones en 1957 en una publicación ya clásica denominada Las aves de Menorca.
A partir de los años sesenta la situación empezó a cambiar impulsada por el despegue económico de la isla, que en un principio estuvo propiciado, no por el incipiente turismo, como hubiera sido de esperar, sino por una importante —en la época— industria (bisutería, calzado y transformados alimentarios). Este despegue económico posibilitó la formación universitaria de un elevado contingente de estudiantes pertenecientes en su mayoría a familias de clases medias que había visto mejorar significativamente sus economías. Muchos de ellos se dedicaron posteriormente, a la investigación y a la docencia en las universidades del país, principalmente en las de Barcelona y la de las Islas Baleares. De esta manera el número de investigadores preparados creció espectacularmente, y los campos de interés abarcaron todos los aspectos de las ciencias naturales.
Por otra parte, estas investigaciones llevadas a cabo por menorquines afincados en distintas universidades tuvieron un efecto de bola de nieve y en la actualidad se puede afirmar que todas las universidades de las tierras vecinas, y no tan vecinas, tiene en sus departamentos de ciencias naturales algún programa de investigación relacionado con la isla, cuyos impulsores no son siempre científicos nacidos en ella.
Para finalizar, no nos queda sino citar dos proyectos específicamente menorquines, que pretenden jugar un papel dinamizador y hasta cierto punto coordinador del complejo panorama científico menorquín. Se trata del Institut Menorquí d’Estudis y la Enciclopèdia de Menorca.
El primero es una fundación pública, creada por el Consell Insular de Menorca, que aglutina en cinco secciones a un centenar de investigadores menorquines, que trabajan en la misma isla o fuera de ella, potenciando sus publicaciones, financiando investigaciones y organizando seminarios universitarios para debatir temas de interés para el conocimiento de la isla.
La Enciclopèdia de Menorca, por su parte es un proyecto editorial, actualmente en curso de publicación, que pretende recoger y sintetizar los conocimientos sobre Menorca en todos los campos del saber tanto naturalísticos como humanísticos.