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Ver productosLa profesora Rosa Navarro presenta veinte lecciones de clásicos españoles

28 de enero de 2026 - 4min.
Rosa Navarro Durán es profesora emérita de la Universidad de Barcelona y especialista en literatura del Siglo de Oro
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Los clásicos, decía Italo Calvino, son los libros que nunca acaban de decir lo que tienen que decir; los que no se leen, sino que se releen. Su vigencia, incluso su utilidad, no parecen necesitar demostración. Periódicamente salen nuevos títulos que nos lo recuerdan, normalmente referidos a los clásicos grecolatinos. Ahora es la profesora Rosa Navarro Durán, de larga dedicación a los clásicos españoles, la que nos ofrece ahora veinte lecciones de estos, nuestros clásicos del siglo XII al XVII en el libro El festín de la palabra. El libro recoge veinte «fragmentos breves e intensos, elegidos por su belleza, su ingenio y su sorprendente actualidad», casi al modo de un menú degustación.
Que los clásicos son siempre actuales es otro lugar común, no por ello menos cierto. «Es clásico —decía también Calvino— lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo». Y «es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone». Así, en el libro de Rosa Navarro, se percibe, desde la primera lección, esa actualidad para estos tiempos de posverdades y hechos alternativos: no creas todo lo que oigas. Lo advertía Pedro Alfonso en su influyente Disciplina clericalis. «A veces oímos lo que los demás quieren que oigamos, y nosotros creemos que nos estamos enterando de un secreto», comenta la autora del libro, tal vez pensando en los periodistas que reciben información de los políticos.
Un pasaje del Cantar de Mio Cid, el de sus hijas ultrajadas por los infantes de Carrión, nos habla directamente de la violencia contra la mujer, de la violencia cobarde ejercida como venganza. El pasaje escogido de El conde Lucanor le da pie a Rosa Navarro para escribir: «Quien te alaba extremadamente añadiendo a tus cualidades otras que no tienes es que quiere llevarse lo tuyo o quiere lograr algo de ti. El halago puede esconder trampas para obtener algo o voluntad de medrar a costa del alabado. Y todos somos vulnerables ante la alabanza porque casi siempre nos parece que responde a la verdad o que esa persona que exagera nuestras cualidades es realmente muy amable y simpática, y por ello somos propicios a lo que vaya a pedirnos».
Ese dicho incorporado al habla popular, «más vale estar solo que mal acompañado» aparece en Tirante el Blanco (siglo XV) y en femenino (sola, acompañada) pues lo dice —otro rasgo de actualidad— una mujer, la princesa Ricomana, ante la perspectiva de un matrimonio dudoso. «Antes querría perder la vida y los bienes que tomar marido grosero y avariento», dice la sabia Ricomana.
¿Qué decir de Jorge Manrique? «Entre los poetas míos, tiene Manrique un altar», escribió Antonio Machado. Su lección sobre la fugacidad de la vida y la igualdad ante la muerte está dicha del modo más bello y conciso imaginable: «Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir».
Lázaro de Tormes desea que Dios se compadezca de él, como él se compadece de su amo pretencioso y hambriento. «Tanta lástima haya Dios de mí como yo había de él», dice con palabras en las que resuena el Padrenuestro: «perdónanos nuestras deudas, así como nosotros…». Lázaro muestra con sus obras la solidaridad no ya con quien tiene menos que nosotros, sino con quien es tan pobre como nosotros, aunque quiera aparentar otra cosa. Y, dice Rosa Navarro, «no hay mejor imagen para borrar la etiqueta de pícaro que Lázaro lleva colgada desde hace siglos: no es un pícaro, ni tal palabra aparece nunca en el texto, sino un muchacho maltratado por la mayoría de sus amos que mendiga para no morirse de hambre y reparte lo que consigue con su pobre y vanidoso amo, el escudero».
Pícaro en sentido estricto es Guzmán de Alfarache, personaje peligroso en el que conviven la astucia y la maldad, y cuyas mañas «no son solo historia pasada o relato literario, sino ejemplo para guardarse de las muchas personas que convierten el delito en su norte». Y pícaros son algunos personajes de Lope de Rueda, quien, desde el siglo XVI, nos advierte del peligro de creer en beneficios fáciles y rápidos, tierras de Jauja tras las que suelen estar astutos, interesados y desvergonzados estafadores.
¿Y Cervantes? Cómo no vamos a encontrar lecciones en Cervantes. Rosa Navarro coincide de lleno con el profesor David Pujante, quien, en el reciente El mundo en la palabra, se refiere al consenso dialéctico que hay detrás del hallazgo lingüístico del baciyelmo para saldar la discusión acerca de si lo que se tiene delante es yelmo o bacía de barbero. Que ya decía Américo Castro «que las cosas nos ofrecen múltiples aspectos, y que a las discusiones de los hombres toca averiguar qué sea en último término lo verdadero». Rosa Navarro, por su parte, sostiene que «el baciyelmo tendría que figurar como lema en cualquier ágora donde se discutiesen asuntos públicos, porque quizá así el blanco y el negro dejarían paso al gris, que es camino más seguro para lograr acuerdos». ¿Cabe mayor actualidad?
Más información sobre el libro en el material de prensa de la editorial
La imagen que ilustra el artículo pertenece a la Biblioteca de la Facultad de Derecho y Ciencias del Trabajo de la Universidad de Sevilla. Tiene licencia Creative Commons y puede consultarse aquí