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Ver productosUn retrato ácido, en clave irónica, de la generación de la precariedad y la eterna adolescencia

9 de abril de 2026 - 6min.
Avance
Son muchos los factores por los que Se acabó el recreo, la novela de Dario Ferrari (Viareggio, 1982), se ha convertido en un fenómeno editorial. En sus páginas, se reflexiona, entre la sátira y el drama, sobre temas aparentemente tan dispersos como la endogamia del mundo académico, el sinsentido del terrorismo de los años de plomo (las décadas de los 70 y 80) y, sobre todo, la generación milenial enfrascada en «una adolescencia de veinte años».

La inverosímil combinación de estos temas hace que la historia del doctorando Marcello Gori tenga un interés intergeneracional, ya que se mueve entre el presente y la historia de la segunda mitad del siglo XX en Italia. Pero no solo, ya que la trama es perfectamente exportable cuando menos al resto de Europa. Al lector español, sin ir más lejos, le resultarán muy familiares asuntos como el terrorismo, la crisis del modelo educativo o los avatares de los «ninis».
ArtÍculo
Libros del Asteroide publicó el año pasado la espléndida traducción al español de Carlos Gumpert de la novela de Dario Ferrari. Desde entonces, el boca a boca no ha dejado de funcionar. Insólitamente, Se acabó el recreo sigue siendo un libro vivo, que se comenta y se recomienda, tres años después de su publicación original.
El título está tomado de la histórica frase con la que Charles de Gaulle anunciaba el restablecimiento del orden tras el caos vivido en París en la primavera de 1968: «La récréation est finie». La expeditiva sentencia del general sirve a Ferrari de metáfora para describir el cada vez más parsimonioso tránsito, en las nuevas generaciones, de la inconsciencia juvenil a la responsabilidad de la vida adulta.
El libro parte del momento crucial en el que el protagonista ha de decidir su futuro. Ya cumplidos los treinta, Marcello acaba de terminar con mucha calma la muy desprestigiada carrera de letras. Su única ambición en la vida es evitar el futuro para el que está predestinado: la herencia del bar de su padre. Por ese motivo, estira lo que puede su vida de estudiante y, sin esperanza alguna, solicita una beca para realizar la tesis que le dé acceso al doctorado.
Gracias a una serie de inesperadas carambolas, le conceden una sustanciosa ayuda económica que le permitirá dedicarse a la investigación durante tres años. Intenta infructuosamente elegir un tema apetecible para su tesis, pero lo elegirá por él su tutor, «el Mourinho de la literatura italiana», cuyo nombre, Sacrosanti, ya lo dice todo. Deberá investigar la vida y la carrera literaria de un tal Tito Sella, escritor y terrorista hoy olvidado, que acabó sus días en la cárcel tras un confuso enfrentamiento con la policía, en el que perdieron la vida la mayoría de los miembros de su célula a la que pertenecía. La investigación lleva a Marcello por vericuetos insospechados sobre la vida de Sella.
En paralelo, la incorporación del protagonista a la casta académica sirve al autor para mostrar las miserias del endogámico mundo de la universidad. Un mundo burocrático, cerrado, aislado de la sociedad, dominado por camarillas, luchas intestinas y ambición de poder.
Ferrari da rienda suelta a su ironía al explicar la jerga pedante de los académicos. ¿Cómo es posible que el departamento de italiano no haya sido capaz de encontrar una palabra propia para denominar un paper?, se pregunta. O desgrana el diferente significado que se da a las palabras con las que se define un trabajo. Calificativos como «culto», «docto», «erudito», «ágil», «fascinante» o «interesante», aparentemente elogiosos, forman parte de una jerga universitaria y, con frecuencia, se utilizan de forma tan negativa que pueden hundir la carrera de un esforzado doctorando.
El propio Marcello, conforme va adquiriendo destreza para moverse por las procelosas aguas de la burocracia académica, va adquiriendo constancia de que se trata de un coto cerrado. «Me voy dando cuenta —reflexiona— de que el prestigio que uno tiene dentro de una burbuja académica no le otorga automáticamente una autoridad indiscutible en el mundo real: tal vez sea precisamente por eso por lo que se crean las burbujas académicas».
Dario Ferrari conoce bien ese mundo. Él mismo estudió Filosofía en Pisa, donde se doctoró con una tesis sobre la filosofía francesa posestructuralista, que no pareció interesar a nadie. Para su investigación viajó por Estados Unidos y Francia. Aunque sostiene que los personajes de su novela son totalmente ficticios, admite que su propia experiencia le sirvió de inspiración.
El protagonista, al igual que el autor, también pasa un tiempo en París, para explorar el archivo del escritor-terrorista, que acabó acogiendo la Biblioteca Nacional francesa. Esa estancia permite a Ferrari describir el ambiente estudiantil de jóvenes italianos de buenas familias, que aprovechan sus becas en el extranjero para exprimir la vida y, de paso, resucitar los revolucionarios años 60. Así acaban mitificando a los viejos terroristas de las Brigadas Rojas, exiliados en Francia para evitar la cárcel en su país.
Esa etapa es la que aprovecha el doctorando Marcello para indagar en los entresijos de la misteriosa vida de Tito Sella, el escritor terrorista. Como si fuera una novela dentro de la propia novela, en Se acabó el recreo se cuenta la historia de Sella y el estrambótico grupo extremista que acaba adaptando la lucha armada. Ahí quedan reflejados los llamados años de plomo, dos décadas en que grupos armados de todo signo sembraron el terror en toda Italia.
Ferrari aclara que el grupo retratado en la novela no son las Brigadas Rojas, aunque las pueda recordar. Son una pandilla de provincianos desocupados, tan torpes que incluso confunden la estrella roja comunista (5 puntas) con la de David (6 puntas) a la hora de reivindicar sus atentados. Es precisamente en ese periodo donde se esconde el gran secreto del tiempo presente de la novela y que solo se resolverá al final.
Las observaciones más interesantes y más satíricas de la novela hacen referencia a la generación actual, la de su protagonista, la de los eternos adolescentes. Esta generación, que el autor denomina low cost, se caracteriza por eludir el compromiso, por vivir en casa de los padres el mayor tiempo posible, por alargar los estudios hasta el infinito —grados, posgrados, másteres, posmásteres, doctorados, posdoctorados…— por encadenar precarios contratos por obra, a todas luces insuficientes para pagar una hipoteca o formar una familia.
La generación anterior a la suya, reflexiona el protagonista, no tenía Internet ni Ryanair, «con lo que lo único que le quedaba era la familia y la carrera». A Marcello le sorprende cómo su madre, que apenas ha viajado, recuerda hasta el último detalle de cada lugar en el que ha estado. En cambio, admite, «yo, que pertenezco a la generación low cost, habré visitado cinco veces más ciudades europeas que mi madre, pero no recuerdo nada».
Se lamenta de que «he vivido casi siempre en un estado de semiinconsciencia». Incluso cuando la excusa de la juventud se sostenía cada vez menos, se repetía la frase de Italo Calvino: «A veces uno se cree incompleto y es solamente joven». «Me la repetía cada vez que veía a la gente a mi alrededor empezar a construir algo, a crear irreversibilidades (prole, convivencias, matrimonios, trabajos fijos, hipotecas). ¿No seré yo quien está equivocado, me preguntaba, al no saber todavía qué hacer con mi vida?».
Se acabó el recreo está narrado en primera persona por un personaje capaz de reírse de sí mismo y de su experiencia vital. No todos los jóvenes de la generación milenial, a la que alude, han sido como aquí se los describe. Obviamente, Dario Ferrari generaliza a partir de los que él ha conocido por su propia experiencia, primero como estudiante y luego como profesor.