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El pasado mes de octubre George W. Bush homenajeó a William F. Buckley Jr. a sus casi ochenta años, coincidiendo con el cincuenta aniversario de National Review, la revista que ha dirigido hasta hace poco. El presidente no se anduvo con rodeos y en un acto en la Casa Blanca en el que convocó al editor y a sus amigos explicó que gracias a la labor de Buckley el movimiento conservador norteamericano ocupa hoy el centro de la cultura política de Estados Unidos. En efecto, para millones de conservadores norteamericanos, después de Ronald Reagan, la figura más importante de su ideario es Bill Buckley. La trayectoria de este escritor brillante, polémico, polifacético e independiente, convertido con el paso del tiempo en una celebridad, está ligada a su revista National Review, fundada en 1955, en la que aún colabora como editor-at-large.

En los años cincuenta Bill Buckley era un joven periodista republicano crítico de la deriva de Eisenhower hacia políticas intervencionistas propias del «New Deal». Pero estaba igualmente lejos de algunos representantes de la derecha norteamericana, racistas o muy tentados por el aislacionismo en cuestiones internacionales. Por educación y familia, Buckley unía en su persona la tradición moral del catolicismo irlandés, la desconfianza hacia el Estado como solución para todo, un decidido anticomunismo, una cultura cosmopolita y abierta adquirida desde muy joven y una obsesión por la claridad y la riqueza del lenguaje. Su padre y su abuelo habían sido exitosos empresarios y abogados en la industria del petróleo de Texas. Bill, el sexto de diez hermanos, demostró desde muy pequeño una gran inclinación intelectual y un talento innato para el debate. Antes de abrazar el periodismo, fue oficial en las postrimerías de la II Guerra Mundial, trabajó un año para la CIA en México y estudió en la universidad de Yale. El primer libro de los cincuenta y uno que ha escrito, God and Man at Yale, fue precisamente una denuncia de la deriva de la universidad norteamericana hacia el relativismo moral y la marginación de los valores cristianos.

La revista de Buckley, National Review, fue la piedra angular del movimiento conservador, hoy cada vez más plural y extendido e influyente en políticos mucho más allá de los contornos clásicos del republicanismo. En los difíciles principios de la publicación, a mediados de los cincuenta, Buckley atrajo a la redacción de su revista a personalidades entonces excluidas de la derecha norteamericana, por ser judíos, ex comunistas o ex troskistas. Políticos como Barry Goldwater o su protegido Ronald Reagan —originalmente miembro del Partido Demócrata— encontraron en las páginas de National Review inspiración y contenidos novedosos. En la redacción lo importante era la solidez de las ideas, la explicación racional de las propuestas políticas y la confrontación intelectual con los demócratas y, no pocas veces, también con los republicanos. En 1960 los promotores de la revista fundaron la asociación Young Americans for Freedom para influir más directamente en las campañas políticas. En 1965 Bill Buckley se presentó como candidato de un casi inexistente Partido Conservador a la alcaldía de Nueva York para demostrar su disconformidad con el candidato republicano y obtuvo el 13% de los votos. Buckley supo aprovechar la irrupción de la televisión en la política y desde 1966 creó el programa de debate Firing Line, produciendo a lo largo de treinta y tres años los primeros debates políticos televisivos con altura intelectual e interés para el gran público.

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Tal vez la característica más destacada de Buckley haya sido su increíble capacidad de trabajo y de liderazgo de equipos. Además de dirigir National Review, publicar una columna semanal sindicada en 300 periódicos y participar en debates televisivos, hasta hace poco escribía un libro al año, siempre desde su refugio de Suiza, navegaba por etapas alrededor del mundo a vela, tocaba el clavicordio más que aceptablemente y celebraba en su casa semanalmente cenas en las que debatía los temas de actualidad. Participé en una de estas veladas en 1990, cuando visité a Buckley en Nueva York y le entrevisté para Nueva Revista. En aquella ocasión pude comprobar cómo se discutía vivamente en torno a la mesa sin aceptar los dogmatismos de ningún tipo ni los condicionamientos propios de lo políticamente correcto.

La llegada al poder de Ronald Reagan en 1979 supuso la puesta en práctica de buena parte de la doctrina tejida alrededor de la revista de Buckley, que había defendido la lucha contra el comunismo hasta producir su agotamiento económico, a la vez que formulaba un tipo de conservadurismo compasivo no muy distinto de las prácticas de los old tories ingleses, en el que no obstante cabía la desregulación y liberalización de la sobrerregulada economía norteamericana. Bill Buckley renunció a la actividad política directa —sus amigos pensaron que era demasiado culto e inteligente para dar el paso— y a cambio conservó una enorme influencia sobre el mundo conservador norteamericano.

Ronald Reagan se benefició de la naturalidad con que la revista había agrupado desde sus inicios dos tipos de conservadurismo bien distintos y con ciertas incompatibilidades filosóficas, el de tipo económico y el basado en una visión moral. A pesar de las contradicciones entre liberales y conservadores clásicos, el antiguo gobernador de California se inspiró en Buckley para apoyarse en ambos grupos y lideró simultáneamente a los partidarios de proteger a ultranza la autonomía individual y a los defensores de una decidida actuación del Estado para regular ciertos aspectos relacionados con la moral, tanto en el plano internacional —la lucha por la democracia y la libertad— como en el doméstico —la defensa de los valores familiares—. El doble mandato de Reagan y su espectacular triunfo en la guerra fría facilitó la expansión de las ideas conservadoras, que influyen hoy en todo el espectro político norteamericano, y los dos presidentes Bush, padre e hijo, han desarrollado aún más estos principios, aunque con menor brillantez y acierto.

Los actuales «neo-cons» rinden tributo al editor de National Review, aunque posiblemente en comparación con ellos éste representa una sensibilidad más liberal, cosmopolita y centrista. La mayor parte de las publicaciones, asociaciones y think-tanks conservadores en Estados Unidos hoy se reconocen sus deudores —el juez Samuel Alito, nominado recientemente para el Tribunal Supremo, ha dicho que el editor y su revista han tenido una máxima influencia en su manera de pensar—. A sus ochenta años, Buckley mantiene su independencia de juicio y con toda naturalidad sigue defendiendo la legalización y control por el Estado del tráfico de drogas o critica la falta de realismo con la que la actual Administración Bush predijo un fácil triunfo en Irak. 


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José M. de Areilza es Licenciado en Derecho con Premio Extraordinario de Licenciatura por la Universidad Complutense de Madrid, Doctor en Derecho y Master en Derecho por la Universidad de Harvard y Master en Relaciones Internacionales por The Fletcher School of Law and Diplomacy. Actualmente es profesor ordinario en el Departamento de Derecho y en el Departamento de Dirección General y Estrategia de ESADE. Asimismo, desde 2013 es titular de la Cátedra Jean Monnet en ESADE, otorgada por la Comisión Europea. Secretario General de Aspen Institute España.