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Ver productosUn ciclo analiza la crisis de la democracia

15 de abril de 2026 - 4min.
Avance
Las elecciones húngaras han sido un soplo de esperanza. La gran amenaza para el futuro de la democracia sigue siendo la presidencia de Donald Trump. La prueba de fuego serán las elecciones presidenciales francesas del año próximo. Esos tres países pueden enmarcar el complejo panorama en el que se está desenvolviendo la democracia en el mundo. Las tres afirmaciones iniciales las ha hecho el politólogo Fernando Vallespín en la primera charla del ciclo «Nuevos autoritarismos y crisis de la democracia» que organiza la Institución Libre de Enseñanza.
Vallespín una presentación general del estado de la cuestión. Empezó por afirmar que la democracia siempre ha estado en crisis; de modo que esta que nos preocupa sería la crisis contemporánea. Los acontecimientos políticos han acabado acelerando el deterioro de un conjunto de sistemas democráticos, y la pregunta que cabe hacerse es si estamos empezando a caer en una cierta tentación autoritaria. En otras palabras, hasta hace poco se daba por hecho que queríamos vivir en democracia, pero últimamente parece extenderse la tentación de girar a un sistema no democrático, que supuestamente podría ser preferible.
El caso es que los politólogos de su generación, dijo Vallespín, tenían la obsesión de estudiar las transiciones a la democracia, y ahora el interés parece ser el contrario, estudiar las transiciones de la democracia al autoritarismo. Motivos o ejemplos no faltan. Cuando la democracia más antigua, Estados Unidos, sufre los vaivenes que esta sufriendo, tienen que sonar todas las alarmas, afirmó. Todavía hay esperanza, como acaba de mostrar Hungría, y antes mostró Polonia, pero la gran amenaza sigue siendo Donald Trump. Un Donald Trump capaz de amenazar sin el menor pudor con cometer un genocidio en Irán o (no se sabe qué expresión es peor) acabar con una civilización.
El último informe sobre la democracia en el mundo publicado por el Instituto V-Dem (Variedades de democracia) habla de veinticinco años de autocratización (reverso oscuro de la democratización) y concluye que cae la calidad media de la democracia mundial y que la autocratización ya no es un fenómeno aislado, sino que afecta a países de todas las regiones, que son más los países que empeoran que los que mejoran, y que la erosión de la libertad de expresión, con censura y ataques a periodistas, es uno de los principales síntomas o indicadores de dicho deterioro.
El deterioro democrático tiene una secuencia bien definida, señaló Vallespín: ataques al pluralismo informativo, polarización política, debilitamiento de la autonomía judicial, concentración del poder ejecutivo, restricción de la oposición y la sociedad civil. De hecho, la gran queja de la prensa norteamericana es que la sociedad civil todavía está noqueada tras el triunfo de Trump.
Justamente los Estados Unidos muestran que también retroceden las democracias consolidadas y que la erosión democrática puede coincidir con la legalidad electoral: Trump no engañó a nadie; no dijo, por supuesto, que secuestraría a Maduro, pero avisó de cómo iba a actuar y que gobernaría como un dictador las primeras veinticuatro horas de su mandato.
El deterioro de la democracia ocurre mediante reformas legales. Ya no hay golpes de Estado, la democracia desaparece por capas: cae la deliberación política, se debilitan los controles, se normaliza la concentración del poder.
Y no estamos ante una crisis coyuntural, señaló Vallespín; sino que, salvo que Hungría muestre lo contrario, estamos ante una transformación global sostenida. En el mapa mundial de la democracia aguantan los países pequeños en población, Alemania mantiene una buena puntuación, porque la experiencia de Weimar y Estados Unidos cae a plomo.
El caso es que la democracia es un juguete muy complejo, cuya estabilidad depende de factores que no podemos controlar, una suerte de centauro que debe hacer convivir el principio mayoritario roussoniano con las instituciones propias del Estado de derecho.
Y en definitiva, a lo peor no hay que descartar que ya hayamos vivido los mejores años de la humanidad en cuanto a progreso moral, bienestar material y demás elementos característicos de la democracia, que el periodo democrático haya sido una rareza, una excepción en la historia de la humanidad y pronto volvamos a lo que ha sido normal a lo largo de los siglos.
De momento, las presidenciales francesas de 2027 serán una prueba de fuego. ¿Siempre nos quedará París?
La foto que ilustra el artículo muestra el Parlamento húngaro en Budapest. El autor es Godot13 y tiene licencia Creativa Commons. Puede consultarse aquí.