Luis Rivas

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Periodista y escritor

De libros y tipografía. Un día con Alfonso Meléndez

"En edición diferente, los libros dicen cosa distinta”, solía decir Juan Ramón Jiménez. El poeta recién casado supervisaba personalmente la impresión de cada una de sus obras, convencido de que los versos debían concordar con los formatos y los soportes. Las costuras de esta literatura que entra por los ojos se entretejen en silenciosos talleres de tipografía como el que regenta Alfonso Meléndez (Zaragoza, 1965) en la calle de la Princesa de Madrid. El estudio, antaño manufactura y hoy oficina por obra y gracia de los cuellos almidonados de Apple, es lóbrego en su altura de piso bajo que huele a papel, una fragancia en peligro de extinción por el acoso de los furtivos de lo moderno. Meléndez, “diseñador especializado en aplicación tipográfica y en edición y diseño de catálogos de exposiciones, libros e impresos efímeros, en gráfica de exposiciones y en corrección de estilo y de ortotipografía”, según recoge su “ridículum vitae” (como le divierte referir), un tipógrafo embarcado en proyectos de todo tipo, abre la puerta con una sonrisa. De este hombre simpático y juvenil, lo más alejado de un bibliotecario victoriano, dicen los entendidos que es de los mejores. No en vano es Premio de Diseño de Colección en la VII edición de los Premios Visual de Diseño de Libros por los Álbumes de la Residencia de Estudiantes, o de Aplicación Tipográfica en la V edición por el catálogo La vida en papel de arroz. Pintura china de exportación, para el ministerio de Cultura. No obstante los reconocimientos, no nos encontramos ante un corporativista, pues se sorprende de nuestro interés por un oficio “aburridísimo”, en el que se echan “más horas que en un taxi” por una retribución, en algunos proyectos concretos, “de hora de mandadera… si es que llega”. Resulta reconfortante, de inicio, comprobar que no sólo los periodistas reniegan de su gremio, y en la abjuración se cimenta un vínculo sobre el que construir todo un reportaje. Sin embargo, encadenarse a un oficio que limita la vida a “triangular casa, oficina, cuatro portales más abajo, supermercado de El Corte Inglés y vuelta a empezar” ha de tener algún truco. Y ese no es otro que los bienes internos a la práctica, porque, al igual que los cronistas, Meléndez disfruta de su trabajo por encima de los reproches de inicio. Uno de los mayores intangibles se lo da el tiempo respirado entre libros, que bien podría convertirlo a uno en un personaje. “Me pasma en los reportajes que se adentran en las casas, cuando no ves libros y dices uy, uy, uy…”, admite. “Pero, bueno, de todo tiene que haber, no soy yo quién…”, se matiza a continuación. “O cuando sólo ves libros colocaditos sobre la mesa de centro y en las estanterías como mucho unos pocos lomos que más bien parecen elegidos por su interiorista…”, continúa suspendiendo la frase en lo supuesto. Ese concepto, el del coffee table book, será pronunciado con un matiz de socarronería en varias ocasiones durante la entrevista. Acaso su madriguera no pueda...

R.W. Emerson: una reivindicación de la filosofía de la democracia

La historia de la filosofía no ha perdonado a Emerson que renegase del academicismo y se afanase en sublimar la cotidianeidad de los hombres mediocres. R. W. acotó con palabras simples y su ejemplo de vida el genio americano, partiendo desde lo individual para desembocar en la fundación identitaria de la nación estadounidense y la constitución de cada uno de sus ciudadanos como eslabones democráticos de pleno derecho
Richard Ford Francamente Frank

Francamente, Frank: La gran novela americana de la crisis

La globalización era la falta de atención, el expansionismo pacífico del American way of life, la encarnación de las muecas de Norman Rockwell y las renovables aspiraciones de Jay Gatsby, invirtiendo y reciclando energías en la conquista de esa última frontera que se vende como felicidad. Porque de eso trata todo esto, ¿no?, de que la muerte nos sorprenda con la pursuit of happiness. Por fortuna para los globalizados, los Estados Unidos son tierra de asimilación y exportación de tradiciones variadas, apenas un filtro en formato NTSC de integración de culturas para una cierta originalidad común, previa a la exportación del producto listo para ser imitado. En los flujos e inflexiones de estos intercambios florece una nueva literatura americana que bien podría escribirse en Nigeria, India, China, la vieja Europa o el mar Caribe, tales son los casos de Teju Cole, Amy Tan, Chuck Palahniuk, Junot Díaz, Boris Fishman o Colm Toibin. Salman Rushdie, quién lo diría, escribe desde Nueva York. Se confirma esta como una novelística global, protagonizada por descendientes de esclavos, buscadores de oro de Oriente, fugitivos de holocaustos y exiliados de la tiranía, dramas épicos de tesis y denuncia, de integración y empatía, de anomia y entropías, de temática clásica envalentonada por las buenas intenciones, deudores en mayor o menor medida de la obra de Toni Morrison. Y, en paralelo a esta grandilocuente lucha racial y de clases, nada más que un hombre: «Soy agente de la propiedad inmobiliaria, y me he dado cuenta de que es una profesión muy propia de nuestro actual y muy extraño estadio de desarrollo humano». Frank Bascombe, antihéroe y alter ego de Richard Ford (Jackson, Mississippi, 1944), ya vendía casas a mediados de los noventa, tras haberse retirado del periodismo deportivo, intentado en vano escribir una novela y fracasado en un par de aventuras matrimoniales. Nada, en definitiva, que no le pueda ocurrir a cualquiera de ustedes. Ford brilla con luz propia en esa escuela clásica que ha perseverado en las formas de Twain, Hawthorne, Melville, James o Faulkner, incapaz de sustraerse a la búsqueda del gran leviatán barriestrellado, la Great American Novel, obsesión acuñada por John William de Forest en 1868 como propia afirmación y rechazo a la tutela de las letras británicas. Nada nuevo bajo la roca de Sísifo, el tiempo diacrónico y Saturno devorando a sus hijos: en uno de esos ciclos freudianos en que el nacionalismo mata al padre, William Hogarth y los sátiros británicos se habían rebelado contra la pintura francesa solo cien años antes. Las ficciones que hoy traman los Ford, Franzen, Auster o Roth son percibidas desde el multiculturalismo militante como literatura waspal modo en que la de Hemingway lo es para machotes, y no diremos que a estos no se les vean los complejos, pero su realidad se encuentra más cerca de la Gran Depresión y el New Deal que de los Gol-den Twenties. El zoon politikon —ahora tecnologi.com— pasea hoy la más pesada digestión de los excesos desde el crack del 29. En una de...
David Foster Wallace. © Wiki Common

Literatura: David Foster Wallace y la posmodernidad americana

En septiembre de 2008, David Foster Wallace apareció ahorcado en su residencia. Era autor de la novela La broma infinita, considerada por Time como una de las 100 mejores novelas en inglés del período 1923-2006. Su objetivo fue siempre el de los clásicos: profundizar en lo que significa ser un hombre.

López-Rúa y la resurrección tecnológica de la pintura

Una aproximación a la obra –y a los nuevos proyectos- de uno de los pintores más fascinantes y mejor valorados del panorama actual.

Civilización. Occidente y el resto

Reseña del libro de Niall Ferguson (Debate, Barcelona, 2012)

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