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Rémi Brague es un pensador casi desconocido por el gran público a pesar de los premios recibidos y del reconocimiento académico del que goza. Profesor de Filosofía Medieval en la Sorbona y especialista en filosofía judía y árabe, se ha propuesto repasar las grandes concepciones antropológicas, reflexionar sobre el sustrato cultural y religioso de Occidente y superar la deriva antihumanista de la cultura contemporánea. En este artículo, inicialmente publicado por Aceprensa, se condensa su pensamiento.

Brague se presenta, modestamente, como «historiador de las ideas». Ahora bien, aunque ha rastreado el origen y el desarrollo de las grandes tradiciones culturales, llegando hasta el presente, su objetivo no es la erudición. Según él mismo ha explicado, con su exhaustiva investigación sobre el despliegue y la dinámica de las ideas occidentales busca profundizar sobre el hombre y descubrir lo que proporciona sentido a su existencia.

No es de extrañar que este pensador, nacido en 1947 en París, haya recalado en la metafísica en uno de sus últimos libros —Les Ancres dans le ciel (2011)—, pues ha hecho una lectura de gran calado sobre la historia de las grandes religiones y su conexión con la filosofía y la civilización clásicas. Tampoco es casual que reivindique precisamente una mirada más honda para revertir el nihilismo al que, a su juicio, ha conducido la revuelta iniciada tras el fin de la Edad Media.

Sobre la Edad Media ha expuesto con rigurosidad la riqueza intelectual del periodo y la ardua batalla intelectual que se produjo entre culturas

¿Quién es el hombre? ¿Qué es lo que hace que su vida sea valiosa, buena? ¿De qué depende la condición moral de su existencia? Estos son algunos de los interrogantes a los que ha intentado responder a lo largo de su dilatada trayectoria intelectual y, especialmente, en la trilogía compuesta por La sabiduría del mundo. Historia de la experiencia humana del universo (Encuentro, 2008); La ley de Dios. Historia filosófica de una alianza (Encuentro, 2011); y El reino del hombreGénesis y fracaso del proyecto moderno (Encuentro, 2016).

UN ACADÉMICO PLURICULTURAL

Tras especializarse en filosofía antigua y escribir sobre Aristóteles, Brague se interesó por el judaísmo y, más tarde, ocupó la cátedra de Filosofía Árabe en la Sorbona. Su formación le ha permitido moverse con comodidad en la confluencia de las grandes culturas y estudiar las fuentes de la civilización occidental. Y también desmontar algunos tópicos muy arraigados.

Sobre la Edad Media ha expuesto con rigurosidad la riqueza intelectual del periodo y la ardua batalla intelectual que se produjo entre culturas. Se ha referido, asimismo, a la polémica relación entre filosofía árabe y religión musulmana, matizando el supuesto clima tolerante de la época.

A pesar de que resulte irónico, es precisamente él, que ha buceado prolijamente en el pasado, quien se encuentra mejor situado para detectar las luces y las sombras del presente. Sus libros y ensayos se han convertido en una referencia imprescindible para comprender y buscar alternativas a problemas sociales y culturales acuciantes, como el diálogo entre culturas y religiones, el laicismo, los fundamentos de la democracia, la crisis demográfica, la identidad europea, la violencia en el islam o su conflicto con la cultura occidental.

En 1999 vio la luz La sabiduría del mundo, un ensayo que, con un enfoque histórico, planteaba la conexión entre cosmología, concepción del hombre y ética. A este le siguió, en 2005, La ley de Dios, en donde exponía las diversas formas de comprender la ley en las tres grandes tradiciones religiosas. Si en estas dos obras sintetizaba los logros culturales y filosóficos de la Edad Antigua y de la Edad Media, respectivamente, con El reino del hombre, publicado en francés hace dos años, concluye tres lustros de investigación sobre el desarrollo histórico de las comprensiones acerca del ser humano y su incidencia en la ética.

LAS RELIGIONES Y CULTURAS, DIFERENTES

Brague, que confiesa su deuda con el método de lectura e interpretación de Leo Strauss, replantea en su trilogía las grandes disyuntivas de la tradición filosófica: Jerusalén y Atenas, fe y razón, política y religión, naturaleza y cultura. Convencido de la natural condición histórica del hombre, inscribe su reflexión en un marco a largo plazo para detectar las continuidades culturales. Más que fracturas, trata de advertir la articulación del pasado sobre el presente y cree que el surgimiento de “nuevas ideas” siempre parte de simientes previas.

En los ensayos que preceden a El reino del hombre, su estudio sobre la Edad Moderna, aborda las diferencias culturales, filosóficas y políticas —en su forma de ver el mundo, de entender a Dios y al hombre— entre la civilización pagana, el judaísmo, el islam y el cristianismo, así como la conformación de la cultura occidental en el medievo.

Para el pensador francés, no todas las religiones ni las culturas son iguales. Se opone así a incluir bajo el rótulo de «religiones reveladas» al judaísmo, al cristianismo y al islam, pues en cada caso es distinto el contenido y la forma de transmisión de lo revelado. Entre ellas hay profundas diferencias. Un diálogo fructífero ha de partir del conocimiento riguroso de lo que las separa y, según su experiencia, han sido siempre más fecundos los llevados a cabo por estudiosos ajenos a las cámaras que los orquestados en un entorno mediático o político.

Brague insiste en distinguir el Antiguo y el Nuevo Testamento del Corán. Para el judaísmo y para el cristianismo, la Escritura está inspirada, lo que implica un proceso de interpretación. Para los musulmanes, el Corán está directamente dictado por la divinidad, de forma que se considera en esencia infalible.

El filósofo francés ha destacado la excepcionalidad que representa la fe cristiana y su influencia en Occidente. En concreto, a su juicio, son dos las especificidades que la separan de las otras dos grandes religiones: de un lado, la vinculación intrínseca entre fe y razón y, en segundo término, la desacralización del mundo que comporta y su polémica relación con el poder político.

El cristianismo culturalmente se apropió de nociones filosóficas griegas. Fue esta asimilación la que hizo posible que en la religión cristiana no hubiera ruptura entre fe y razón ni entre lo natural y lo sobrenatural, o que se desarrollara la noción de una ley moral común a todo hombre.

Este es el motivo por el que la teología solo puede florecer propiamente en suelo cristiano. Esta disciplina «constituye la particularidad de una determinada religión, el cristianismo, y está ausente de todas las demás. En estas últimas hay sin duda ciencias religiosas, rituales, jurídicas o místicas, que pueden alcanzar un alto nivel de elaboración y de técnica. Pero el proyecto de una elucidación racional de la divinidad (la polémica entre creer y entender) es propia del cristianismo», afirma.

EL DESENCANTAMIENTO DE LA REALIDAD MUNDANA

La ley de Dios presenta las distintas maneras en que el cristianismo, el judaísmo y el islam se han relacionado con el poder político. Estas dos últimas son políticas, aunque de forma diferente. En el islam, por ejemplo, el vínculo con la política es constitutivo, ya que proporciona una legitimación intrínsecamente religiosa del poder. De ahí que en su seno no se pueda dar una separación entre el ámbito religioso y la esfera política.

El cristianismo, sin embargo, desencanta la realidad mundana y promueve la desacralización del poder. Por eso, este nunca podrá ser elevado hasta el nivel de un absoluto. También es connatural al cristianismo el conflicto entre ley civil y ley natural o religiosa. La fe cristiana, al subrayar la diferencia entre lo divino y lo secular, pudo reputarse disolvente, ya que creó una comunidad de creyentes, la Iglesia, distinta de la civil, que de algún modo sirvió para cuestionar el poder terrenal. A diferencia de ella el mensaje coránico implicaba un nuevo supuesto religioso, pero también político y social, la umma o nación.

En Occidente, en este proceso de diferenciación entre poder religioso y civil fue importante el derecho canónico, que aseguró la independencia de la Iglesia frente a instancias mundanas. La distinción entre esas esferas hizo posible que los creyentes y la Iglesia asumieran en gran parte la carga del bien común y ejercieran funciones educativas y de asistencia, sin confundirse con el poder político.

Tanto la limitación del poder político como la separación entre la esfera religiosa y la secular no son, pues, como se suele suponer, aportaciones modernas, sino algo propiamente medieval, característicamente cristiano. «Los pretendidos combates por la laicización de las instituciones corren en ayuda de una victoria lograda hace siglos, y que, por lo demás, es la misma del cristianismo en su forma oficial, la de la Iglesia, que establece por su parte el límite que la separa del ámbito secular», escribe.

La antropología clásica se fundaba en el cosmos, ya que definía al ser humano en relación con el universo físico; más tarde, la comprensión del hombre pasó a depender del cumplimiento de unos mandamientos divinos, revelados en la historia, como en el judaísmo, o inscritos en la conciencia, según la fe cristiana. Para esta, la superioridad del hombre deriva de su inserción entre la naturaleza y Dios, de modo que su valor depende del reconocimiento de su dependencia.

Pero ¿cómo comprendió la modernidad al hombre? El «reino del hombre» que soñó en construir se elaboró en confrontación con esa herencia, es decir, se inició con la negativa explícita a fundar su existencia en una fuente que no fuera el hombre mismo. Al reivindicar la autonomía y convertir al ser humano en el valor supremo, los pensadores modernos redefinieron una nueva antropología y le reubicaron como centro de gravedad del mundo, dueño y creador de la naturaleza.

Para explicar la transición al mundo moderno, Brague se aparta de la exégesis común, que explica la entrada en la modernidad en función de rupturas y discontinuidades. Para él, las ideas modernas son, en esencia, «premodernas» y lo característico de este periodo no sería tanto su condición innovadora como su naturaleza parasitaria.

Tomando la idea de Charles Péguy, Brague afirma que el proyecto moderno saca sus fuerzas precisamente de la fuente cristiana a la que directamente y con tanta agresividad combate. No supone un comienzo absoluto, sino una «protesta contra lo precedente, y se construye sobre la realidad que ataca, formando así una pareja de hermanas enemigas entre sí».

El nihilismo, la «muerte del hombre», la divinización del entorno natural, la sacralización del poder, el sometimiento de la procreación a la técnica, la eugenesia, la antropogénesis o el transhumanismo, junto con el fin de la metafísica y el olvido de la verdad son, para el autor de El reino del hombre, los frutos de ese drama que la modernidad inauguró para zafarse de la herencia cosmológica y teológica.

Pero ¿en qué acaba el proyecto moderno? ¿Cómo concluyó esa divinización del hombre? Lo que queda, tras eliminar las instancias de las que dependía el valor de la vida humana, es un hombre desnortado, dividido frente a un mundo sin sentido y una naturaleza esquilmada; desorientado, en fin, frente a un legado cultural que percibe como ajeno y un Dios en el que ya no puede creer. La empresa de un humanismo sin trascendencia, nos enseña el pensador francés, está condenada a encallar en un nihilismo que devora al propio hombre.

Pero Brague no solo diagnostica. En sus obras también ilumina el camino para salvar al hombre de su ocaso: «Tenemos absoluta necesidad de que la vida tenga sentido y valor para que sea legítimo transmitirla a otros […]. La verdadera cuestión es saber si la vida merece la pena de ser dada». El problema es que el hombre no puede dar por sí mismo sentido a su vida. Sin una instancia superior, sin un punto de vista trascendente, no puede saber si la vida sobre la tierra es buena.

La afirmación de lo humano —parece concluir el pensador francés—, la dignidad del hombre y el sentido de su existencia exigen tomar conciencia de su dependencia como criatura; es decir, reconocer que, sin un criterio exterior a él, y por tanto indisponible, no puede dar cuenta de su condición moral y, por tanto, todos sus sueños pueden terminar con la pesadilla de su desaparición.


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