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La obra del poeta polaco Zbigniew Herbert (1924-1998) está atravesando un momento de exitoso (re)descubrimiento en nuestro país. Aparte de los tres libros de ensayo publicados en los últimos años por la editorial Acantilado (Naturaleza muerta con brida, 2008, Un bárbaro en el jardín, 2010, y este El laberinto junto al mar, 2013), su Poesía completa (Lumen, 2012) se mantuvo durante todo el año pasado en las listas de los libros más vendidos en su género. No sorprende tanto este éxito si reparamos en los elogios vertidos sobre su figura por importantes poetas contemporáneos como Joseph Brodsky, Seamus Heaney o Adam Zagajewski, entre otros.

Entre el diario de viajes, la narración histórica y la reflexión estética, El laberinto junto al mar reúne siete ensayos en torno a Grecia en los que el poeta va entremezclando la descripción de lugares, el relato de vivencias personales, el comentario erudito de obras de arte y la evocación de acontecimientos históricos, así como análisis estéticos de hondo calado que no desdeñan la expresión desprejuiciada de sus opiniones ni la interpelación al presente. Todos estos ingredientes se conjugan para componer un libro ameno, ilustrativo y sugerente, que contagia la fascinación de su autor por la cultura antigua.

Resulta bastante elocuente el subtítulo que el mismo Herbert había puesto al frente de este manuscrito cuando se lo entregó a su editor polaco en 1973: «Apuntes de un viaje por Grecia». Si en Un bárbaro en el jardín Herbert realizaba un recorrido por toda la historia de Europa, desde la pintura rupestre de Lascaux hasta nuestros días, en El laberinto junto al mar bucea en los orígenes de la cultura griega como patria de los mitos y cuna de la civilización occidental.

Comienza el viaje en la isla de Creta, donde Herbert persigue el rastro de la civilización minoica, siempre envuelta en misterio, y trata de extraer entre las ruinas sus rasgos más característicos. En el museo de Heraclión se siente profundamente decepcionado por los famosos frescos minoicos, que en todos los manuales de arte son calificados de obras maestras y que a él, sin embargo, le parecen fruto de una reconstrucción artificial, «como si alguien hubiera inserido sus propias palabras entre los fragmentos de un poema antiguo que hubiera encontrado» (p. 14). La explicación de esto se encuentra, según la hipótesis que desarrolla Herbert, en la labor de reconstrucción y retoque que realizaron los arqueólogos tras el descubrimiento de Cnosos a principios del siglo xx. Fue el arqueólogo Arthur Evans, descubridor de la civilización minoica, quien le encargó al artista suizo Émile Gilliéron la restauración de los frescos, ya que en el momento de su hallazgo se encontraban en un pésimo estado y amenazaban con deshacerse. Herbert no entiende cómo esas reproducciones —que en su opinión materializan las visiones fantásticas del arqueólogo Evans— pueden figurar como obras originales en todos los libros de arte.

El relato de la vida del polémico arqueólogo Arthur Evans (casi tan fascinante como la de su predecesor Heinrich Schliemann, descubridor de Troya), el análisis de sus discutibles métodos y la controversia que sus teorías despertaron en estudiosos como Palmer o Wunderlich le sirven a Herbert para desplegar sus poderosas dotes narrativas, logrando algunas de las páginas más memorables del libro. Evans, que «barruntó, intuyó y vislumbró la existencia de una civilización aún no descubierta que uniría la cultura del Oriente antiguo y el “milagro griego” en una fórmula comprensible de influencias mutuas» (p. 36), fue quien dio el nombre de «minoico» al periodo que empieza con el fin del Neolítico y termina con la invasión de Creta por los aqueos. Asimismo, tuvo el sueño de descifrar la escritura cretense y consideraba que el palacio de Cnosos era una idea y obra suya.

Este primer ensayo, que es el más extenso de todos y da título al conjunto, se cierra con el recuento sucinto de su recorrido por la isla, «desde el golfo de Mirabello hasta el cabo Ákra Spánta», «desde el mar Egeo hasta el mar de Libia», terminando en Festos, que para él representa «la ruina más hermosa de Creta». Se despide Herbert de la isla diciendo que el único camino que nos acerca al mundo es el de la compasión y que «las ruinas de los cretenses son las ruinas de una cuna, de una habitación infantil».

En el segundo ensayo se propone «Un intento de describir el paisaje griego», al que en un principio creía una prolongación del paisaje italiano pero que se le impone como una experiencia única, inefable, sin parangón, de íntima fraternidad con la naturaleza. Psicro, Epidauro, Micenas, Delfos, Esparta y Olimpia son algunos de los lugares evocados en esta tentativa de descripción condenada al fracaso.

Tras el breve interludio «La almita», donde analiza una carta en la que Sigmund Freud recordaba sus sentimientos de sorpresa y escepticismo en su primera visita a la Acrópolis, Herbert realiza un estudio histórico pormenorizado de este conjunto arquitectónico ateniense que tiene como principal símbolo el Partenón («No existe otra construcción en el mundo que haya embargado mi imaginación durante tanto tiempo», confiesa). A continuación, se ocupa de la llamada revuelta o rebelión de Samos, ciudad que se levantó contra Pericles cuando este tomó partido por Mileto en la perpetua querella que mantenían ambas ciudades.

Finalmente, se separan del núcleo temático del libro —viaje por Grecia— los dos últimos ensayos, que se orientan hacia Italia: «Sobre los etruscos», en el que trata de resumir los principales conocimientos atesorados sobre esta civilización, y «Clase de latín», donde mezcla con gran inteligencia sus recuerdos personales de infancia con el estudio histórico de la lengua latina y el poder militar de Roma.

El laberinto junto al mares una brillante recopilación de ensayos en la que, más allá de su consabida condición de poeta, Zbigniew Herbert se revela como un humanista completo y equilibrado, un viajero culto y sensible que, con un estilo literario de gran belleza, consigue transmitir al lector su pasión por los vestigios culturales de Occidente.


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Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos.