Michael McFaul: «Autócratas contra demócratas: el nuevo desorden global»

La estrategia del bando de los autoritarios es ahora más sutil que en la Guerra Fría: consiste en deslegitimar a las instituciones democráticas desde dentro

Dos grandes bandos en liza. Imagen generada por inteligencia artificial
Gabriela Bustelo

Michael McFaul. Académico y diplomático. Profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Stanford. Fue embajador de EE. UU. en Rusia entre 2012-2014 y asesor del Consejo de Seguridad de la Casa Blanca. Columnista del Washington Post.

Avance

Tras el paréntesis de Fukuyama y el fin de la historia, que tuvo mucho de espejismo, el orden mundial se ha vuelto a fraccionar en dos grandes bloques, como detalla Michael McFaul en este ensayo. Del pulso que echaron Estados Unidos y la Unión Soviética en la posguerra hemos pasado a otro entre un bando democrático (EE. UU., Europa, y sus aliados) y un bando autoritario (China, Rusia, Irán, Corea del Norte, Venezuela, Bielorrusia, Nicaragua). Este último es menos homogéneo que el primero, pero tiene un enemigo común: Occidente. Su estrategia es ahora más sutil que en la guerra fría, deslegitimando las instituciones democráticas desde dentro, mediante la desinformación coordinada, la injerencia electoral, la compra de influencias y la disrupción en redes sociales. Usan armas sofisticadas como lo que el autor llama «la agresión implícita», de suerte que nadie consigue demostrar que se haya producido una intervención de un país extranjero, lo que deja en inferioridad al bando de los demócratas, que necesitan reunir pruebas para denunciar las conductas ilegítimas. Menos agresivo es el «autoritarismo de alto rendimiento» de Xi Jinping, que consiste en proyectar una imagen de eficacia económica y poderío global, como oferta alternativa a la democracia, que resulta tentadora para países en vías de desarrollo.

Cuentan para minar a Occidente con la guerra de la información (granjas de perfiles falsos, producción masiva de contenido falso, algoritmos diseñados para polarizar), a fin de ofuscar a la ciudadanía para que confunda la verdad y la mentira. Y con el caballo de Troya de la corrupción transnacional; ahí está, como botón de muestra, la City londinense, epicentro blanqueador de las fortunas de oligarcas rusos. Y evita el choque bélico directo (con la excepción de Ucrania) optando por incidentes fronterizos, despliegues de mercenarios en África y Latinoamérica, etc.

No elude McFaul la crítica al bando democrático, recordando la desigualdad económica, la corrupción, la polarización o el populismo de partidos extremistas, «grietas por donde se cuelan las argucias autocráticas». ¿Soluciones? El autor propone una mejora interna de la democracia, para que demuestre con hechos tangibles su superioridad moral; un refuerzo de las alianzas internacionales con los países que comparten unos principios fundamentales (OTAN, UE, Japón, India etc.); y una ofensiva ideológica y normativa, que apoye a la sociedad civil en los países autoritarios, aunque sea desde la clandestinidad.

McFaul aventura, finalmente, los dos escenarios a los que se dirige este mundo dividido en dos bandos. Uno pesimista: fragmentación del orden internacional, retroceso democrático en países clave como Brasil o India y una normalización del autoritarismo. El optimista es el agotamiento de los modelos autocráticos sin crecimiento económico y el nacimiento de nuevos liderazgos democráticos en el Sur Global, si bien el futuro más probable es una fricción global prolongada, con avances y retrocesos, sin que ningún bloque logre imponerse.

El ensayo es una valiosa brújula geopolítica para orientarse en este incierto siglo XXI, gracias a su claridad expositiva y a la autoridad de McFaul, que une a su solidez como académico, su experiencia como diplomático en Rusia. Alguien que no escribe —solo— desde la cátedra, sino también desde el conocimiento de primera mano de los hechos, de suerte que cuando habla de Putin, por ejemplo, no se inventa nada, porque lo conoce personalmente.

ArtÍculo

En la serie de HBO Industry, sobre la trastienda del sector bancario occidental, un veterano inversor advierte a una joven bróker: «No cometas el error de creer que de mayor vas a vivir en un mundo sin miedo». Creo que esa frase encapsula el espíritu del libro de Michael McFaul Autocrats Vs Democrats. China, Russia, America and the New Global Disorder (Autócratas contra demócratas: China, Rusia, Estados Unidos y el nuevo desorden mundial), publicado en octubre de 2025 y todavía no traducido al español.

Hay libros que llegan en el instante preciso. No porque predigan el futuro, sino porque captan el zeitgeist, la esencia de una época, la nuestra, que todos creemos entender conforme la vivimos, sin sospechar hasta qué punto ya no estamos en el mundo en el que nacimos. Este es uno de esos libros. Desde las primeras páginas queda claro que no estamos leyendo la clásica diatriba académica sobre política internacional. Es un diagnóstico urgente, casi clínico, de la enfermedad que afecta al sistema político global. Según su autor, este es el libro más ambicioso de la veintena de ensayos que ha escrito.

Michael McFaul. Autocrats vs. Democrats. China, Russia, America and the New Global Disorder. Harper Collins, 2025

Michael McFaul no es un intelectual de salón. Es senior professor (el equivalente a catedrático) de Ciencias Políticas en la universidad de Stanford desde hace más de treinta años. Pero ha sido embajador de Estados Unidos en Rusia, asesor de la Casa Blanca y testigo presencial de varias transiciones democráticas —o intentos fallidos de modernización— en Europa del Este. En su caso, la biografía no es una hagiografía comercial que los editores ponen en la solapa para vender más ejemplares. Cuando McFaul habla de Putin no se inventa nada, porque le conoce. Cuando describe un proceso electoral en Ucrania o en Georgia, no suelta un torrente de datos procedentes de otras fuentes. Estaba trabajando en ambos países en aquel momento. Esta experiencia personal de los hechos le permite usar con soltura una prosa altamente entendible, que nos libra a los lectores de la habitual densidad lingüística de los ensayos sobre geopolítica.

Un mundo que se tambalea

El punto de partida es inquietante y, de hecho, la zozobra se mantiene durante las casi 450 páginas de texto (a las que siguen casi cien páginas de agradecimientos, notas e índice onomástico). Recién abierto el libro, descubrimos que las grandes potencias del planeta han retomado una política de bloques ideológicos que los libros de historia consideraban superada. Este conflicto global nuevo-viejo no se percibe a primera vista, nos advierte el autor, aunque es muy probable que dure largas décadas. No es tan reduccionista ni tan teatral como fue la Guerra Fría de 1945-1991, aunque tiene tantas similitudes, que los protagonistas actuales —Estados Unidos, Rusia y China— casi pecan de nostálgicos.

Pero hoy la dinámica de las tres superpotencias es más compleja y, hasta cierto punto, más peligrosa. Si en la segunda mitad del siglo pasado Estados Unidos echó un pulso a la Unión Soviética, hoy es el bloque democrático occidental —EE. UU., Europa, Canadá, Japón, Australia, Nueva Zelanda, Corea del Sur— el que se enfrenta a un grupo variopinto de países autoritarios: China, Rusia, Irán, Corea del Norte, Venezuela, Bielorrusia, Nicaragua. Cada cual tiene su historia, su cultura y sus particularidades, siendo su antagonismo con Occidente lo que les une, ya que todos están en contra. De ahí el título del libro, que alude a una confrontación entre el bando autócrata y el bando demócrata.

Cómo es el nuevo desorden mundial

Las dos primeras secciones —trescientas páginas sobre el origen y el presente del conflicto— explican a fondo qué es esta nueva pugna global y cómo se articula. Resplandece aquí una de las virtudes del autor, su claridad expositiva, incluyendo la autocrítica del propio bando, a fin de que el libro resulte útil si cae en las manos de quienes todavía están a tiempo de reaccionar.

Puede que los demócratas no hayan sacado ninguna lección del pasado reciente, escribe McFaul, pero los autócratas modernos sí parecen llegar al certamen con los deberes hechos. Ya no tienen afanes imperialistas (con la anacrónica excepción de Vladimir Putin), pero la estrategia antidemocrática es más refinada y sutil que en el siglo pasado. Ahora se trata de deslegitimar a las instituciones democráticas desde dentro, minando la confianza ciudadana en el sistema y haciendo sospechar al mundo que la democracia ya no funciona.

Entre las tácticas más ostensibles figuran la desinformación coordinada, la injerencia electoral directa, la compra de influencias y la disrupción social en las redes sociales. De una manera general incluyen, como reitera McFaul a lo largo de su ensayo, la reutilización —en beneficio propio, obviamente— de las libertades, las contradicciones y los defectos de los países occidentales. Cuando los líderes democráticos parecen desconectados de la ciudadanía, cuando la corrupción se apodera de las instituciones, cuando los programas políticos no logran reducir la desigualdad, los autócratas se apuntan un tanto. No porque vayan a ofrecer una forma de gobierno mejor, advierte el autor, sino porque la imagen de la democracia como sistema político superior parece desvanecerse año tras año.

Como era de esperar, el libro examina con lupa el caso ruso. Desde la anexión de Crimea en 2014 hasta las campañas de desinformación durante los comicios estadounidenses y europeos, la Rusia de Putin ha perfeccionado lo que el autor denomina la agresión implícita. No hay declaraciones de guerra. Nadie consigue demostrar que se haya producido una intervención de un país extranjero. Pero el éxito de la estrategia es lograr crear una tupida niebla de dudas y recelos que paraliza la capacidad de respuesta occidental. Esta táctica, explica McFaul, vampiriza una asimetría fundamental: los demócratas necesitan reunir pruebas para poder denunciar las conductas ilegítimas, requieren consensos para tomar medidas y precisan una legitimidad oficial para justificar sus decisiones. Los autócratas no.

Pero hay más países participantes en esta hiperactividad contra el bando de las democracias occidentales. De hecho, China encarna un mayor desafío, embozado tras una apariencia menos conflictiva. Xi Jinping no pretende sembrar el caos en Occidente, como su amigo Putin, al menos por ahora. Prefiere un modelo de «autoritarismo de alto rendimiento». Es decir, proyectar una imagen de auge económico, de modernización tecnológica y de poderío global, todo ello sin conceder un ápice de libertad política. La táctica china es, en palabras de McFaul, una competición por la superioridad del modelo. Una oferta alternativa a la democracia, que resulta tentadora para un buen número de países en vías de desarrollo.

En qué frentes contraatacan las autocracias

Una sección destacada del libro cataloga —con descripciones entendibles para el lector medio, pero documentadas con información tecnológica— el instrumental vanguardista que usan los regímenes autoritarios. No es un inventario complaciente. McFaul no se conforma con enumerar las armas modernas como un experto deslumbrado por la innovación. Describe los artilugios para facilitar su rastreo y neutralización.

Como no podía ser de otra manera, en Autócratas contra demócratas aparece la ciberguerra, pero no la guerra tecnológica convencional —el clásico hackeo de las infraestructuras críticas—, sino una ofensiva más solapada y traicionera: la guerra de la información. O sea, granjas de perfiles falsos, software de troleo automatizado, producción masiva de contenido falso, inserción de mensajes tendenciosos y algoritmos diseñados para polarizar. McFaul documenta operaciones concretas, desde los Kremlinbots de la Internet Research Agency rusa hasta las campañas de manipulación china —y las sospechas de espionaje— a través de plataformas como TikTok. El objetivo de estas novedosas estrategias no es tecnificar la propaganda tradicional, ni convencer de las bondades de una determinada ideología, aclara el politólogo estadounidense. Es ofuscar a la ciudadanía hasta el punto de que la verdad se confunda con la mentira y la realidad quede relegada a un último plano. Y ante ese abismo carente de sentido, los países autocráticos prometen el reconfortante consuelo del orden. Ordre ab chaos. El orden frente al caos.

Otro fenómeno propio del nuevo desorden global es la corrupción transnacional. Es decir, el dinero sucio que fluye de las autocracias a las democracias, logrando comprar propiedades, financiar partidos políticos y acceder a las élites empresariales. McFaul documenta casos precisos en Londres, en Nueva York y en la Costa Azul. Describe la city londinense como el epicentro blanqueador de las fortunas de los oligarcas rusos.

El politólogo estadounidense también analiza la dimensión militar, aunque repite en varias ocasiones que el sector bélico tradicional ya no es el único mecanismo de presión. Esto no significa, ni mucho menos, que las autocracias hayan abandonado la guerra convencional, como demuestra la invasión rusa de Ucrania. Pero tienden a evitar el enfrentamiento físico, optando por agresiones más ingeniosas: ejercicios militares, incidentes fronterizos, despliegues de mercenarios en África y Latinoamérica. Esta manipulación de la violencia, señala McFaul, permite a los autócratas esquivar su implicación en los hechos mientras multiplican su alcance global.

Autocrítica de las democracias

Si el libro se limitara a describir las amenazas y las técnicas cuestionables del bando antioccidental, estaríamos ante un texto defensivo, hasta cierto punto derrotista. Pero McFaul nos ofrece una fría autocrítica de las democracias occidentales, principalmente en la gran sección central titulada El presente, en detallados epígrafes sobre el final de la hegemonía estadounidense, el agotamiento de la democracia como valor universal y el declive del orden democrático liberal. En esa sección doméstica, por así decirlo, el tono no es promocional, como pudiera esperarse, sino apremiante, denotando incluso cierta impaciencia ante los errores de los nuestros.

El diagnóstico es mixto. Por un lado, Michael McFaul reconoce que las instituciones democráticas, cuando funcionan, son más sólidas de lo que los autócratas parecen creer. En los países occidentales veteranos, los controles interinstitucionales, el equilibrio de fuerzas, la separación de poderes, la prensa libre y la sociedad civil se solapan para impedir los golpismos. Por eso las tentativas de manipulación externa han fracasado en Occidente una y otra vez. La injerencia rusa en las elecciones francesas de 2017, por ejemplo, no impidió la victoria de Macron. Y el terco empeño de desestabilizar la Unión Europea ha fortalecido, paradójicamente, la cohesión entre los países miembros, que llevaba tiempo en tela de juicio.

Pero McFaul no oculta las vulnerabilidades de los países democráticos, desde la polarización y la desigualdad económica hasta la corrupción política y el populismo de los partidos extremistas, que potencian la desconfianza en el sistema. Todo esto son «grietas por donde se cuelan las argucias autocráticas». Es especialmente crítico con la autoindulgencia. Y con la idea, lanzada tras la caída del Muro de Berlín, de que la democracia era el destino inevitable de la historia. Francis Fukuyama y su Fin de la historia aparecen como referencia de ese triunfalismo, que llevó a pensar que la expansión económica prolongada tiene como final feliz la democratización. China demuestra la falsedad de esa premisa.

Propuestas para la resistencia democrática

Terminado el gran bloque de diagnóstico del nuevo desorden global, el análisis da paso a las propuestas concretas. La primera exige una mejora de la democracia, que debe demostrar que todavía funciona con hechos tangibles. La segunda es reforzar la alianza entre las democracias. McFaul aboga por un replanteamiento de las relaciones internacionales entre zonas y países que comparten unos principios fundamentales (OTAN, Unión Europea, Japón, Corea del Sur, Australia, India).

La tercera línea es una ofensiva ideológica y normativa, apoyando a la sociedad civil en los países autoritarios, aunque sea desde la clandestinidad. Sancionar a los violadores de derechos humanos con nombre y apellido. Lanzar instrumentos tecnológicos que protejan la privacidad y dificulten la vigilancia estatal de la ciudadanía. Promover medios independientes que lleguen a las poblaciones oprimidas. Una vez más, McFaul es realista. No aboga por cambios de régimen forzados desde fuera (al estilo de los de Trump). Pero tampoco acepta la neutralidad cómplice ante las autocracias.

Pronósticos para el nuevo desorden global

Llegados a este punto, al lector le surge una pregunta casi de supervivencia existencial: ¿adónde vamos desde aquí? La respuesta pesimista de McFaul vislumbra una fragmentación del orden internacional, un retroceso democrático en países clave como Brasil o India y una normalización del autoritarismo como modelo viable. La alternativa optimista plantea que puedan resurgir las alianzas democráticas, junto al agotamiento de los modelos autocráticos sin crecimiento económico y al nacimiento de nuevos liderazgos democráticos en el Sur Global.

Pero el futuro más probable es una fricción global prolongada, nos advierte, con avances y retrocesos, sin que ningún bloque logre imponerse. En nuestros tiempos binarios y maniqueos, que piden relatos simplistas de triunfos y derrotas, este rumbo es duro de aceptar. Pero la política internacional, nos recuerda McFaul, no es un guion con final previsto.

Ante la magnitud del desafío, las propuestas del autor pueden antojarse insuficientes, o demasiado optimistas. Pero, en definitiva, este ensayo de Michael McFaul, aparte de constituir un valioso mapa geopolítico para navegar nuestra época, nos ofrece el consuelo documentado de que la victoria occidental sea posible si se abandona la pasividad. Si se aborda el conflicto sin autoengaños. Si se acepta que defender la democracia requiere un esfuerzo constante, una renovación permanente, una autocrítica fría y la voluntad firme de cambiar lo que no funciona para conservar lo esencial.