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Según la opinión de muchos historiadores, el siglo XX comenzó la mañana en que un fanático serbio asesinó a tiros al Archiduque Francisco Fernando y a su esposa en Sarajevo. Junto con las dos víctimas del atentado, perecía también una belle époque de estabilidad política, progreso económico y cosmopolitismo en Europa. Ya quedan pocas dudas de que esta nueva centuria comenzaba otra mañana, la del pasado 11 de septiembre, en la que asistíamos horrorizados a las escenas de muerte y destrucción que nuestras televisiones nos mostraban, en tiempo real, desde Nueva York y Washington. En el breve lapso de tiempo que nos separa de estos acontecimientos, muchas cosas han cambiado en el sistema de relaciones internacionales y aún en nuestras propias sociedades, por más que tales cambios no hayan aflorado todavía.

LEGITIMIDAD DE EE UU

Una de las primeras transformaciones sobrevenidas ha tenido lugar en la misma política exterior americana. Hace unos meses, concluíamos un artículo sobre ese mismo tema (Nueva Revista nº 75, mayo-junio de 2001), advirtiendo de los posibles riesgos de un enfoque diplomático unilateralista por parte de la entonces flamante Administración Bush. Siguiendo el prudente parecer del Secretario de Estado, Colin Powell, Estados Unidos ha ensamblado una amplia coalición de países con un grado variable de participación y compromiso, que tiene como objetivo combatir el terrorismo internacional en todas sus manifestaciones y mediante todos los resortes diplomáticos, jurídico-policiales y financieros disponibles. El consenso de la comunidad internacional se ha plasmado en la Resolución 1.373 del Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas, en virtud de la cual todos los Estados miembros de la organización se comprometen no sólo a no prestar ningún tipo de apoyo material o logístico a individuos o grupos terroristas, sino también a perseguirlos con todos los medios a su alcance. El carácter directamente vinculante de esta norma de Derecho Internacional, así como el amplio respaldo con el que ha sido adoptada, hacen de ella hasta el momento el instrumento jurídico-internacional más ambicioso en la lucha contra este nuevo flagelo.

APOYO INTERNACIONAL

Por otro lado, hemos podido constatar cambios muy considerables en las posiciones de Rusia y China con respecto a los Estados Unidos. Si hasta el 11 de septiembre prevalecía en ambas grandes potencias una actitud de desconfianza y recelo hacia la única superpotencia planetaria, a partir de entoces se han producido movimientos de acercamiento entre los tres países, que merece la pena comentar. Por lo que se refiere a Rusia, el presidente Putin tuvo el acierto de mostrar su total solidaridad con los Estados Unidos desde las primeras horas tras los atentados. Además, ofreció un apoyo tangible al permitir la utilización de bases aéreas rusas en Uzbekistán y Tadjikistán para aviones norteamericanos, así como el permiso de sobrevuelo de territorio ruso para el transporte aéreo de ayuda humanitaria norteamericana hacia Afganistán, ofertas ambas sin precedentes en las relaciones entre ambos países, antiguos rivales en la Guerra Fría. Muy hábilmente, Putin invocó los ataques terroristas en suelo ruso imputados a la guerrilla chechena, y la conexión demostrada entre los chechenos y los grupos fundamentalistas adiestrados por Ben Laden, como razones para hacer causa común con Estados Unidos. Al maniobrar de esta manera, Putin ha conseguido acercar su país a Occidente, con todas las ventajas económicas y defensivas que piensa sacar de este acercamiento. En concreto, Rusia podría entrar a formar parte de la Organización Mundial del Comercio el próximo año, y habrá que tomar en consideración sus intereses de cara a la ampliación de la OTAN a las tres Repúblicas bálticas. Putin, uno de los ganadores netos de la crisis hasta el momento, ha conseguido también afianzar la posición de su país en la resolución del conflicto afgano, que afecta de manera crucial a los intereses vitales de Rusia en Asia Central, tanto en el terreno militar como en sus perspectivas de ser país extractor y de paso de las reservas de crudo centroasiáticas. Algún analista ruso ha trazado incluso un paralelismo con la Segunda Guerra Mundial, cuando el bando aliado estaba dominado por los Tres Grandes, y considera que Putin podría eventualmente unirse a Bush y a Blair en un nuevo directorio tripartito gracias al giro impreso a su diplomacia.

China, por su parte, también ha declarado su simpatía y comprensión hacia Estados Unidos ante un problema que también dice compartir, en la medida en que los dirigentes chinos consideran terroristas a los separatistas tibetanos y a los musulmanes uigures del Turquestán chino. En la Cumbre del Foro Económico Asia-Pacífico (APEC) celebrada el pasado 19 de octubre en Shanghai, el presidente Jiang Zemin hizo pública su cooperación activa a la campaña antiterrorista norteamericana, con algunas matizaciones.

EUROPA

Dice un refrán anglosajón: A friend in need is a friend indeed («un amigo en la necesidad es un amigo de verdad»), y ello es muy cierto. Los miembros de la UE han actuado en consecuencia. Tanto en el Consejo Europeo extraordinario del 21 de septiembre, como en la posterior cumbre de Gante, los Quince han tomado posiciones claras en contra de los atentados terroristas, y hasta el momento se han adoptado sesenta y cuatro acciones comunes tanto en el terreno judicial y de cooperación policial, como en el diplomático en Oriente Medio. Esta respuesta unánime contrasta con lo sucedido durante el conflicto irakí de 1991, sobre el que la Unión fue incapaz de adoptar una postura conjunta, ante las divergencias existentes en su seno.

En Gante, la consigna que se han pasado los socios comunitarios ha sido la de no hacer nada que pudiera debilitar los esfuerzos de la coalición en su lucha contra el terrorismo. Pero también hay que apuntar que en Gante se ha podido percibir una especial concertación entre Alemania, Francia y Gran Bretaña, cuyos máximos dirigentes se reunieron con carácter previo al Consejo. Cabría preguntarse si estamos ante un gesto de renacionalización de las políticas exteriores en detrimento de la PESC, como si con esta sorprendente reunión los tres socios más grandes de la Unión quisieran marcar distancias con respecto al resto. La ausencia de un euroejército, cuya entrada en funcionamiento no está prevista hasta el 2003, explica en parte este rebrote de protagonismos nacionales, basado en la capacidad de poder militar, diplomático y de inteligencia que los tres socios mayores son capaces de activar en ausencia de una política exterior y de defensa dotada de los medios que hagan posibles sus objetivos declarados.

LA OTAN

En el ámbito de la Alianza Atlántica, los aliados han mostrado una solidaridad sin fisuras con Estados Unidos al estimar que, en virtud del artículo 5 del Tratado de Washington, el ataque contra Estados Unidos estaba también dirigido contra todos ellos. Esta decisión tiene un carácter excepcional, pues nunca se había invocado el artículo 5 en un conflicto que afectase a uno de los miembros.

Además se trata de una decisión política y diplomática de la mayor importancia, ya que demuestra que los sucesos del 11 de septiembre han sido percibidos en Europa como un ataque al conjunto de instituciones e intereses occidentales, por más que sean los Estados Unidos los que han sufrido los daños directos. Esta solidaridad europea debería ser también ambiciosa a la hora de compartir un diagnóstico del conflicto y una estrategia común con los norteamericanos, porque Europa tiene fronteras marítimas y terrestres con el mundo islámico y porque puede aportar una memoria histórica de las relaciones con esta importante civilización, que es esencial para adoptar una política que permita a la vez garantizar la seguridad y libertad de Occidente y una relación más estable, justa y creativa con un conjunto de países que se insertan en una franja que va desde las orillas africanas del Atlántico hasta el mar de Célebes, y que comprende mil millones de personas.

LA AMENAZA

Contrariamente a lo que publicaba en un reciente artículo Edward W. Said, no nos enfrentamos a «un pequeño grupo de militantes trastornados y llenos de motivaciones patológicas», ni tan siquiera a unos cuantos miles de belicosos pashtunes comandados por unos cuantos clérigos pueblerinos. La amenaza es de otra naturaleza y amplitud. Nuestros enemigos, cuya cabeza más visible es el enigmático Ossama Ben Laden, forman un grupo entrenado, decidido y aparentemente bien financiado, con conexiones en todo el mundo musulmán, cuyo objetivo es provocar una rebelión generalizada en los principales países árabes prooccidentales (Arabia Saudí, Egipto y Jordania) e invertir un proceso histórico de decadencia musulmana que, a su juicio, se ha caracterizado por la continua humillación a manos del Occidente materialista e infiel. Se combinan, pues, motivaciones religiosas e históricas con la frustración que provoca la falta de soluciones al conflicto palestinoisraelí y la persistencia de enormes problemas de desarrollo económico y de falta de libertad política. Como dice brillantemente Enrique Krauze, «él mundo islámico es una compleja galaxia cultural y nacional en impresionante expansión demográfica. En esa galaxia predominan las satrapías autoritarias y una brutal desigualdad económica y social».

Hasta el momento, esta rebelión, que se dirige tanto o más hacia sus propias clases dirigentes prooccidentales que hacia el mismo Occidente, ha tenido varios momentos álgidos, entre los cuales hay que citar el derrocamiento del Sha de Irán y el asesinato de Anwar El-Sadat, en Egipto. Tengamos presente que las minorías dirigentes musulmanas han utilizado tradicionalmente su poder para monopolizar la riqueza aportada por la relativa modernización de sus países en beneficio propio, y para aplastar toda oposición. Su cultura política, despótica y de inspiración teocrática se ha mostrado incapaz de poner en práctica una concepción moderna del Estado y del gobierno. A lo anterior se ha unido el fenómeno de la proletarización urbana de unas masas necesitadas de creencias rígidas para sustentarse en medio de los traumas asociados al paso de una sociedad tradicional y agraria a otra industrial. Todo ello se conjuga con unas tasas de natalidad explosivas y la carencia de oportunidades y perspectivas de promoción y realización personales.

ORIENTE MEDIO

En cuanto al conflicto de Oriente Medio, el presidente Bush ha mostrado un gran coraje y sensibilidad políticas a! reconocer la necesidad de crear un Estado palestino, que lógicamente debe ser viable para poder ser aceptable. Es evidente que la seguridad del Estado de Israel, que Occidente debe garantizar, no se puede confundir con el expansionismo de una extrema derecha judía, que ha levantado diez colonias en territorio palestino entre junio y septiembre de este año, echando más leña ai fuego de la lntifada.

Desde luego, ni la presencia de Sharon ni la de Arafat a la cabeza de los respectivos Gobiernos son de gran ayuda a la hora de buscar soluciones, pero en todo caso es claro que no nos podemos permitir el lujo de seguir viviendo con un conflicto a cuya trágica evolución asistimos diariamente en nuestros televisores tanto occidentales como musulmanes. Evidentemente, muchos palestinos se empeñan en ser los peores abogados de su propia causa. Sin embargo, no debemos pensar que las repugnantes escenas de alegría del 11 de septiembre en alguna ciudad palestina reflejan el sentimiento común de ese pueblo, de la nación árabe o del mundo islámico, en general. Entre otras cosas, eso equivaldría a hacer el juego a los terroristas, que pretenden crear un choque de civilizaciones, lo que no es ni la intención ni el interés de los Gobiernos de Occidente. Por el contrario, todo indica que la mayoría de los musulmanes -como en todas partes, las mayorías son las menos vocingleras- ha reaccionado de una manera moralmente sana ante las atrocidades terroristas y desea vivir en paz y mejorar su situación económica, con independencia de los motivos de agravio que puedan tener con respecto a Estados Unidos o a Europa. Los Estados occidentales actuarían prudentemente evaluando con amplitud de miras las razones atendibles que haya en ese malestar, e intentando remediar lo que se pueda por su propio lado. No podemos tomar la parte por el todo y poner en el mismo saco a esa galaxia de mil millones de personas que, no lo olvidemos nunca, tiene a España como país desarrollado más próximo.

EL FUTURO DE AFGANISTÁN

Lo anterior conecta con la marcha de las operaciones bélicas en Afganistán. Como era de esperar, no parece que los bombardeos aéreos vayan a ser capaces de destruir ni la cohesión política ni la fuerza militar de los talibán. Además la historia de las intervenciones británica y rusa en ese país enseña que la imposible orografía afgana y la belicosidad de sus gentes hacen prácticamente segura la derrota de cualquier ejército extranjero que pise su territorio. Por ello, una vez superada la fase de castigo contra los talibán -nunca contra el pueblo afgano-, los aliados occidentales deben apoyarse en los mismos enemigos afganos de los talibán, tanto en la Alianza del Norte como de los grupos de mujaheddin pashtunes moderados. Las secuencias de las víctimas de los bombardeos que la cadena Al-Jazira transmite a todo el mundo árabe están fomentando, ante todo, la solidaridad de los pashtunes y de los islamistas pakistaníes, y por esa razón parece una mejor estrategia intentar explotar las divisiones existentes dentro de los talibán por razones ideológicas y tribales, para aislar al emir Omar y a su grupo de fanáticos, amigos de Ben Laden. Como decía en una entrevista el líder moderado afgano Abdul Haq, recientemente asesinado por los talibán, si su liderazgo es destruido, los talibán de a pie se marcharán a casa. Entonces se podrá entrar en una fase política, que tiene como pieza esencial la convocatoria de la Loja Yirga (Gran Asamblea) bajo la presidencia del rey destronado Zahir Sha, con la participación de todas las minorías étnicas del mosaico afgano y, desde luego, de los pashtunes mayoritarios en el país, para construir un futuro pacífico para Afganistán.

Mientras tanto, es vital que el General Musharraf siga controlando, al menos como hasta ahora, a los fundamentalistas pakistaníes y a los elementos más radicales dentro de sus Fuerzas Armadas, culpables en gran medida del ascenso de los talibán al poder. En cualquier caso, un Afganistán unificado y en paz es requisito imprescindible para estabilizar la zona y poder pensar en explotar las riquezas petrolíferas centro-asiáticas.

Todo lo anterior, así como la operación de desmontaje de la trama terrorista, va a llevar tiempo y requerir muchos medios. Ya sea por recoger los cacareados dividendos de la paz, tras el fin de la Guerra Fría, ya por una evolución ideológica de nuestras sociedades, los Gobiernos occidentales han descuidado en los últimos años los servicios e instituciones que clásicamente se han considerado los pilares del Estado (seguridad y justicia, de un lado, y relaciones exteriores y defensa, de otro), y que ahora deberán reforzar presupuestaria y operativamente. Otras actitudes y otros valores de nuestras sociedades deben cambiar también. Ojalá podamos, entre todos, aprovechar esta circunstancia tan adversa para construir un siglo XXI más pacífico y libre que el anterior.

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No hace mucho, el Dr. Kissinger publicó un libro con este elocuente título: ¿Necesita Norteamérica una Política Exterior? Aunque el subtítulo intentaba responder a esta pregunta con un prometedor «Hacia una diplomacia para el siglo XXI», en sus páginas encontramos algunas reflexiones sobre la tendencia al aislacionismo del pueblo americano no demasiado novedosas, la verdad. Insistir, como hace el autor, en que no hay que confundir la política social (interior) con la política exterior no es, en efecto, proclamar nada nuevo, desde el momento en que desde Von Clausewiz, por lo menos, se ha asumido que la política (exterior) es la continuación de la guerra, pero por otros medios. Esta opinión, característica de un punto de vista conservador, se hace sin embargo más cuestionable conforme el mundo se vuelve más pequeño, merced al progreso técnico. En un reciente artículo aparecido en uno de los diarios de este país, Kissinger afirmaba que el ataque del 11-S «inició una nueva era en las relaciones de EE UU con el mundo»; y tras analizar con detalle la coalición antiterrorista, concluía: «La guerra contra el terrorismo no consiste sólo en dar caza a los terroristas; consiste sobre todo en proteger la extraordinaria oportunidad que nos brinda para rehacer el sistema internacional». Pero el diplomático seguía sin justificar en ese artículo el aislacionismo norteamericano, ni su euroescepticismo, ni su mirar habitualmente hacia otro lado cuando se trata del Oriente Medio; ni una palabra, tampoco, sobre el problema de la infancia mal nutrida ni sobre tantos y tantos problemas de orden internacional que hoy sería posible resolver y que, sin embargo, no se resuelven por un mal funcionamiento de las instituciones. ¿Es posible un orden internacional sin justicia?, es necesario preguntarse. ¿Es posible la justicia sin una idea moral? Porque si no sabemos cuál es el criterio moral aplicable a las relaciones internacionales, cada cultura podrá hacer, como se dice, de su capa un sayo. ¿Hemos, pues, de aceptar que no hay criterio justo, sino tantos criterios como se ajusten a lo que más conviene al interés nacional? ¿Al interés nacional de EE UU, de la UE (que no es una nación), al interés de España? El mundo está desordenado; quien contribuya a reordenarlo será retribuido por la comunidad internacional, estoy seguro. En ello radica, en mi opinión, el interés de España, si de verdad quiere entrar en el G7. Ya que no tenemos portaaviones, como Kissinger, tengamos al menos las ideas que parece a él le faltan. CARMELO LACACI DE LA PEÑA


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Alfonso López Perona (Madrid, 1956) es licenciado en Derecho e ingresó en 1984 en la Carrera Diplomática. Ha estado destinado en las representaciones diplomáticas españolas en Zaire, Perú, Estados Unidos, India, Portugal, Argelia y Guinea Bissau. Ha sido subdirector general de Programas de Cooperación de la Agencia Española de Cooperación Internacional; jefe del Gabinete Técnico del presidente del Tribunal Constitucional, y subdirector general de América del Norte.