Javier de Navascués

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Miembro de la Real Academia Hispanoamericana. Profesor de Literatura, Universidad de Navarra

El marqués de Bolíbar

]Vienen publicándose de nuevo, a ritmo de una por año, las viejas novelas deLeo Perutz (1882-1957), uno más entre los grandes escritores judíos de la literatura centroeuropea de entreguerras. El turno le ha tocado a El marqués de Bolivar ambientada durante la Guerra de la Independencia española. En el duro invierno de1812, dos regimientos alemanes al servicio de Napoleón llegan a la ciudad asturiana de La Bisbal. Una serie de circunstancias inexplicables se van encadenando y todo concluye con la trágica destrucción de las tropas a manos de los guerrilleros. Tan sólo un teniente consigue sobrevivir y, muchos añosdespués, cuenta lo sucedido. La edición de su relato es el artificio por el que llega hasta nosotros su testimonio, más próximo a la fantasía surrealista y kafkiana que a la explicación objetiva de los hechos.Aunque la reconstrucción histórica es impecable en sus datos externos, seguramente el lector sentirá un cierto despego ante la imagen bárbara y grotesca que se ofrece de la resistencia española o dela cultura tradicional de nuestro país. Sin embargo, no hay que olvidar que la novela histórica tiene sus derechos y Perutz h tratado aquí de transmitir una atmósfera enajenada e inquietante. Esto lo consigue plenamente.Por otra parte, frente a El maestro del Juicio Final, Mientras dan las nueve y El Judas de Leonardo, rescatadas recientemente, esta novela «española» de Perutz parece inferior, tanto por su menor dosis de intriga como por el esquematismo psicológico de los personajes. Sin embargo, hechas estas salvedades, siempre se podrá disfrutar de una sabia combinación de historia y fantasía, que incluye aquí la misteriosa irrupción de un mito favorito del autor, el Judío Errante. Borges tuvo a Perutz, y en concreto a este libro, como un perfecto ejemplo de literatura fantástica. Quienes gusten del género sin duda no debieran perder la opotunidad de conocerlo.

Un idilio en el tiempo

Hace algunos años tuve ocasión de pronunciar una conferencia sobre literatura hispanoamericana en el Instituto Finlandés de París. En medio del duro invierno parisino y refugiados en la sede cultural de un país escandinavo, la persona que me presentaba se sintió en la obligación de hacer una glosa del clima tropical que mis palabras iban a traer a los pocos y ateridos espectadores que allí se habían citado. Llegado mi turno, no recordé entonces que Buenos Aires es la capital del mundo más cercana a la Antártida ni que ciertos supervivientes de un célebre accidente aéreo en los Andes hubieron de comerse los unos a los otros para no perecer de hambre y frío. Para muchos europeos la imagen algo borrosa de Hispanoamérica se identifica con paraísos más o menos exóticos, selvas fabulosas o cordilleras interminables donde habitan remotas poblaciones de indígenas. Sin ser falso del todo, el estereotipo choca con la realidad. Hoy en día, antes que un inmenso continente de naturaleza indómita, el avión que llegue a esas latitudes mostrará al viajero unos gigantescos conglomerados urbanos de una extensión casi infinita.Hablar de Hispanoamérica es hablar, sobre todo, de esas ciudades que fundaron los primeros españoles, sin menoscabo de las aventuras vividas por los Núñez de Balboa, Orellana o Cabeza de Vaca. El poblador se asentó en núcleos urbanos y desde allí trazó los destinos de unas tierras colonizadas muchas veces a medias. Desde el descubrimiento, las ciudades constituyeron, cada una de ellas desde su área de acción, los centros rectores de la vida rural. Desde ellas se dictaron leyes, se excomulgaron rebeldes y se organizaron expediciones. Contra ellas marcharon las pocas rebeliones indígenas que conoció la dominación española. En ellas se levantaron monumentos y catedrales, se organizaron fiestas al hispánico modo y se escribió literatura. Y, por cierto, fue inevitable el encuentro de las bellas letras con la ciudad americana, ya que es muy probable que casi toda la literatura occidental se haya generado en el medio urbano, incluso cuando se ha dedicado a alabar la vida retirada de las aldeas. En las ciudades medievales nacieron los primeros intelectuales europeos, clérigos y amanuenses que, con el paso de los siglos, muy transformados, menos escolásticos e imbuidos de fervor misionero, cruzaron el Atlántico y empezaron a dar fe de los primores del Nuevo Mundo.Una palabra recorre sin cesar las crónicas del descubrimiento: maravilla. Maravilla los pájaros, maravilla la floresta, maravilla el clima benigno y luminoso. Pero lo que también maravilló a los primeros españoles no sólo fue la naturaleza exuberante, sino también el paisaje humano y urbano. Bernal Díaz del Castillo, en una bellísima anécdota, reconoce que ante la primera vista de Tenochtitlán, la capital azteca: «Todos nos quedamos asombrados y dijimos que esas tierras, templos y lagos se parecían a los encantamientos de que habla el Amadís». No era para menos. Cuando en Europa el área metropolitana de París tenía trece kilómetros cuadrados, en América la ciudad de Moctezuma llegaba a los cien contando con la prodigiosa...

La Literatura Hispanoamericana al final del siglo

La historia de la literatura hispanoamericana ha consistido en un largo viaje en busca de su identidad cultural. A las puertas del nuevo milenio, el viaje parece llegado a su fin. Los grandes escritores del otro lado del Atlántico han ido desapareciendo o han dado ya lo mejor de sí. Las librerías se llenan de nombres jóvenes, pero éstos no despiertan la misma fascinación de sus antecesores. Al final del siglo, como sucede también en otros ámbitos, la literatura hispanoamericana vive tiempos de confusión.

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