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Cuando se cuenta una historia de amor las fechas son importantes y en Madrid esta aventura comenzó el 4 de mayo de 1971 porque, en palabras de Andrés Trapiello, “el día que decidí venir a Madrid fue el más importante de mi vida. No sé de nadie que no recuerde el primer día que conoció Madrid, ni a ningún madrileño que haya olvidado el barrio donde nació”.

“Madrid”, Andrés Trapiello
Ediciones Destino, Barcelona, 554 páginas
24,90€ (soporte papel) / 10,44€ (edición digital)

Trapiello llegó por segunda vez a Madrid con 17 años y se dedicó durante unos meses a la venta ambulante de libros y colecciones por las calles Serrano y Gran Vía. Así, yendo a trabajar desde Carabanchel Alto es como empieza a conocer tan bien este Madrid que, con el tiempo, y la llegada de la edad adulta, se fue convirtiendo “en algo íntimo” y que resume como “aquel antiguo Madrid que cabía en la cerca que se vino abajo en 1868” con el Rastro, el Retiro, el Prado, o el Museo Romántico, a los que dedica distintos apartados del libro.

El autor, nacido en 1953 en la localidad leonesa de Manzaneda de Torío, se convierte en nuestro guía y nos lleva de paseo por la ciudad porque Madrid no es una crónica académica y lineal del paso del tiempo por la ciudad ni una autobiografía donde el autor es centro de universo. Trapiello reconoce que las referencias que tenía para buscarse las castañas a su llegada eran las del juego del Palé (el Monopoly de entonces) y así supo por dónde tenía que moverse. Es lo que le ocurrió al pisar la calle Leganitos: “Comprendí que en el Palé valiera sesenta pesetas”.

“El día que decidí venir a Madrid fue el más importante de mi vida. No sé de nadie que no recuerde el primer día que conoció Madrid”, asegura Trapiello

Además, él, que en varias ocasiones reconoce que es de pueblo, explica que lo del “Mantua Carpetanarorum, o madre de los carpetanos” que aparece en una gran orla en los planos antiguos de la ciudad viene a ser una invención o que detrás de la Casa de Fieras del Retiro hubo “durante el romanticismo una zona de duelos y suicidios, antes de que hicieran el primer viaducto, el de 1874”.

En esta nueva publicación se habla del agua de Madrid, de sus caños y fuentes y de que es un agua “sagrada” porque la ciudad no tiene un gran río (también se despacha con el Manzanares) y hasta 1850 no llegó el agua del Lozoya. Y es así, a través de la llegada del agua a Madrid, cómo cuenta la leyenda “extraordinaria y poética” de San Isidro.

También recuerda que, después de haberse dedicado a redactar críticas creativas sobre exposiciones, durante La Movida trabajó como redactor de un programa de arte moderno para TVE del que le echaron, y “acudíamos en procesión a ver las exposiciones, pero daba igual, porque casi todo el mundo iba ciego y al final era como en la época del feróstico, que entre lo que uno no veía y lo que imaginaba, se iba tirando”.

El escritor leonés presenta Madrid como es porque quiere la ciudad y porque es un madrileño más

Trapiello utiliza más de 125 veces el adjetivo “bonito” para referirse al nombre de las calles, a la Plaza Mayor, a las esculturas ecuestres, a una primavera, la iglesia de San Cayetano o un desfile militar. Sin embargo, habla de la dureza de su estar en la ciudad con cariño, delicadeza y, lo que no parece fácil, sentido del humor. Por ejemplo: “No tenía a nadie con quien hablar, no había dejado atrás a nadie tampoco, no tenía tratos con mi familia ni había dejado amigos en ninguna parte. Bueno sí, tenía a los mendigos y las estatuas. En Madrid hay bastante de las dos cosas. Son los únicos, estatuas y mendigos, a los que no les extraña que hables con ellos”.

Siempre es amable consigo mismo, con la ciudad y con quienes le acompañan en esta aventura en Madrid y reconoce que “ha llegado uno a tener por amigos a aquellas personas que más admiraba, y en cambio no creo haber tenido un solo enemigo importante”. También, muestra su incertidumbre ante el porvenir cuando le suspendieron su colaboración en La Vanguardia (“adiós a mi único ingreso fijo; ¿Cómo hará uno para llegar a fin de mes y a la jubilación? La verdad, no lo sé”). Ahora, desde el mes de septiembre, se le puede leer en El Mundo.

Los Retales madrileños es la segunda parte de este libro que viene a ser un conjunto de fichas, anotaciones, historias que complementan las narraciones de la primera parte “Madrid y…” (la historia, los reyes, la arquitectura, la gastronomía, la literatura, la música, el arte, los sucesos, etc.). También, presenta a varios personajes: Galdós quien, por cierto, es inseparable en este viaje; Gómez de la Serna; Gutiérrez-Solana; Juan Ramón Jiménez; Clara Campoamor, o Edgar Neville. Finalmente, cuenta con un interesante y “breve repertorio madrileño”, que viene a ser un diccionario, de fragmentos de Madrid, donde explica qué son, por ejemplo, las acacias (el pan y quesillo), el aire de Madrid (que “después del agua, es el aire de Madrid su mayor timbre de gloria”), la chulería madrileña, los callos, lo cursi, la Inclusa, lamentos, la madrileñofobia, mentideros, el Pueblo de Madrid, tócame Roque (la casa de) y, también, las zarzuelas como expresión del gusto cultural.

Un paseo por Serrano nos ayuda a descubrir que antes de un Corte Inglés estuvo un Sears y antes aún el palacio Larios, que el tramo de Metro por el exterior de la Casa de Campo se llamó “suburbano” o que hubo un tiempo en el que “no era costumbre abandonar los barrios obreros para venir al centro a divertirse”.

Trapiello presenta Madrid como es porque quiere la ciudad y porque es un madrileño más, porque, como él señala, “alguien quería saber el nombre que les dan algunos aborígenes a los que han ido a trabajar a Cataluña o al País Vasco desde otras regiones españolas: charnegos, maquetos… ¿Y en Madrid a los que aquí nos hemos aclimatado? Madrileños, desde el primer día, como también nos lo dicen, por lo general con cierta desconfianza o retintín, allá donde vamos”.


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