Rafael Navarro-Valls

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Académico. Secretario General de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España
Wiston Churchill

Churchill, un autoritario frente a tres fuerzas totalitarias

El 24 de enero de 1965 fallecía en Londres el político británico más importante del siglo XX: Winston Churchill. Su figura polifacética, su olfato político y su fuerza oratoria fueron indispensables para salvar Inglaterra de la amenaza nazi. Pero también tuvo errores. Conservador, sincero y políticamente incorrecto, como recuerda en este perfil Rafael Navarro-Valls, la historia no sería justa con él si sus equivocaciones ensombrecieran el imprescindible papel que desempeñó tanto para su país como para el resto del mundo.

El principio constitucional de cooperación Estado-Iglesias

PARADOJA REPUBLICANA Y SIMBIOSIS FRANQUISTAToda institución jurídica descubre enseguida un proceso de decantación histórica que culmina en la fase temporal que pretende estudiarse. A su vez, España no es una mónada insolidaria en un universo cerrado. Al contrario, está continuamente presionada por el contexto social interno y externo. Historia interna y derecho comparado: he ahí dos factores a tener muy en cuenta a la hora de indagar en cualquier fenómeno jurídico, también en el marco de la libertad religiosa, en especial en el principio de cooperación entre Estado-Iglesias1. De ahí la necesidad de indagar en ambas coordenadas. Comencemos con la primera.Prescindiendo de etapas históricas más lejanas, salta a la vista que los protagonistas de la transición histórica y el turnismo posterior entre los grandes partidos intentaron superar dos cosas. Podríamos llamarlas la «paradoja republicana» y la «simbiosis franquista».Respecto a lo primero, no hay duda de que existió algo anómalo en la política antirreligiosa de la II República. El clero no era fascista, aunque sí mayoritariamente conservador. Tampoco los campesinos eran anticlericales, a pesar de la descristianización de las masas obreras. Los ciudadanos católicos, por influencia de la CEDA, se sometieron a la legislación republicana. La propia Iglesia no participó en la rebelión militar del 36. Si posteriormente amplios sectores eclesiásticos apoyaron a los insurrectos fue, como observa Paul Johnson, «más el resultado que la causa de la violencia ejercida contra ellos»2. Sin embargo, aparte de los miles de asesinatos de las legislaturas y gobiernos republicanos, especialmente al inicio y al final de la República, es claro que desde el poder se hacían esfuerzos más que notables para reducir una influencia social de la Iglesia católica que consideraban excesiva e incompatible con un Estado democrático y laico3. No aceptaron el hecho incontrovertible de la gran importancia de la Iglesia en la estructuración social de España en aquel momento, ni se inclinaron por una legislación moderada que conciliara la influencia eclesiástica con un sistema democrático y que atrajera a la jerarquía eclesiástica hacia la causa republicana.Respecto a lo que he denominado antes la «simbiosis franquista» me refiero a que a lo largo de la guerra, y en cierta medida por la acción del cardenal Gomá, el general Franco tomó la decisión de configurar un Estado español «nacional y católico». Ahora bien, como en él se encarnaban todos los poderes del Estado, y algunos sectores políticos, como Serrano Suñer, buscaban la vía del «fascismo español», la deriva autoritaria del Gobierno de España no hizo posible el reconocimiento de derechos de la persona como la libre sindicación, la libertad de asociación o el derecho a la libertad religiosa. Sin embargo, la dura represión política del nuevo Estado se suavizó, de algún modo, por intervenciones directas de las autoridades eclesiásticas. Como ha demostrado Orti Carcel4, muchos obispos, el encargado de negocios Antoniutti y el nuncio Cicognani solicitaron indultos ante las autoridades franquistas. Destacó el obispo de Ávila, Santos Moro, que a pesar de haber perdido dos hermanos asesinados por los republicanos tuvo una valiente...
Nueva Revista

Laicidad y laicismo

 

De cómo en la actualidad se vislumbra el peligro de dos fuerzas contradictorias entre sí, pero ambas igualmente peligrosas para la democracia pluralista y para un estado como el español, que quiera conservar su identidad.

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