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El 9 de junio de 1962 llegábamos al famoso aeropuerto berlinés de Tempelhof, que ha sido cerrado ahora, Juan Pablo de Villanueva y yo con un grupo de jóvenes universitarios recién graduados de la primera promoción del Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra. Juan Pablo, con todo ese aire de amable persona mayor que siempre tuvo, era el benjamín de la clase, y yo, profesor en Pamplona, acompañaba en el viaje de estudios a los que desde aquellos días eran ya profesionales.

Recuerdo que cuando aterrizamos en el Berlín occidental —entonces un enclave de libertad en la República comunista alemana—, Juan Pablo, que era el que estaba más cerca de la puerta de la cabina, bajó decididamente la escalerilla delante de todos.

Al pie del avión nos esperaba un atento representante del servicio de intercambio universitario de la República Federal, que, sombrero en mano, se dirigió a él diciéndole, en alemán, «bienvenido, profesor Fontán». Nuestro hoy llorado amigo, sin inmutarse, le dio la mano sonriente y con un amable gesto y mirando atrás, le contestó en español que el profesor no era él sino el que venía detrás.

Anduvimos por la cercada capital, pasamos ante la cárcel de Spandau y, por fin, en un autobús oficial de la república comunista atravesamos el «check-point Charlie», donde nos retiraron los pasaportes hasta la vuelta. Fuimos a los dos principales museos, mientras los «vopos» que nos acompañaban alejaban de nuestro autobús a la gente que se acercaba a pedir tabaco.

Los de aquel viaje fueron unos días inolvidables para todos: París, Bruselas, Groninga, Münster, Berlín, Fráncfort, y no recuerdo si llegamos hasta Múnich, todo en un modesto y algo destartalado autobús de matrícula de Vitoria, que finalmente nos dejó «aparcados» cerca de Fráncfort, porque se le había roto una biela. A orillas de la autopista, mientras buscábamos un teléfono de carretera para pedir ayuda, Ramón Pi con su guitarra distraía el forzoso y preocupado ocio de sus compañeros.

Al fin por la mañana, casi todos en los pasillos de un tren que en comparación con los de España nos parecía rápido, llegamos a París donde el día trece, que era domingo (domingo de Pentecostés), nos esperaban otras aventuras de distinto género.

Algunos de los viajeros acudimos a misa aquella tarde a la iglesia de Santo Tomás, junto al boulevard Raspail y al lado del de Saint-Germain. Al salir nos encontramos con don José María Gil Robles, a quien yo me acerqué a saludar. Le extrañó que no supiéramos lo que había pasado en Madrid. Nos dijo que él y otros cuantos españoles habían regresado de Múnich la tarde anterior. En Barajas les esperaba la policía que a varios de ellos, o por lo menos a Gil Robles, le ofrecieron una opción «o salir de España otra vez o dirigirse confinados a Canarias». Eran los del famoso «Contubernio». Nos lo contaron entre don José María, Vidal Beneyto y Prados Arrarte. (Estos dos últimos habían preferido quedarse en París, previendo que en Madrid no se les iba a recibir bien), Gil Robles optó por irse a París para poder ocuparse de los asuntos profesionales de abogado que tenía fuera de España. A Fuerteventura y a Hierro fueron los demás.

Juan Pablo y yo y algunos de nuestros compañeros de viaje comentábamos que si no fuera por la censura, al llegar a España habríamos podido tener un verdadero scoop. Pero el sistema no podía tolerar «desfachatez» semejante.

He contado esta historia tan larga en esta triste jornada en que nos ha llegado a sus amigos la penosa noticia del fallecimiento de Villanueva, a quien todos los profesionales de la prensa que le han conocido siempre le han apreciado —y admirado— mucho. Igual que las otras numerosas personas del mundo empresarial y público que han tenido ocasión de tratarle.

Desde aquel verano de 1962 hasta ayer mismo Villanueva (madrileño de 1943) ha estado siempre, incansablemente vinculado a la prensa como periodista y como empresario y creador y alma de diarios y revistas. Su carrera profesional ha sido variada y rica, siempre en la primera línea de los medios de comunicación en que ha intervenido.

Redactor y jefe de información del diario madrileño El Alcázar a los veinte años, fue luego sucesivamente subdirector y director de Nuevo Diario y subdirector de la Agencia Efe y colaboró con las empresas de varios periódicos de distintas provincias (Málaga, León). Promovió el lanzamiento de Actualidad Económica, de la que también fue director, y creó con otros compañeros las sociedades editoriales que lanzaron una revista de decoración y Telva. Al disolverse la llamada Prensa del Movimiento adquirió el diario deportivo Marca, del que fue igualmente director durante dos años y siguió ocupándose de él como presidente del Consejo.

En 1986 con algunos compañeros de su generación fundó el diario Expansión, que siempre fue el de más circulación de la prensa económica, y que él dirigió en sus primeros años, a la vez que presidía el Consejo. Más tarde, ya en 1997, se hizo cargo del grupo Negocios, siendo director de La Gaceta y presidente de la sociedad editora durante varios años más. También ha sido obra suya la organización de la empresa Siena, editora entre otras publicaciones de El Magisterio Español y de la revista Padres.

Villanueva ha desarrollado también otras importantes actividades y empresas en los campos del pensamiento y de la opinión pública y de la enseñanza del periodismo.

La Fundación Diálogos, de la que era presidente, ha realizado con notable éxito numerosos cursos y reuniones de personalidades públicas españolas y extranjeras del mundo de la política, de la economía y de las cuestiones sociales.

Una de las más queridas y trascendentes empresas iniciadas y dirigidas por Juan Pablo de Villanueva ha sido el llamado «Programa Balboa», que desde hace siete años está celebrando cursos anuales de postgrado para jóvenes periodistas de Iberoamérica. A lo largo de este tiempo han estudiado y trabajado en España durante un año entero ciento cincuenta jóvenes periodistas de todos los países de Hispanoamérica, que tras esos meses de estudios y prácticas trabajan actualmente en sus respectivos países en actividades de prensa, radio, televisión y otros medios de comunicación.

Durante el medio siglo que corre entre 1959, cuando empezó sus estudios de periodismo en la Universidad de Navarra y estas últimas semanas del 2008, Villanueva ha llevado a cabo un trabajo profesional de vasto alcance que ha dado lugar a la alta estimación de su persona en la profesión y en la vida pública y al prestigio que ha acompañado siempre a su persona en tan variada y apreciada vida profesional. Juan Pablo de Villanueva, que pertenece al Consejo Editorial de Nueva Revista, ha sido una de esas figuras ejemplares que honran al periodismo español.


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