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Ver productos1 Sep 1990 - 4min.
Con frecuencia, cuando se habla de la conservación de la Naturaleza, de la protección del medio ambiente y de su posible incidencia sobre determinadas actividades de desarrollo y explotación de recursos, a las que impondrían ciertas limitaciones, una opinión muy generalizada es que todo esto «suena muy bien», está muy de moda, pero tiene un precio. Y se considera excesivamente alto lo que los economistas definen como coste de oportunidad de optar por la conservación, y es por tanto un lujo que difícilmente puede permitirse un país o, al menos, todos los países.
Esta opinión es ciertamente lo primero que se le ocurre a cualquiera; pero el problema está ya seriamente planteado y son muchos los puntos a debatir. En primer lugar, el modo de hacer las cuentas: con el sistema establecido no sólo no se toma en consideración la depreciación de los activos naturales que traen consigo muchas acciones que inciden sobre el medio ambiente, sino que se llegan a considerar como integrantes del producto nacional los costes de reparar los daños causados por un desastre ambiental, por ejemplo, una marea negra.
Por otra parte, hoy día está fuera de toda duda la necesidad de compatibilizar el desarrollo económico con el mantenimiento de procesos naturales de los que depende la vida del hombre en la Tierra. En el ámbito científico y también en el empresarial y en las Administraciones públicas se está prestando mucha atención a la búsqueda de fórmulas que permitan conciliar los intereses económicos con los ecológicos. En el artículo del profesor Tietenberg, en esta misma sección de NUEVA REVISTA, se describen algunos incentivos económicos que pueden contribuir a ello.
Aún más allá de estos esfuerzos compatibilizadores, cabe pensar en otras actividades, actualmente en inicio y que pueden suponer en un futuro próximo una fuente de ingresos que superará ampliamente este coste de oportunidad. Ejemplo de ellas es el llamado turismo ecológico.
Cada vez es mayor el número de personas que emplean su tiempo de ocio en estar en contacto con la Naturaleza, apreciando la belleza de un medio natural virgen. Se está desarrollando un turismo que busca regiones en las que se complemente el patrimonio cultural con un patrimonio natural inalterado, y muchos países están destinando amplias zonas de su territorio a la creación de parques y reservas naturales.
Entre los objetivos de la creación de parques, no sólo está preservar el medio natural, sino también garantizar la supervivencia de ciertas etnias y culturas que secularmente han usado los recursos de la naturaleza sin degradarla.
La conservación de la Naturaleza está muy de moda. Pero se considera que el precio a pagar es un lujo que difícilmente puede permitirse un país, o, al menos, todos los países.
Cierto es que la atención a este turismo necesita una infraestructura que puede entrañar algún impacto negativo sobre el medio, e igualmente las visitas incontroladas pueden dañar seriamente un ecosistema. En esto se basan algunos científicos y «puristas ecológicos» para oponerse a este tipo de turismo, y pretenden que la naturaleza sea un coto cerrado para sus investigaciones y actividades.
Estos problemas tienen solución, y un ejemplo a seguir es el de algunos países de Africa y Sudamérica que han planificado con rigor las visitas a sus parques y las construcciones dentro de éstos se integran perfectamente en el medio. En estos países en vías de desarrollo, el turismo constituye actualmente una importante fuente de ingresos: un estudio realizado por la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y los Recursos Naturales), basado en el número de visitantes que recibe el parque nacional de Amboseli (Kenya), demostró que la presencia de un león macho adulto tiene para la economía de un país un valor de más de medio millón de dólares por león. En comparación, el valor de un león cazado por deporte es de 8.500 dólares, más unos 1.000 de la piel.
Además, a medida que aumenta el número de visitantes de todo el mundo a estos lugares, crece la conciencia de que los valores naturales han de ser conservados.
De estas consideraciones no se debe deducir que es suficiente crear una serie de espacios protegidos, como una pequeña muestra de lo que fue la Naturaleza, y abandonar a su suerte el resto del territorio. La conservación debe tener una dimensión conjunta. Lo que pretende resaltarse es la importancia de que un país mantenga en buen estado sus ecosistemas más característicos y se cree una red de parques naturales representativos de éstos; no sólo por los valores intrínsecos de estos ecosistemas, sino además porque estas acciones pueden tener una alta rentabilidad económica.
AIgunos países de Africa y Sudamérica que han planificado con rigor las visitas a sus parques y las construcciones dentro de éstos se integran perfectamente en el medio.
En esta línea, son ilustrativas las palabras de Mobutu, presidente de Zaire, un país que ha apostado por la conservación de su medio natural:
«Nuestro patrimonio no está formado por sólidas catedrales ni majestuosos edificios, sino por lo que nos han legado nuestros antepasados, es decir, por la Naturaleza. Queremos, por consiguiente, que cuando el mundo se haya transformado en un medio artificial, existan en nuestro país refugios donde la humanidad se encuentre en una naturaleza virgen».