Miguel Herrero de Jáuregui

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Profesor de Filología Clásica. Universidad Complútense de Madrid
Lewis vs. Freud

Sigmund Freud y la verdad de los mitos

Such shaping fantasies, that apprehend more than cool reason ever comprehends.The lunatic, the lover, and the poet are of imagination all compact.W. Shakespeare,A Midsummer Night’s Dream, Acto V, Escena 1

Fernando Ariza, Ciudad dormida

  Hay dos tipos de buenas novelas: las que refrescan la cabeza y las que calientan el corazón. García Márquez o Paul Auster frente a Borges o Jonathan Franzen. Las primeras expanden el pensamiento hacia nuevos escenarios, aguijonean la imaginación para que abandone sus derroteros habituales y la abren a horizontes inexplorados. Las segundas hacen disfrutar lo que se recuerda como si fuera nuevo y saborear lo conocido con sorpresa y asombro. Las primeras deslumbran y llaman al olvido de todo lo que no es su lectura, las segundas iluminan todo lo que rodea al lector, en el espacio y en el tiempo. Las primeras son para leer a la sombra de un árbol en verano; las segundas, en invierno, con fuego en el hogar, lluvia en los cristales y vaso alto en la mano. A la luz de esta meteorología literaria, es un buen signo que la primera novela de Fernando Ariza haya salido a la luz en diciembre, porque entra de lleno en la segunda categoría. En sus más de trescientas páginas brillan los antiguos mitos, la tradición cobra nuevos colores y el polvo de las bibliotecas se torna en tierra húmeda, con olor a cosecha fértil en los viejos campos. Su inicio es una fiesta que apunta una novela victoriana. Brilla el esplendor de una sociedad perfecta en la que, sin embargo, late ya la corrupción y el desastre. Como unas bodas de Cadmo y Harmonía en las que el cortejo fastuoso de hombres y dioses lleva en sí, ausente la discordia, una simiente imparable de conflagración absoluta. Después se torna en una combinación de novela policíaca, de aventuras, de conspiración política y de fantasía. La cosmogonía, la catábasis, la guerra de duelos individuales, son temas de la antigua épica que se van desplegando al hilo de una trama que culmina en derroteros no menos míticos que no es oportuno desvelar aquí. El marco es cerrado, una ciudad sin nombre de la que nadie se plantea siquiera la posibilidad de salir. El espacio de esta ciudad no es horizontal, sino de una verticalidad que apunta al infinito sin llegar a él, porque, como universo que es, tiene siempre límites aunque estén en expansión. Desde los profundos cimientos del depósito de la Biblioteca hasta la cúspide del gran rascacielos Alanka, esos límites se alcanzan y se exploran. La dimensión vertical de esta ciudad no solo entronca con el urbanismo más moderno, sino que tiene una evidente lectura temporal: las raíces profundas del pasado sustentan necesariamente el despegue hacia el cielo futuro y a su vez lo embridan. Casi como actores de los viejos temas míticos, atrapados por las obligaciones que los varios géneros literarios les imponen, y forzados por la trama a moverse cada vez más rápido por los diversos barrios de la ciudad, los personajes podrían haber caído fácilmente en el estereotipo o la incongruencia. Y sin embargo son el mejor hallazgo de esta novela que consigue crear varios hombres y mujeres únicos, infungibles, con toda la complejidad de la carne...

Luces de Helenismo en Utopía

Los estudios de Edward Surtz y George Logan habían culminado en ediciones comentadas que parecían establecer la communis opinio sobre la obra, presentada con viveza en nuestros lares en el último libro de Antonio Fontán, Príncipes y humanistas. En solo diez años aparecen cuatro artículos, y las grandes preguntas de siempre sobre el enigmático texto —y sobre todo, la de «¿por qué Moro describe una sociedad utópica imperfecta, un optimo reipublicae status del que él mismo discrepa?»— que nos habíamos resignado a no poder contestar más que con generalidades sobre la ambigüedad e ironía de la obra, reciben respuestas radicalmente nuevas cinco siglos después.

Pro Ecclesia Alexandrina

 En las últimas versiones de la muerte de Hipatia, sobre la cual podemos remitirnos al estudio serio y ponderado de Maria Dzielska (Harvard University Press, 1995), se toma la parte por el todo, lo accidental por sustancial, lo anecdótico por regla, y se describe de modo explícito o por asociación toda la Iglesia alejandrina como una comunidad fanática, analfabeta, apegada a la interpretación literal de la Escritura, que no admite ninguna reinterpretación de la Revelación bíblica, y opuesta a todo lo que signifique griego o helénico. Lo malo no es ya sólo falsear la poliédrica realidad del cristianismo antiguo, en que convivían tendencias y orientaciones de muy diversa laya. Es que, de todo él, es precisamente en Alejandría en donde más peso tuvieron las escuelas más letradas, más proclives a la interpretación simbólica de las Escrituras y más tendentes a la integración de la paideia griega.Vaya por delante el carácter tumultuoso y conflictivo de una ciudad que es otro ejemplo más, como el Toledo medieval, de que la supuesta tendencia natural de las religiones a la convivencia pacífica y fecunda no pasa de mito histórico bien intencionado. La Nueva York de hoy tiene poco que ver con la realidad de los siglos pasados. El apogeo cultural de Alejandría sí se benefició de la coexistencia de distintas tradiciones religiosas, pero esta coexistencia no solía ser pacífica. Antes al contrario, fue una fuente incesante de conflictos que plantearon graves problemas a los gobernadores ptolemaicos, romanos y bizantinos, y también a los patriarcas cristianos. La misma ciudad en que la Biblia se tradujo al griego (siglo III a. C.) y en que Filón (siglo I d. C.) adecuaba el judaísmo a la filosofía platónica, vivió durante más de seis siglos múltiples choques violentos entre griegos, egipcios y romanos, y entre paganos, judíos y, desde el siglo II d. C., también cristianos. Las luchas étnicas, sociales y religiosas fueron constantes y no pocas veces los romanos se conformaron con imponer una paz frágil y provisional. Pero esta tendencia permanente al tumulto no fue obstáculo para que Alejandría se convirtiera, desde época helenística hasta el siglo V d. C., en el gran faro cultural del Mediterráneo.Era lógico, inevitable incluso, que el cristianismo de Alejandría participase del carácter tumultuoso que impregnaba la ciudad; pero también, y con mucha mayor fecundidad, de la gran tradición de estudio e investigación científica, textual y filosófica que había comenzado con los Ptolomeos y en la que los judíos llevaban insertos ya cuatro siglos. El reciente libro de Attila Jakab, Ecclesia Alexandrina (París, 2001), da cuenta de la implantación y desarrollo del cristianismo en la ciudad. En Alejandría se formaron muchas de las grandes figuras de la teología y la patrística de los siglos II al V, que irradió todo el Imperio con obras de gran calidad literaria y filosófica, fundamentales en la fijación de las doctrinas conciliares. La llamada escuela catequética de Alejandría cuenta entre sus filas a Clemente, Orígenes, Dídimo, Atanasio, Cirilo, Sinesio. Incluso entroncan en la tradición...

Historia Nota: de los modos espurios de historiar

Hoy quedan pocas palabras sin contaminar y escasean los géneros puros. Cualquier librería española alberga siempre entre las novedades más vendidas lujosas ediciones que con «Historia» en el título se dedican al ensayo político más o menos radical. Y no sólo en los libros se advierte la perversión de «adquisición de conocimiento mediante observación» —-pues tal es la etimología griega de la venerable Histori-a—. La rapidez de Internet y el gusto por la imagen animada frente al texto fomentan la confusión entre información y opinión, en la historiografía como en el periodismo: un blog que sólo tenga datos objetivos suscita muchos menos comentarios y visitas (y con ello menos ingresos) que otro con una opinión que escandalice al hilo de una interpretación arbitraria del pasado remoto o reciente. Igual que una obra histórica documentada e imparcial vendemenos que un panfleto con poca información y muchos adjetivos.La novela histórica o el ensayo político son géneros autónomos en que caben con plena legitimidad la ficción, la parcialidad y la utopía. No así en la Historia, que aspira a descubrir la verdad mediante el conocimiento objetivo de los hechos positivos. Esta es la clave de su irrenunciable carácter científico. Sin embargo, todos tenemos en mente obras con apariencia de rigor, que apelan a fuentes y documentos para revestirse de ciencia, y sin embargo oscurecen a sabiendas la verdad de los hechos en pro de una agenda política o ideológica determinada. Esta falsa historia arraiga con fuerza sólo en terrenos fértiles para la venta y la propaganda: el cristianismo antiguo es campo abonado para toda clase de inventos disfrazados de hipótesis creíbles; el conflicto de israelíes y palestinos vive bajo la permanente adulteración consciente de la Historia por uno y otro bando; la antigua Leyenda Negra se recicla en Hispanoamérica, como puntal de programas políticos de reinvención de la identidad indígena, y equipara la conquista española a los colonialismos del XIX e incluso a los genocidios del XX, tan distantes y distintos en cantidad, calidad, intención y resultados; y la Historia de España se ve zarandeada como arma arrojadiza de facciones político-mediáticas a quienes muy poco importa el rigor y mucho la movilización de votos y el negocio editorial. No hace falta dar nombres porque sobran los ejemplos conocidos de esta historiografía espuria que florece en todos los rincones del espectro ideológico español e internacional.Es el avance irresistible de la Historia Espuria o Nota1 el objeto de las páginas que siguen. Si un poeta antiguo lo cantase, diría algo así: Historia era la hija de Pasado y Verdad, admirada de todos por su pureza y hermosura. Pero Pasado, frágil por naturaleza, tenía tres amantes (Fantasía, Mentira, Ignorancia) y engendró de ellas a varios hijos: Parahistoria, Pseudohistoria, Antihistoria. Eran seres deformes, monstruosos, que causaban risa o espanto, reconocibles de lejos por sus cuentos increíbles, novelescos y necios. Servían de bufones en la casa común del Palacio de Memoria, y a todos alegraban con sus gracias. Pasado también engendró de una cuarta amante, Interés, a...

Atenas y Jerusalén, algunas precisiones

 «¿ Qué tienen que ver Atenas y Jerusalén?». La frase de Tertuliano enunciaba un debate que ha marcado la historia espiritual de Occidente desde la Antigüedad hasta nuestros días. «¿Qué tienen que ver la Academia y la Iglesia?», clamaba el rétor africano (1). La construcción de la teología cristiana en los concilios de los primeros siglos le mostraría que tienen mucho en común. Y Tertuliano, encerrado en su extremismo, acabaría apartándose de Roma. Pero no sólo los debates teológicos, desde los Padres a los alemanes del siglo XX, se desenvuelven en torno a esta cuestión. El pensamiento filosófico, jurídico y político de Occidente está profundamente enraizado en ella. La conversión del cristianismo en religión del Imperio, la Reforma, el racionalismo y la reacción romántica se definen en buena medida por aceptar o rechazar la fusión de la cultura griega y el mensaje evangélico. Si Lutero trató de restaurar una añorada Iglesia no corrompida por Grecia, Nietzsche, otro apasionado alemán, teorizaba la nostalgia inversa, de la Grecia pura que el cristianismo habría sepultado después de que Sócrates la hiriera de muerte. Y frente a los esfuerzos de separación, el iusnaturalismo de toda condición se ha esforzado en conciliar dos mundos que a veces se mezclan como el agua y el vino, y a veces como el agua y el aceite.La helenización del cristianismo es, por otra parte, una cuestión clásica en la historia de las ideas, y grandes estudiosos de nuestro siglo la han tratado en profundidad. Werner Jäger, Jean Daniélou, Arthur Darby Nock o Henry Chadwick son autores de estudios ya clásicos, que merecen ser reeditados, traducidos y releídos por todos los interesados en tales cuestiones (2). Y éstos no deberían surgir sólo de los foros académicos y eclesiásticos. Por desgracia, no es este tipo de obras el que suele tomarse como guía para navegar en las aguas de la alta divulgación histórica. Si los párrafos siguientes impulsan a alguno a su lectura, no habrán sido en vano.La reflexión pausada y rigurosa sobre la helenización del cristianismo es tanto más necesaria hoy, cuando el interés por el tema ha aumentado de manera sorprendente, por razones de índole muy varia. Algunas son puramente accidentales, desde la irrupción de best-sellers de ficción religiosa, al debate sobre la mención del cristianismo en el prólogo de la fallida Constitución Europea. Son debates puntuales sobre cuestiones efímeras. Pero estas modas, aunque flor de un día, reflejan la importancia hodierna de temas de mucho más largo alcance: la mutua relación del cristianismo y la cultura de la sociedad occidental moderna; las diversas consecuencias de la laicización, entre otras el florecimiento de movimientos religiosos de nuevo cuño o la relación del cristianismo con otras culturas y religiones en el contexto de la globalización cultural. La identidad cultural y religiosa, los modelos de multiculturalismo, el ecumenismo religioso, son algunas de las cuestiones que el tema de la herencia griega en el cristianismo suscita. No son temas que afecten sólo a la Iglesia o a los creyentes, sino a...

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