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«Yo soy lector, escritor y profesor, por ese orden cronológico», ha afirmado Luis Landero en más de una ocasión, «y no siempre esas tres personas coinciden en sus criterios, gustos e intereses». Pues bien, en El huerto de Emerson se concitan todos ellos: el Landero escritor, que reflexiona sobre su oficio y sobre el inaprehensible arte de la escritura; el Landero lector, que se sumerge en detalles y pasajes mínimos –pero iluminadores– de los libros que mayor huella le han dejado; el Landero profesor de literatura, que comparte enseñanzas y consejos con los jóvenes aspirantes a escritor, y el Landero persona, fundamentalmente exniño, que bucea una y otra vez en sus recuerdos lejanos del pueblo y la familia en busca del tesoro de la sabiduría, del misterio de las cosas, del intríngulis de la vida.

«El narrador va espigando citas, imágenes, nostalgias, recuerdos, donde literatura y vida se confunden, o mejor dicho se funden, porque los libros leídos se convierten en libros vividos»

Cada capítulo está protagonizado alternativamente por uno de ellos, que en el fondo son el mismo, y el narrador va espigando citas, imágenes, nostalgias, recuerdos, donde literatura y vida se confunden, o mejor dicho se funden, porque los libros leídos se convierten en libros vividos y pasan a formar parte de uno mismo, lo leído pasa a ser una vivencia, a veces más profunda que la propia vida, y lo vivido, a través del tamiz de la imaginación y del recuerdo, pasa a nutrir los telares de la literatura.

El huerto de Emerson. Luis Landero. Tusquets. Barcelona, 2021. 240 págs. 19 € (papel) / 9'99 € (digital).
El huerto de Emerson. Luis Landero. Tusquets. Barcelona, 2021. 240 págs. 19 € (papel) / 9’99 € (digital).

Cronista oficial de las ilusiones perdidas, los sueños frustrados y los afanes insatisfechos, para Landero, todo, hasta la ficción, emerge del pozo sin fondo de la memoria. Pero el Landero novelista, que tiene cierta tendencia a la depresión, el abatimiento o las dudas sobre sus condiciones para el oficio, siente que ya ha exprimido y contado su pasado demasiadas veces, en cientos de páginas, sirviéndose de él para forjar las historias y los personajes de sus novelas, y piensa que lo que ocurre, quizá, es que ya no le queda nada por vendimiar de su pasado. Por eso abre un cuaderno nuevo y empieza a escribir este libro.

Quiere dejarse llevar por el fluir de la escritura, que el libro le vaya saliendo solo, echarse a los caminos de la imaginación y la memoria sin mapas ni rutas prefijadas, lanzándose a la ventura del escribir, confiando en el lenguaje y dejando que las palabras solas guíen sus pasos. El escritor es pastor de las palabras, sí, pero también sirviente de ellas; por eso debe guiarlas y cuidarlas para que no se desmanden, pero también ha de dejarse orientar por ellas: «A veces el quiebro de una frase vale más que la luminosa geometría de un algoritmo narrativo». En ese juego de doble dirección se dirime el arte de la escritura.
De este modo, alternando la reflexión sobre la escritura y la lectura con los recuerdos de su infancia y las meditaciones sobre los grandes temas de la vida, sin dejar de lado a la muerte, Luis Landero va dando cuenta de «lo que vivo, lo que me cuentan, lo que siento, lo que leo y lo que escucho». Reflexiona, por ejemplo, sobre el poder del lenguaje, que es capaz de crear realidades más fuertes y perdurables que la propia realidad objetiva, instaurando el horror o la belleza, y evoca esos momentos de felicidad que produce la escritura, cuando el escritor siente la música de las palabras, «cuando consigue convocar en unas líneas los cinco sentidos, o cuando alcanza el sencillo y extremado arte de la precisión», un placer casi físico al que denomina «la lascivia de la exactitud».

«Landero ha protagonizado un viaje estilístico que, por decirlo grosso modo, transita de García Márquez a Azorín, quitándose adornos, fogonazos y prodigios, adelgazándose, purificándose»

En este sentido, hay que decir que la prosa de Landero ha ido adquiriendo mayor sobriedad y precisión con el transcurso del tiempo, acercándose cada vez más a ese modelo de desnudez y exactitud que para él representa la prosa del Lazarillo. Desde la exuberancia deslumbrante de sus primeras novelas, las maravillosas Juegos de la edad tardía (1989) y Caballeros de fortuna (1994), hasta la emoción contenida de Un balcón en invierno (2014) y El huerto de Emerson (2021), Landero ha protagonizado un viaje estilístico que, por decirlo grosso modo, transita de García Márquez a Azorín, quitándose adornos, fogonazos y prodigios, adelgazándose, purificándose.

Hombre de lecturas desordenadas, motivadas por el placer y la curiosidad, Landero siente que ha retenido muy poco de todo lo que ha leído: «Salvo algunas generalidades, apenas ha sobrevivido nada de lo que llegué a saber». Todo aparece en él confuso, suelto, desparejado. Por eso no se considera especialista en nada, ni siquiera en los escritores que comentaba en clase de literatura, «y más que un profesor que escribe, he sido un escritor que en sus horas libres se ganaba la vida dando clases».

Como profesor, siempre trató de transmitir a sus alumnos su amor a las palabras y su entusiasmo por los libros. Considera que no hay unas técnicas precisas que se puedan aplicar en la escritura narrativa y que, por tanto, el de contar no es exactamente un oficio o una profesión.

ENTRENAR LA CAPACIDAD DE ASOMBRO

La más importante lección que puede recibir cualquier aspirante a escritor es que debe entrenar la capacidad de asombro: no dar las cosas por vividas o sabidas, sino generar el hábito del extrañamiento; ver las cosas cada vez como si fuesen nuevas, con la inocencia del niño, pues cada uno tiene su manera propia y original de pensar y sentir el mundo, y lo primero que debe descubrir todo escritor es cuál es la suya.

Aquí llega la enseñanza fundamental de Emerson que da título al libro: has de laborar tu propio huerto sin angustia ni prisas. Todo está por estrenar y hay que vivir la vida como lo que es: una aventura irrepetible. Tenemos que descubrir quiénes somos y cuál es nuestro mundo, personal e intransferible. Generalmente «vamos por la vida demasiado aprisa, sin fijar la mirada en las cosas, sin pararnos a descubrirlas y pensarlas», anestesiados por la modorra de la costumbre, y así es imposible propiciar una disposición óptima para la escritura.

En resumen, la receta básica para el escritor es soledad, lentitud y concentración. Hay que pararse a observar y escuchar las cosas, dejarlas que nos hablen, y encontrar cada uno nuestro ritmo. Hay que aprender a leer y observar de un modo personal, huyendo de las vaguedades y abstracciones y centrándose en lo concreto. Dice Emerson que cada cual ha de aceptarse a sí mismo tal como es, y aceptarse además con orgullo y contento, pues a todos nos ha tocado en suerte un pequeño huerto en el que laborar. Además, el secreto del arte y de la lucidez reside en prolongar la infancia, «juntar al niño que uno fue con el hombre experimentado y hasta sabio que uno ha llegado a ser», concluye Landero.

Con esta y otras muchas ideas, recogidas de escritores, pensadores y artistas como Cervantes («Saber sentir es saber decir»), Van Gogh («Encuentra bello todo lo que puedas»), Eugenio Montale («Me contentaría con transmitir la luz de una cerilla»), Flaubert («Todo lo que se mira con intensidad se hace interesante»), Goethe («Basta con sentir»), Josep Pla («Es mucho más difícil describir que opinar»), Stendhal, Joyce, Proust, Freud, Juan Ramón Jiménez, Pessoa o Montaigne, entre tantos otros, Luis Landero va trufando de perlas un texto que es una auténtica delicia de lectura, además de un aprendizaje constante y una enseñanza profunda de vida y de literatura, siempre compartida desde la humildad y la modestia. Diríamos que El huerto de Emerson es mucho más que un libro. Es una experiencia inolvidable.


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