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El ágora es una remota forma conciliatoria que Facebook y los foros ciberespaciales buscan sustituir entre tantas oscilaciones de la expresión democrática. El deseo de edificar sistemas de convivencia choca con las pulsiones características de una sociedad que a veces se deja polarizar entre la autonomía del individuo y las cohesiones de la comunidad, sin dar opciones al equilibrio. Aun así, la supremacía de la política, por grave que sea la crisis de lideratos, aprovisiona de energía los nuevos modos del ágora. A diferencia de aquella concepción determinista que lo ahormaba todo con las estructuras de clase y los bloques económicos, la huella personal sigue siendo fundamental para la política. La buena política la hacen las personas para las personas.

En el dominio de las nuevas irresponsabilidades y dependencias rigen las ideologías «soft», mientras que en la articulación de otras masas operan nuevamente los populismos. Entre el Estado de derecho y el Estado de bienestar, transitamos entre la condición de individuo y persona, en ambas direcciones. Fatalmente, damos por hecho que el Estado asuma nuestras responsabilidades. Es como si renunciásemos a nuestra parcela de autonomía política.

A la vez, necesitamos de la política, aunque sólo fuera para no ceder el paso a la antipolítica, que es una subestimación flagrante de la dignidad de la persona. La antipolítica es para quienes conciben las urnas ya como un estadio fósil de la vida pública, como una superfluidad caduca en una época de instantaneidades. La antipolítica niega la voluntad de vivir en la libertad sin ignorar la decepción. La vieja canciónde la democracia directa frente a la democracia representativa es otro de los antifaces ilusionistas de la antipolítica. Pese a todo, la tolerancia y el pluralismo -el debate- sólo sobrevivirán en la tan traqueteada democracia constitucional y representativa. En no poca medida, será gracias a la política.

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Comunidad y persona se codefinen, dice Michael Novak, porque una verdadera comunidad respeta a las personas libres y una comunidad falsa o inadecuada no lo hace, del mismo modo que una falsa comunidad reprime las capacidades individuales de reflexión y elección. Es el modo de articular deberes y derechos del individuo. Es un equilibro a menudo vacilante, según se oriente hacia la luz o hacia la penumbra. La política -dice Bernard Crick, biógrafo de Orwell e ilustre teórico del laborismo- es la interacción entre una mutua dependencia del todo y un cierto sentido de independencia de las partes. Por eso Ortega decía que los grupos que integran un Estado viven juntos para algo; son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades. La crítica de los valores morales y sociales del capitalismo democrático trajo como consecuencia lo que llamaríamos cultura adversaria o contracultura basada en el desprestigio de la libre iniciativa, del esfuerzo individual, de la responsabilidad y de los vínculos de confianza. Como resultado, las antiguas virtudes que conformaban la sociedad abierta -desde el ahorro al altruismo- fueron consideradas lacras anacrónicas: el Estado lo asumía todo, el individuo se subsumía en la cultura de la dependencia.

Por buscar la turbofelicidad, negamos la mesura de las cosas. En un mundo difícil, desearíamos retrotraernos a lo más fácil. James Madison dijo que si los hombres fuesen ángeles, ningún gobierno sería necesario. Es por eso que todos los sistemas políticos concebidos para la llegada del hombre nuevo degeneran en la inhumanidad mientras que se mantienen en gradual proceso de ajuste los sistemas conscientes de la imperfección y finitud del ser humano. Es una de las grandes lecciones del siglo XX, como lo es la refutación de todos los determinismos históricos.

En 1962, Bernard Crick publicó En defensa de la política. Aparentemente era un producto típico de la London School of Economics pero tiene hoy su peculiar vigencia, especialmente por cómo intuyó la supervivencia de una política posideológica, y la capacidad prácticamente inagotable de virtudes políticas como prudencia, espíritu conciliador, capacidad de adaptarse. La política como «actividad», viva, adaptable, flexible y conciliadora. Decía Crick que la política puede ser asunto confuso, mundano, inconcluso, liado, muy alejado de la pasión por certezas y la fascinación por búsquedas catastrofistas que afligen al intelectual totalitario; sin embargo, le ofrece al ser humano, al menos, capacidad de elección respecto a qué papel jugar, por ejemplo, del mismo modo que es algo inevitable a menos que un régimen político llegue a extremos de coerción o piense preferentemente en términos de ideología. Matiz significativo: una cosa es el pensamiento político y otra el pensamiento ideológico.

En la década de los noventa abundaron las políticas de lo equívoco, consecuencia seguramente de la relativización intelectual que supuso lo posmoderno. Por eso el ágora democrática dejó de ser una meta narrativa, como casi todo. Fue alterado también el equilibrio entre individuo y comunidad. La responsabilidad perdió su peso específico como valor. Con la hipertrofia del Estado de bienestar, la responsabilidad de asistir a los demás dejó de concernir al individuo, y luego a familia, allegados, cuerpos intermedios de la sociedad, asociaciones voluntarias, y sólo en último término al Estado. La inversión de este principio retroalimenta los efectos de un sistema de dependencia, reduce la capacidad individual y merma las iniciativas asociativas. Contribuir a una comunidad moral no es algo que corresponda unilateralmente a quienes se exigen una fe religiosa sino a todo ciudadano que conciba la ciudad del hombre como un compartir el bien común.

Con el nuevo siglo regresamos al miedo a la catástrofe y la opinión pública fue configurándose como un «reality show». El 11-S de Nueva York y el 11-M de Madrid desajustaron, al menos transitoriamente, las compensaciones -los estabilizadores automáticos- entre libertad y seguridad. La globalización, el islam radical, las migraciones masivas e incluso el proceso de integración europea se convirtieron en los nuevos miedos que adulteraban la integridad -siempre precaria- de la acción política al ser tan intensas las corrientes populistas o la tentación abstencionista. La carencia de lideratos intelectuales o espirituales condicionaba la política a un corto plazo regido por las oscilaciones demoscópicas. Finalmente, la primera recesión económica del mundo globalizado añadió ansiedad a un momento histórico agitado tanto por miedos como por la gran trivialización. El descrédito institucional va en aumento.

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Por lo demás, todos los indicadores refieren un mundo que -más allá de la recesión, y en parte divisando un retorno al crecimiento- nunca fue tan próspero ni ofreció tantas oportunidades a las personas. Es un mundo en el que la política como arte de lo posible pudiera recuperar posibilidades, potencial, horizonte. ¿Saldremos de la zozobra y entraremos en una etapa más animosa? Hoy y mañana, la política es imprescindible. Europa es un ejemplo relevante: su densidad histórica y su bienestar no impiden actitudes temerosas que configuran las características de un declive en términos demográficos y espirituales, entre los Estados Unidos y Asia.

Algo puede estar cambiando al incorporarse nuevas generaciones a la vida pública aunque sea pronto para identificar su senda. Lo más evidente es el «mix» y las identidades compartidas. Creer en la protección medioambiental no es incompatible con dar por hecho que la economía de mercado -como la propiedad- es garantía de libertad e iniciativa. No creer en una u otra fe religiosa no impide estar en contra del aborto. Sobre ese «mix» todavía tienen que cartografiar sus estrategias los partidos políticos. Tardan demasiado. Urge renovar la política pero la partitocracia ha generado compartimentos estancos, zonas tabú, núcleos específicos para una baja política, caduca y desacreditada.

¿Qué margen de maniobra quedará para la política como pasión y razón? El decurso histórico no nos aliviará de nuevos miedos, consecuencia del terrorismo global, de la proliferación nuclear, de catástrofes naturales o erupciones colectivas. Unos continentes se arman y otros se van desarmando. Aun lejos de otro milenarismo, la incertidumbre sobresatura las expectativas políticas y las deslegitima. Como dice Natan Sharansky, puede ser muy peligroso perder de vista el hecho de que existe una mayor divisoria entre el mundo de la libertad y el mundo del miedo que entre las facciones en competencia en una sociedad libre. Y la diferencia entre el mundo del miedo y el de la libertad es que en el primero el desafío primario es encontrar la fuerza interior para confrontar el mal, mientras que en el mundo de la libertad el desafío fundamental es tener la claridad moral para ver el mal.

Un deseo irrestricto de alterar la naturaleza humana penetraría en un destino de ruinas morales camuflado de jardín de las maravillas. El Bosco ya le puso cabeza humana a un cuerpo de murciélago. Serían las amenazas de cuño nuevo para lo bello y lo justo. Para las generaciones que vienen, no van a faltar vértigos. Son a la vez oportunidades para la política como reconocimiento de la imperfección que a la vez no desiste de un afán moral. En los prolegómenos del nihilismo transhumano, la sistematización de la eutanasia o el experimentalismo de clonación requieren ya de un ejercicio político extremadamente atento y capaz de indagar ese laberinto, proponer alternativas y normas jurídicas.

En general, una inmersión en la humildad política sería provechosa. La megalomanía nos asfixia. Que la política equivalga únicamente a ambición se hace insano. Caído el muro de Berlín y con la inoperancia socialdemócrata en un mundo globalizado, la presunción fatal del socialismo imbuidode una prognosis infalible del futuro también merecería una cura de humildad. Algunos la hacen. No es el caso del zapaterismo. Prometer lo que no se puede hacer ha sido rasgo general de la política de todos los tiempos pero este nuevo siglo requiere de un modus vivendi más contractual si es que buscamos la credibilidad de lo público. En efecto, se trata de recuperar la vida pública y sus valores, a contracorriente de unos modos sociales que externalizan constantemente los elementos de la vida privada, a consecuencia de la autocomplacencia narcisista del homo videns.

Ciertamente, no puede exigírsele a la política el esfuerzo exclusivo de una ejemplaridad moral que una sociedad desvinculada prácticamente rechaza como valor público. Pero sí un sentido de la responsabilidad pública que oponga un mínimo de resistencia a la embriaguez de la democracia demoscópica. Esa es en buena parte una democracia regresiva, decorada profusamente con un atrezzo de democracia directa. Es la política del nirvana frente a la política de la responsabilidad. Es la política del equívoco frente a la política que se nutre de las tensiones entre lo real y lo ideal, de prueba y error, entre individuo y comunidad, entre la ambición y el bien público. Una política de la conciencia después de la era de la ideología. La política de las personas para las personas.


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