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Podemos interpretar la Historia como la sucesión de varias melodías dominantes o como una crónica lineal marcada de principio a fin por un solo signo. O, tal vez, podemos pensar que tiene mucho más de polifónica, semejante a un gran tapiz formado por millones de hilos y acontecimientos que se entrecruzan a lo largo de los siglos.

Para unos, el mundo es misterioso —por supuesto—, pero su evolución anuncia un sentido claro, unidireccional como la punta de una flecha. Para otros, el mundo sigue siendo un lugar misterioso e inabarcable y, sin embargo, su símbolo es menos el arco y la flecha que el mosaico con sus diminutas teselas. Para el historiador británico de origen español Felipe Fernández-Armesto —autor del fascinante libro que aquí se reseña, 1492. El nacimiento de la modernidad (editorial Debate)—, el trazo de la civilización tiene forma de abanico, sin un punto central, irreductible a un relato unívoco.

1492. El nacimiento de la modernidad. (Debate), 376 págs.

1492 resulta, indudablemente, un año clave para Occidente: el descubrimiento de un nuevo mundo que ensanchaba el espacio de un modo casi mitológico, alumbrando los sueños de media humanidad. Si América representa la modernidad, es también porque a partir del Descubrimiento, la Historia se anuda a su futuro de una forma radical: un futuro que será el oro y la riqueza, pero también unas culturas y unos pueblos distintos —recordemos el impacto que supuso para el Derecho de gentes y que se vislumbra ya en De los caníbales, el famoso ensayo de Montaigne—. También las inauditas libertades políticas y religiosas que tomarán cuerpo, primero en los Estados Unidos y, más tarde, en el conjunto del hemisferio atlántico.

MOMENTO INICIAL DE LA GLOBALIZACIÓN

Pensemos en la forja de nuevas naciones y en el predominio de Occidente; pensemos, por último, en la consolidación de imperios y potencias que permanecerán hasta nuestros días. 1492 representa el origen de todos estos cambios, pero no exactamente con la linealidad de una única melodía. Cuenta Ernst Jünger que, a finales de la década de los treinta, resultaba ya obvio que alguna catástrofe iba a ocurrir, aunque nadie tuviera claro dónde se iba a originar concretamente. El autor nos sugiere algo parecido: en el ambiente, en la vida de las cortes, en el latido de las ideas, se husmeaba la magnitud de las transformaciones que se iban a producir.

«El año 1492 —leemos en la página inaugural del libro— no solo transformó la cristiandad, sino que reordenó el mundo en su conjunto». De hecho, cabría hablar del momento inicial de la globalización, ese arranque dubitativo pero firme de un planeta unificado. «Todas las naciones del mundo son humanas», afirmó el teólogo dominico Bartolomé de las Casas, abriendo el camino a un auténtico derecho internacional. En esa pugna ya clásica entre el espacio y el tiempo, el planeta parecía decidido a mudar su piel y, de ese modo, a estrenar unas ideas distintas. Por un instante, la fantasía se hizo realidad. Al menos, los sueños se tornaban plausibles.

Como observa el autor del libro, «ningún año tomado de forma aislada inauguró jamás por sí solo la modernidad de nadie. Pero, para nosotros, 1492 fue un caso especial. Por primera vez se volvían inteligibles en los archivos históricos los rasgos fundamentales del mundo en que vivimos: la forma en que se distribuyen por todo el planeta la riqueza y la pobreza, las culturas y los credos o las formas de vida y los ecosistemas. Todavía estamos adaptándonos a las consecuencias». Esto es así.

No es cierto, como a veces se ha repetido ingenuamente, que entonces se creyera que el mundo era un espacio plano; no desde luego las clases ilustradas

A través de diez capítulos y un epílogo, el profesor Fernández-Armesto intenta capturar la enorme vitalidad de aquel momento, así como su extraordinaria pluralidad interna. En el primer capítulo, se nos habla de la cartografía de la época, a medio camino entre la voluntad profética (el milenarismo no constituía un discurso infrecuente en aquella Europa que se hallaba a la espera del Juicio Final) y los conocimientos científicos. No es cierto, como a veces se ha repetido ingenuamente, que entonces se creyera que el mundo era un espacio plano; no desde luego las clases ilustradas.

Fue precisamente durante aquel año cuando se construyó en Núremberg el primer globo terráqueo conocido, obra de Martin Behaim e icono de una modernidad incipiente que se atrevía a presentar el mundo tal y como se suponía que era: redondo y en apariencia exacto, puesto al día diríamos hoy, aunque asombrosamente pequeño. Como motor del progreso, actuaba el interés comercial —sobre todo por la demanda de las especias—, incitado por ese espíritu homérico de la curiosidad y el gusto por lo desconocido que caracteriza a Europa, en palabras del erudito italiano Pietro Citati. Si «el mundo es poco», según señaló el almirante Cristóbal Colón, entonces puede ser colonizado y conquistado, dominado por aquellos que sueñen con traspasar las fronteras marcadas por el gran océano. Y, si a Occidente le correspondió este privilegio, se debe seguramente al ensimismamiento y a los conflictos internos de los imperios de la época.

No se entiende, por supuesto, 1492 sin el optimismo español derivado de la reunificación —después de la toma de Granada—, la alianza entre coronas simbolizada por los Reyes Católicos y la estremecedora —solo con los años se calibraría su impacto— expulsión de los judíos. «Nada de lo que Fernando e Isabel hicieran —leemos en el libro— tenía sentido completo si no se cotejaba con el telón de fondo de una creencia renovada, persistente y prolongada: la de que aparecería un Último Emperador del Mundo que derrotaría al islam y se enfrentaría al Anticristo». Durante un tiempo, la corte aragonesa coqueteó con la idea de que ese rey universal fuese Fernando, el príncipe maquiavélico. En cierto modo, el descubrimiento de América confirmaba la veracidad de las profecías: la Historia penetraba en una terra incognita que iba de la mano con lo sobrenatural.

Pero no solo era España la que despertaba. Más al sur, el islam —Felipe Fernández-Armesto le dedica en el libro un interesante capítulo— recorría las rutas doradas de los imperios del África. Un mundo desconocido que rivalizaba en lujo y esplendor con los palacios otomanos. El de Malí, en el extremo meridional de la Ruta del Oro, fue el más célebre. Su protocolo era exótico, lujoso y sofisticado, con notables pinceladas de crueldad.

«La diversidad de quienes le rendían tributo —leemos en 1492— impresionó a Ibn Battuta, sobre todo por los emisarios caníbales, a quienes el mansa [equivalente a emperador] había ofrecido una esclava joven; volvieron para agradecérselo embadurnados con la sangre del regalo que acababan de consumir. Por fortuna, según refirió Ibn Battuta, “dicen que la carne del blanco es perjudicial porque no está madura”». Sobrevolaban esos imperios lejanos y exóticos dos religiones dispuestas a sustituir al animismo local y a conquistar ese mercado de grandes riquezas: el islam, por un lado, y el cristianismo —sobre todo con Portugal—, por el otro. De nuevo, esa aparente dicotomía entre musulmanes y cristianos, que todavía perdura hoy en el África negra, empezó aquel siglo (aunque no debemos olvidar que el cristianismo etíope es de origen antiquísimo), impulsada por el afán comercial.

LA FRONTERA DEL MARE NOSTRUM

Al norte de África —Fez, Orán, Túnez— se desplazaron muchos de los judíos expulsados de España. Otros en cambio prefirieron Portugal, los Países Bajos o las ciudades italianas. Sin embargo, la mayoría optaron por instalarse en las tierras que se encontraban bajo la protección del Imperio otomano, el cual se había convertido, tras la caída de Constantinopla, en uno de los grandes poderes del Mediterráneo. «Los gobernantes otomanos —sostiene Fernández-Armesto— llevaban mucho tiempo representándose a sí mismos como guerreros que combatían para defender y fortalecer el islam, pero construyeron un imperio plural desde el punto de vista cultural y heterogéneo desde el confesional, en el que se toleraba a los cristianos y judíos, aunque estaban sometidos a unos impuestos discriminatorios y a unas modalidades de préstamo de servicios al sultanato muy gravosas, la más notable de las cuales era el reclutamiento anual de niños, a quienes se apartaba de sus familias, se educaba como musulmanes y se enviaba al sultán como esclavos, soldados o sirvientes». Eran los famosos jenízaros, tropas militares de élite cuya lealtad al sultán rozaba lo religioso.

El mar Mediterráneo se repartía entre dos armadas, la española y la turca, que se miraban de reojo. El Mare Nostrum se convertía también así en una frontera religiosa que se va a mantener inalterable. «Debido a los vientos y las corrientes —leemos—, los turcos, a pesar de la superioridad numérica de su flota, estaban siempre en desventaja. La consecuencia de ese empate entre España y Turquía fue que la unidad del mundo mediterráneo, cuyos cimientos sentaron en la Antigüedad los navegantes griegos y fenicios, y que el Imperio romano culminó, nunca volvió a consolidarse». Años más tarde, la jornada histórica de Lepanto, fraguada por la Santa Liga del papa Pío V, bajo el signo del Rosario, rompió ese empate en favor de los españoles. Pero, como todos los triunfos, fue temporal. Durante siglos, las razzias otomanas siguieron causando pavor en Europa.

Seguramente en ningún otro país se sintió con mayor fuerza ese miedo a los turcos que en Italia. Dividida en infinidad de pequeñas naciones, objeto de la codicia de los poderosos reinos europeos, vivía sin embargo un extraordinario renacer artístico y cultural, cuyo principal epicentro se encontraba en Florencia, en torno a la corte de los Médicis. Como en una maldición, tras diversos augurios que anunciaban una calamidad, el 9 de abril de 1492 fallecía sorpresivamente Lorenzo el Magnífico; poco después, caería toda su familia.

El Renacimiento se extendía fuera de las fronteras italianas, pero al mismo tiempo su brillo empezaba a oscurecerse. Fernández-Armesto acierta al asociar la extraña figura del fraile dominico Savonarola (quien, enfrentado a la corte de los Médicis, terminó en la hoguera) con el negativo de la modernidad. «La adicción al milenarismo, la fe en las visiones, la estridencia profética, el odio al arte y la desconfianza hacia el conocimiento secular de Savonarola lo entroncan con aspectos del mundo moderno que la mayor parte de la modernidad rechaza: el oscurantismo religioso, el fanatismo extremo y el fundamentalismo irracional». Savonarola fue en muchos sentidos precursor de Lutero, el cual le profesaría abierta admiración. También ahí se configuraba una época nueva.

Más al Este —«Rumbo a la Tierra de las Tinieblas», titula el capítulo el profesor inglés— tenía lugar una partida política y militar que iba a transformar la geoestrategia del continente. Polonia y Rusia se jugaban su condición imperial bajo el acoso incesante de las hordas mongolas. La expansión del principado de Moscú bajo el dominio de Iván III y la muerte de su principal rival, el monarca polaco Casimiro IV, selló también el futuro. «Iván —leemos en 1492— convirtió Rusia en el Estado imperial irrefrenable que desde entonces ha desempeñado un papel de primer orden en la política mundial. Bajo su reinado, la extensión de los dominios sometidos a la influencia nominal de Moscú aumentó desde los quince mil hasta los seiscientos mil kilómetros cuadrados. Se anexionó Nóvgorod y desgarró las fronteras de Kazán y Lituania. Cifró sus prioridades en Occidente. Definió el liderazgo de Rusia en la religión ortodoxa. Trazó una frontera nueva con la Europa católica pero, al mismo tiempo que excluía el catolicismo, abría Rusia a las influencias culturales de Occidente. Se deshizo del yugo de los mongoles e invirtió el sentido de la supremacía imperialista en Eurasia».

Cabe preguntarse por qué fue un pequeño reino europeo, España, el que llegó a América, en lugar del gigante asiático

Por supuesto, Asia resulta incomprensible sin China y Japón; es decir, sin su cultura, su religiosidad, su arte, sus instituciones milenarias y su extraordinaria potencia económica. En 1492, Cristóbal Colón pretendía llegar a las Indias y no descubrir un nuevo continente. Era el comercio de sus riquezas lo que anhelaban aquellos hombres y no la conquista de unos territorios desconocidos. Por extensión, historia y demografía, China era lo más cercano a una superpotencia que existía en aquellos días: una civilización milenaria, fuertemente burocratizada, que había coqueteado con el dominio del océano Índico, el cual, en palabras de Fernández-Armesto, «albergaba el comercio más suntuoso de la Tierra». Cabe preguntarse por qué fue un pequeño reino europeo, España, el que llegó a América, en lugar del gigante asiático. La respuesta quizás haya que buscarla en la propia autosuficiencia china, que había iniciado ya una suerte de repliegue interior. Una América china —o japonesa— sería perfectamente imaginable. En ese caso, seguramente, el rostro de la civilización hubiera sido mucho menos occidental de lo que ahora damos por incuestionable. El azar y las decisiones juegan un papel asombroso en el rumbo que toma la Historia.

Al evocar 1492, pensamos sobre todo en la gloriosa hazaña de Cristóbal Colón y sus tres carabelas. Hoy sabemos que el Descubrimiento fue tan fortuito como inevitable. Inflamado por las novelas de caballería, el almirante genovés anhelaba convertirse en un gran señor. Los expertos en cartografía sugerían que Eratóstenes se había equivocado en sus cálculos sobre el tamaño del planeta y que, según apuntaba el globo terráqueo de Martin Behaim, el océano era más pequeño de lo que se creía. El miedo, la angustia y la tensión entre la tripulación y los pilotos de los navíos fueron constantes a lo largo de toda la travesía. «Colón buscaba señales (los remolinos y el vuelo bajo de aves) y empezaba implícitamente a comparar el viaje con la travesía del Arca de Noé —leemos—, pues apreciaba, o tal vez imaginaba, la visita a su barco de “aves terrestres cantoras”». Ni siquiera hoy somos capaces de precisar con exactitud qué isla divisó, ya que «podría haber sido casi cualquier isla de las Bahamas o del conjunto insular de Turcos y Caicos». Desde luego, no era Japón ni las Indias ni la tierra de los Kanes. A su regreso a España, pudo traer oro de La Española, indígenas cautivos, loros y vainas de chile picante.

SEMILLERO DE HEGEMONÍAS GLOBALES

Resulta difícil precisar hoy lo que implicó aquel descubrimiento. Para España, supuso inaugurar su condición de imperio. Para el mundo, abrir definitivamente un espacio y un tiempo distintos. El ascenso de Europa se consolidaba. Los imperios americanos estaban a punto de colapsar. Nada tenía vuelta atrás. Como constata Felipe Fernández-Armesto, «la incorporación del continente americano, de sus recursos y oportunidades, serviría para que Europa dejara de ser una región pobre y marginal y se convirtiera en un semillero de hegemonías globales potenciales. Pudo no haber sucedido así. Si los conquistadores chinos se hubieran preocupado del continente americano, tal vez hoy día lo consideraríamos parte de Oriente y es muy probable que la línea internacional del cambio de hora dividiera el océano Atlántico».

1492. El nacimiento de la modernidad resume perfectamente la extraordinaria pluralidad que mueve el curso de la Historia. Es un libro de lectura obligada, sugestivo y a la vez inquietante. Nos muestra el vigor de las sociedades y de las culturas, pero también su declive e incluso su eclipse acelerado, como sucedió con las civilizaciones amerindias. En el epílogo —«El mundo en que estamos inmersos»—, el autor reflexiona sobre el misterio de la complejidad. Se dan, por supuesto, profundas permanencias antropológicas en el hombre —de ahí la actualidad perenne de los clásicos— y, sin embargo, a la vez somos hijos de un tiempo siempre nuevo.

Si contemplamos la sociedad de hace apenas un siglo —o, incluso menos, de hace medio siglo—, solo podemos asombrarnos de los cambios que hemos vivido: la revolución tecnológica, la urbanización masiva, la magnitud del cambio climático, la llegada de los totalitarismos y su posterior caída, las distintas ideologías, el declive de los imperios y el esplendor del globalismo, la conquista del espacio… «Gran parte del marco intelectual con el que estamos familiarizados en el mundo actual era nuevo a principios del siglo XX; la primera era de la relatividad, la mecánica cuántica, el psicoanálisis y el relativismo cultural. […] Parte de la ciencia y de la tecnología que conforman nuestro modo de pensar y de vivir y nuestros temores característicos son de origen más reciente: las armas nucleares, las microtecnologías de la información, la genética del adn…». Y así un largo etcétera.

“Los sucesos de aquel año —apostilla el autor— empezaron a modificar el equilibrio y la distribución de fuerza y de riqueza en todo el planeta”

Lógicamente, nuestro mundo cambió a finales del siglo XV, como se prueba en este libro. «Los sucesos de aquel año —apostilla el autor— empezaron a modificar el equilibrio y la distribución de fuerza y de riqueza en todo el planeta, haciendo lanzarse a los océanos a las comunidades de Europa occidental, fortaleciendo el Estado ruso por primera vez y anticipando (aunque, como es lógico, no ocasionando) la decadencia del litoral asiático y de las potencias tradicionales del océano Índico y sus mares adyacentes».

Ese mundo llega también a nosotros y es interesante constatarlo, ahora que da muestras de agotamiento con el resurgir de China, el envejecimiento demográfico e intelectual de Europa y las tentaciones iliberales que empiezan a aquejar a las élites occidentales. Pero lo único cierto es que, como le gustaba repetir a Gonzalo Redondo, «la Historia es la historia de la libertad». De la libertad y de sus fabulosos misterios, diríamos. Y este ameno y culto ensayo de Felipe Fernández-Armesto nos ayuda a reconocerlo.


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