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Ver productosMinuciosa biografía del escritor y psiquiatra, autor de «Tiempo de silencio»

7 de mayo de 2026 - 9min.
Luis Martín-Santos fue psiquiatra y escritor. Autor de Tiempo de silencio, considerada una de las novelas fundamentales de la narrativa española del siglo XX.
José Lázaro es escritor y editor. Fue profesor de Humanidades Médicas en la Universidad de Madrid. Actualmente dirige la revista Hedónica.
Avance
De Luis Martín-Santos se sabe, o se sabía, muy poco; y ese poco, además, envuelto en rumores y oscuridades (el caso más destacado a este respecto fue la muerte de su esposa, un accidente sobre el que se vertieron opiniones tan osadas como insidiosas). Y, sin embargo, siempre que se habla de su época literaria, surge enseguida su novela Tiempo de silencio, elogiada por tirios y troyanos, convertida casi en un mito. Esta biografía indaga en la vida de Martín-Santos y en su obra; es decir, en su personalidad, su familia y su triple faceta de escritor, psiquiatra y militante socialista. No es solo que al autor del libro le interesen «las biografías narrativas en las que se intenta captar el mayor número posible de factores históricos, económicos, políticos, familiares, culturales, sociales, vivenciales, psicológicos, afectivos y azarosos», así como «la relación entre la biografía de un escritor, su personalidad y el sentido de su escritura». Además, sostiene que «un conocimiento detallado del autor y de su vida puede enriquecer la lectura de las obras literarias»; máxime en un caso como el de Martín-Santos («un escritor con trayectoria rimbaudiana que se hace más grande cuanto más lo leemos y releemos»), cuya vida y obra se iluminan mutuamente.
Como buena biografía, esta de José Lázaro es también el retrato de una época, con sus luces, sombras y contradicciones, algunas de las cuales harán sonreír o reír abiertamente al lector en más de una ocasión.
Escrito desde la admiración por la obra literaria del biografiado («si Tiempo de silencio era el Retrato del artista adolescente de Joyce, Tiempo de destrucción era el Ulises»), el libro es una lectura tan grata como interesante. Lo segundo, por el dicho relieve del personaje y el atractivo de la época. Lo primero, por la patente y lograda vocación literaria con que está escrito y por la apariencia novelada que ha sabido darle.
ArtÍculo
Hace diecisiete años, el inclasificable José Lázaro (es escritor, editor, profesor y, sobre todo, víctima del «síndrome de dispersión de las pasiones» y «profesional de la construcción de puentes entre distintas profesiones») publicó una biografía de Luis Martín-Santos, el autor de la mítica novela Tiempo de silencio, con la que muy merecidamente obtuvo el premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias. Ahora, reciente el centenario de Martín-Santos y con la publicación de sus obras completas en marcha, Lázaro resucita esa biografía con algunos añadidos, o, mejor dicho, recuperaciones de textos suprimidos entonces por imposición de los herederos. De hecho, esta nueva salida del libro tiene un explícito afán combativo contra los usos y abusos de las herencias literarias por parte de los derechohabientes.

Además de ese importante asunto y de recuperar la figura del escritor, que no llegó a cumplir los cuarenta años, Vidas y muertes de Luis Martín-Santos vuelve a plantear las cuestiones que suelen suscitar las biografías, como el interés que pueda tener la faceta privada del biografiado. Una de las personas más cercanas a Luis Martín-Santos manifiesta claramente sus recelos ante el proyecto del autor del libro; aunque añade elocuentemente: «Por otro lado, poder recuperar lo que era Luis…». Pere Gimferrer, por su parte, se mostró tajante cuando murió el escritor. Olvidarle, escribió, «sería el más elocuente testimonio de que nuestra sociedad merece el bofetón mayúsculo que para su quietismo supone cuanto se dice en Tiempo de silencio». En cuanto al propio autor, se declara interesado por «las biografías narrativas en las que se intenta captar el mayor número posible de factores históricos, económicos, políticos, familiares, culturales, sociales, vivenciales, psicológicos, afectivos y azarosos», por «la relación entre la biografía de un escritor, su personalidad y el sentido de su escritura» convencido de que «un conocimiento detallado del autor y de su vida puede enriquecer la lectura de las obras literarias. Y mucho más cuando esas obras, aunque se presenten bajo la forma de novelas, son profundamente autobiográficas».
Fue, desde luego, el caso del autor que nos ocupa, cuya vida y obra se iluminan mutuamente y cuyas dos novelas publicadas «son una continua transposición literaria de vivencias íntimas, personas conocidas, experiencias biográficas y recuerdos propios». Recelos aparte, el interés de una biografía está fuera de duda. Por la personalidad del biografiado y por el contexto, por el retrato de un tiempo y de un país que siempre presentan. Esos dos elementos son especialmente relevantes en este caso.
Luis Martín-Santos fue un hombre complejo, brillante, polifacético, con un lado histriónico y tendencia al humor disparatado, convencido de su valía, con cierto síndrome de primero de la clase, como también lo tuvieron Juan Benet o Gil de Biedma. José Lázaro se acerca a él con el convencimiento de que se trata de «un escritor con trayectoria rimbaudiana que se hace más grande cuanto más lo leemos y releemos» y de una vida sobre la que se ha escrito poco, pero se ha comentado mucho. En una entrevista de hace unos años, decía: «Fue un personaje excepcional, cuanto más investigaba sobre él más me fascinaba. Tiempo de destrucción, la novela que no llegó a acabar, hubiera puesto la literatura española a un nivel altísimo; lo que dejó escrito permite reconocer que habría sido una maravilla. Si Tiempo de silencio era el Retrato del artista adolescente de Joyce, Tiempo de destrucción era el Ulises». Y, en fin, tampoco parece menor motivo personal para el biógrafo algunas similitudes entre él y su biografiado, como la amplitud de intereses o el hecho de que ambos estudiaran Medicina cuando deberían haber estudiado Filosofía y Letras (Martín-Santos, según testimonio de su hermano; Lazaro, según propia confesión).
Ese otro aspecto de las biografías, las referencias al tiempo y al país, no defrauda tampoco en este caso. El libro recoge desde las impagables descripciones del cogollo donostiarra, endogámico y pijo, poblado por tipos como Quiqui Pradera o Martita Bergareche, «que fue después la madre del famoso Pertur», y donde, si pertenecías a la izquierda pudiente, podías permitirte soltarle alguna pulla irónica al comisario Melitón Manzanas, a los usos de una izquierda que soñaba con integrar el románico dentro del realismo socialista cuando llegara la revolución o el distinto trato dispensado en las comisarías: el guante de seda con los señoritos y el maltrato hasta causar la muerte, como en el caso del sindicalista Tomás Centeno.
En cuanto a la forma, decía también José Lázaro en la entrevista citada: «Planteé el libro como una novela en la que nada es inventado porque todo está documentado. Fue una experiencia fascinante y tuve un inmenso placer al hacerlo… Lo atractivo de una investigación como aquélla fue recoger las distintas versiones de cada persona que le trató, como en la película Rashomon de Kurosawa». La estructura es, como en la película, polifónica o calidoscópica, basada en los múltiples testimonios allegados por el autor.
Y el carácter novelesco es perceptible en la propia ordenación del texto, que empieza con la muerte de Martín-Santos para seguir, como en una suerte flash back, con todos sus aspectos vitales (el hombre, el psiquiatra, el socialista, el escritor, la familia) y terminar con el testimonio de quien seguramente mejor lo conoció, la que iba a ser su segunda mujer, María Josefa Rezola, que recorre esos aspectos vitales en el mismo orden, pero, ya sin flash back, dejando la muerte para el final. Es perceptible, sobre todo, en lo que el lector imagina un trabajo de edición de los testimonios, que, por momentos, resultan (para bien, por supuesto) muy literarios.
Finalmente, no dejan de tener cierto carácter novelesco algunos personajes reales, en lugar destacado María Jesús Goikoetxea, sirvienta en casa del matrimonio Martín-Santos, que acompaña a Madrid a la mujer del escritor cuando este es encarcelado, viaje que, en su caso, sustituye al clásico destino de la luna de miel que ella no iba tener. Si algún testimonio de esta mujer llega a ser emocionante, no menos lo resultan —con la emoción que procuran algunas buenas novelas— las cartas de Martín-Santos que le van llegado a María Josefa Rezola una vez muerto el escritor.
José Lázaro ha hecho un trabajo exhaustivo de investigación y documentación, buena parte de cuyos frutos (cartas, críticas literarias…) se incorporan al volumen. El resultado es una imagen muy completa de alguien del que apenas se sabe (se sabía) nada, aunque, como se dice en el libro, al hablar de su época literaria siempre sale Tiempo de silencio. Conocido sobre todo como escritor, Martín-Santos fue también un destacado psiquiatra y un entregado e importante militante socialista. Como escritor, tuvo un proyecto literario definido como «realismo dialéctico», de cuño existencialista-marxista, y no acabado de plasmar igual que no acabó de desarrollarse su obra. El realismo dialéctico sería «una síntesis entre el acto de describir las enajenaciones existentes y el dinamismo de las contradicciones, con plena conciencia del inevitable destino trágico del ser humano». En otras palabras, «la captación del núcleo de la propia existencia y la expresión de su verdad profunda en la obra literaria». Lo que se corresponde con las dos funciones que él adjudicaba a la literatura frente a la sociedad: descripción de la realidad social y creación de una mitología que sirva como pauta ejemplar de realización («las Sagradas Escrituras del mañana»). Era un proyecto «que aspiraba a la destrucción revolucionaria de todos los mitos sustentadores de la cultura española tradicional».
El carácter dialéctico está también presente en su concepción de la psiquiatría, campo profesional en el que, dentro de la brevedad de su vida, destacó, ganándose los elogios de sus colegas, desde Castilla del Pino, que le definió como un formidable teórico de la psiquiatría y su cabeza más clara y mejor dotada, a Laín Entralgo, que le dirigió la tesis y le consideraba un joven inteligentísimo y brillante.
Su militancia socialista —en años en que el panorama era a la vez «heroico y patético, deprimente y pintoresco, admirable e ingenuo»— le llevó a pertenecer a la comisión ejecutiva del PSOE en el interior y a pasar varios meses en la cárcel. No faltan quienes piensan que Martín-Santos hubiera llegado a ser un destacado dirigente socialista en la democracia. Aunque otros (José Ramón Recalde) creen que sus características personales le alejaban de ese papel.
Vidas y muertes de Luis Martín-Santos recupera a una persona de la que se ha dicho que era un montón de excesos (María Josefa Rezola) y la imagen misma de la vitalidad (Carlos Castilla del Pino), dándonos la imagen más completa posible de su múltiple trayectoria. En la ardua tarea de desentrañar su vida y su obra y hacerlas públicas, el autor ha tenido que lidiar con los herederos, dueños de los derechos legales sobre su obra, que, en algún caso, han mostrado lo que Lázaro denomina un «largo obstruccionismo». Así, aprovecha para proclamar la necesidad de «un diálogo riguroso y abierto» sobre una cuestión, la gestión de los derechos de autor, en la que se mezclan aspectos económicos y artísticos. Quede constancia.
La foto que ilustra el artículo pertenece al archivo de los herederos de Luis Martín-Santos. Está tomada del folleto de la exposición que la Biblioteca Nacional dedicó al escritor en 2024. Puede verse aquí.