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Nos recuerda Pankaj Mishra en La edad de la ira, recién publicado en nuestro país, que ya Tocqueville advertía allá por el siglo XVIII cómo el lenguaje de la política había adoptado rasgos del lenguaje literario: expresiones generales, términos abstractos, palabras pretenciosas. Y no es casualidad que eso sucediera durante las décadas anteriores a la Revolución Francesa, que son también aquellas en que empiezan a forjarse los proyectos nacionales -o de nacionalización- que acompañan el tránsito del absolutismo al Estado liberal. Por eso el propio Mishra se refiere a Giuseppe Mazzini, ideólogo mayor de la tardía nación italiana, como a un artista político cuyo éxito depende del efecto encantador de palabras como pueblo, república o acción: términos que reclaman sumisión antes que intelección.

Pues bien, se diría que desde entonces ese fenómeno se ha intensificado en lugar de debilitarse, como las recientes elecciones francesas han venido a demostrar. Si se piensa en las estrategias retóricas de los distintos candidatos, observaremos que todos ellos emplean un lenguaje estilizado y abstracto que se organiza alrededor de la idea del cambio futuro y de construcciones retóricas tales como el pueblo o la nación. Naturalmente, los mecanismos de la competencia electoral ayudan a explicar la escalada conceptual que tiene lugar cuando distintos partidos luchan por llamar la atención de los electores, elevando su voz por encima de la de sus rivales. Cobra así forma un lenguaje hiperbólico, de tonalidades religiosas, tajante en sus afirmaciones -tanto en las peyorativas como en las meliorativas- y alejado de cualquier concreción. La discusión acerca de los medios que pudieran conducirnos a esa nueva realidad -y no digamos los detalles de las políticas públicas correspondientes- quedan en manos de los especialistas. A fin de cuentas, concretar es dividir: si Henry James dejó dicho aquello de que quien relata un sueño en una novela pierde un lector, en la contienda partidista de la era postcrisis el que detalla una medida se deja varios votantes por el camino.

Los mecanismos de la competencia ayudan a explicar la escalada conceptual que tiene lugar cuando distintos partidos luchan por llamar la atención

De manera que son las figuras de los candidatos y el empleo taumatúrgico de unas cuantas palabras mágicas las que dominan el escenario electoral. Sabido es, como nos enseñó Niklas Luhmann, que el lenguaje político es binario: la esperanza abstracta de cambio solo puede ser derrotada por el miedo al cambio. Y a veces, ni eso: ni uno solo de los candidatos franceses ha defendido la continuidad del hollandismo, aunque Macron provenga de él y el miedo al lepenismo sea parte importante de su estrategia. Todos ellos, pues, hablan de un cambio radical que termina pareciéndose a la parusía cristiana, un acontecimiento transformador ligado necesariamente a la persona que lo propone. Es asombroso que funcione a estas alturas, pero funciona; y funciona, en parte, porque la democracia misma se asienta en última instancia en esa oferta: la oferta de una alternativa que supone un mejoramiento. Allí donde ese mejoramiento no puede garantizarse, porque el juego de alternativas es reducido, el lenguaje se estiliza para designar un cambio abstracto de contenido simbólico y emocional. No basta entonces con corregir Francia ni con mejorarla en aspectos concretos: se promete una nueva Francia, otra Francia, la superación histórica de la Francia contemporánea. El contraste con la verdadera política, mezcla de negociación y compromiso, es grotesco.

Tal como he tratado de exponer con detalle en otro lugar, este fenómeno tiene también mucho que ver con la naturaleza de los conceptos políticos y nuestra recepción de los mismos. Cuando entramos en contacto con algún aspecto de la realidad política, haremos una rápida evaluación emocional del significante en cuestión, atribuyéndole un significado u otro según cuál sea nuestra ubicación ideológica, posición social o identidad personal. Términos como igualdad, justicia, libertad o democracia no significan lo mismo para todos los actores sociales. Pero si no entramos a especificar su contenido, por ejemplo separando a la democracia representativa de la directa, esas palabras seguirán poseyendo una resonancia emocional propia. En ese contexto, se diría que tendrán más fuerza aquellos términos que evocan una transformación del status quo, al menos a ojos de una mayoría descontenta: revolución o movimiento suenan mejor que reforma o partido. Se da así la paradójica circunstancia de que la democracia incuba dentro de sí misma los resortes para su propio socavamiento, al verse dificultada la discución racional sobre los problemas que está llamada a resolver. Prima así la dimensión redentora de la democracia, en palabras de Margaret Canovan, sobre su dimensión administrativa. Si esa dinámica se circunscribiera a las campañas electorales, no sería preocupante. Pero la progresiva instauración de eso que se ha llamado campaña electoral permanente amenaza con deteriorar el funcionamiento de las democracias liberales. Y esto cuenta, ya que como nos ha enseñado Víctor Lapuente, el modo en que una sociedad debate sus problemas forma parte de la solución -o falta de ella- a esos problemas. Salta a la vista que lo mismo puede decirse de cualquier otra democracia electoral: en todas ellas, la verdadera contienda enfrenta a las abstracciones con la realidad, que tiene la fea costumbre de guardarse siempre la última palabra. Así lo estamos comprobando con la presidencia de Donald Trump, que ha preferido abrazar el realismo antes que cumplir sus promesas electorales, y de muy distinta forma en Venezuela, donde la brecha entre el discurso metafórico y las condiciones reales de la existencia no puede ser más doloroso. El insidioso virus de la representación imaginaria afecta también a los votantes de extrema izquierda -franceses o que opinan sobre los franceses- que no saben elegir entre Le Pen y Macron o, más claramente, apuestan por una victoria de Le Pen que ponga patas arriba el sistema y permita crear las condiciones objetivas para la destrucción del capitalismo. Actitud sin duda infantil, que parece ignorar las dolorosas lecciones del siglo XX, es sin embargo también reveladora de una cognición saturada de ficciones e incapaz de distinguir entre el inmaculado orden de las figuraciones mentales (en este caso, la proyección de un colapso sistémico que conduce mágicamente a una sociedad socialista) y la caótica naturaleza de las realidades sociales (no digamos una realidad colapsada como la que aquí se anhela). Una posible novela es así convertida en preferencia electoral.

Términos como igualdad, justicia, libertad o democracia no significan lo mismo para todos los actores sociales

Sobre todo, la aspiración sistemática al cambio redentor genera expectativas irrazonables sobre aquello que la política pueda lograr, que aquí podría traducirse como una milagrosa transubstanciación de empleos y salarios sin perjuicio para los intereses de ningún grupo social. De alguna manera, gobernar es perder: demostrar que las proclamas abstractas sobre el cambio social no sirven para producir cambio social. Por este camino, el mismo ciudadano que ha sucumbido a la seducción de la metáfora ve aún más reducida su confianza en la clase política. No sabemos, por ejemplo, cuánto debe Marine Le Pen a las rectificaciones de un Hollande que llegó al poder prometiendo gravar a las grandes fortunas con un tipo impositivo del 75%. Se da aquí una curiosa ironía. Aunque podemos ver en este lenguaje escatológico de redención un residuo de la vieja promesa religiosa, cuya estructura de creencias habría sido secularizada con el paso a la modernidad, la recompensa ultraterrena no podía reclamarse en ninguna parte: había que morirse para comprobar su veracidad. Si de promesas políticas seculares hablamos, en cambio, el producto ha de ser entregado en el plazo de pocos años y en este mundo. De no ser el caso, el creyente se vuelve contra el predicador. El problema es que a menudo elige a un predicador distinto: todavía no se conoce al cuerpo electoral que prefiera la realidad a las ilusiones.


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Manuel Arias Maldonado es Profesor profesor titular de Ciencia Política en la Universidad de Málaga. Ha disfrutado de una beca Fulbright en la Universidad de Berkeley e investigado, entre otros centros, en el Rachel Carson Center de Munich y el Departament of Environmental Studies de la Universidad de Nueva York. Sus último libro son Antropoceno. La política en la era humana y La democracia sentimental. Política y emociones en el siglo XXI.