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No podía ser de otro modo entre aliados que comparten una misma idea de la dignidad de la persona y del valor de la democracia: desde la primera hora de los ataques a EEUU, José María Aznar ha ofrecido a George W. Bush su apoyo total. El presidente del Gobierno pretende así estrechar la relación bilateral con Washington, un objetivo prioritario de su política exterior desde 1996. También espera sensibilizar por fin a la superpotencia del problema del terrorismo etarra y hacer lo propio con sus socios europeos.

Mientras el presidente Bush dirige los primeros meses de acciones militares, el Gobierno español se mentaliza de que su presidencia de la Unión Europea, a partir del 1 de enero de 2002, estará dominada por la crisis que sufre EE UU y por extensión, el resto del mundo occidental. Con toda probabilidad, habrá menos manifestaciones antiglolazación en torno a las cumbres de Barcelona, Madrid y Sevilla, pero más amenazas terroristas a su seguridad.

Tras los ataques del 11-S, el presidente Aznar concentrará su responsabilidad al frente de la UE en asuntos de los llamados Segundo y tercer pilar, es decir, política exterior y de seguridad y asuntos de justicia e interior, dos capítulos subdesarrollados de la integración europea. Los objetivos de liberalización económica y de reformas estructurales, difíciles de obtener con elecciones francesas y alemanas en el semestre, han quedado aparcados por la ofensiva antiterrorista y el incremento de la desconfianza en los mercados. La circulación del euro a partir del 1 de enero de 2002 será un hito, pero es difícil que dé lugar a corto plazo a medidas legislativas de desarrollo de un modelo europeo de gobierno económico.

Por lo tanto, en el semestre español Aznar tratará de mostrar a EE UU la mayor solidaridad posible y de lograr los máximos avances en seguridad interna y en acción exterior europea. No será sencillo por las tradicionales resistencias de distintos Estados miembro a comunitarizar cualquiera de estos dos ámbitos. Es decir, para hacerlo de modo eficaz, se tendría que dar la iniciativa en estas parcelas a la Comisión Europea, así como ceder verdadero poder al Parlamento Europeo y al Tribunal de Justicia de la CE, en un momento en el que los vientos de la integración soplan más bien a favor del recorte de competencias europeas.

No obstante, Aznar tiene a su favor las conclusiones sobre seguridad interior de los Consejo Europeos de Bruselas, Gante y Laeken. Estas cumbres de emergencia han acelerado la puesta en marcha del llamado «espacio de libertad, seguridad y justicia», a través de medidas como la orden europea de detención y entrega o la cooperación directa entre jueces. La idea, de origen hispano-alemán y en circulación desde la negociación del Tratado de Amsterdam en 1996-97, es conseguir que la ausencia de fronteras del mercado interior no sea una ventaja para el crimen organizado, gracias a la cooperación judicial y policial en toda la Unión.

Desde el punto de vista de la política exterior europea, la crisis del 11-S ha vuelto a poner de manifiesto que en situaciones excepcionales, las decisiones se toman en el plano nacional primero y sólo después llegan a Bruselas. En el terreno militar, hay claramente europeos de primera, segunda y tercera clase. La UE no es tratada por EE UU como un igual, ni tan siquiera como un ente con vocación supranacional. EE UU se entiende directamente con el Reino Unido, que secunda sus acciones en Afganistán hombro con hombro y tal vez acepte contribuciones militares de otros grandes europeos. Del resto, espera menos. El esquema de trabajo es que Washington decidirá en cada momento qué necesita de cada miembro de la Alianza Atlántica.

El apoyo de la Unión a EE UU es una cuestión de valores e intereses, pero también de percepciones. A esta decisión de los Quince ha ayudado la sensación de que todos éramos atacados el 11 de septiembre, que nuestro modo de vida occidental estaba en peligro y que existía la posibilidad cierta de nuevos atentados masivos en suelo europeo. También ha sido decisiva la moderación en la respuesta militar de Bush y la campaña diplomática sin rival desplegada por EE UU. Washington ha movilizado a su favor a la gran mayoría de los miembros de Naciones Unidas, incluyendo a los países árabes moderados y a actores internacionales tan importantes como Rusia, Pakistán y China.

Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, aparecen fisuras y reticencias entre los socios europeos. Los objetivos de acabar con la red de Bin Laden y con el apoyo de ciertos Estados al terrorismo son muy ambiciosos y sólo se pueden conseguir a medio plazo. Mi sensación es que la Unión Europea carece de un liderazgo fuerte para una tarea de solidaridad continuada con EE UU. Son los Estados miembros, en buena medida a través de las presidencias de turno, los que deben aportar la fortaleza y la visión que aún no tiene el proyecto europeo en tiempos de crisis.


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José M. de Areilza es Licenciado en Derecho con Premio Extraordinario de Licenciatura por la Universidad Complutense de Madrid, Doctor en Derecho y Master en Derecho por la Universidad de Harvard y Master en Relaciones Internacionales por The Fletcher School of Law and Diplomacy. Actualmente es profesor ordinario en el Departamento de Derecho y en el Departamento de Dirección General y Estrategia de ESADE. Asimismo, desde 2013 es titular de la Cátedra Jean Monnet en ESADE, otorgada por la Comisión Europea. Secretario General de Aspen Institute España.