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Ver productos1 Nov 1990 - 5min.
Los acontecimientos políticos acaecido en los últimos meses, responsables de la llamada «Crisis del Golfo», han puesto de manifiesto la vulnerabilidad de las economías occidentales, en la medida en que su dependencia energética es más o menos importante, sobre todo en relación con la utilización del petróleo. En España la situación alcanza una dimensión preocupante ya que nuestro grado de autoabastecimiento energético es muy pequeño, y, por consiguiente, cualquier alteración exterior que repercuta en precios o suministros altera profundamente el funcionamiento de los demás subsectores económicos. Cuando ya, con cierta alegría, se hablaba de salida de la crisis de forma un tanto generalizada, de nuevo se vuelve a mencionar tan temida palabra y de inmediato las reacciones ante ella se concretan en medidas de reajuste y de freno económico, con las consiguientes repercusiones sociales y territoriales.
Desde que en España se inició la industrialización ha existido un fuerte abastecimiento energético externo, si bien su mayor crecimiento coincide con la década de los años sesenta, sin que en el momento presente haya perdido importancia a pesar de haber experimentado los efectos de dos crisis petrolíferas en 1973 y 1979. El gran crecimiento y la diversificación del consumo, como consecuencia del impulso industrial del posterior desarrollo de las actividades terciarias y del incremento del nivel de vida, las empresas productoras privadas, los partidos políticos, diversas asociaciones de ideologías e intereses diferentes, e incluso ciertos líderes de la vida económica nacional, emiten sus opiniones, que en cierto modo, por ser contradictorias, han dado origen a un importante debate. Coinciden por lo general en la necesidad de reducir la dependencia energética, si bien las vías propuestas son diferentes y tienen por protagonista la energía nuclear; para unos esta fuente es la única solución al conflicto, otras la rechazan. Ahora bien, por lo general no se señalan todos los efectos positivos y negativos que una u otra alternativa llevaría consigo. Es más, parece que esta polémica, unida a la nueva coyuntura, ha sido la causa del retraso de la presentación y debate del nuevo PEN.
Un sector del actual Gobierno, grupos ecologistas e Izquierda Unida defienden la moratoria nuclear e incluso el cierre de las actuales centrales en funcionamiento, amparados en el riesgo que presentan estas instalaciones; la patronal eléctrica, parte del Gobierno y personalidades destacadas de la vida nacional abogan por un incremento de la potencia nuclear y fundamentalmente por la apertura de la central de Valdecaballeros. Ambos planteamientos parecen en ocasiones moverse por meros intereses políticos, de imagen de cara al exterior, ya que sus posturas no suelen ir acompañadas de estudios serios que evalúen con realismo la relación coste-beneficio en el contexto social, económico y ecológico preferentemente. Resulta curioso el hecho de que en el propio Gobierno existan divergencias en materia energética, aunque transmita el mensaje genérico de reducir la dependencia externa y de forma paralela, se suscriba un contrato con Francia para suministro de electricidad (1.000 Mw ampliables a 2.000), parte de ella producida en centrales nucleares próximas espacialmente a ciertos territorios del norte peninsular.
La patronal eléctrica, parte del Gobierno y personalidades destacadas de la vida nacional abogan por un incremento de la potencia nuclear y fundamentalmente por la apertura de la central de Valcecaballeros.
Ante esta situación dominada en general por posturas y planteamientos a veces poco sólidos, queremos señalar que es preciso abordar una política energética eficaz, cuyos contenidos se discutan en un foro ideológico lo más amplio posible, vayan precedidos de estudios serios y rigurosos y se marginen las llamadas posturas políticas de claros signos electoralistas. A nuestro juicio sería interesante que se incidiera sobre los siguientes aspectos. En primer lugar sobre el control del consumo, llevando a cabo medidas que potenciaran el ahorro y la eficiencia energética; podríamos decir que en España se derrocha energía. En segundo lugar, convendría analizar en profundidad la rentabilidad, no sólo económica, sino social y territorial de la producción nuclear. Es indiscutible que su producción implica un riesgo, también otras formas de obtención de energía y de producción industrial en general lo tienen y, sin embargo, apenas se mencionan. Habría que ser estrictamente rigurosos en el control de la producción responsabilizando de su puesta en marcha y seguimiento a diferentes sectores de la sociedad, con objeto de garantizar un funcionamiento óptimo. Asimismo evaluar los costes sociales y económicos de las inversiones realizadas y explicar al ciudadano, con objetividad, su incidencia, tanto si se amplía la producción, como si se reduce o mantiene; no hay que olvidar que la inversión realizada hasta el momento en Valdecaballeros asciende a 360.000 millones de pesetas, que por supuesto no perderán los inversores. Si se demuestra la necesidad real de incrementar esta forma de producción, para garantizar el consumo actual y futuro, con costes lo más bajos posibles, debe llevarse a cabo con las máximas garantías, tal y como hemos señalado con anterioridad.
Ahora bien, no debe acabar aquí nuestra política energética, admitamos que la producción nuclear es el menos malo de los remedios, pero en absoluto el único, ni el definitivo. A lo largo de la historia energética de la Humanidad ha habido numerosos ciclos en los cuales se han producido importantes sustituciones energéticas, por ello debemos pensar que en un futuro se pueden incorporar nuevas fuentes que marginen algunas de las actuales denominadas convencionales.
Para que esto sea posible no hay más que un camino, fomentar la investigación. Cabría decir que más que una crisis de la energía, hay una crisis del petróleo, junto a una crisis tecnológica y económica en materia energética. La primera explicada, como es conocido, por las oscilaciones de sus precios, la segunda porque de hecho existe en la Naturaleza abundante energía (pensemos en todas las energías renovables), sucede que en ocasiones se desconoce como movilizarla o transformarla o cuando se sabe, su coste es por el momento muy alto. A esto se añadirían las dificultades que, en el actual nivel de investigación, supone el propio modelo de concentración socioeconómica espacial, no sólo en España, sino en la mayor parte de los países desarrollados, que exige altas cantidades de energía en unos puntos concretos, que no pueden abastecer, con su actual nivel de conocimiento tecnológico, parte de las denominadas energías renovables.
En definitiva, la lección que debe dar la tercera gran crisis del petróleo es que no se puede desarrollar una política energética momentánea, coyuntural y con escasa visión de futuro, debe contemplar horizontes amplios y su objetivo último debe ser incrementar el grado de autoabastecimiento nacional, incidiendo a la vez sobre la producción y el consumo. En ella el capítulo dedicado a la investigación de nuevas fuentes debe ser el más importante.