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La última publicación de Andrés Ollero 1 es fruto de sus investigaciones académicas y de la experiencia vital adquirida durante los últimos diecisiete años. Por ello, los artículos seleccionados para este volumen reflejan una rica e intensa actividad parlamentaria y política a lo largo de cinco legislaturas, además de una estrecha vinculación con el ámbito académico. En mi opinión, los temas son abordados con rigor, coherencia y honestidad intelectual, mostrando deliberadamente un fuerte arraigo personal tocante a lo que la doctrina social católica representa.

El título del libro es enormemente sugerente. En realidad, el autor trata con ello de poner en evidencia de que, a pesar de encontrarnos en una etapa de «inflación de derechos», sorprendentemente, el derecho a la verdad no ha tenido hasta la fecha reconocimiento jurídico alguno. A su juicio, la dictadura del relativismo conduce a entender la verdad como enemiga de la libertad, a pesar de que luego necesite vivir de verdades inconfesadas.

La obra se divide en dos partes que —creo— se corresponderían de algún modo con las dos facetas principales del autor: la académica, por un lado, y la política, por otra. La primera parte del libro, rotulada «Hacer realidad la verdad del hombre», se estructura en seis capítulos; la segunda, bajo el más incisivo título, « ¿Políticos de verdad?», mucho más breve que la anterior, se desarrolla en sólo dos.

Ollero detecta, ya en el mismo comienzo de la obra, dos peligros a los que se enfrenta la verdad: «El autoritarismo de la verdad impuesta por el iluminado de turno y la paralizante perplejidad de una sociedad relativista: un hombre, una verdad». Resulta indiscutible que la verdad se encuentra implícitamente ubicada en el trasfondo de los derechos, por ser además ésta un objetivo básico de la actividad filosófica y científica. De ahí deriva, en mi opinión, la importancia que ocupan los derechos humanos en el libro.

LIBERTAD Y VERDAD

Desde el principio, el lector se encuentra enfrentado al problema de la vinculación entre libertad y verdad. En el libro se argumenta a favor de la tesis de que la libertad no es sólo una condición para el acceso teórico a la verdad, sino que es el camino necesario para su proyección práctica. Realmente interesantes son las páginas en las que Ollero explica cómo la libertad y la verdad se unen por un eje común: la tolerancia.

Desde mi punto de vista, parece convincente la tesis de que tiene sólo sentido hablar de lo tolerable o intolerable si se parte de la premisa de que la verdad existe y de que, por consiguiente, hay posiciones que se acercan más o menos a ella. Con palabras del autor: «Ser tolerantes no es desembarazarse de la verdad y el bien, para poder así ignorar plácidamente el error y el mal. Ser tolerantes es ser capaz de ver en el otro siempre a una persona, portadora de intangible dignidad, sea cual sea el juicio que sus opiniones o sus conductas merezcan».

PRIVACIDAD Y PUBLICIDAD

En la primera parte del libro el autor también deja traslucir su preocupación de que la religión haya quedado convertida en elemento clave de la intimidad personal y se viva en soledad, con miedo y vergüenza de manifestar las propias convicciones en el ámbito de lo público. Frente a la fuerte corriente actual que arrastra a los cristianos a vivir las creencias religiosas en la más absoluta intimidad, Ollero se decanta por una postura radicalmente distinta, proclamando con rotundidad su personal visión religiosa: «El Creador del universo, dueño de la verdad, es el mismo que decide revelárnosla, supliendo las lagunas de nuestro conocimiento racional y contrarrestando su experimentada falibilidad». Con su discurso, el catedrático de Filosofía del Derecho trata de convencer a los cristianos de la dimensión radicalmente positiva y al mismo tiempo estimulante que se les brinda como «expertos en humanidad», desde el momento en que, a su juicio, Dios les convierte en depositarios de la verdad del hombre.

AUTORITARISMO CONFESIONAL E INQUISICIÓN LAICISTA

El laicismo se convierte en negador del pluralismo democrático en nombre de una cínica, por falsa, neutralidad moral e impide que el ámbito de lo público sea un claro foro en el que puedan converger variadas propuestas morales. Por ello tan rechazable como el autoritarismo confesional le parece al autor la inquisición laicista, que intenta imponerse como moral conformadora de lo público.

En mi opinión, Ollero deja clara en esta obra su profunda vocación y convicción democrática. Basta leer para entenderlo las páginas en las que argumenta a favor del pluralismo, del diálogo, de la importancia del debate argumentado y en contra del autoritarismo ideológico o religioso. Es evidente que el positivista ideológico incurre en graves contradicciones y errores, cuando considera que el poder político debe ostentar el monopolio de la autoridad moral y, por consiguiente, aquél debe ser fuente de moral. Frente al esquema totalitario propio del laicismo, el autor presenta como alternativa la del juego democrático.

DEMOCRACIA  FORMAL – ÉTICA MATERIAL

Otra de las ideas importantes que revela la primera parte del libro es el peligro principal que se esconde tras la neutralidad: «la dictadura del vacío». De hecho, el último trabajo de la primera parte, dedicado a la paz («Paz: una utopía que exige juventud»), nos invita a reflexionar sobre cómo la imposición tiránica de un vacío sin contenido, de un formalismo absolutamente hueco, nos aleja de alcanzar la meta de la paz. Resulta necesario, a juicio de Ollero, desactivar la ideología del vacío a través de la puesta en marcha de una síntesis entre democracia formal y ética material, partiendo de que la primera se nutre de unas exigencias éticas objetivas. Ollero pone en evidencia que del mismo modo que no cabe derecho sin ética tampoco cabe política sin ella.

UTOPÍA Y NORMALIDAD

El autor no sólo explica en la obra las ventajas con las que cuentan los «expertos en humanidad» sino que intenta animar a éstos a que adopten una actitud mucho más activa y solidaria dentro de la sociedad. Esto quiere decir que para el autor el cristiano cuenta no sólo con derechos sino con correlativos deberes. Recomiendo la lectura de las páginas en las que el autor explica con detenimiento el papel activo y comprometido políticamente que han de llevar a cabo los ciudadanos cristianos de cara a enriquecer el debate democrático.

Asimismo, se insiste en el libro en la relevancia de las actitudes utópicas de los que con valentía desafían a los tópicos existentes luchando porque la historia progrese: «La historia de los progresos humanos, no sólo éticos sino también científicos, certifica cómo la captación de aspectos de la verdad comienza frecuentemente por ser minoritaria, hasta acabar rompiendo paradigmas de normalidad», precisa Ollero.

Uno de los tópicos que circulan actualmente es el del relativismo, que aparta la verdad y falsedad del ámbito de lo público. Tras oponerse a la adhesión pasiva y conformista propia del juego totalitario y antidemocrático, el autor alienta para que se mantenga una actitud siempre crítica, revisionista y anticonformista partiendo de la inexistencia de la neutralidad en los juicios éticos, religiosos y políticos. Literalmente, Ollero advierte: «Definir qué debe hacerse en la vida social supone siempre un juicio ético. Habrá que aportar y confrontar criterios en un diálogo democrático, respetando los derechos fundamentales de las minorías. Lo que no tiene sentido es que a determinados ciudadanos, que —casualmente— pueden ser mayoría en un país, se les diga que no pueden imponer sus convicciones, en vista de lo cual los menos podrán imponer las suyas en nombre de la neutralidad». Creo que con razón el autor habla del perturbador efecto que crea la «alergia a los valores» y la creencia de que la delimitación de lo público no implica la existencia previa de un juicio moral.

EL ABSOLUTO DE LA DIGNIDAD HUMANA

El relativismo lleva no sólo a la anarquía sino, más aún, al abandono de la verdad, desde el punto de vista intelectual. De hecho, el autor explica cómo el relativismo nos invita fácilmente a sostener la postura radical de laicismo, que impide a lo religioso su entrada en el ámbito de lo público. Ollero trata de demostrar también las incompatibilidades existentes entre democracia y relativismo: «La democracia moderna —observa— se apoya en una gran verdad, de la que aparece como conclusión obligada la dignidad humana». Es más, una de las tesis más sugerentes defendida por el catedrático de Filosofía del Derecho en el libro creo que es la de que el relativismo fuerte termina quebrando las bases democráticas. Si nada es verdad ni mentira, el consenso, como medio de acceder a la verdad, pierde todo su sentido, y la opinión de las minorías en el juego democrático resultaría ser absolutamente irrelevante.

VIDA PRIVADA Y PÚBLICA DEL POLÍTICO

Un tema que me parece incita claramente a la discusión y el debate en el libro es el de si el político debería servir de arquetipo moral al ciudadano. Lo que la jurisprudencia constitucional y el autor parecen constatar es que los políticos no pueden evitar verse gravados por mayores exigencias que el resto de los ciudadanos, como tampoco pueden aspirar a ser tratados por los medios de comunicación como un ciudadano más. En definitiva, la cuestión gira en torno a si la línea divisoria entre vida privada y actividad pública es inexistente en el caso del político.

La exploración de las vicisitudes de las relaciones entre democracia y verdad obliga a abordar el tema de sobre qué bases puede forjarse un consenso verdaderamente democrático en una sociedad cuyos ciudadanos se confiesan mayoritariamente vinculados a la religión cristiana.

Para Ollero la apertura del creyente a la verdad se traduce en una doble exigencia: «que no actúe como propietario de la verdad que le ha sido dada, y que la administre al menos con el mismo sentido social que la propiedad misma».

DERECHO Y MORAL

Del mismo modo Ollero parece dejar bien claro que el derecho y la moral no se identifican pero que el problema surge cuando tratamos de establecer la frontera entre ambos. Lo que importa retener, según el autor, es que cuando el Estado se ve obligado a trazar la frontera entre lo público y lo privado, entre lo que delegará a la generosidad moral privada y lo que considerará exigible jurídicamente, está inevitablemente activando un juicio moral. Dicho de otro modo: los Estados participan en la configuración de unos valores éticos objetivos, lo quieran o no.

ÉTICA DE LA CONVICCIÓN O DE LOS RESULTADOS

La segunda parte del libro, «¿Políticos de verdad?», plantea algunos temas de indudable relevancia práctica para el panorama actual. Destacaría, entre otros, el del papel de las listas electorales cerradas y bloqueadas, el del transfuguismo político y el de la relación entre convicciones personales y actividad legislativa. Este último tema entronca de algún modo con la conocida distinción weberiana entre ética de la convicción y ética de la responsabilidad.

En definitiva, si animaría a la lectura de esta obra es porque con ella se pueden comprender mejor las virtudes de la democracia, como método capaz de aproximarnos a la verdad del hombre, a partir del análisis que realiza Andrés Ollero de ciertas herramientas inherentes a este sistema político. Y es que con este nuevo libro el autor vuelve a dar buena cuenta de su personalidad inquieta, comprometida y abierta no sólo al saber teórico sino al quehacer moral y político.

 

NOTAS

1 Andrés Ollero, El derecho a la verdad. Valores para una sociedad pluralista, Pamplona, Eunsa, 2005.


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