Sobre la armonización del catolicismo y el liberalismo

La libertad económica no es contraria a la fe, sino que puede verse como una extensión de la libertad moral del ser humano

«The Poor, the Poor Man's Friend» (1867), de Thomas Faed. Archivo en Wikimedia Commons con licencia CC-PD-Mark
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Avance

Este año, al cumplirse el decimoquinto aniversario del Centro Diego de Covarrubias, esta entidad defensora de una economía de libre mercado, en el marco de los principios morales, éticos y culturales del cristianismo, celebró el I Foro sobre Liberalismo y Cristianismo. Tuvo lugar a principios de abril y reunió a nombres como Rubén Manso, Daniel Lacalle, Carlos Rodríguez Braun, Alejandro Macarrón, Francisco J. Contreras, Domingo Soriano, Víctor S. del Real, Antonini de Jiménez y Henar Sanz, entre otros, para defender desde distintas perspectivas los valores de dicha asociación.

Las jornadas se abrieron con una mesa redonda titulada expresivamente Liberalismo gracias a Dios: fe y mercado se necesitan, donde participaron los mencionados Carlos Rodríguez Braun y Daniel Lacalle, junto con el Padre Francisco José Delgado y Óscar Carreiro, moderados por Benjamín Santamaría. Este es un resumen de parte del contenido que se puede ver íntegro aquí.

ArtÍculo

El primer evento del encuentro giró en torno a una cuestión central: la relación entre la fe católica, el liberalismo económico y la tradición intelectual (especialmente la escuela austríaca de economía). A partir de ahí, los participantes exploraron temas como la propiedad privada, el papel del Estado, la justicia social y la Doctrina Social de la Iglesia.

Uno de los pilares del debate fue la defensa de que la fe católica y el liberalismo no solo son compatibles, sino profundamente coherentes entre sí. Se criticó su contraria, la idea bastante extendida de que el cristianismo sea contrario al mercado libre o a la economía liberal.

Fe católica… y liberal

Según los ponentes, esta confusión se debe a una interpretación equivocada que equipara la jerarquía institucional de la Iglesia con la esencia de la fe católica. Mientras que la jerarquía eclesial es un «constructo humano» —como lo llamó Danuel Lacalle— destinada a transmitir el mensaje religioso, la fe en sí se fundamenta en principios más profundos y universales. Entre estos, destaca la responsabilidad individual, que obliga a cada persona a responder por sus actos; la solidaridad voluntaria, basada en la caridad y no en la imposición y, por encima de todos ellos, el libre albedrío, como máxima expresión de libertad concedida por Dios.

Al respecto afirmó el economista Daniel Lacalle que «lo que le permea de los Evangelios es la responsabilidad; la solidaridad desde el conocimiento de la responsabilidad y la libertad de cada uno a la hora de decidir. ¿Quién hay más liberal que Dios que nos permite y que nos da el libre albedrío, que es el concepto más importante de la libertad?», se preguntaba el ponente, que proseguía con contundencia: «Quienes hablan de incompatibilidad lo hacen porque no saben lo que es el libre mercado y porque no saben lo que es la fe católica».

Desde esta perspectiva, se considera que el liberalismo —entendido como defensa de la libertad individual, la propiedad privada y la libre iniciativa— refleja valores que ya están presentes en el cristianismo. La libertad económica no es contraria a la fe, sino que puede verse como una extensión de la libertad moral del ser humano.

Respecto a la incompatibilidad del modelo antropológico de la Escuela Austríaca de economía (de Mises, Von Hayek, etc.) y el pensamiento cristiano, respondió Óscar Carreiro recordando la influencia en alguna de sus figuras del filósofo artistotélico Franz Brentano. Aristóteles es máximo inspirador del tomismo que, a su vez, sirvió de base de la metafísica católica.

Carreiro, miembro del Departamento de Economía Aplicada I de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, y profesor en el Máster de Economía de la Escuela Austriaca de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC), insistió de todas formas en la separación entre disciplinas. La teoría económica se centra en la acción humana como elección entre medios para alcanzar fines. En ese sentido, dijo que no se diferenciaba mucho de la fontanería, que trataba de resolver un problema. Y puso otro ejemplo aún más elocuente. Afirmó que la economía es un dominio libre de valores: «Por ejemplo, un economista en cuanto economista no va a decir que tomar drogas está mal. Él está interesado en determinar, por ejemplo, el precio de la cocaína. Es el filósofo moral quien puede decir que está mal tomar drogas. A veces, en mi opinión, hay un cierto error a la hora de entender la separación de las disciplinas», apuntó

Ordenar la desigualdad

El padre Francisco José Delgado intervino en primer lugar hablando sobre la justicia social. Un término que parece en el siglo XIX y se incorpora en el XX al magisterio de la Iglesia y que «se presenta como solución a un problema que tiene como base una falta de comprensión del bien común». Como protagonista del malentendido, citó al padre Taparelli, al que le fallaría «un poco la necesidad de la metafísica a la hora de comprender la realidad».

A continuación, criticó la concepción de la desigualdad como un problema. «En el orden metafísicotomista, la desigualdad es algo necesario para el bien. No puede haber orden si no hay desigualdad, porque las cosas iguales no se pueden ordenar, solo se puede ordenar lo desigual y para que haya bien, tiene que haber orden. La supresión de la desigualdad es la supresión del bien». Los esfuerzos se deberían dirigir a poner orden en esa desigual. ¿Cómo? Echando mano de los tres tipos de justicia de la tradición clásica de la filosofía moral y teológica:

  • Conmutativa: entre individuos
  • Distributiva: del conjunto a los individuos
  • Legal: del individuo al bien común

Esas, recordó el sacerdote, «son las tres especies clásicas de justicia que la Iglesia Católica defendió como las necesarias y justas hasta principios del siglo XX, cuando Taparelli introduce esta idea de la justicia social en el magisterio y vuelve a todo el mundo loco». A resultas de la confusión, encontramos una Doctrina Social de la Iglesia, cuyos dos conceptos fundamentales «son el bien común, que está bastante mal definido por Juan XXIII, y una justicia social que está directamente sin definir», por lo que su interpretación fluctúa al ritmo de los tiempos y las coyunturas sociales y económicas.

 La armonización posible

El análisis del economista Rodríguez Braun se centró en trasladar la complejidad de intentar encajar la Doctrina Social de la Iglesia en las categorías políticas habituales: izquierda/derecha, liberal/socialista. Comenzó con un chiste, una viñeta publicada en La razón por Borja Montoro en la primavera de 2013, donde se veía al entonces nuevo papa Francisco de espaldas, agradeciendo los aplausos de la multitud en la Plaza de san Pedro, mientras pensaba: «Qué chasco se van a llevar muchos cuando comprendan que soy católico».

En su intervención, Rodríguez Braun comparó las enseñanzas de los dos papas llamados León (León XIII y León XIV). El primero, en su encíclica Rerum Novarum, criticaba los abusos del capitalismo (explotación, desigualdad, usura) y rechazaba el socialismo. Escribía, por ejemplo, que el poder público solo podía intervenir si una familia se hallaba «en una situación de extrema angustia y carente en absoluto de medios para salir de por sí de tal agobio», pero «es necesario de todo punto que los gobernantes se detengan ahí», para que «la propiedad privada no se vea absorbida por la dureza de los tributos e impuestos», porque no se puede «quitar a otro lo que es suyo o, bajo capa de una pretendida igualdad, caer sobre las fortunas ajenas». La conclusión de Rodríguez Braun es que la Iglesia no fomenta ni suscribe la lucha social, sino que «trata de unir una clase con la otra por la aproximación y la amistad». Para el ponente, es diáfana la distinción entre sociedad y poder público, crucial para la libertad. Debemos ayudar al prójimo porque así lo demanda la «caridad cristiana, la cual, ciertamente, no hay derecho a exigirla por la ley».

El actual papa, por su parte, tiene un discurso basado en los pobres, un discurso que no es económico ni político sino fundamentalmente religioso y moral. León XIV habla por ejemplo de «la fuerte conexión que existe entre el amor de Cristo y su llamada a acercarnos a los pobres». Rodríguez Braun insta asimismo a fijarse en la «extraordinaria labor que siempre ha desarrollado el cristianismo en la atención a los pobres, y en el cuidado de su salud y su educación».

Cuando aborda propiamente, la economía León XIV puede parecer antiliberal, señala el ponente, pero no lo es. Por ejemplo, rechaza «la acumulación de la riqueza y del éxito social a toda costa, que se ha de conseguir también en detrimento de los demás». Subraya el economista hispanoargentino que el liberalismo nunca ha defendido «la economía que mata» ni la riqueza a toda costa, y explícitamente ha condenado la que se obtiene fuera del mercado. También el liberalismo coincide con los postulados del actual papa al impugnar utopías como que «el mercado resuelve todo» o que debe gozar de «autonomía absoluta el imperio del dinero» sin respetar la dignidad humana.

Finalmente, Rodríguez Braun le reprocha levemente el error de afirmar que vivimos en «un mundo donde los pobres son cada vez más numerosos», salvo que se refiera a los llamados «contribuyentes», puntualizó. Y calificó de muy correcto el llamamiento a «remover las causas sociales y estructurales de la pobreza», para que los pobres puedan dejar de serlo y «mejorar verdaderamente su vida… ofreciendo su esfuerzo personal». Por todo ello considera el economista que sí existe compatibilidad y armonía entre las ideas de esos papas (y sus textos) y las que se defendían en el acto y postula la propia entidad organizadora.


La imagen que ilustra este texto es el cuadro titulado The Poor, the Poor Man’s Friend (1867), de Thomas Faed. Se guarda en el Victoria and Albert Museum. El archivo se encuentra en Wikimedia Commons, tiene licencia CC-PD-Mark y se puede consultar aquí.