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Azorín describiría la escena con minuciosa exactitud, aunque no fuera cierta. Una tarde castellana, de azul magnífico y estridente. En el interior de la estancia, el cuerpo mudo del narrador de historias, envuelto en una luz tenue, húmeda, crepuscular, casi extinguida. Los frágiles rayos del atardecer penetrando por la ventana, rasgando la penumbra. Una figura pequeña con arrugas en el traje. El rostro –difuso, borroso, macilento– a la luz de una vela, que proyecta sobre los objetos su mirada melancólica y compasiva. Un crucifijo en la pared. Una silla agrietada. Una mesa colmada de libros y cuadernos. Los párpados, clausurados para siempre, ocultando los ojos del color del cielo, que sabían ver las cosas sin mácula, sin doblez. Las variaciones del misterio, el sacramento de las sombras, entre ellas la propia vida humana, efímera, evanescente. Sosiego, paz, silencio. Es la gramática de la tranquilidad, un último homenaje a la pintura holandesa.

José Jiménez Lozano (1930-2020) era un escritor secreto, privado, que vivía exiliado en las afueras, al margen de la ‘vida literaria’, ese oxímoron pavoroso. Desde su refugio en el campo, en Alcazarén, nos hacía compañía a sus lectores, frecuentaba nuestra intimidad, poblaba nuestras soledades. Allí, alejado del ‘mundanal ruido’, como en los versos de Fray Luis, conversaba con los muertos de su biblioteca y daba rienda suelta a su compleja y vasta obra. Narrador, ensayista, poeta, diarista y articulista, se consideraba a sí mismo un mero “escribidor”, un contador de historias. Veía las cosas a la luz adecuada, que es la luz del candil, resplandeciente de misericordia. Escribía en susurro o con voz queda, como si no dijera nada sino que sólo apuntara a decir, callando, la experiencia del Dios oculto, su deseo de absoluto.

Sencillez, comprensión y humildad parecían ser los tres valores cervantinos que mejor cuadraban con su personalidad. Podríamos añadir otros: tolerancia, discreción, fragilidad, indulgencia, ironía, un moderado escepticismo… Pascalianamente enemigo del yo, de la vanidad, del orgullo (“Yo querría que se leyesen y amasen mis libros, pero que se olvidase el nombre de quien los escribió”), apostó –también pascalianamente– por la estética jansenista de ‘lo simple natural’, una estética de la desnudez, el desapego y la simplicidad. Sentir la realidad en su desnudez, en su transparencia. Nada de simulacros, nada de estilos. El secreto es comunicar todo con muy poco, y la regla primordial, no mentir. De ahí, de esa relación con lo real, con la verdad, ya nacerá después –de forma natural– la belleza.


“Yo querría que se leyesen y amasen mis libros, pero que se olvidase el nombre de quien los escribió” (José Jiménez Lozano).


Frente al avance imparable de la razón científico-técnica que olvida el sentido del mundo y de la vida, Jiménez Lozano reivindicaba la tradición bíblica de la narración. Sabía que oír contar, escuchar una historia, es uno de los mayores placeres de la vida. Abandonarse a esa voz que narra y que, al narrar, inventa el mundo, como en el Génesis, pues son las palabras las que fundan el sentido. La narración, la memoria y la escritura pueden ser, incluso, remedios farmacéuticos contra la muerte: “Si se cuenta, si se narra, la muerte no tiene todo ganado. Y quizás escribes solamente por esto. Sólo por esto, pero para nada menos que para esto. Tú cuentas, mientras el Deus absconditus guarda bien escondida y al amparo del roedor de la muerte y del tiempo, para siempre, la memoria de todos”. El narrador ha de cargar con toda la memoria del mundo y de las gentes, recogiendo la confidencia de sus voces y poniendo sus vidas por escrito, para que nada se pierda. Como quería Walter Benjamin, la misión del narrador es hacer justicia contando la historia de los que han sufrido o padecido, evocando el recuerdo sereno, no vengativo, de los humillados y ofendidos.


Frente al avance imparable de la razón científico-técnica que olvida el sentido del mundo y de la vida, Jiménez Lozano reivindicaba la tradición bíblica de la narración. Sabía que oír contar, escuchar una historia, es uno de los mayores placeres de la vida.


Siguiendo ese precepto fundamental, y como heraldo de la Tercera España, Jiménez Lozano contó las historias de los heterodoxos españoles y trató de redimir nuestras heridas cainitas en libros varios, como Los cementerios civiles o Retorno de un cruzado. Había crecido desde pequeño entre los relatos de las dos Españas: “En medio de aquella posguerra civil, llena de odio y violencia, con pobreza solemne y aplastamientos, aprendí la misericordia para los que sufrían, que implicaba el ayudarles de inmediato como se pudiese, y desde luego la escucha también de lo que tenían que decir. Y he vivido mi infancia entre relatos: los de los vencidos y los de los vencedores”.  Así como los miembros de la Escuela de Fráncfort –teólogos laicos– se negaban a admitir los hechos de la historia como realidades definitivas y esperaban la llegada de la justicia que redimiese los sufrimientos de los perdedores, Jiménez Lozano detestaba la brutalidad, la violencia, el miedo, el fanatismo, el gregarismo, la prepotencia y la victoria, puesto que “el triunfo siempre se hace con sangre ajena”.


Jiménez Lozano contó las historias de los heterodoxos españoles y trató de redimir nuestras heridas cainitas en libros varios.


Defendió la autonomía de la conciencia frente a los abusos del poder y clamó contra la politización de la vida cotidiana, preludio del totalitarismo. En su primera novela, la inolvidable Historia de un otoño, vertió el absoluto de la dignidad humana en los personajes de las monjas de Port-Royal frente al todopoderoso Luis XIV. Su humanismo religioso le llevó a ejercer de cronista oficial del Concilio Vaticano II para El Norte de Castilla y la revista Destino, artículos que después recogería en su libro Un cristiano en rebeldía. Pese a las prácticas inquisitoriales de nuestro pasado más oscuro que, según Américo Castro, habían acabado con la convivencia de las tres religiones en la península ibérica, Jiménez Lozano no dejó de insistir en que fueron los españoles los que “adivinaron que un hombre, si no era libre, no era hombre, y que todos los hombres eran iguales”. Tampoco hay que olvidar que fue cofundador de una de las empresas culturales más valiosas que se han llevado a cabo en España en las últimas décadas: Las Edades del Hombre.

Jiménez Lozano hacía una distinción tajante entre el escritor demiurgo y el escritor verdadero: el primero es aquel que juega con el lenguaje, que crea simulacros, que hace juegos retóricos e ingeniosos; el segundo es el que muestra lo real con palabras carnales y verdaderas. Hay que servir al lenguaje –no servirse de él– para expresar la realidad de forma transparente, como la atmósfera en un lienzo de Vermeer o de Velázquez. Se produce entonces una especie de desvelamiento, como cuando la niebla comienza a retirarse para dejar paso al sol y entonces “el paisaje, cubierto de una pátina de siglos, va retomando su luz y sus colores, y las líneas comienzan a definirse prodigiosamente”, como si un restaurador hubiese limpiado el cuadro. Puesto que Dios habita en el detalle y lo minúsculo no es intrascendente, el escritor debe mostrar la sencillez y verdad de las cosas pequeñas, sin hinchazón ni retóricas. Esa agua clara que encontramos en las historias de la Biblia o que supieron destilar literariamente los griegos.


Jiménez Lozano hacía una distinción tajante entre el escritor demiurgo y el escritor verdadero: el primero es aquel que juega con el lenguaje; el segundo es el que muestra lo real con palabras carnales y verdaderas.


Para Jiménez Lozano ética y estética van de la mano: una belleza real no puede asentarse nunca en lo injusto, ni tener complicidad con ello. Por eso las palabras que son esenciales, por su verdad y su belleza, pueden salvar al ser humano de la desolación. En una época en que la especie humana tiene la capacidad de liquidarse a sí misma y acabar con todo ser viviente, Jiménez Lozano encomiaba las virtudes de la narración de historias y el hacer presente la belleza a través del arte. Aunque la literatura no pueda impedir la barbarie, argumentaba, el escritor puede sabotear la maquinaria del horror y mantener a salvo una pequeña reserva de humanidad. Para lograrlo, debe centrarse en narrar las historias minúsculas y dolorosas de la gente humilde. A ese oficio admirable se agregaba con modestia: “El hombre lleva unos cuantos miles de años escribiendo, tratando de apresar un trozo de vida, de sorprender el lado de atrás de la realidad, de nombrar la belleza del mundo, de guardar la mención del amor, la alegría y la pasión y muerte de los hombres. Yo estoy en la cadena de los de ese oficio para añadir una palabra muy pequeñita, pero que sea verdadera y diga todo eso, deje traslucir toda esa hermosura”. Porque, como decía Keats y gustaba de recordar Jiménez Lozano, hay que escribir teniendo los pies en el jardín de casa y tocando con un dedo en las esferas del cielo.


Una belleza real no puede asentarse nunca en lo injusto, ni tener complicidad con ello. Por eso las palabras que son esenciales, por su verdad y su belleza, pueden salvar al ser humano de la desolación.


Escribir es una forma de vivir, de ser hombre, y en el fondo la escritura consiste en verter el alma en el papel, expresando la gloria o el infierno que se vive. Si en la narración o en la poesía el escritor se deja llevar por la inspiración, como si la mano se moviese sola, en el ensayo es él quien lleva la batuta y lidera los argumentos. Su Guía espiritual de Castilla es una enciclopedia inagotable de la cultura, el arte, los paisajes, las prácticas religiosas y la intrahistoria castellana de milenios. Y resulta imposible glosar aquí la riqueza infinita de sus Retratos y naturalezas muertas, “un diálogo interior sobre cosas y porque sí, como confidencias al atardecer”. Aunque a veces me punzara su laísmo, he disfrutado y aprendido tanto con sus historias, ensayos y diarios –esos cuadernos de apuntes, en letra diminuta, que espigaba haciendo de editor de sí mismo–, que toda gratitud es calderilla. Además, al leerlo está leyendo uno, a través de él, a toda una familia espiritual: Homero, Virgilio, San Agustín, Erasmo, Cervantes, Santa Teresa y Fray Luis y San Juan de la Cruz, Descartes y Pascal y Spinoza, Dostoyevski y Tolstoi, las hermanas Brontë y Emily Dickinson, Kierkegaard y Unamuno y Simone Weil, Azorín y Machado, William Faulkner y Flannnery O’Connor… Amigos, maestros, cómplices, una estirpe de escritores atentos al detalle, a la conciencia, al espíritu, a la vida, a lo real: “He visto el mundo por sus ojos, o me parecía que ellos lo veían por los míos”.

Ahora nosotros podemos, por los ojos de Jiménez Lozano –siempre lúcidos y compasivos–, ver a su manera el mundo: “Es tan admirable la vida y tan admirable el hombre, que todo debiera conservarse, absolutamente todo: la luz de la mañana, los sonidos de la tarde, y cada cosa que le sucede a cada hombre. Incluidas sus fantasías, sus deseos eróticos o criminales, estúpidos o nobles, sus dudas, sus miedos, sus sufrimientos, la pobre ceniza de su mediocridad, los objetos, las naderías. Nada debería perderse. Por misericordia, y para ejercerla con nosotros mismos”. Así sea.

 


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