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Desde que en 1979 se convocaron las primeras elecciones europeas, estas no acaban de movilizar a suficientes ciudadanos, ni han conseguido que nuestros dirigentes las valoren como los comicios proyectados a toda la Unión que realmente debieran ser. La paradoja del 25 de mayo, a la vista ya, es que elegiremos un parlamento con más competencias y poder que nunca. Gracias al Tratado de Lisboa, el hemiciclo de Estrasburgo tiene la última palabra en casi toda la legislación comunitaria, aunque el abultado poder reglamentario de la Comisión escapa de su control real. Además, en Bruselas pretenden que el nuevo presidente de la Comisión salga de aquel que designe de antemano como su candidato la formación política más votada, restando así poder a un Consejo Europeo que mira demasiado hacia Berlín. Lo permita o no Angela Merkel, el socio socialdemócrata estaba por la labor hasta llegar a formar parte del gobierno de gran coalición, nunca el proceso de integración ha tenido un parlamento tan poderoso y nunca la suma de populismo y, sobre todo, la indiferencia hacia la Unión ha campado por sus respetos tan sin complejos. La pesadilla de una cámara dominada por voces antisistema o euroescépticas estropea ruidosamente el sueño europeísta. Mientras el rediseño del euro está aún lejos de completarse, es muy oportuno prestar la debida atención a la voz de los ciudadanos en estas elecciones europeas y tomar buena nota de su veredicto en los cenáculos bruselenses. 
COMPROMISO ELECTORAL DE LOS GRANDES 
Para ayudar a que suceda así, los grandes partidos nacionales deberían, al menos, hacer el esfuerzo de presentar unas listas con candidatos de peso y un mínimo de bagaje técnico (idiomas, conocimiento de alguna política europea, qué menos). A mi modesto entender, una de las reformas viables que debe plantearse la Unión en el futuro es hacer compatible el escaño europeo con el nacional, para conectar los dos niveles de representación popular en Europa. Al menos, un cambio así estaría más cerca de cumplir con el primer requisito que hoy se echa en falta, el de la autoridad personal. Pero, mientras no se vuelva sobre aquel mal paso de haber separado parlamentos nacionales y parlamento europeo, pongamos filtros, por favor, a la hora de seleccionar representantes políticos para la gran asamblea de la Unión. 
Los miembros de la nueva Comisión volverán a tener la doble legitimidad de haber sido designados por los gobiernos, pero confirmados dentro del edificio Louisse Weiis. No tengan dudas, es un buen procedimiento, que mejorará el día que haya menos comisarios que Estados miembros y se abandone la perniciosa práctica inaugurada con el Tratado de Niza de «un comisario, un Estado», la perniciosa cuota que pone demasiado en evidencia la designación nacional. La otra gran cuestión acerca del gobierno comunitario, es si la selección de comisarios y la puesta en pie de un programa para los siguientes cinco años deben reflejar la mayoría de la Cámara, o si la Comisión debe seguir siendo transversal y muy plural. 
La misma Unión necesita, tanto o más que España y Alemania, un Ejecutivo de gran coalición, mejor sería que los dos grandes «partidos de partidos» a escala europea, el popular y el socialista, no solo controlasen el funcionamiento interno de la cámara, en nada favorable a los demás grupos, sino que ampliaran su vis expansiva a la nueva Comisión. Todavía es pronto para hacer un pronóstico certero de quién ganará las europeas a escala continental, es hora de desear un resultado cercano al empate para empujar a estos acuerdos de gobierno compartido entre las grandes fuerzas moderadas. 
MONNET, SÍ Y NO 
Tantas veces se ha dicho que la integración se hallaba en una encrucijada, que afirmarlo de nuevo parecerá un cliché. Pero, en este 2014, por fin será más verdad que en ningún otro momento del devenir comunitario. El problema de fondo es que, ante la desaparición de un cierto espíritu de utopía para renovar el proceso de unidad europeo, nuestros dirigentes titubean, exhiben su pragmatismo y pactan entre muy pocas soluciones técnicamente muy complejas, cuya naturaleza rehúye por fuerza las luces cegadoras del debate público. En el fondo de sus atribulados esfuerzos, nuestros dirigentes echan de menos aquellos tiempos en los que el europeísmo era tan necesario como posible, servido por un colegio casi invisible de expertos, en ayuda de unos gobernantes que compartían la misma experiencia a cada lado de las fronteras de la Europa históricamente fracasada y empequeñecida. 
El tan invocado como caracterizado método Monnet, el de los pequeños pasos para avanzar sin vueltas atrás, con la integración económica como prioridad, buscaba, más que nada, envolver a los actores en juego en la redes de una mutua dependencia transnacional. Pero el verdadero proceder del alma mater de la integración consistía en una osada combinación de examen impecable de los obstáculos en presencia, elaboración meticulosa y por las mejores cabezas de planes de reorganización general de los Estados y de cooperación a una escala nunca vista entre ellos, voluntad poderosa, y una audacia insólita de la agenda privada de Monnet, para persuadir a los personajes clave de cada momento, ofreciéndoles capitalizar, a ellos solos, unos proyectos de cambio de dimensiones épicas. Audacia conceptual y modestia personal resultaban lo decisivo de su método de integración y deberían volver a prevalecer. 
Monnet vivió un tiempo exhausto que pidió a los supervivientes orillar una competición de ganadores y perdedores, mutuamente destructiva. Tal fue el escenario de la fundación, enclavada en una guerra fría que hizo de los Estados Unidos el socio inseparable de los amenazados occidentales. La utopía de un cambio histórico a favor de la comunidad de Estados, la que cautivó a los Schumann, Adenauer, Spaak y De Gasperi, ha sido completada hace ya tiempo. 
LA EXTRAÑA GOVERNANZA 
Justo cuando el proceso de unidad daba repetidos síntomas de fatiga institucional, de extrema lentitud y recelos a una refundación operada desde dentro, se abatió la peor de las crisis económicas en sus setenta años de afortunada existencia. Los problemas de la moneda común y las asistencias financieras y rescates diseñados para la eurozona, han reabierto esa frontera peligrosa entre pueblos acreedores y deudores, virtuosos y pecadores, con toda clase de daños colaterales a las buena prácticas democráticas, sea europea o a escala nacional. Tal vez los dirigentes europeos no hayan mostrado el liderazgo debido, pero al menos se han comportado bajo la responsabilidad de no hacer caer al euro y abrir las puertas del caos. Su actitud grupal, de suma cautela, ha tejido una extraña gobernanza, hecha de parches y desconfianzas hacia el ejecutivo europeo y el método comunitario. El sueño de un demos europeo pare-ce cada vez más alejado de la realidad política diaria. A cambio, la buena noticia es que se ha ganado tiempo para relanzar la integración a través de la política. Si no estamos ante una Germania restituta se debe en no menor parte a que Berlín prefiere que le dejen en paz a tener que ocuparse de toda la Unión. Pero la resistencia no quita la obligación de dar pasos más rápidamente y para que no le salgan más grietas al debilitado contrato social europeo. El envite de fondo es nada menos que justificar un poder público europeo como tal, no como una limitación permanente de la democracia nacional aunque en beneficio de sus ciudadanos, como ha venido siendo hasta ahora. 
España necesita seguramente más que otros miembros que la integración funcione sobre nuevas bases por otros sesenta años. Esta Unión Europea contiene un verdadero régimen de antisecesión y el ideal cosmopolita del proceso fomenta la superposición de lealtades ciudadanas, a condición que no sean excluyentes. Solo hay que saber que el precio sigue siendo dejar atrás el nacionalismo y el proteccionismo, en cualquier nivel de toma de decisiones. El Reino Unido en estos días asombra al mundo por su opción a favor de la democracia directa, a pesar de su modélica experiencia como cuna de la democracia representativa. El referéndum escocés debe ser entendido como un mal precedente en el contexto británico y como una excentricidad europea, tolerada por una constitución no escrita y una historia mal contada de la unión de reinos. Pero no mucho más. El verdadero problema británico es del otro referéndum, el de la salida de la Unión, ofrecido por David Cameron en una huida hacia adelante, de cuyos efectos debilitadores en Bruselas el mismo Cameron es el primero en sentir, especialmente cuando Angela Merkel se queda sin el aliado preferido por ella en asuntos económicos. 
PROYECCIÓN DEL ORDEN EUROPEO 
Una manera lícita de ver el curso de la Unión en los últimos quince años es contemplarla como un personaje colectivo ensimismado, que se mira el ombligo y gasta sus mejores energías en esa introspección, solo rota para salir a atender las emergencias de un euro pensado únicamente para el buen tiempo. El caso es que los mejores observadores de la Unión coinciden en que un capítulo de la integración europea, en el que la legitimidad por los resultados puede volver a funcionar, es el de las relaciones exteriores de la Unión tantas veces apartada. Los europeos llevamos un retraso culpable en esa cita histórica de que la UE emerja como un actor global necesario para el avance de la globalización, con una clara influencia positiva en observancia de derechos humanos, seguridad jurídica y libertad de comercio. Todos ellos son intereses y valores básicos para la supervivencia del modo de vida europeo. Todos los Estados miembros saben que por su cuenta nadie ya es capaz de afrontar sus problemas en un futuro multipolar y menos previsible, sometido a las tensiones de un mercado global, con los Estados Unidos definitivamente más volcados en Asia y replegados en asuntos domésticos. 
No quisiera dejar de apuntar al otro gran asunto europeo pendiente, el de una enseñanza más común, que compita en ciencia, tecnología y humanidades y que mantenga tradiciones seculares de pensamiento y educación. Junto al de la política internacional, es el campo con una carga de futuro más prometedora. En todos estos ámbitos de saber hay todavía suficientes centros europeos que multiplicarían su calidad reconocida si se fortalecen las redes de profesores y alumnado bajo contexto europeo. Pero no hace mucho tiempo que en otro número de Nueva Revista me referí a este espacio europeo de educación superior (1). Baste añadir que las soluciones de corte paneuropeo y hechas a medias, al estilo de la Declaración de Bolonia, corren el riesgo cierto de homogeneizar sistemas por países, sin estimular la libertad de investigación y cátedra ni arrojar la excelencia en sus resultados académicos, ahí donde se encuentren. 
Vienen tiempos interesantes para este camino de integración continental que llamamos Unión Europea. Más de sesenta años después, la clave del procedimiento continúa siendo la aspiración a unir personas de un mismo espacio de civilización, poniendo la voluntad en mejorar un proceso político y superando la inercia de una despreocupación, que dejó de ser ilustrada hace algún tiempo, por el procedimiento de inventar un nuevo gobierno a escala continental y que se remonta a esos mismos tiempos de la fundación. 
NOTA  (1) José María de AREILZA CARVAJAL, «El rediseño del euro y el espacio europeo de educación superior», Nueva Revista, n.º 141, 2012

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José M. de Areilza es Licenciado en Derecho con Premio Extraordinario de Licenciatura por la Universidad Complutense de Madrid, Doctor en Derecho y Master en Derecho por la Universidad de Harvard y Master en Relaciones Internacionales por The Fletcher School of Law and Diplomacy. Actualmente es profesor ordinario en el Departamento de Derecho y en el Departamento de Dirección General y Estrategia de ESADE. Asimismo, desde 2013 es titular de la Cátedra Jean Monnet en ESADE, otorgada por la Comisión Europea. Secretario General de Aspen Institute España.