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JULES RENARD, autor francés, decía que ocuparse de la política es ocuparse de la vida (o al contrario, que no hacerlo era no ocuparse de la vida). Es lo que ocurre con las elecciones, que marcan los jalones de la política y de la vida democrática de los países. Con las elecciones del 13 de junio último se abrió un año electoral que dará paso al nuevo mapa político del 2000. Antes de las generales anunciadas para la primera parte de ese año, se celebrarán las elecciones autonómicas andaluzas y catalanas: en ellas se apreciará el fundamento de las expectativas del Partido Popular para conseguir una mayoría de gobierno sin depender de otros socios. De momento el PP avanza, pero no despega. Y esa batalla —no otra— es la que envolverá todo el clima político español de los próximos meses.

El nuevo mapa se ha empezado a dibujar. Los resultados de las elecciones del 13-J a las europeas, autonómicas y municipales ofrecen algunos trazos concluyentes. El freno a los nacionalistas vascos y catalanes supone que   éstos han tocado techo. Sus electorados les castigan tras advertir que han   ido demasiado lejos en sus excesos. Ni los nacionalistas vascos ni los catalanes pueden hoy pensar en una hegemonía (algo a lo que sí aspiraba antes   del 13-J el llamado frente de Estella). Fue significativo, en el caso vasco, que   el PP creciese tres puntos porcentuales, mientras el PNV descendía cinco y   más de doscientos concejales respecto a las anteriores elecciones. Aunque   la fuerza pro-etarra EH subió, el conjunto de los tres partidos nacionalistas   no vieron cumplidas sus expectativas de crecimiento. «Es evidente que   con el 51% no podemos construir nuestro proyecto (nacionalista)», admitía abiertamente el líder de EH. De cara a lo que.se denomina proceso de paz   —que no es otra cosa que la negociación entre el gobierno de la nación y   la organización terrorista ETA—, frenar los intentos hegemónicos nacionalistas ha sido un objetivo conseguido por los partidos autonomistas y constitucionalistas.  

Al mismo tiempo, el desplome de Izquierda Unida representa que su   electorado de izquierdas evoluciona hacia posiciones más moderadas y   socialdemócratas. El discurso anti-Euro y anti-NATO de su líder Julio Anguita va perdiendo audiencia progresivamente. Como consecuencia de todo  ello, el mapa político español se configura como un modelo de tendencia  bipartidista. Más de las tres cuartas partes de la representación política se la   reparten las dos grandes fuerzas, populares y socialistas.  

Algunos le llaman a esto bipartidismo imperfecto, pero ¿por qué tiene que ser   imperfecto un bipartidismo que articula una realidad dominada por el plura- lismo y la atomización? De hecho, resulta el bipartidismo más perfecto para el   mejor funcionamiento democrático, pues da solidez al sistema y no lo ahoga,   con una precisa representación de las minorías en todas las instituciones.   A la realidad española hay que aplicarle la lógica de lo complejo. Es una   organización territorial y política descentralizada y plural, llena de siglas y   reivindicaciones locales e históricas, unas con más entidad y otras con   menos, donde las fuerzas con historia se cruzan en su travesía con grupos   extravagantes (como el protagonizado por la familia Gil en el sur de España). Con partidos locales y regionalistas que suben y bajan en Valencia o   Aragón, y otros nacionalismos como el gallego, que crece y se desarrolla en   sintonía con los socialistas de esas tierras. Nada de esto puede ser considerado como anécdota o cuestión menor, como muchas veces se alude a ello   con desdén y ligereza. Forman parte del fluir de una realidad poliédrica, que   hace aflorar sus propias reacciones en el campo de la sociología política y   que, junto al bipartidismo de las dos grandes fuerzas, sitúa a los representantes de las minorías más variadas e igualmente legítimas. Oír lamentos de   apariencia sensata porque los pro-etarras vascos y los nacionalistas gallegos   hayan conseguido representación en el Parlamento Europeo es no entender   la democracia liberal, que precisamente ve en estos foros el cauce que articula la pluralidad. El extremismo dialéctico forma parte de la democracia; el   violento actúa contra la democracia. Los parlamentos nacionales y el euro- peo están llenos de casos singulares y de voces agresivas y discordantes. Así   se consolidan y fortalecen las democracias, que por su propia naturaleza es   un sistema de lo complejo.   

Más complejo todavía si, como le corresponde, situamos este mapa político español en la perspectiva europea, que es la apuesta española más decidida, al asumir que las grandes decisiones e influencias tienen cada vez más   —y de manera irreversible— esa dimensión. Simultáneamente a las elecciones españolas del 13-J se celebraron las elecciones al Parlamento Euro- peo en los demás países de la Unión; el giro producido hacia una mayoría del   centro-derecha popular revela un contexto con mayor equilibrio de fuerzas   del que se desprende de un mapa europeo de gobiernos socialdemócratas. En   el mayor equilibrio político está una mayor tensión y relación de conflicto.  

Sin embargo, a nivel nacional, lo que se decide es si después de una gestión que ha situado a España en el círculo de liderazgo europeo, José María   Aznar consigue una mayoría suficiente para gobernar esta vez sin necesidad   de socios a los que pagar altos precios. Los resultados del 13-J demostraron   que globalmente el PP doblaba la diferencia de algo más de un punto conseguida respecto a los socialistas en las pasadas elecciones generales. Se con- firmaba así una tendencia que vienen reflejando en los últimos meses los   sondeos de opinión. Con todo, los populares no acaban de despegar para   conseguir esa mayoría deseada, por varias y precisas razones: el PSOE recupera posiciones a costa del trasvase de votos desde IU y los populares pagan el   precio de crisis internas locales. El PP tiene un liderazgo fuerte y consolida- do, pero se encuentra ante la necesidad de articular un proyecto centrista de   futuro que concite el respaldo decidido de esa mayoría que reclama. Ha   ganado —lo está haciendo— la batalla de la gestión, pero todavía tiene que   ganar la batalla de las ideas, algo sin lo cual siempre se gobierna en precario.  

El PSOE hoy ni tiene proyecto ni tiene liderazgo. Pero tiene suelo. Eso que   los técnicos de la sociología política llaman el mínimo que pueden obtener por   muy mal que les vayan las cosas, y que en este caso se sitúa en el 35%. Los   socialistas no están jugando a ganar las elecciones sino a impedir que las ganen   los populares, envolviéndoles en debates cuerpo a cuerpo que impiden el des- pegue de un discurso propio, tratando de desgastar a los populares para demostrar una imagen de fragilidad y provisionalidad, mediante una estrategia   mediática y política que tiene como eje de acción-reacción el juego sucio. «El   estilo es el vestido del pensamiento», decía Séneca. Los socialistas buscan   —y con frecuencia lo consiguen— frenar la iniciativa del gobierno popular y   situarle a la defensiva, donde saben que el adversario político no puede despegar. Simultáneamente, los socialistas —y concretamente su aparato directivo   (con Felipe González al fondo, pero encima)— recomponen fuerzas después   de perder el poder en 1996. Su campaña del 13-J estuvo dirigida exclusiva- mente al electorado propio, al considerado de izquierdas, progresista y amigo   («Contigo», decía su mensaje). Pretendió polarizar el debate entre izquierdas   y derechas, queriendo así arruinar de paso el mensaje centrista que lidera   Aznar. Así no se consigue ganar las elecciones (porque para ello hace falta el   voto de los que no son de izquierdas), pero sí se consigue reunir y movilizar a   las propias fuerzas, un objetivo perseguido por la dirección socialista para   demostrar su fortaleza frente a quienes disputan internamente su liderazgo y   reclaman un congreso extraordinario tras la forzada dimisión de Josep Borrell.  

Ganar tiempo e impedir el despegue de los populares es el objetivo estratégico de la dirección socialista, esperando que cambien las circunstancias —hacia peor— y que se produzca un desgaste de la mayoría popular.

¿Hacia dónde se dirige la política española, que es igual que decir la vida de la nación? Hacia una nueva etapa. Influenciada sobre todo por los grandes cambios globales y agitada por la vitalidad espontánea de una sociedad   activa, la vida política se centra. No sólo porque el electorado ha recortado   (parcialmente) los extremos y radicalismos —lo que hace que, a los 25 años   de empezar a cocerse la transición democrática, ésta se haya consolidado—,   sino además porque responde a un proceso natural de la nueva ideología de   ese signo. Por razones de tiempo histórico, España ha sido pionera en ese   cambio, donde por primera vez las transformaciones responden a una   demanda social, como consecuencia de lo que el físico Freeman Dyson ha   llamado la revolución de las herramientas. Y no son las ideologías tradicionales   de izquierdas y derechas las que tienen respuestas viables, sino una nueva   ideología centrista que en España se ha desarrollado y evolucionado a partir   de la idea reformista. Reforma política, reforma económica, reforma social   (frente a los dogmas rupturistas o inmovilistas de las fuerzas de la izquierda y   la derecha). El centro político como versión ideológica de una sociedad   innovadora. Donde están los contenidos de un proyecto que pueda significar   el despegue del PP. Para un nuevo modelo de vida que arraiga en los valores   liberales y humanistas, un nuevo modelo político.


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