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Ver productosEl Kremlin moviliza a popes, moteros y propagandistas para infundir ardor guerrero a su pueblo

4 de mayo de 2026 - 11min.
Avance
Alberto Sotillo, experto en política internacional, ex redactor jefe en ABC y corresponsal en Moscú durante siete años, describe cómo la Rusia de Putin ha convertido la cultura en un instrumento de control político e ideológico. Para ello, no duda en utilizar el cine y la televisión para lavar el cerebro de la población desde sus primeros años.
El Kremlin, por su parte, ha pasado de fomentar el apoliticismo a movilizar activamente a la sociedad mediante un discurso nacionalista, espiritual y beligerante. En este proceso, la Iglesia ortodoxa también desempeña un papel clave y se ha alineado con el Estado para combatir valores liberales como el individualismo o los derechos humanos, considerados amenazas occidentales.
La propaganda se extiende a múltiples ámbitos. Grupos como los Lobos de la Noche combinan estética subcultural con fervor patriótico y actúan como fuerzas de choque simbólicas del régimen. Pero el frente más decisivo es la educación: escuelas y actividades juveniles se utilizan para inculcar valores nacionalistas y preparar a los jóvenes para el sacrificio por el Estado. El miedo al aislamiento social refuerza la conformidad.
Los medios independientes han desaparecido y la televisión repite narrativas oficiales centradas en la amenaza externa y la glorificación de Putin. La cultura popular es una herramienta de propaganda más eficaz que la alta cultura. Por último, esta estrategia trasciende las fronteras rusas, buscando influir en Europa mediante desinformación y apoyo a movimientos populistas.
ArtÍculo
Cada país posee a sus personajes icónicos de éxito garantizado en el cine y la televisión. Si en España tenemos a Torrente, en Rusia el taquillazo seguro es el de Cheburashka, un cándido personaje de dibujos animados, una especie de Ratón Mickey o Topo Giglio de corazón bondadoso y buen carácter que triunfó en la antigua Unión Soviética y que ha conocido un sorprendente renacimiento en el cenit del putinismo. En 2023, la reaparición de Cheburashka fue un fenómeno de masas que, además, contó con la complacencia del régimen, feliz de que al fin una película rusa batiera récords de recaudación. En 2026, Cheburashka 2 lo volvió a hacer, al convocar a un público de todas las edades, pero con la diferencia de que esta vez el filme se ha convertido en un campo de batalla en el que se dirime nada menos que el destino de Rusia y la salvación moral de sus habitantes.

Alexander Duguin, el «filósofo» más tonante del neoimperialismo ruso, escribió un artículo titulado Cheburashka, o la metafísica de la desintegración, en el que tildó al inocente personaje de «demonio lunar» y epítome de «la putrefacción mental del final de la era soviética» que amenaza con arrastrar a la Rusia actual a una decadencia similar a la de la antigua URSS. Duguin, apocalíptico y extravagante, es uno de los principales teóricos de la cruzada moral lanzada por el putinismo contra Occidente. Inventor de la «Cuarta teoría política», proclama que el destino de Rusia es transformarse en una hiperpotencia euroasiática —espartana y autoritaria— y atacar con toda la fuerza de las armas y de la ideología el liberalismo europeo al que tan pronto acusa de prepotente como lo tacha de débil, informe, perverso y autodestructivo.

Cuesta creerlo, pero este predicador que husmea la putrefacción moral hasta en una cándida película infantil se ha convertido en un par de años en el mascarón de proa de la neointeligentsia rusa. Y es que mucho ha cambiado entre los dos estrenos de Cherebushka. En 2023, el Kremlin procuraba que la población rusa siguiera ensimismada en su feliz apoliticismo, sin darse por enterada de la guerra en Ucrania. Pero como hoy esa ensoñación es imposible, alienta una contienda cultural destinada a inspirar espíritu guerrero y ardor nacional a una sociedad dócil y desmovilizada, que preferiría seguir viviendo en la ilusión de una película de dibujos animados.
En primera línea de esta cruzada se encuentran la Iglesia ortodoxa y el patriarca Kiril, quien, en algunas de sus intervenciones parece más un mariscal de campo que un líder religioso. Desde los tiempos de Pedro el Grande, la fe ortodoxa se ha alineado con el poder; incluso cuando Stalin promovió su campaña de ateísmo militante, el metropolita Sergio rubricó una declaración de lealtad al régimen. Cuando Putin empezó a persignarse a la mínima que atisbaba un cirio encendido, e hizo de la ortoxia una de las señas de identidad de la Rusia postsoviética, a Kiril le faltó tiempo para condenar el individualismo, el consumismo y el liberalismo de Occidente, los tres mortales enemigos de la inmaculada espiritualidad del pueblo ruso. Afirmó que los derechos humanos no son universales, sino un instrumento de las democracias liberales para extender su pecaminosa influencia —como prueba, adujo la perversa inclusión de los derechos de los homosexuales. Y abrazó con fervor el añejo concepto imperial del «Ruski Mir», que sostiene que el «Mundo Ruso» debe extender su civilización allá donde se encuentre un solo rusohablante.
El ateísmo doctrinario de la Unión Soviética pasó por la historia sin dejar la menor huella en sus súbditos. Y aunque tras la desaparición de la URSS los templos volvieron a llenarse, el patriarca Kiril, máximo representante de la Iglesia ortodoxa rusa, temió la competencia de credos y valores que traían las nuevas libertades y se sumó con entusiasmo a la histórica amalgama de patria, ortodoxia y autocracia promovida por el Kremlin. Como ramas de un mismo árbol, el apocalíptico Duguin y el autocrático Kiril parten del tronco común de las doctrinas de Iván Ilyn (1883-1954), filósofo de la emigración blanca y simpatizante del fascismo, que sostenía que la fuerza de Rusia reside en la capacidad de sufrimiento de su pueblo y predicaba la creación de un imperio santo en Eurasia regido por un dictador carismático.
Una de las estampas más chocantes de la Rusia de Putin es la de los popes ortodoxos impartiendo su bendición a bandas de moteros barbudos y malencarados como si fueran caballeros cruzados que parten a la guerra a lomos de sus hartley-davidson. Son los Lobos de la Noche, una de las más agresivas fuerzas de choque del putinismo. Admiradores del presidente ruso y fans de Stalin, se definen como «guerreros de la carretera» y, entre otras consignas, proclaman que Ucrania no existe, que solo existe la Gran Rusia, y que su misión motera es «salvar a la patria de homosexuales y feministas». Acudieron a cientos durante la invasión de Crimea, organizan vistosas cabalgatas patrióticas y se ofrecen como voluntarios para el mantenimiento del orden en los mítines del régimen. El propio Putin se sumó a varios de sus eventos montado en una moto Ural, y condecoró a su líder, Alexander Zaldostánov, «El Cirujano», con la prestigiosa medalla del Honor.
La educación de niños y adolescentes es el otro gran campo de batalla de esta guerra. La película Mister Nobody contra Putin, ganadora del Oscar al mejor documental de este año, expone las tribulaciones de Pável Talankin, autor del filme y profesor de primaria, en su esfuerzo por proteger a sus alumnos del lavado de cerebro organizado por el Kremlin en los centros de enseñanza. De todas las contiendas culturales de la nueva Rusia, quizá la más terrorífica sea la de esos ejércitos de doctrinarios y militares que asaltan las escuelas para transformar a los chiquillos en «patriotas» listos a sacrificarse en las guerras del autócrata.
La película muestra cómo la mayoría de los profesores acoge esos seminarios con más resignación que entusiasmo. Creo que lo más conmovedor del documental es su retrato de una pequeña ciudad de la Rusia profunda que, por un lado, acepta con sumisión el lavado de cerebro, y por otro, dispensa un fuerte afecto al profesor disidente. Ambigüedad que plantea la pregunta de hasta qué punto tales ejercicios son efectivos. La generación de los abuelos tiene a sus espaldas la experiencia de decenios de resignación con las masivas mentiras de la URSS. Los padres, que hasta hoy han vivido en el mundo de Cheburashka —de espaldas a la realidad—, no parecen muy entusiasmados con el curso de los hechos.
Pero el régimen ha perfeccionado sus técnicas de adoctrinamiento de adolescentes con actividades lúdicas como desfiles callejeros, concursos de puntería, poemas al Ejército, charlas de veteranos de guerra, lecciones de robótica y juegos de láser-tag (duelos con pistolas de infrarrojos) que crean espíritu de cuerpo e infunden energía. Un reportaje publicada por la web de BBC tras el Oscar a Mister Nobody muestra cómo, por lo general, los progenitores no están de acuerdo con los seminarios, pero tampoco desean que sus hijos se aíslen del resto de la clase: «No quiero que la niña, que se lleva muy bien con sus compañeros, pueda sentirse marginada», afirma la madre de una chiquilla de siete años. Y aun en el caso de que estén abiertamente en contra, se abstienen de decir nada a sus vástagos, por si después estos hicieran algún comentario en público que marque a la familia como elemento asocial, carente de amor a la patria.
Tras sucesivas generaciones de ciudadanos retraídos y apolíticos, el putinismo se esmera ahora en criar una nueva prole de adolescentes entrenados para sacrificar la vida por una alucinación ideológica. Los libros de historia se han reescrito para amoldarlos al ultranacionalismo del régimen y, como no puede ser menos, describen la «operación especial» de Ucrania como una acción defensiva frente a una banda de nazis manipulados por Occidente para aniquilar a Rusia. El lavado de cerebro se ha extendido incluso a las guarderías, después de que el ministerio de Educación haya publicado una lista de juegos y juguetes recomendados para incentivar desde la más temprana edad «los valores tradicionales rusos». Y ya en la estela de la polémica provocada por Cheburashka, el comité de cultura de la Duma ha debatido un proyecto de ley por el que el Estado financiaría íntegramente las películas infantiles a condición de que estas defiendan los omnipresentes «valores tradicionales rusos».
El panorama mediático es el imaginable. La prensa independiente no existe, y los medios de comunicación se vuelcan en repetir hasta la saciedad las consignas del Kremlin. Algunas cadenas de televisión han convertido su programación en un debate político de veinticuatro horas, en el que los propagandistas del régimen, incansables, relatan las consabidas fábulas de terror sobre el fascismo ucraniano y los ominosos planes del liberalismo contra la asediada patria. Los partes de guerra son obviamente optimistas, y si alguna vez pareciera que Europa se dispone a aumentar su apoyo a Ucrania, los contertulios disparan tremebundas amenazas contra el Viejo Continente con obligada alusión al arma nuclear. En estas discusiones interviene de vez en cuando algún sparring disidente, que sirve para caldear la atmósfera y que la opinión concertada eleve el tono de sus peroratas.
Por otro lado, la política interior es un asunto inexistente para los contertulios. Según un estudio de BBC, los talking-shows de las televisiones rusas se centran en seis obsesiones: Estados Unidos, poder dominante en declive; Trump, asediado por el establishment; Ucrania, estado fallido; la decadencia moral de Europa y su hostilidad hacia Rusia; los reveses sufridos por la patria a consecuencia de la conspiración rusófoba; y las alabanzas a Putin, líder infalible.
Aquella intelectualidad disidente que tanta influencia tuvo en el pasado hoy no existe. La inmensa mayoría de escritores, artistas y periodistas independientes ha huido al exilio. En Rusia queda, eso sí, Nikita Mijalkov, gran director de cine en el pasado que hoy chochea con las pomporrutas imperiales de Putin. Lo que resta oscila entre la alucinación y el macarrismo patriotero. La literatura eslavófila del siglo XIX, las páginas más mesiánicas de Dostoievski y algunos versos de Pushkin son debidamente transformados en armas de propaganda.
Aunque, con sentido práctico, el Kremlin no centra tanto sus esfuerzos en la alta literatura o en el cine estiloso, como en la cultura popular. Al igual que en tiempos de Brezhnev, las pantallas soviéticas se han visto invadidas por películas de la Segunda Guerra Mundial en las que el héroe ruso vence al nazi extranjero merced a su desprecio por la vida y a la debida obediencia al régimen. Dentro del cine bélico existe incluso el subgénero de películas de carros de combate, con filmes como Tanques para Stalin, de Kim Druzhinin, sobre las aventuras de Mijail Koshkin, diseñador del carro T-34 y entregado a sus tareas de esquivar a espías y nazis disfrazados de ucranianos, o T-34, de Alexei Sidórov, sobre la odisea de un ingeniero que se fuga de un campo de prisioneros alemán en el que intentan obligarle a fabricar el famoso tanque.
El régimen cuenta asimismo con un batallón de cantantes melódico-patrióticos, como Yaroslav Drónov, «Shaman», que en su himno Mi Lucha (Mein Kampf, lo han traducido en Alemania) canta las innatas bondades del pueblo ruso y las infinitas maldades del ucraniano por no querer ser ruso. Otro ídolo de la canción patriótica es Oleg Gazmánov, tan aclamado por retrozaristas como por comunistas por su oda Made in URSS, cuyo estribillo lo dice todo: «Nacido en la Unión Soviética, / Made in URSS / Los Riurik, Románov, Lenin y Stalin / Ese es mi país».
La contienda cultural del Kremlin va también dirigida a Europa, en especial a la población eslava y a formaciones políticas populistas de extrema derecha. Los Lobos de la Noche han creado sucursales en toda Europa central y del Este, desde Bulgaria a Alemania. Las fábricas de bulos del Kremlin funcionan a toda máquina, en especial durante periodos electorales. Las peroratas sobre la decadencia moral de Occidente, la loa de los líderes machos que gobiernan el estado con mano de hierro, la mitificación del pasado, la invención de la historia, el orgullo patrio, la conspiranoia y la voz de alarma por la supuesta desaparición de los valores tradicionales, la familia, el orden, la fe y las viejas leyes alimentan con más o menos éxito el argumentario del populismo iliberal. Dentro o fuera de Rusia, no hay parcela que se libre de la guerra.