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El libro de García Gual nos ayuda a entender que la nobleza de espíritu es posible hoy, por un lado; y que los héroes de ahora son descendientes directos de los mejores de los clásicos. Para estudiar las transformaciones, lo primero es determinar las constantes. Sólo desde lo que no cambia podemos estudiar lo que sí. Ese núcleo duro del heroísmo nos lo describe el helenista C. M. Bowra en su libro Heroic Poetry (1952): «Los héroes son los campeones de la ambición del hombre por ir más allá de los límites opresivos de la fragilidad humana hacia una vida más plena y más viva hasta alcanzar hasta donde sea posible una humanidad autosuficiente, que se niega a admitir que nada es demasiado difícil para ella, y que puede estar satisfecha incluso en el fracaso, siempre que haya hecho todo el esfuerzo del que es capaz. Ya que ese ideal de acción inspira a un número enorme de personas y abre nuevos capítulos de fascinantes experiencias, se convierte en materia de una poesía con características propias».

Carlos García Gual: «La deriva de los héroes en la literatura griega» (Siruela, 2020)

El volumen analizará, por tanto, esa materia literaria, poesía en el sentido de Schegel cuando afirmó en su Filosofía de la Historia que «La caballería es en sí misma la poesía de la vida». La evolución que estudia García Gual recoge la épica, la lírica, el teatro —tragedia y comedia— y hasta la novela, distinguiendo cuatro etapas esenciales en la metamorfosis del héroe. No es una casualidad ni un capricho que cada una de esas fases encuentre una forma literaria propia en la que expresarse: el titán clásico, pariente de los dioses, en la épica; el protagonista agónico, en la tragedia; el astuto personaje urbano y cotidiano, en la comedia; y, finalmente, mujeres y hombres corrientes zarandeados por las circunstancias, en las novelas alejandrinas. No es una hazaña menor del arquetipo del héroe ir pasando de una a otra etapa sin perder el hilo (como Teseo) de su espíritu de superación en mitad del laberinto de los tiempos. García Gual traza nítidamente esa continuidad zigzagueante.

 «Al asumir con admirable temple su arriesgada condición mortal los héroes aventajan a los cómodos y frívolos dioses en su talente ético», escribe García Gual

Que desemboca en otro logro más sutil: el proceso implícito de humanización del heroísmo. Desde los semidioses de la épica a los azacaneados de la novela, pasando por los atribulados de la tragedia y los ingeniosos de la comedia, nos encontramos con que algunos personajes históricos van a ser considerados héroes. El ejemplo máximo, Alejandro Magno, gracias igualmente a la literatura (a escritores como Plutarco y al conocido como Pseudo Calístenes). Estamos ante un heredero ya en carne mortal de la tradición mítica de Aquiles o Heracles. Un paso que todavía la novela alejandrina lleva más allá, extremando la sensación de verosimilitud, no de sus sucesos, pero sí la de sus personajes.

Toda esa evolución estaba prefigurada en un detalle inicial: los héroes épicos se diferenciaban apenas de los dioses en el ligero matiz de que ellos sí morían. Lo que, paradójicamente, con una subterránea reacción, tiene una consecuencia inesperada y grandiosa: «Al asumir con admirable temple su arriesgada condición mortal los héroes aventajan a los cómodos y frívolos dioses en su talente ético». Lo había señalado hacía mucho el mismo Maurice Bowra: «En el tratamiento homérico de los dioses emerge la paradoja de que son menos nobles que los humanos, y eso es inevitable en su visión heroica de la existencia. Los héroes son más serios, más constantes, más valerosos. Cuando resultan heridos, no chillan, como hace Ares; no abandonan a sus amigos, como hacen los dioses; son fieles a sus esposas, como no lo son dioses. Todo eso les es requerido a los héroes y apropiado a su singular crédito y condición. Pero los dioses no son héroes. No teniendo edad y siendo inmortales, no tienen que correr tales riesgos como los humanos, y pueden hacer con impunidad aquello que los hombres han de hacer con coste de sus vidas. En consecuencia, los dioses son menos responsables que los humanos. No pueden conocer la amenaza de la muerte que obliga a un hombre a llenar su vida con acciones valerosas ni el código del honor que exige que una corta vida sea compensada».

Aún cabe extraer otra consecuencia de la mortalidad de los héroes. Es la explicación última (y tácita) de la deriva y adaptación a los tiempos de los héroes. Los inmortales, en cambio, permanecen inmutables.

Alejandro Magno, gracias igualmente a la literatura, es un heredero ya en carne mortal de la tradición mítica de Aquiles o Heracles

García Gual no traspasa la frontera de la Grecia clásica, pero nos ha dejado dibujadas las líneas de fuerza y los métodos de lectura, incluso apuntando al final las confluencias de cosmovisión entre la novela griega y una inspiración cristiana de la existencia. Habiendo asistido a las metamorfosis del heroísmo sin perder su espíritu, estamos preparados, por tanto, para verlo resurgir por nosotros mismos en el ciclo artúrico; en il Dolce Stil Novo; o incluso en la triste figura del Caballero de los Leones. Don Quijote, tan consciente en su mortalidad, es un heredero de los héroes clásicos (recuérdese que Bowra remarca que la heroicidad «puede estar satisfecha incluso en el fracaso, siempre que haya hecho todo el esfuerzo del que es capaz»). También son herederos el Gabriel de Araceli del Cádiz de Galdós; los sensibles y sensatos caballeros de Jane Austen; el Teodoro Castells de Rosa Kruger (1984), de Rafael Sánchez Mazas, y más acá. Aunque eso ya hemos de deducirlo nosotros. Carlos García Gual nos ha dado el impulso, al trazar con precisión los primeros vuelos de la parábola de la deriva de los héroes. Nos ha explicado qué permanece, por qué y cómo.


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.