Venganza, violencia y el misterio del bien. Apuntes a propósito de «Un simple accidente»

Esta no es una película sobre el perdón: no hay perdón, pero sí hay revuelta en y ante las dinámicas del mal

Fotograma de «Un simple accidente», producida por Jafar Panahi Productions y Les Films Pelléas
Pilar Gómez Rodríguez

 Jafar Panahi. Director de cine iraní, autor de películas de éxito internacional, que a menudo retratan las dificultades de la vida diaria en su país, lo que le ha hecho pasar por prisión. La última, Un simple accidente, fue premiada con la Palma de Oro en el Festival de Cannes 2025 y estuvo nominada a los Oscar en las categorías de mejor película internacional y mejor guion original.

Avance

Un torturado reconoce a su torturador y pone en marcha un plan para tomarse la justicia por su mano, la única a la que puede aspirar. Ante un momento de vacilación, busca a otras víctimas que pasaron por dicha situación para asegurarse de que aquella persona es quien creen que es. Mientras las circunstancias vitales del prisionero irrumpen, afloran también las diferencias, dudas y discrepancias en el heterogéneo grupo convocado alrededor de aquel hombre noqueado en la parte trasera de una furgoneta.

A grandes rasgos ese es el argumento de la última película del cineasta iraní Jafar Panahi. Un filme que mezcla road movie, thriller y comedia al que todavía es posible añadir una perspectiva filosófica. Un simple accidente también tiene que ver con la trabajosa ruptura de las dinámicas de la violencia y los extraños caminos del bien.

Para quienes no la hayan visto —y adoran acercarse a las películas sin conocer ningún detalle— quizá sea el momento de parar aquí, a condición de volver después a la lectura. 

ArtÍculo

«La venganza es una especie de justicia bárbara y salvaje», escribió Francis Bacon en uno de sus ensayos. Cabe preguntarse si una justicia bárbara y salvaje es algo de justicia, al fin. El protagonista de la película Un simple accidente, del director iraní Jafar Panahi, cree que sí. Trabaja en un taller donde, por casualidad, en medio de la noche, aparece una familia que ha tenido un percance. Gracias a esa parada, después de atropellar a un perro, pueden seguir adelante y llegar a su casa una mujer embarazada, una niña y el padre de esta (que es también el marido de aquella y el antiguo torturador del mecánico de ese taller).

Impresionado por el encuentro, Vahid —el protagonista de Un simple accidente — sigue al vehículo para saber dónde vive su archienemigo. Al día siguiente, lo noquea, lo secuestra y lo carga en el coche para enterrarlo vivo en el desierto. Empieza a hacerlo, pero aquel hombre grita, jura y rejura que no es él la persona a la que busca, que se equivoca. El agresor previamente agredido tiene pruebas, porque a su victimario le faltaba una pierna… como a ese que tiene en el hoyo y sobre el que ha empezado a echar tierra. ¿Es eso suficiente? El mecánico duda, flaquea: esa es la grieta por la que entra la luz.

Un simple accidente, de Jafar Panahi, se puede ver en Filmin. Foto: © Les Films Pelleas

Demasiado mal

En la historia de la filosofía, de la Historia sencillamente, se han dedicado numerosos ensayos al problema del mal. Desde Sócrates, catalogando el mal como producto de la ignorancia —si alguien conociera realmente el bien, lo elegiría—; hasta que ya en el siglo XX el psiquiatra polaco Andrzej Lobaczewski (1921-2007) inventó algo llamado ponerología, o el «estudio del mal», que mezcla disciplinas como la psicología, la sociología, la filosofía y la historia, a la búsqueda de explicaciones para fenómenos como la guerra de agresión, la limpieza étnica, el despotismo o los genocidios, el mal ha sido una especie de piedra de toque por la que debía pasar todo intelectual que quisiera ganarse el nombre. Así sería posible reconstruir una historia de la filosofía occidental a base de enumerar qué es lo que han dicho o escrito la consiguiente nómina de pensadores sobre el tema en cuestión.

Cada cual tendrá sus opiniones al respecto, como las tienen las personas a las que ese mecánico desatado en busca de reparación, venganza o una buena dosis de justicia por su mano, va a buscar con su furgoneta y el cuerpo neutralizado del antiguo torturador en la parte de atrás. Allí se reúne un grupo variopinto de personajes, que también sufrieron los castigos del funcionario iraní. Como en una especie de loco tribunal improvisado, la antigua víctima, y juez en este caso, necesita asegurarse de que es el agresor común. En eso parece haber acuerdo, pero no en qué hay que hacer con él.

Rodar y jugarse el tipo

Personas encerradas en un vehículo o en un interior es una de las marcas del cine de Jafar Panahi. Lo es por fuerza, porque el director tiene un buen historial de protestas contra el régimen de su país. Arrestado en 2009 y nuevamente en 2010, fue condenado a seis años de prisión y a veinte de prohibición de dirigir, escribir o conceder entrevistas. Pese a ello, Panahi halló formas clandestinas de continuar filmando: Esto no es una película (2011), un diario grabado en su apartamento, llegó a Cannes escondido en un pendrive dentro de una tarta. Más tarde, Closed Curtain (2013), codirigida con Kambuzia Partovi, ganó el Oso de Plata al Mejor Guion en Berlín. En 2015 colocó una cámara en el salpicadero de un taxi y recorrió las calles de Teherán charlando con los diversos pasajeros, que entraban y expresaban sus opiniones. Taxi Teherán ganó el Oso de Oro en el Festival Internacional de Cine de Berlín de 2015 y el premio lo recogió su sobrina Hana Saeidi, ante la prohibición de Panahi de salir del país.

En 2018, el cineasta presentó Tres caras en Cannes, donde ganó el Premio al Mejor Guion, y en 2022 recibió el Gran Premio Especial del Jurado en Venecia por Los osos no existen, mientras cumplía otra condena de prisión. Liberado en 2023 tras una huelga de hambre, Panahi regresó en 2025 a la competición de Cannes con Un simple accidente, con la que ha obtenido la Palma de Oro, sumándose así a la escasa élite de cineastas que han conquistado los máximos galardones de los tres grandes festivales europeos: Venecia, Berlín y Cannes.

Pese a no estar vigente, en este último caso, la inhabilitación que ha hecho que su cine sea, en buena parte, clandestino y con sobreabundancia de escenas en coches y casas, en la práctica afirma Panahi que, al no poder contar con los «permisos oficiales, que de todos modos no me habrían concedido», tuvo que recurrir a los mismos métodos que en películas anteriores: «Justo antes de terminar el rodaje —afirma—, aparecieron unos agentes vestidos de paisano que exigieron todo el material. Me negué. Siguieron presionándonos, amenazando con arrestar al equipo y detener la producción. Al final, desistieron».

La irrupción del otro

De vuelta al interior de la concurrida furgoneta en la película de 2025, todos los personajes que allí se amontonan contienen la respiración cuando suena el móvil del torturador que sigue medio inconsciente en un cajón en la parte de atrás. ¿Es una trampa o va en serio que su familia está en apuros? Y, llegado este punto, ¿quiénes son ellos y qué van a hacer? ¿Se lo van a creer y van a ayudar o lo dejarán pasar para seguir con sus planes vengadores, si es que se ponen de acuerdo en cómo ejercer el resarcimiento?

En el instante en que responden la llamada del móvil, se abren al otro y este entra como una catarata. Es el momento Levinas, un filósofo lituano que sacó a la tradición filosófica occidental de su ensimismamiento con el yo, al realizar un leve ajuste y permitir en esa arquitectura intelectual la entrada de un tú. Levinas habla de la irrupción del otro como de «una orden irrefutable —un mandamiento— que detiene la disponibilidad de la conciencia […]. La visitación consiste en perturbar el egoísmo mismo del Yo [que] pierde su soberana coincidencia consigo mismo». Esa «epifanía» pone en cuestión la noción de «libertad salvaje e ingenua, segura de poder refugiarse en sí» y pregunta de forma inquisitiva, interpelando. «Ser Yo significa entonces no poder sustraerse a la responsabilidad […] como si todo el edificio de la creación se mantuviera sobre mis espaldas. La unicidad del Yo es el hecho de que nadie pueda responder en mi lugar».

Fotograma de Un simple accidente. Les films Pelleas
Fotograma de Un simple accidente. © Les Films Pelleas

La panda descuajaringada actúa, hace lo que tiene que hacer, pese a las diferencias y deja momentáneamente apartada la decisión sobre la venganza. Algunas de las deliberaciones tienen lugar en el desierto, junto a la tumba que ya está cavada y espera a su muerto. Un árbol seco, retorcido, es testigo de los argumentos y las riñas. La escena no solo recuerda al escenario de Esperando a Godot, es que los propios personajes lo mencionan en una metáfora demasiado explícita de todo un país que espera algo o alguien que nunca termina de llegar.

Dinámicas del mal y el misterio del bien

Historias sobre el mal y sus misterios hay muchas. Sobre el bien… quizá también, pero quizá no tantas. Esta es una de ellas. No es una película sobre el perdón: no hay perdón, pero sí hay revuelta en y ante las dinámicas del mal. Ese misterio.

Escribe Ana Carrasco Conde en su ensayo sobre este asunto que «el ser humano no es esencialmente bueno o malo. No hay predeterminaciones por naturaleza, sino disposiciones relacionales que pueden ser modificadas. Somos nuestros actos». La misma lógica es aplicable a los grupos: «No hay bando que represente el bien» y se acuerda del ejemplo escalofriante que narra Ruth Klüger, la mujer que marchó a Estados Unidos después de la II Guerra Mundial, tras haber pasado por tres campos de concentración, y que no quería ser recordada por ello. Tituló sus memorias Seguir viviendo. Allí refiere «algunas cosas relativas a vencedores y liberados que llegaron a mis oídos en las semanas y meses siguientes. Supe de mujeres judías que se libraron por los pelos de los intentos de violación de sus liberadores rusos, de lo que se infiere fácilmente que otras mujeres tuvieron mala suerte y al final de su vida de reclusas en el campo de concentración hubieron de soportar también ese otro trauma».

En Decir el mal. Comprender no es justificar, escribe Carrasco Conde que «en las dinámicas del mal se ponen en juego, por tanto, una forma de ver y de relacionarnos con el otro. ¿Y si el mal es un modo de relacionarnos con los demás y es ese modo, que no exime de la responsabilidad individual, el que se repite?», se pregunta.

La respuesta ante esas dinámicas es la ruptura: comportamientos a contracorriente «que no alimentan al mal, que ven de otra manera al otro, que lo cuidan, que lo protegen, que lo hacen sentir de nuevo humano al reconocerlo como tal y respetarlo». Un proceso que puede ser doloroso, resultado de un forcejeo violento contra sí mismo, como sucede en la película, o más silencioso, casi inexplicable como el ejemplo que escribe Klügler en su libro, cuando una reclusa, ayudante de un SS, se le acercó a la niña que era para susurrarle al oído: «Di que tienes quince años», una mentira que le salvó la vida. ¿Por qué? No está claro.

La autora austriaca lo califica como «un inconcebible acto de gracia, dicho de otro modo más simple, una buena obra. Y, sin embargo, quizás sea ‘acto de gracia’ más exacto, a pesar o quizás a causa del contenido religioso de la palabra. Ese acto procedía de una persona humana, pero vino del cielo, de golpe, y era tan inmerecido como si el autor flotara sobre las nubes. Esa persona fue una mujer joven, en situación tan desesperada como todos nosotros, una mujer que no pudo haber querido otra cosa que salvar a otra persona. Cuanto más intensamente reflexiono sobre la escena que sigue, tanto más desprovisto de base, de apoyo, aparece lo esencial de ella, el hecho de que una persona salve por propia decisión a un extraño, en un lugar que fomentaba hasta la criminalidad el instinto de conservación […]. Simone Weil tenía razón, yo lo sé desde entonces, el bien es incomparable y también es inexplicable, por no tener más razón que él mismo ni querer otra cosa que a sí mismo».