«¡Date tiempo!». Cómo vivir el presente con densidad y sentido

Nuestra época ha convertido en fuente de angustia la temporalidad de la vida al privar de consistencia al presente, reconvertido en mero instante fugaz

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Benigno Blanco

Avance

Alfredo Marcos, catedrático de Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Valladolid, regala al lector una interesante reflexión filosófica sobre la vivencia humana del tiempo en la actualidad. Atreverse a pensar en serio sobre la dimensión temporal de la vida humana implica cierta audacia intelectual pues —como ya dejó escrito san Agustín y se repite continuamente— el decurso temporal de la vida es una evidencia, pero cuando se trata de dar razón de esta dimensión de la vida las dificultades se acumulan.

Alfredo Marcos: ¡Date tiempo! Consideraciones filosóficas para una temporalidad con presente. Comares, 2025.

El profesor Marcos supera con creces tales dificultades en su obra ¡Date tiempo! Consideraciones filosóficas para una temporalidad con presente (Ed. Comares) en la que aterriza la reflexión filosófica en las circunstancias de nuestra época, en la que la vivencia del tiempo se presenta con frecuencia como dolorosa para las personas y reflejo de crisis permanente para los individuos y las sociedades, angustiados unos y otras por las prisas y la aceleración continua de los acontecimientos que convierte el ansia de futuro en más real que el fugaz presente. Como escribe el autor, «nuestras cuitas surgen, en última instancia, del frustrante empeño de vivir en una temporalidad sin presente».

ArtÍculo

Se trata de un libro de filosofía en el que el autor dialoga con otros autores que han ido aportando luces significativas a la hora de entender el significado del tiempo para la vida humana: Hans Jonas (del que toma el diagnóstico de que el problema es que hoy nos empeñamos en vivir en un tiempo sin presente consistente), Sixto Castro (que analiza los distintos sentidos del tiempo en la historia del pensamiento), Boecio, Heidegger… y Aristóteles y san Agustín como representantes del pensamiento clásico en la materia, que dan consistencia al presente al construirlo —sobre la constatación de la mutua presencia de naturaleza y alma (physis y psyche) en el ser humano— como memoria del pasado, contemplación de lo actual y esperanza del futuro. A esta exégesis o balance histórico del pensamiento sobre el tiempo dedica Marcos los tres primeros capítulos de su obra, mientras que en el cuarto (págs. 46 y ss.) analiza la crisis de la modernidad, generadora de la actual vivencia/dolencia del tiempo, al romper —con el dualismo cartesiano— la mutua presencia de naturaleza y psique que da consistencia al presente, sustituyéndola por la vivencia de un tiempo desnaturalizado o desalmado, según se niegue lo natural para dejarnos solos con nuestra libertad o se niegue lo espiritual para abandonarnos a las fuerzas ciegas de lo natural. Esta crisis del presente en la modernidad se ve agravada por el progresismo que es, según nuestro autor, «una ideología patogénica» que «aniquila lo presente en aras de una cierta visión del futuro utópico».

En los capítulos sexto y conclusivo (págs. 69 in finem) el profesor Marcos realiza una propuesta constructiva sobre cómo vivir el presente de cada vida, de modo que nos permita superar la ruptura dualista de la modernidad, apoyándose en el pensamiento clásico y en aportaciones de autores modernos como Heidegger y otros, como Ambrosio Velasco, que representan lo que nuestro autor denomina «humanismo iberoamericano». En este esfuerzo por hacer una relectura de la modernidad el autor aporta una reconsideración de las que llama metáforas con las que hemos construido nuestro concepto del tiempo; y acude para ello a la geometría, la música, el arte y hasta el cine, en páginas que demuestran una exquisita sensibilidad y una comprensión de amplio espectro de la cultura contemporánea.

Hans Jonas y la temporalidad sin presente

Alfredo Marcos confiesa que escribe este libro motivado por las reflexiones de Hans Jonas, físico y filósofo de hondo calado en ambas ciencias, que explicó que el moderno dualismo vació de contenido antropológico el presente al escindir al hombre entre lo material o extenso y lo espiritual o síquico, privando así al viviente de un presente con duración para desarrollar su vida. Al reducir el presente al mero instante, aquel perdió contenido vital y la vida se convirtió en una carrera por construir de forma continua un futuro que nunca se hace realidad; el presente queda así reducido a casi nada para el pensamiento moderno, sea este materialista o idealista; con la consecuencia de que «el presente malinterpretado como instante nos condena al nihilismo moral» (pág. 19). Por el contrario, para el pensamiento clásico —Aristóteles, Agustín— el presente no es un instante sino «duración de una sustancia y fidelidad a sí misma»; adquiere así el presente consistencia. «Jonas se queja de una temporalidad sin presente, pero entendido éste como duración y presencia, no como instante» (pág. 20).

Según Jonas, el pensamiento moderno en su rama existencialista priva al mundo de toda consistencia sustancial y deja al alma, a la libertad, sola para construir el futuro como una fuente de sentido y de valor, siendo el presente mero instante en búsqueda de ese proyecto de futuro; ya no cabe la contemplación como sentido del presente sino la obsesiva prisa por adelantar el futuro… que nunca llega. «La vía existencialista degrada la naturaleza. Nada digno de contemplación se hace presente ante el sujeto. El valor de la vida, si es que tiene alguno, viene de lo que desea y proyecta, no de lo que es» (pág. 21). Y en la deriva cientificista y materialista del pensamiento moderno el presente se reduce a un punto en el movimiento, a un instante de un proceso meramente físico, cuyo único sentido para el hombre vendrá, en su caso, de la predicción científica, siempre hipotética, sobre el fin de ese movimiento. Así el presente, reducido a instante, no tiene contenido alguno para el hombre.

Tras analizar en el capítulo primero las tesis de Hans Jonas, el autor dedica el capítulo segundo —siguiendo la obra de Sixto Castro— a exponer los distintos conceptos de tiempo que se han formulado, distinguiendo entre tiempo eónico, cósmico, cronológico, sagital, trascendental, psicológico, fenomenológico, narrativo, existencial, histórico-sagrado y sociológico. Y concluye el autor afirmando (pág. 31) que el concepto del tiempo es polisémico, pero implica en todos sus sentidos «algún tiempo de relación entre el movimiento y el alma, entre physis y psyche», resaltando que cuando se pone el acento solo en uno de los términos de esa relación —olvidando al otro— se incurre en un oscurecimiento de la realidad y que conviene «poner el foco en la relación misma, más que en alguno de los polos de esta».

La aportación de los clásicos: Aristóteles y Agustín

Aristóteles resalta que es la presencia del alma, de la psique humana, ante el movimiento (el cambio) la que permite construir el presente al poder constatar el antes y el después. «El movimiento se hace contable, numerable, gracias a que el alma capta la continuidad tanto como el cambio. Capta la semejanza entre el antes y el después. Es decir, capta la identidad y la diferencia. Entre el antes y el después algo permanece idéntico y algo resulta diferente». El presente, así, tiene duración, abarca un antes y un después.

Si Aristóteles se mueve en el filo del equilibrio entre movimiento y alma inclinándose por el primero, Agustín se mantiene en el mismo equilibrio, pero poniendo el acento en el alma, en el tiempo interior. Para Agustín el pasado está vivo en el presente al formar parte de la memoria biográfica de la persona y el futuro también como esperanza y expectativa razonable. Así, para ambos, el presente tiene duración y contenido y no es mero instante insustancial entre el pasado y el futuro. «¿Qué hemos aprendido de los dos grandes clásicos? Que el tiempo implica una relación entre un movimiento y un alma que contempla y numera el movimiento; implica, por tanto, una presencia mutua. No hay tiempo sin alma, no hay tiempo sin movimiento. Sabemos también que existe el presente y que en él y solo en él, están el pasado como memoria y el futuro como posibilidad, como expectativa y esperanza. El presente, así pensado, tiene una duración, no es identificable con el simple instante (…). El mero hecho de pensar la vida humana como si estuviese efectivamente compuesta de instantes resulta un riesgo para la unidad e identidad del sujeto, con todas las implicaciones patogénicas que inmediatamente nos vienen sugeridas» (pág. 42).

El concepto de tiempo en nuestra época

En el capítulo cuarto de su libro el profesor Marcos estudia el concepto de tiempo que se ha impuesto en la modernidad, al que define como «un tiempo desalmado y un tiempo desnaturalizado». El dualismo cartesiano «al romper la unidad de la persona en dos sustancias distintas, res extensa y res cogitans, hace imposible la comunicación entre ambas y, con ello su presencia mutua […]. El dualismo antropológico no solo fractura la persona, sino que, al hacerlo, deja separados el mundo físico y la conciencia» (pág. 46). Explica nuestro autor que el desarrollo de la ciencia moderna hace que el tiempo quede externalizado como el espacio, ambos parte de la res extensa; ambos —espacio y tiempo— representados por una línea en la que cada punto (el presente en el caso del tiempo) es un mero instante carente de duración. Así aparece nuestra actual vivencia de esa temporalidad sin presente que denuncia Hans Jonas y cuyo análisis es el objeto del libro que comentamos. «El presente se nos queda sin espesor. No podemos vivir en el presente, pues éste carece de duración; habitemos, pues, en el futuro. Arrojémonos al futuro, que contiene muchos, quizá infinitos, instantes» (pág. 52).

A la misma conclusión nos aboca la otra cara de la modernidad, el idealismo kantiano: «Cuando llegamos a Kant, el tiempo pasa al territorio del sujeto y queda idealizado […], el tiempo se ha interiorizado, deja de ser algo de ahí fuera para convertirse en condición de los fenómenos internos […]. El problema es que el refugio en la identidad nos priva de la presencia genuina, ante el alma, del mundo. Digámoslo de nuevo: nos condena a una temporalidad sin presente» (pág. 62-63).

La tecnología actual incentiva esta forma de vivir el tiempo pues nos hace esclavos de la prisa y enemigos del sosiego, a la par que el progresismo ideológico propio de la modernidad nos hace anhelar continuamente el futuro sin valorar el presente (incluso el presente de la especie humana como tal resulta descartable según la ideología transhumanista tan en boga).

Cómo reconstruir una temporalidad con presente

El profesor Marcos concluye que habitar una temporalidad sin presente es una misión imposible y que para superar esa situación es necesario romper con el dualismo moderno y con las interpretaciones perturbadoras de la tecnociencia (cfr. pág. 71). Para ello, propone recuperar la concepción de sustancia de Aristóteles o la de organismo de Hans Jonas; la sustancia, el organismo, tienen duración y dan consistencia así al presente que se vive no como mero instante o punto sin consistencia en una línea, sino como la continuidad del pasado que pervive en el viviente y se modula con la esperanza del futuro por llegar: «es un tiempo con duración, un tiempo presente».

Es una «labor del alma» construir este presente con duración. «Como apunta Agustín de Hipona, el alma ha de extenderse, casi estirarse, hasta incluir pasado y futuro en su vivencia presente […]. ¿En qué consiste, pues, la labor del alma? Ha de traer al presente, dilatándolo, todo el pasado que pueda y todo el futuro de que sea capaz» (págs. 82-83). Lograr esta actitud exige cultivar como actitud del alma la esperanza que es —según expresión de Agustín que recuerda Marcos— «espera presente de los futuros».

Cuando el autor se refiere al «alma» según la terminología aristotélica, está hablando de la «persona», como aclara comentando a autores como Boecio o Julián Marías: «La persona, como sustancia que es, mantiene la identidad y la continuidad del ser y, por tanto, del tiempo, aun en los intervalos sin conciencia, pues la persona es una y única sustancia, como cuerpo y como alma» (pág. 90).

Nuestro autor es consciente de que para cambiar nuestra percepción del presente no basta con teorías abstractas, sino que hay que aterrizar en las prácticas y, por ello, propone en las págs. 107 y ss. algunas ideas y sugerencias para modificar nuestros comportamientos personales y sociales como, por ejemplo y respecto al uso de las tecnologías, «fomentar unas cuantas virtudes, como la serenidad, la paciencia, el autodominio, la justicia y la moderación, la humildad o la caridad para con las demás personas, y todo ello bajo la orientación armónica de una de las virtudes, a saber la prudencia» (pág. 107). El autor resalta que somos seres técnicos y no podemos renunciar a esa condición, pero sí podemos aspirar a cierta autonomía respecto a cada tecnología en particular mediante prácticas de «silencio tecnológico» que nos permitan lograr serenidad, calma y desasimiento, abriendo espacios para la contemplación y el cultivo de la dimensión social, hogareña, propia de nuestra naturaleza.

Conclusión

Nuestra época ha convertido en dolorosa y fuente de angustia la temporalidad de la vida al privar de consistencia al presente, reconvertido en mero instante fugaz; esta concepción es algo ajeno a nuestro carácter de personas con consistencia sustancial cuyo presente incorpora tanto la memoria del pasado como la expectativa esperanzada del futuro. No vivimos en el vértigo de un presente fugaz, el instante, que se nos escapa; sino que podemos ir haciéndonos en la continuidad que nos da nuestro carácter de organismos o sustancias que permanecen y se hacen en el tiempo, de forma que el presente es un acto con duración personal y social. «Contemplar la historia de la familia humana como un presente continuo (…) implica respeto hacia nuestros antecesores, agradecimiento por lo recibido, esfuerzo en la conversación con ellos y entre los coetáneos, apertura hermenéutica y aceptación de las diferencias, tanto como reconocimiento de la naturaleza humana común que habilita cualquier género de comunicación, de comunidad, de integración» (pág. 124).

Este libro de Alfredo Marcos aporta luces significativas para entender las claves últimas, filosóficas, de esta época líquida y nihilista, generadora de dolor y de miedo al compromiso y las lealtades. Y, al dar luces sobre el problema, ilumina también las vías para superarlo.


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