Ángel Peña

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Periodista y crítico literario

En los tiempos de la hipernovela

Dos décadas, cuatro lustros, muchos libros... El destino (¿cruel?) hizo que recibiera el encargo de este artículo en plena lectura de una edición de Cátedra de Beltenebros, la tan experimentalmente clásica novela de espías de Antonio Muñoz Molina. Fecha de publicación: 1989. En la concienzuda introducción, José Payá Beltrán contextualiza la obra como rebelde a su tiempo, el periodo de «festivalización del país», caracterizado en lo social por el apresurado intento de recuperar el tiempo perdido y subirse al tren de la modernidad. Y Muñoz Molina acierta en su desarraigo porque el destino (ahora sí claramente cruel) nos tenía guardada una sarcástica sorpresa: «Cuando el español alcanza la modernidad, ésta ya no existe; ha sido suplida por la posmodernidad: las utopías han caído, ahora ya no se vive para nada ni para nadie, tan solo se vive (o se sobrevive)», dice Payá, que cita los ensayos que tanta fama dieron a Gilles Lipovetsky. No podía saber aún Payá que Lipovetsky iba a dar una vuelta de tuerca: más allá de la posmodernidad, desde hace unos años nos hemos instalado en la hipermodernidad. El mismo vacío, el mismo protagonismo del individuo desenraizado y presentista, pero con una cierta angustia por e lfuturo y, sobre todo, una aceleración exponencial de la vida, sobre todo en el consumo: queremos más, más, más. Y nuevo, siempre nuevo. El que se estanca, muere. Lo que, en cultura, se traduce, básicamente, en el tan traído y tan llevado «eclecticismo». Nueva Revista inició su andadura en 1990. La nueva década arrancaba con el prólogo de la desilusión camuflada de la que nos hablaba Muñoz Molina y el Nobel a Cela como canto del cisne de otros tiempos.   Este tan poco prometedor punto de partida, impuesto por el azar (¿o no?) de mi recurrente nostalgia lectora, marca esta tarea de repasar el pulso de la literatura de los últimos veinte años. Y el resultado, creo, no es nada desagradable. Porque la literatura se obstina en existir, «eppur si muove», parece susurrar, como el viejo Galileo. No hay grandes corrientes, movimientos, escuelas: en una misma mesa de novedades de cualquier librería se mezclan intimismo, «beat», novela histórica, metaliteratura, «new age», experimentalismo... Pero entre este magma indiscernible brotan, como flores en el barro de los tiempos, magníficos libros. Aparecen eso sí, dispersos e imprevisibles, como esos amigos que irrumpen en Facebook desde los rincones más extraños de nuestro subsconciente para «agregarte» a su lista. Qué le digo yo ahora al Capitán Alatriste, que espera su ciberturno de lecturas mientras el Doctor Pasavento me propone hacerme fan de Bartleby, Atxaga me manda un mensaje y Javier Marías me aconseja unirme a no sé qué club de Oxford. Para navegar con cierta tranquilidad (o menor desconcierto) por estos nuevos mares proteicos (qué variedad de monstruos, Homero, la que te has perdido), me ceñiré a la novela española, con la consiguiente injusticia por el reduccionismo. Además, la selección de las obras concretas depende de un criterio tan anárquico como mis sensaciones y recuerdos (volátiles por muy...

La maldición de los malditos:entre el volcán y el humo

«Cavila sobre la agonía de las rosas. Mira en el césped los granos de café de Concepta Estas cosas ya no te apasionan. Ahora tu única pasión son las "cantinas": la débil reliquia de una pasión por la vida vuelta veneno, que no es sólo veneno enteramente, y que se ha convertido en tu alimento diario, cuando en la taberna...». El delirio de un borracho gira en una espiral de cuatrocientas páginas vertiginosas de dolor, podredumbre y descubrimiento, el motor poético desbordado de perdición. Bajo el volcán (Tusquets) es, para muchos amantes de la literatura, una de las mejores novelas del siglo XX. Bajo el volcán es, para todos los amantes del morbo metaliterario, una de las biblias del malditismo.Su autor, Malcom Lowry (1909-1957), se entregó desde la infancia a la causa de la autodestrucción... que finalmente alcanzó con una turbia muerte de alcohol y barbitúricos. Todo un logro. La ruina de un ser humano. El 28 de julio se cumplen los cien años de su nacimiento en Chesire (Gran Bretaña). Los devotos del malditismo se aprestan a refocilarse con el recuerdo de sus proezas con el tequila y el mezcal; los expertos en literatura preparan nuevos textos que aclaren el misterio de una obra raquítica de la que surge como una exhalación Bajo el volcán, la prodigiosa peripecia del cónsul inglés Geoffrey Firmin en un México que el alcohol convierte en escenario dantesco.Para los primeros, el centenario quizá pase más desapercibido. La actualidad manda, y la nómina de malditos devorados por su leyenda nunca deja de crecer. En España aún están calientes las brasas en las que se consumió Antonio Vega, uno de los músicos más valiosos que ha dado nuestro país en los últimos años... y mito de la toxicomanía. Fuera hipocresía: reconozcamos que entre los admiradores de su enorme talento siempre aparecía el tipo que no disimulaba su emoción por haberlo visto «realmente mal» en un concierto que, con «suerte», sería el último y adquiriría un valor incalculable en el mercado fetichista. Ni hablar del «fenómeno Michael Jackson», con una oscura autopsia -el misterio es un ingrediente extra fundamental: los detalles de la muerte de Lowry, por ejemplo, tampoco están aún claros- que promete muchos millones de dólares. A estos espectadores del malditismo se les podría englobar, como poco, en el viejo proverbio oriental: «Cuando el sabio señala la luna, el tonto mira el dedo».Entre los segundos, los que prefieren mirar más allá, aparece la monumental biografía Perseguido por los demonios. Vida de Malcom Lowry, de Gordon Bowker, editado por el Fondo de Cultura Económica. Quizá para desmarcarse de aquella legión de devoradores del morbo, su autor explica en la introducción las razones de su minuciosa labor investigadora :«Lowry es el inventor de la ficción más compleja y terminante de la época moderna, y su vida, en ocasiones, parece el invento ficticio más complejo y terminante de todos».Lowry cuenta en uno de sus primeros relatos, de claro carácter autobiográfico, cómo su padre, estricto metodista, mostró...

Argentina: globalización de barco, globalización de ADSL

«Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad». En 1941, Jorge Luis Borges firmaba en la localidad argentina de Mar del Plata uno de sus extraños sueños literarios. Relatos geniales para algunos, estériles fantasías de erudito para otros. Hoy, historias como La biblioteca de Babel adquieren un nuevo significado. No es difícil ver en su narrador a un internauta (palabra que hubiera sido grata a Borges, tan dado a la mitología) avant la lettre: «Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir».Probablemente las visiones proféticas de Borges compartan con las de camaradas como Julio Verne o Isaac Asimov, por ejemplo, el origen en un carácter especial, una sensibilidad y una imaginación únicas. Pero, en su caso, la anticipación de un mundo sin bordes ni banderas, con la única limitación de la propia experiencia, tiene un fuerte componente paradójicamente nacional.En una frase que el uso ha convertido en tópico, el propio Borges definió al argentino como «un español que habla italiano, piensa en francés y querría ser inglés». La mezcolanza de inmigraciones europeas, unida a la práctica ausencia de una base indígena (expurgada en el siglo XIX por los criollos a través de la Conquista del Desierto), creó una nación desconcertada desde el origen. Argentina como una isla europea en medio del continente americano.Esta sensación se traduce en la literatura como la disputa entre dos grandes corrientes fundacionales en el siglo XIX. Una imita y absorbe indiscriminadamente cualquier gesto europeo, con una erudición a veces forzada, en busca de cierta legitimación que vendría de los orígenes en ultramar; la otra propugna un criollismo diferente y genuino, con identidad propia, forjada en la amplitud de las nuevas tierras por conquistar, con el rudo gaucho (una suerte de cowboy a la argentina) como caudillo ideológico y el Martín Fierro como texto constitucional.En su novela Respiración artificial, Ricardo Piglia adjudica a Borges un papel de justiciero frente a los primeros: sus relatos hipercultos serían, fundamentalmente, una parodia de aquellos «textos que son cadenas de citas fraguadas, apócrifas, falsas, desviadas; exhibición exasperada y paródica de una cultura de segunda mano, invadida toda ella por una pedantería patética». En efecto, algo de esto puede haber en la lectura de La biblioteca de Babel. Aunque la intención paródica queda más patente en otros relatos, como Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, en la que varias generaciones de esforzados hombres de letras pretenden dar carta de realidad, a través de una versión apócrifa de la Enciclopedia Británica, a todo un universo de ficción. Algo así, podría decirse, como el patético intento de crear una República Europea de la Argentina.Sin embargo, el supuesto campeón irónico de la verdadera argentinidad tampoco parece muy cómodo en el otro bando. El Sur, uno de sus cuentos más célebres, narra la peripecia de Juan...

Los libros que vienen: mucha crisis, demasiada guerra y un poco de poesía

Inevitable, implacable, ineludible. Prueben a escribir o, tan siquiera, pensar algo relativo a los tiempos más o menos venideros sin mencionar la palabra crisis. El panorama libresco de 2009 tan mal querido por casi todos viene teñido por esas omnipresentes seis letras, que dominan las estrategias de los editores y se infiltran en la inspiración de los autores.La primera circunstancia se refleja en la apuesta por los valores seguros, nombres sólidos aptos para capear el temporal sin mayores experimentos, y los libros de bolsillo, al alcance de unos lectores poco propensos a los lujos.Entre los primeros destacan nombres como Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez Reverte o Álvaro Pombo en español, y las traducciones de Philip Roth, Shalman Rushdie, Patrick Mediano o John Le Carré.El libro de bolsillo, por su parte, apura su mercado superando la barrera del habitual best seller puro y duro para presentar a un precio asequible autores conocidos pero con una notable exigencia literaria. Así, el sello De Bolsillo acaba de sacar a la venta una buena hornada: el maravilloso suceso Vida y destino, de Vasili Grossman; La carretera, de Cormack McCarthy, autor de culto al que el cultivo de Ophra en EEUUy la película de los hermanos Cohen han elevado hasta el infinito financiero, y Un mal año, de Coetzee; además, en primavera arranca la Biblioteca Juan Benet. Y más allá (o más acá, si la cuestión es la cercanía), hasta el mismísimo Jorge Herralde ha consentido que los cien mayores éxitos de su elegante editorial Anagrama lleguen a los quioscos.Mientras los editores se las ingenian para sortear la ubicua crisis, los autores se sumergen en ella con armas y bagajes. Empecemos por el principio, el origen de este acabose: Juan Velarde, todo un seguro de rigor en estos temas, presenta unos relevadores 100 años de economía en España (Encuentro), y, más apocalíptico, el estadounidense Paul Krugman, último Nobel de Economía, aprovecha para reeditar El retorno de la economía de la depresión (Crítica).Vicente Verdú se apunta a esta especie de catastrofismo triunfal, valga la paradoja, en El capitalismo funeral (Anagrama), mientras que el sociólogo Joaquín Sempere aboga por la sobriedad, ese exótico concepto que a lo mejor se pone de moda, en Mejor con menos. Necesidades, explosión consumista y crisis ecológica (Crítica).A todo esto, José Luis Sampedro, catedrático de Economía oculto tras la foresta de su muy vendible ficción, aprovecha la coyuntura para juntar los artículos que le encargó el rector de la Complutense en el libro Economía humanista (Debate).Aunque la economía es la (triste) reina, siguen en el candelero otros temas en crisis permanente, como la lucha de Jon Juaristi, que persevera en Nación y nacionalisimo (Encuentro), o con un futuro inquietante, como el que plantea Bioética. El hombre contra el hombre(Rialp), de J. F. Poisson. Por no hablar del más turbio presente, que recoge Conexión Madrid (Debate), un análisis sobre el 11M de los periodistas Ignacio Orovio y Justin Webster.Los oscuros nubarrones traspasan, además, la siempre porosa frontera entre la realidad y la...

El efecto Oprah contra el modelo Pivot

El pasado verano, Cormack McCarthy concedió una entrevista. Gran conmoción en el mundo literario. El novelista, al que el mismísimo Harold Bloom ha situado a la altura de Thomas Pynchon, Don DeLillo y Philip Roth como «uno de los cuatro novelistas más importantes de su tiempo», sólo había concedido dos entrevistas en toda su vida. Una, al periódico de El Paso, la pequeña ciudad texana en la que vive. La otra, al inevitable The New Tork Times en 1992. Quince años después, McCarthy volvía a mostrarse. En todos los sentidos, además: iba a comparecer en un programa de televisión. Lo más sorprendente de la cuestión quizá sea que la autora de semejante prodigio no sea precisamente un gurú de las letras, sino la presentadora del talk show con mayor audiencia del mundo: Oprah Winfrey.Las dotes persuasivas de esta afroamericana tiene su explicación en una de las secciones estrellas de su programa de variedades, equivalente en España a los de María Teresa Campos o Ana Rosa Quintana. El Oprahs Book Club aconseja libros que de inmediato ven aumentadas exponencialmente sus ventas por el mero hecho de incluir en la portada el sello que acredita la predilección de la diva de la clase media norteamericana. Los medios no tardaron en bautizar el fenómeno como el efecto Oprah.Tras una primera etapa (1996-2002) que acabó con una agria polémica, Oprah decidió decantarse preferentemente por los clásicos. La magia continuó vigente. La eleccion de Ana Karenina catapultó a un autor en principio tan poco mediático como Tolstói al estrellato: Penguin, la editorial de la versión escogida, imprimió 800.000 ejemplares más de los que tenia previsto antes del efecto Oprah.]Esta sorprendente capacidad de revivir a los clásicos no pudo dejar indiferente a quien, como Cormack McCarthy, transita por la senda que conduce a los cánones. Tal vez por eso aceptó la entrevista para hablar de su último trabajo, The Road. Por eso y, como le reconoció en el aire a Oprah, porque le encanta ser un bestseller.Por supuesto, las reacciones no se hicieron esperar. El New York Magazine fue especialmente ácido: «Parecía un amable anciano resuelto a responder las inanes preguntas planteadas por la excesivamente entusiasta señora que tenía sentada enfrente. Winfrey soltaba preguntas como ¿De dónde le vino la idea para esta novela?».El debate sobre el inopinado binomio Oprah-McCarthy también llegó a este lado del Atlántico. Pero, aparte de las esperables críticas de la élite intelectual, hubo un eco bastante diferente en otros ámbitos. En el foro en Internet de la revista Qué leer, por ejemplo, una internauta con el alias Nerea 76 se atrevía a decir: «Os va a parecer una tontería, pero echo de menos en el programa de la Campos una sección sobre libros, algo que acercase a los ciudadanos a la literatura pero sin asustarlos; lo digo por experiencia, si a mi jefa, mi madre y mi vecina les hablaran de libros con sencillez, seguro que se volvían lectoras empedernidas».Y, entre otras respuestas, un tal Koko sugería: «Por ejemplo, ya...

El escritor funambulista

Recomendaciones de verano de varios libros de Paul Auster. Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 1947), el escritor sobre la cuerda floja, ha ganado el Premio Príncipe de Asturias. Su innegable tirón en España, ganado a puro pulso literario, sin ardides de best seller, lo había puesto en el disparadero del galardón en los últimos años. Ahora se confirma su extraño talento, capaz de poner de acuerdo al gran público y a la crítica más exigente.Hay algo fascinante, magnético, en sus historias de perdedores, a los que hace transitar por mundos distintos, leves, casi como el aire a ambos lados del camino del funambulista. Para penetrar ese territorio, y luego describirlo, hay que tener un pasaporte muy especial.El crítico francés Gérard de Cortanze explica con sorna cómo los europeos consideran a Auster un autor genuinamente americano, mientras que para los americanos es poco menos que un europeo trasplantado a Brooklyn.Auster es todo lo americano y todo lo europeo que se puede ser. Porque vuela libre, intuitivo en la narración, ligero en el estilo. Y su amor por la literatura le lleva a descubrir un universo mucho más prometedor que cualquier corsé nacionalista. «Francés e inglés constituyen una sola lengua». Con esa radical cita de Wallace Stevens abre Auster su ensayo Los poemas y los días.Lo cual no significa renuncia a la propia identidad. Su pertenencia al Nuevo Mundo se revela en ese ímpetu juvenil, casi revolucionario, que, de alguna manera, reniega del amaneramiento de un Viejo Mundo resabiado, para deslumbrarse con la pura vida: la seducción de las historias, el individuo cabalgando por el mundo. «A veces pienso que en realidad soy un cuentacuentos», dice Auster en una entrevista.Patriota de las historias, sobre ellas construye su narrativa, donde el lenguaje es estructura en movimiento, un artificio armador de armonías a partir de un momento privilegiado: «Algo sucede y desde el momento en que empieza a suceder, nada puede volver a ser lo mismo». Resulta significativo que esta frase se repita en dos de sus libros: Espacios blancos (1978) y repite en El cuaderno rojo (1993). Una llamada de teléfono, un encuentro, un accidente...A partir de ahí, el azar, que ha irrumpido de no se sabe dónde —de ahí, de su misterio, su encanto—, toma las riendas. Entramos en una senda vertiginosa, plagada de bifurcaciones en forma de nuevos personajes, historias dentro de historias, variaciones.. , que se suceden con una naturalidad asombrosa, sobre todo si miramos atrás y comprobamos que los nudos de la trama están compuestos de puro azar.CIUDAD DE CRISTALPAUL AUSTERAnagrama (2001) 164 págsPero todo encaja. Harto de que le achacaran una supuesta falta de realismo, Paul Auster sentencia en Experimentos sobre la verdad: «Existe una idea generalizada de que las novelas no deberían abusar de la imaginación. Todo lo que parece improbable se considera necesariamente forzado, artificial, irrealista. No sé en qué realidad ha vivido esta gente. Están tan inmersos en las convenciones de la denominada literatura realista que su sentido de la realidad se ha distorsionado».La resabiada...

Pactos secretos

Reseña del libro "Pactos Secretos" de Pedro Ugarte.

Nueva Revista

Noticias del mundo real

Entre la maraña de transgresores, polemistas y artesanos de autocomplaciente suciedad, a veces surge algún escritor sin más pretensiones que la de contar buenas historias, historias que saben dar con realidades interiores de personajes entrañables. Juan Miñana es uno de estos mirlos blancos. Autor de cuatro novelas y un libro de cuentos, su penúltima novela, La playa de Pekín, se reveló como una auténtica delicia, una historia de personas que se buscan y se encuentran, en ese vaivén perpetuo de las almas que conforma la verdadera sustancia de la vida y, por tanto, de la literatura. Miñana dijo en cierta ocasión, con tanto acierto como valentía, que con La playa de Pekín había pretendido hacer «una novela blanca»: sobre una Barcelona maravillosa de luz y rincones, los personajes no tenían que recurrir a escabrosas escenas de sexo y violencia para incrustar, llenos de fuerza, en la imaginación del lector.En Noticias del mundo real, Miñana vuelve a poner todas sus dotes de narrador al servicio de una historia auténtica, entrañable y, como él diría, «blanca». Gabriel y Teddy, dos estudiantes de Derecho, buscan refugio de la sequedad jurídica y de la no menos seca Barcelona del desarrollismo en el rodaje de la superproducción cinematográfica Circus World, en la que trabajan de chicos para todo.Gabriel Icart, huérfano de anarquista y modesto integrante de la clase media, es el centro de atención del narrador, que no es sino el mismo Gabriel Icart, con treinta años más a las espaldas. La primera persona resulta, por tanto, cálida y melancólica al evocar el tiempo de la plenitud: «Lo fascinante es tener veinte años y afeitarte silbando, y tomar un café en la calle, en pleno corazón de la ciudad». La mirada atrás del Gabriel maduro no queda en la fascinación por la época dorada de la juventud. Ya la primera frase aclara que el narrador quiere contar el encuentro del joven Gabriel con algo tan inmenso como la vida: «Yo era tan joven que no sabía que en los hoteles de lujo las flores nunca se marchitan».Un comienzo que es todo un cañonazo de evocación y promesa: estamos ante una novela de iniciación. Llegados a este punto, hay que agradecer que el consiguiente desarrollo de la vida interior de Gabriel no se desvele mediante plomizos monólogos, conversaciones pseudofilosóficas o abigarrados sistemas de símbolos. El lector es testigo del suave discurrir hacia la madurez del protagonista movido por los acontecimientos que ha de asimilar a marchas forzadas. La estrella de Circus World, John Wayne, ha desaparecido misteriosamente, paralizando el rodaje. Para Gabriel y Teddy, encontrarlo supondría ganarse la confianza del productor, el gran Bronston, y, quizá, un billete para Hollywood.A partir de aquí, Miñana hace avanzar una trama de corte detectivesco, que avanza con fluidez gracias a una sabia administración de la privilegiado del otro lado de la pantalla, intuye que antes que preguntar dónde está Wayne, es necesario intriga y a la prosa sencilla y cuidada. Gabriel, acompañado de su amigo Teddy, comienza a...

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