Derriere la façade

José Manuel Cuenca Toribio

Autor: B. Destremau,
Título: Quai D’Orsay: Derrière la façade
Editorial: Ed. Plon. París, 1995, 459 págs.


Discretamente, diplomáticamente, Destremau, embajador y secretario de Estado de Exteriores durante la primera fase del septenado giscardiano, nos desvela algo de lo acontecido en los pasillos y despachos del ministerio a lo largo de casi cincuenta años (1945-1990), período en el que el autor -famoso, por otro lado, por su destreza en el tenis-, prestara sus servicios a la prestigiosa institución. Justamente, gran número de los capítulos de la obra trasfunde un deje de indisimulable melancolía a causa no solo de su carácter -en ancha medida memoriográfico-, sino, muy especialmente, por la nostalgia que desatan en la pluma del autor los esplendores de un pasado hoy bastante empalidecido cuando no deturpado.

Pero, en cualquier caso, son tantos y de tan grande importancia la mayoría de los acontecimientos descritos o rememorados por su pluma que el intimismo o la elegía apenas si pueden hacer acto de presencia en un escenario recorrido por los grandes de este mundo. Al menos, los franceses de la etapa aludida y aún de la fase de entreguerras arrojan su sombra, placentera o reluctante, sobre las vicisitudes del Quai D’Orsay, relatadas con propiedad y penetración en unas páginas en las que se dosifica sabiamente el relato en primera persona con el lenguaje impersonal y distanciado. También comparecerán, por supuesto, otras personalidades europeas y mundiales del período antes citado, en especial, como es lógico, las más relacionadas con la política internacional llevada a cabo por un país que se ha resistido y se resiste envidiablemente a su destronamiento como primera potencia. En tal aspecto, aunque con mesura, Destremau participa del sentimiento antinorteamericano tan extendido en el último medio siglo entre los intelectuales y políticos de su nación. Lo cual no le impedirá propinar aterciopelados varapalos a la anglofobia del pintoresco y fugaz ministro del último año del gobierno pompidoliano, Michel Jobert, así como a ciertos pronunciamientos del propio general De Gaulle, cuya política internacional será objeto de uno de los más sagaces análisis de la obra. Esta tiene una de sus notas peraltadas en la ponderación. Conocedor del mundo y experto en algunos de los grandes temas que hoy más preocupa a sus coetáneos (B. Destremau será un debelador incansable de las visiones estereotipadas de la Carrière como refugio de gentes despreocupadas y hedonistas), criticará en no pocas ocasiones la desatención de sus compatriotas por lo acontecido fuera del Hexágono, tendencia manifestada incluso en la indeclinable empresa de la construcción europea. Reflejo y trasunto de ello en buena parte será, según su diagnóstico, el progresivo postergamiento del Quai D’Orsay a la hora de ensayar el cuadro político y las grandes estrategias de su país.

No será, ciertamente, el estudio que cabría denominar sociológico de la condición diplomática en la Francia contemporánea el que despierte menos interés en los lectores. Sobria, pero ajustadamente; sin temor a los números, más con ameno estilo, el autor dibujará la biografía de la institución, desde sus orígenes -en términos modernos- a finales del XIX, hasta el segundo septenado miterrandiano. La época áurea de la institución, en la que sus más relevantes miembros eran más hacedores que ejecutores de la política internacional gala, esto es, la de los años que precedieron a la Primera Guerra Mundial, alargada en ciertos aspectos hasta las vísperas de la Segunda, se reconstruye con visible complacencia en el libro, que también contendrá varios parágrafos consagrados al análisis de la evolución de los cuadros del ministerio, de su reclutamiento y de sus hábitos y costumbres; dibujo en el que no faltará la nota picante o la anécdota percutiente, así como, a las veces, la censura de algunos políticos y gobernantes poco comprensivos con el Quai D’Orsay: Laval, Pineau, De Gaulle en ocasiones, Michel Debré antes de su paso por el ministerio entre junio de 1968 y junio de 1969, etcétera.

Acogido bajo la tutela magisterial y benévola de Jean-Baptiste Duroselle, cuyo surco en la historiografía contemporánea se acrecienta con el paso del tiempo, la obra aspira a ser igualmente una introducción a la historia de las relaciones internacionales de la Francia de la segunda mitad del novecientos; objetivo que, en amplia proporción, se alcanza por el autor, quien, en ocasiones, aporta su valioso testimonio personal sobre ciertos episodios y figuras. Así, por ejemplo, el microcosmos bruselense o los inicios de la Comunidad Europea se narran documentadamente y con la bibliografía más especializada. De igual modo, el nuevo contexto del diálogo de París con sus antiguas colonias se aboceta con precisión, bien que en este capítulo se otorgue licencia a la evocación de ciertos lances y episodios de color, muy ilustrativos, por lo demás, de la política africana tras la descolonización.

Con menor densidad historiográfica, pero no carente de enjundia política y literaria, las alusiones al mundo iberoamericano, en especial, a la estadía bonaerense del autor o a los contactos entre el rey Juan Carlos y el presidente Valery Giscard D’Estaing antes y después de la entronización del primero ofrecen, desde dicha perspectiva, elementos para la reflexión que sobrepasan la simple curiosidad.

Es lástima que, salvo la parcial excepción de José María de Areilza -no perteneciente, como es bien sabido, a «la carrera»- y de alguna valiosa obra del gran escritor y humanista Emilio Baladíez, así como las un tanto disgresivas y latifundarias memorias de Emilio Garrigues, ningún diplomático español de actuación sobresaliente nos haya dejado un libro -permanecen inéditas, es de justicia recordarlo, las memorias de

Gómez Jordana, Martín Artajo o Castiella- parangonable al glosado. Es todavía grande la distancia que nos separa, en la vida cultural, de la mejor Europa intelectual y literaria.