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Preámbulo

Vivimos tiempos difíciles. Durante la segunda mitad del siglo XX, las sociedades occidentales habían evolucionado en el contexto de una sensación general de optimismo. De que, pese a dificultades que acabarían por demostrarse pasajeras, surfeaban sobre la cresta de una ola inequívoca de progreso.

Esa sensación se disipó bruscamente y por sorpresa tras el cambio de siglo. Una encuesta del Pew Institute (1) a finales del 2009 mostraba que, según la percepción de los estadounidenses, la década que estaba a punto de finalizar había sido la peor después de la Segunda Guerra Mundial.

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(Fig. 1). La revista Time la calificaba en portada como «La década del infierno» y el Spiegel como «La década perdida». Para el Nobel de Economía Paul Krugman, fue la década del «Gran Cero», en que «no conseguimos nada ni aprendimos nada» (2).

Sin embargo, esa fue también la década en que las TIC, las tecnologías de la información y de la comunicación, se difundieron más ampliamente en todo el mundo (Fig. 2). No puede, como es obvio, concluirse que la expansión de las tecnologías sea la responsable de los males de la década. Pero sí es obligado señalar que el impacto del cambio tecnológico que representan las TIC no ha sido tan abrumadoramente extensivo como proclamaban los tecnoutópicos.

El desigual desarrollo de la sociedad de la información

Cuando a principios de los noventa se empezaba a intuir el potencial de Internet y de las que entonces se bautizaron (erróneamente) como «autopistas de la información», las manifestaciones acerca del potencial de su impacto en el desarrollo económico y social eran casi todas de un optimismo sin límites.

A principios de 1993, pocos meses después de ser investido como presidente de los EEUU, Bill Clinton hizo público un manifiesto (Technology for Economic Growth) en el que calificaba las tecnologías avanzadas, y muy especialmente la informática y las telecomunicaciones (las TIC), como un elemento clave para la prosperidad económica:

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El acceso eficiente a la información se está convirtiendo en un elemento crítico para todos los segmentos de la economía de América […] Acelerar la introducción de un sistema de comunicación eficiente y de alta velocidad puede tener en el desarrollo social y económico de los EEUU el mismo efecto que tuvo la inversión pública en los ferrocarriles en el siglo XIX. Puede ser una herramienta clave alrededor de la cual se puedan desarrollar muchas nuevas oportunidades de negocio (3).

En la misma época en Europa, el Informe Bangemann, elaborado a instancias de Jacques Delors, a la sazón presidente de la Comisión Europea, se manifestaba en el mismo sentido:

Las tecnologías de la información y las telecomunicaciones están generando en todo el mundo una nueva revolución industrial que ya es tan significada y de largo alcance como las anteriores. […] La forma en que respondamos, en que sepamos convertir las oportunidades actuales en beneficios reales depende de la rapidez con que entremos en la sociedad europea de la información (4).

La respuesta a la percepción de esas oportunidades fue, sin embargo, muy diversa entre distintos países. En los EEUU, la iniciativa combinada del impulso de los emprendedores e inversores del Silicon Valley y de las reformas propiciadas por la Administración Clinton resultaron en la liberalización del acceso a Internet y de ahí en su expansión internacional. Al rebufo de esta ola, las empresas norteamericanas asumieron el liderazgo global no solo en el software de Internet como en el hardware y los servidores que proporcionan el soporte físico a la red, sino también en el desarrollo del comercio electrónico. Todo ello, junto con el aumento de productividad en los sectores de la economía que pronto supieron aprovechar el potencial de las TIC para reorganizar sus negocios, resultó en una etapa de crecimiento económico sin desempleo ni inflación que se proclamó como el inicio de una nueva economía.

Estas dos amplias tendencias, la globalización y las tecnologías de la información, están socavando el antiguo orden forzando a las empresas a reestructurarse. […] Para los creyentes en la Nueva Economía, tenemos aquí la receta mágica, el modo de retornar a las condiciones de alto crecimiento y baja inflación de los años 50 y 60 (5).

También otros países adoptaron en la misma época estrategias de crecimiento económico basadas en las nuevas tecnologías de la información. Finlandia, por ejemplo, pasó a liderar el mercado mundial de equipos de telefonía móvil apoyándose en un sistema de innovación renovado, a la vez que aprovechaba la ocasión para iniciar la transición hacia el Estado del e-bienestar (6). Muchos otros gobiernos definieron planes estratégicos para el desarrollo de la que se dio en denominar como la sociedad de la información, con el objetivo de extraer el máximo beneficio económico y social de la aplicación de las nuevas tecnologías.

El alcance y efectividad de esos planes resultó ser desigual. Una muestra de esa disparidad se refleja en los índices de competitividad y de intensidad de uso de las tecnologías que compila periódicamente el World Economic Forum (7). Los datos a la izquierda de la figura 3, sobre una muestra de más de cien países, muestran una correlación fuerte entre intensidad tecnológica y competitividad, que en último término redunda en la capacidad de crecimiento económico y de generación de riqueza. El gráfico de la derecha, en que se representan solo los países de la Unión Europea, llevaría a agrupar los países en tres grandes categorías: los más avanzados, los emergentes y los que en un cierto sentido están «pillados en medio» (incluyendo España).

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Puede observarse que solo unos pocos de los países avanzados en esta clasificación (EEUU, Japón, Corea o Finlandia) han llegado a desarrollar una industria TIC global. Otros, como Alemania, apalancándose en su dimensión o su tradición industrial, han sabido incorporar provechosamente lo digital en sus economías y sistemas productivos. Pero quizá lo más significativo es constatar que el grupo de líderes en el uso de la tecnología para mejorar su competitividad incluye también países de pequeña dimensión y economías especializadas, como Dinamarca, Holanda o Austria.

Se plantea así la cuestión de cuáles son las causas de la posición poco favorable de España. Como se observa en el gráfico, la intensidad digital es menor en España que en países como Estonia o Irlanda, que han hecho por la tecnología una apuesta mayor que la nuestra. Al mismo tiempo, España registra una competitividad menor que la que le correspondería tanto por su dimensión como por el crecimiento económico experimentado durante los últimos años. Algo ha fallado.

El caso español

Como es bien conocido, el crecimiento experimentado por la economía española a partir de la segunda mitad de los años noventa fue notable, pero desequilibrado. En el mismo periodo en que algunos países centraban sus estrategias en torno al desarrollo de la sociedad de la información y la nueva economía, el modelo económico español, además de desequilibrios como déficit comercial muy alto, adoptó de forma muy marcada una orientación alejada de la propia de una sociedad basada en la información y el conocimiento. En particular, el gráfico de la izquierda en la figura 4 muestra cómo durante más de una década el peso en el PIB de la actividad industrial disminuyó de forma constante, en tanto que sucedía lo contrario con el de la construcción. En paralelo, como se refleja en el gráfico de la derecha, la competitividad en precios de los productos españoles experimentó un deterioro manifiesto, en tanto que aumentaba la de otros países, y muy en especial la de Alemania.

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De otra parte, como se desprende también de los datos de las figuras 3 y 5, las TIC se adoptaron en nuestro país con una intensidad menor que en las economías de nuestro entorno. El peso de la inversión en TIC en relación al PIB fue en España menor que en los países avanzados, y también menor que en algunos países emergentes. Parece además importante resaltar que, en tanto que en los países de referencia la inversión TIC se repartía más o menos a partes iguales entre las telecomunicaciones y las tecnologías de la información (hardware, software y servicios), en España la inversión ha estado claramente sesgada hacia las telecomunicaciones; lo cual, como puede observarse en la figura 5 es en general un rasgo propio de las economías menos sofisticadas.

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No puede pues concluirse que España ha vivido por completo de espaldas a la revolución digital. Pero sí es cierto que todos los datos apuntan a que actividad individual y el ocio han dominado a la actividad empresarial y los aumentos de productividad en cuanto a la adopción de las nuevas tecnologías.

Incluso la adopción de las TIC en las empresas presenta peculiaridades significativas. La penetración de la banda ancha en las empresas españolas de más de 10 empleados, por ejemplo, está entre las más altas de Europa (Fig. 6). Por contra, el porcentaje de esas mismas empresas que tienen una página web está por debajo de la media europea; lo mismo sucede en cuanto al uso de otras herramientas avanzadas de proceso de información o al porcentaje de compras y ventas que se lleva a cabo por medios electrónicos (8).

Aun a falta de una interpretación rigurosa y concluyente de esos datos, parece razonable ponerlos en el contexto del déficit de productividad que achaca a la economía española (Fig. 4). Todos los análisis muestran que el crecimiento de la economía española a partir de mediados de los años noventa se produjo a pesar de una disminución de la que los economistas denominan como la productividad total de los factores, que es la que resulta de mejoras en intangibles como la innovación, la estrategia y la organización (9).

Los datos de la figura 6 pueden interpretarse en este contexto. Las inversiones en software y sistemas de información son tanto más rentables en cuanto automatizan procesos, haciéndolos más ágiles, reduciendo costes o aumentando la capacidad de que escalen eficientemente. Los datos de la figura sugieren que las empresas españolas contratan con facilidad líneas de banda ancha, que pueden utilizar para aplicaciones no estructuradas como el correo electrónico o la navegación por Internet, pero tienen menor interés o mayores dificultades para construir aplicaciones de negocio digital, incluso algunas tan básicas como poner en marcha y rentabilizar una página web. Esa situación, que se reproduce en mayor medida en las pymes y microempresas que forman una parte muy importante del tejido productivo, sería una de las causas de que la adopción de las tecnologías digitales no se haya traducido en mejoras sustanciales de la productividad.

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Otro factor de impacto, importante aunque difícil de cuantificar, sería la orientación de las políticas públicas de impulso a la sociedad de la información en España. Ha existido en la práctica una cierta duplicidad en estas políticas entre la Administración del Estado, responsable de la definición y gestión del Plan Avanza (10) y las comunidades autónomas, muchas de las cuales han contado en sus organigramas con responsables de Sociedad de la Información. Así y todo, ha habido ciertos rasgos comunes entre todas ellas:

– Una orientación más dirigida hacia las telecomunicaciones que hacia la informática, quizá por ser las primeras objeto de regulación por parte de las administraciones.

  • – Más énfasis hacia políticas de oferta, incluyendo la provisión de infraestructuras y equipamientos, que hacia políticas de fomento de una demanda orientada hacia objetivos estratégicos.
  • – Coherentemente con lo anterior, una orientación en muchas ocasiones más alineada con los objetivos de la industria TIC que orientada a maximizar beneficios concretos para los usuarios particulares o empresariales.
  • – Una sensibilidad mayor hacia los colectivos más desfavorecidos y la reducción de la fractura digital que hacia el fomento de actividades estratégicas o de usuarios líderes que posteriormente pudieran ejercer una cierta capacidad de arrastre de sectores sociales más amplios.

Es relevante a este respecto destacar algunas de las recomendaciones de mayor nivel derivadas del análisis de diagnóstico estratégico que en 2010 llevó a cabo la OCDE sobre el Plan Avanza (11):

Una gran parte del progreso conseguido desde el lanzamiento del Plan Avanza ha consistido en incrementar la disponibilidad de infraestructuras TIC esenciales para un desarrollo continuado […] Sin embargo, el rendimiento de las inversiones realizadas dependerá en conseguir un mayor equilibrio entre las políticas de oferta y demanda a fin de maximizar el valor de esas infraestructuras para la economía y —lo que es muy importante— para aumentar sus beneficios sociales […].

Por consiguiente, el Gobierno de España debería considerar aumentar sus esfuerzos para un mayor desarrollo de las habilidades TIC, no solo en las básicas para la población en general, sino también para competencias específicas en determinados grupos […] Además, el Plan Avanza debería reorientar su estrategia de comunicación […] a fin de promover un mayor uso y dar soporte a una migración hacia servicios públicos más orientados a la demanda.

Por último, las futuras estrategias de sociedad de la información deberían aumentar su efectividad en relación a los costes desplazándose desde políticas orientadas a una difusión amplia hacia inversiones más enfocadas a objetivos precisos y bien definidos.

Con pocas variaciones, este diagnóstico sería también aplicable a las políticas de sociedad de la información puestas en práctica por la mayoría de gobiernos autónomos.

¿Fue la nueva economía un espejismo?

Las consideraciones anteriores, tanto las de orientación global como las referidas a España, tienen una característica en común: los beneficios y el impacto de las TIC, envueltos en conceptos atractivos pero inespecíficos como la «sociedad de la información» o la «nueva economía», se han sobrevendido en general. De una parte, por la propia industria TIC, por su lógico interés en incrementar sus ventas. En paralelo, por parte de determinados colectivos que promueven el uso de las TIC como un objetivo en sí mismo, tendiendo por contra a soslayar una consideración reflexiva sobre cuáles podrían ser los beneficios concretos de su aplicación en cada entorno específico y las estrategias apropiadas para conseguirlos.

Ello no significa en absoluto que la espectacular expansión de las TIC durante los últimos veinte años, y más específicamente a partir de la disponibilidad general de la telefonía móvil y del acceso a Internet, no haya tenido impacto sobre la economía y la sociedad. Todo lo contrario. Pero lo cierto es que los beneficios económicos de ese impacto se han repartido de un modo en extremo desigual:

  • – La proporción dedicada a telecomunicaciones en el conjunto del gasto total de los hogares ha crecido de forma muy notoria (Figura 7).
  • – Los países, como EEUU o en su momento Finlandia, que han conseguido desarrollar una industria TIC competitiva en los mercados globales se han beneficiado en mucha mayor medida del aumento de peso sectorial de las TIC en la economía.
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  • – Las naciones, los sectores e incluso las empresas individuales que han adoptado estrategias, modelos de negocio y modelos de organización más adaptados a la globalización y la liberación han podido aprovechar mucho mejor que el resto los beneficios de la aplicación de los nuevos desarrollos tecnológicos, aumentando su productividad y competitividad para lanzar nuevos negocios y acceder a mayores mercados.

Así pues, la conclusión no es tanto que haya emergido una «nueva economía» en sentido estricto, sino que algunas empresas, regiones y países han conseguido desarrollar e imponer en el ámbito económico estrategias y reglas de competencia distintas de las vigentes durante las décadas de desarrollo de las sociedades industriales. Esas estrategias y reglas son en parte políticas (como el impulso a la globalización y liberación de ciertas áreas de mercado) y en parte basadas en activos informacionales (intensivos en información) en lugar de bienes y productos físicos, como sucedía en la era industrial (Google es quizá el paradigma más evidente).

Es imprescindible, en el contexto de la actual crisis económica global, destacar como un ejemplo al respecto la evolución reciente del sector financiero. El peso de este sector en algunas economías, como las de EEUU o Inglaterra, pero también Islandia, creció durante las últimas décadas muy por encima de la media de la economía (12). Un crecimiento que, basado en una innovación financiera y en el uso global de las TIC para generar y distribuir globalmente productos de alta sofisticación como los derivados y opciones, acabó generando una burbuja global sobre cuyas consecuencias no hace falta insistir (13).

Conviene también tener presente que esa economía informacional no es solo capitalista, sino ultracapitalista en muchos aspectos. Un ejemplo de ello es el recurso por parte de las empresas líderes a prácticas muy agresivas de patentes y de protección de propiedad intelectual, no solo de tecnologías y productos sino también de modelos de negocio (la patente de la compra con un click por parte de Amazon o de la interfaz de su pantalla de búsqueda por parte de Google serían solo dos entre muchos casos) (14).

Otro aspecto sería la vulneración «de facto» por parte de algunas empresas globales, para imponer sus modelos de negocio, de legislaciones y regulaciones nacionales como las relativas a la privacidad, la protección de datos o los derechos de propiedad intelectual sobre contenidos, acogiéndose a argumentos de modernidad o a una dinámica supuestamente imparable de la «destrucción creativa» inherente a la innovación.

Un ejemplo importante, que adquirirá una relevancia aún mayor en el futuro, hace referencia a la denominada «neutralidad de la red», sobre la que las empresas con modelos de negocio centrados en contenidos o aplicaciones sobre Internet tienden a adoptar posturas contrapuestas con las de las operadoras de telecomunicaciones que despliegan y gestionan las redes (15). A este respecto que la teoría económica (16) muestra que las actividades con retornos crecientes, como lo son en general las basadas en activos informacionales, acaban generando monopolios u oligopolios de facto. Así se puso de manifiesto en el caso de Microsoft en el pasado, de Google en el presente y tal vez de Facebook en el futuro inmediato. Sin embargo, estas empresas tienden a oponerse a la regulación de sus actividades, en tanto que apoyan controles más exhaustivos en los sectores tradicionalmente regulados, como las telecomunicaciones.

Los comentarios expresados más arriba sobre el caso español pueden retomarse en este contexto. En líneas generales, puede concluirse que el discurso de la nueva economía, entendido como abanderado de un uso más intensivo de las tecnologías en el contexto del auge de un capitalismo liberal o ultraliberal y de una competencia cada vez más global, no llegó a asentarse entre una gran parte de los agentes sociales españoles con mayor influencia o poder, tanto en el sector público como en el privado. No lo ha hecho todavía, como demuestra la resistencia de muchos sectores de la sociedad, incluyendo las administraciones públicas, a acometer, en ocasiones incluso a debatir, la necesidad de reformas estructurales impuestas desde el exterior bajo la lógica de los esquemas de competencia global ya mencionados.

De hecho, puede argumentarse (17) que en nuestro país la «fractura digital» más relevante ha sido una fractura estratégica manifiesta entre los agentes socialmente más influyentes, tanto públicos como privados, y los «ilustrados-TIC» que han defendido, en general con argumentos superficiales y en todo caso manifiestamente con poco éxito, la causa de un uso más intensivo de las tecnologías. El auge de la construcción (Fig. 4), considerado en paralelo con la debilidad general del sector tecnológico español (con la notoria excepción de empresas como Telefónica) es un síntoma claro de ello.

Hacia el futuro

Las conclusiones anteriores serían posiblemente poco relevantes si solo fueran aplicables al pasado. Pero lo son también para el futuro inmediato, como mínimo durante esta década. La disponibilidad creciente del acceso móvil a Internet y de terminales como los smartphones, junto con el auge de las redes sociales y otros contenidos generados por los usuarios, supone en la práctica una redefinición profunda de los usos de Internet. En paralelo, la conciencia de las causas y los efectos de la crisis financiera de 2008 obliga a una revisión, quizá también a una recomposición, de algunos de los modelos conceptuales y sistemas institucionales de referencia creados a propósito de la economía industrial. En este contexto, sea bajo esas denominaciones u otras, será obligado redefinir las motivaciones, objetivos y estrategias de la sociedad de la información y de la nueva economía que habrán de tener vigencia durante las próximas décadas. Lo que previsiblemente conllevará, para empresas, sectores, regiones y países, nuevas oportunidades de éxito. También de falta de éxito. Habrá que ver quién y cómo las aprovecha mejor.

NOTAS

1 Pew Research, «Current Decade Rates as Worst in 50 Years», 21/12/2009,

accesible en Internet.

2 Krugman, Paul, «The Big Zero», New York Times, 8/12/2009.

3 «Technology for America’s Economic Growth: A new Direction to Build Economic Strength», White House (1993), accesible online.

4 «Europa y la sociedad global de la información: recomendaciones al Consejo Europeo» (Informe Bangemann) (1994), accesible online.

5 Mandel, M., «The New Economy: What It Really Means», Business Week, 17/11/1997, accesible online.

6 Castells, M., e Himanen, P., El estado del bienestar y la sociedad de la información: El modelo finlandés, Alianza Editorial (2002).

7 Ver en particular los informes «Global Competitiveness Report» y «Global Technology Report» que publica periódicamente el World Economic Forum (accesibles en formato digital en su página web, www.wef.com).

8 Ver al respecto las estadísticas accesibles a través de las páginas web de Eurostat y de la OCDE.

9 Ver, por ejemplo, «De la función de producción agregada a la frontera de posibilidades de producción: productividad, tecnología y crecimiento económico en la era de la información», discurso de ingreso de Manuel Castells en la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras (2006), accesible online.

10 El «Plan Avanza» ha sido el principal programa de inversión del Estado en el impulso de la sociedad de la información.

11 «Estudio del Plan Avanza por la OCDE», accesible a través de la web del Plan Avanza (ww.planavanza.es).

12 Ver, por ejemplo, «A short history of modern finance», The Economist 18/10/2008.

13 Entre las muchas obras publicadas en ocasión de la crisis financiera, recomendaría «Crisis Economics: A crash course in the future of finance», N. Roubini y S. Mihm, Allen Cane (2010). Una alternativa, menos rigurosa pero muy accesible, es ¡Huy! Por qué todo el mundo debe a todo el mundo y nadie puede pagar, J. Lanchester, Anagrama (2010).

14 Para una descripción general de esta cuestión, puede consultarse el dossier especial de The Economist, «A market for ideas», 20 de octubre 2005.

15 Ver, por ejemplo, el «Report on the public consultation on The open internet and net neutrality in Europe», European Commission, noviembre 2010.

16 «Increasing Returns and the New World of Business», Brian Arthur, Harvard Business Review, julio-agosto 1996.

17 «Análisis de la formación de las políticas públicas de sociedad de la información en Cataluña», R. Ruiz de Querol, tesis doctoral, UOC (2006), accesible online.


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