Artículo

Lo que queda de la Transición. Conversación con Miguel Herrero de Miñón

por Miguel Ángel Gozalo

Periodista. Editor adjunto de Nueva Revista

Publicado en | constitución española | Miguel Herrero de Miñón | Política | titulo VIII | Transición

October 2016 - Nueva Revista número 159

ARTÍCULO

 

Una entrevista periodística puede ser muchas cosas, de una conversación cordial y relajada a un mitin, de una transcripción de coincidencias a un combate. En realidad, como decía un gran entrevistador, Joaquín Soler Serrano, es un autorretrato: el que contesta se dibuja a sí mismo. He venido a hablar con Miguel Herrero de Miñón (Madrid, 1940), a su casa, llena de empaque, de la calle Mayor, a cincuenta metros de su despacho en el Consejo de Estado, del que es miembro permanente, convencido, ingenuamente, de que esta era una tarea muy sencilla: un tema fascinante, la Transición; un interlocutor brillante, que es uno de los llamados «padres» de la Constitución de 1978, y una actualidad política rabiosa en torno a eso que venimos llamando «España como problema», de la que es difícil sustraerse y sobre la que este jurista, político y ensayista tiene, sin duda, mucho que decir.

Miguel Herrero es hijo de catedrático, doctor en Derecho, licenciado en Filosofía, consultor, académico de Ciencias Morales y Políticas y autor de muchos libros. Tras ingresar en el Cuerpo de Letrados del Consejo de Estado, ha sido un activo protagonista de la política española, de concejal a diputado. Como portavoz del gobierno en el Congreso, adquirió un prestigio temible por su contundencia como orador.

—Señor Herrero de Miñón, seguimos en lo de siempre, España como problema. Esto que está pasando, el que sea tan difícil formar gobierno, el que el Partido Socialista viva esta crisis, ¿supone que hay que decir adiós a lo que fue la Transición?

—Yo creo que no. Al contrario. Lo que es permanente y estable en España es lo que se hizo en la Transición. El espíritu de la Transición y el desarrollo que la Transición ha tenido durante largos años. Porque tanto con gobiernos del PSOE como del PP, la verdad es que se ha seguido legislando dentro del marco de la Constitución, fruto de la Transición, y, en los temas fundamentales, por consenso. Porque por muchas que hayan sido las polémicas y las tensiones, la verdad es que ha habido una gran parte de consenso en nuestra vida política, que ha permitido que las diferencias nunca fueran abismales.

—¿Pero el «no es no» del PSOE no ha sido excesivo?

—Lo que ha ocurrido ha sido absolutamente nuevo y absolutamente imprevisible, y yo creo que transitorio. Porque el PSOE, la gran obra de Felipe González, ha sido durante largos años un partido socialdemócrata a la europea. Uno puede estar en desacuerdo con muchas de sus tesis, y muchas de sus realizaciones, pero no cabe duda de que ha supuesto, junto con el partido de la derecha, o del centro derecha, se llamase como se llamase, un pilar de la vida pública española. Que algo tan importante se dilapide dándole una orientación que no gusta a los electores, reducidos elección tras elección, ni a las bases que abandonan poco a poco el partido, es lamentable y lo sería más si la causa fuera una ambición personal.

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Miguel Herrero de Miñón (Foto: Carole Alfarah)                        

—La verdad es que ha sido un espectáculo bochornoso, que ha dejado en muy mal lugar al PSOE y que salpica a la clase política.

—Yo creo que la gran reforma que ahora necesita la política española, y esto sé que puede no ser muy popular, es que no se pueda entrar en política sin tener una profesión y sin haber trabajado. Entonces el político podrá salir del poder o de los aledaños del poder sin irse al paro. Los políticos tienen que ser gente que tenga una experiencia real, seria, de saberse ganar la vida y saber tomar decisiones en una profesión seria. Me da igual que sea la de ebanista o la de arquitecto. Pero una profesión seria, para que se pueda retirar al salir de la política.

—¿Hay que reformar la Constitución?

—Hombre, yo creo que la Constitución, claro que es reformable y hay muchos aspectos que pueden mejorarse. La semana que viene aparecerá un libro mío sobre la reforma constitucional, en el que señalo que la mayor parte de las cosas que hay que hacer se pueden hacer sin reformar la Constitución, dentro del texto constitucional. Hay cuestiones como la actualización del sistema electoral que en su momento fue muy acertado, al permitir el paso desde muchos partidos, la famosa «sopa de letras», a unos pocos grandes y sólidos partidos homólogos a las democracias de nuestro entorno. Hoy puede ser modificado, actualizado, hecho más flexible y representativo sin alterar las bases fijadas en la Constitución, aunque sí modificando la ley electoral. Y hay otras cuestiones, como por ejemplo la lucha contra la corrupción, que no dependen de textos legales ni constitucionales. Lo que hay que excluir en la práctica de cada día son no ya los abusos, sino lo que es peor, los malos usos.

—Vista la Transición con perspectiva, como la empezamos ya a contemplar, ¿qué fallos se cometieron en la Constitución que estamos pagando ahora?

—Yo no creo que estemos pagando los errores de la Constitución, al contrario, nos estamos beneficiando de sus aciertos. Lo que ocurre es que la Constitución, cualquier constitución, puede regular el proceso político pero no sustituirlo. La Constitución fija quién manda y hasta dónde se manda, pero no puede garantizar que quienes manden sean inteligentes y lo que manden sea acertado.

—Y la Transición, ¿ha ayudado a cambiar algo las costumbres de este país, o estamos volviendo a las andadas?

—Desde luego, en aquel momento se cambiaron seriamente muchas costumbres. La gente entró en política por pura vocación, abandonando sus profesiones originales y dedicándose con escaso rendimiento económico a gestionar la cosa pública. Yo creo que eso pasó en la derecha y en la izquierda. Hoy la política se ha vuelto un escenario muy poco agradable. Y hay menos gente capacitada y valiosa que se dedique a la política. Desgraciadamente, la política se ha vuelto terriblemente hostil por las relaciones entre los partidos, y la competencia, a veces cainita dentro de los partidos, y tremendamente impopular ante la opinión pública. En eso, los medios de comunicación han hecho, yo creo, bastante escaso favor, porque han subrayado todos los escándalos y han destacado lo más escandaloso de los escándalos

—Menciona usted la opinión pública, un elemento esencial en la democracia. En la Transición, los periódicos se sumaron a la tarea colectiva, y ahora da la sensación de lo contrario. Ahora no se sabe dónde está la opinión pública. Si en los periódicos, en las redes sociales o en las tertulias de la radio y la televisión.

—Antes se distinguía entre la opinión pública y la publicada. Ahora lo que rige es la política murmurada, es decir, se murmura, hay rumores por doquier. Hay poco rigor. Y yo creo que hay una mayor dosis de ignorancia en nuestra opinión pública. Aunque se diga que es una opinión pública muy bien formada.

—Hay quien empieza a creer que la Transición fue un paréntesis, un milagro que todo el mundo elogia, pero que eso ya pasó...

La Transición, como toda obra histórica, se hizo por hombres a los que no les faltaban defectos y que cometieron lógicamente errores. Es decir, estaba llena de luces y sombras, pero tiene mucho más de las primeras que de las segundas. Fue una gran empresa colectiva en que los protagonistas individuales e institucionales, y en ello incluyo a los partidos políticos y a las fuerzas sociales, a la Iglesia católica, a las centrales sindicales, pusieron todos sus empeños en trabajar por una meta en común. No cambiaron «cromos», como suele decirse, sino que asociaron esfuerzos. No fue un contrato de transacción sino un pacto de unión de voluntades. Sería muy de desear que renaciera tal espíritu.

—Otra teoría muy repetida es que el bipartidismo ha muerto por la irrupción de Podemos y Ciudadanos, como fuerzas nuevas. Pero ¿no es posible que sigamos en el bipartidismo, aunque sea imperfecto, y que lo que representen los nuevos partidos sean unas corrientes más modernas?

—Es posible eso, pero, claro, el futuro está por ver. Si el psoe se hundiera, cosa que sería muy muy inconveniente para España y para el equilibrio político español. Si la oposición de izquierdas fuera Podemos o principalmente Podemos, yo creo que se estaría en una posición como la italiana en los últimos años de la República, en que la democracia cristiana, cualquiera que fueran sus defectos, terminaba siempre ganando por el terror que inspiraba el Partido Comunista. Esto podría darse aquí, y eso no es bueno para un país. Aquí conviene que haya una sólida fuerza política de centroderecha, pero se requiere también que haya una firme y sólida fuerza política socialdemócrata.

—Felipe González dice eso mismo: corremos el riesgo de ser como Italia pero sin italianos. Volvamos a la Transición y a sus posibles fallos. Por ejemplo, el famoso título VIII.

—Claro. El título VIII, el mayor fallo que tiene es que no es una ordenación de las autonomías. Es una ordenación del acceso a la autonomía. Los pactos autonómicos del 82 y del 92 generalizaron lo que debía haber sido el resultado de diferentes caminos.

—¿Y eso no lo vieron ustedes, cuando ejercían de «Padres de la patria»?

—Bueno, unos lo vieron y otros no lo vieron. No voy a decir nombres. Yo he criticado siempre, siempre, que el título VIII se fundamentase en la generalización del modelo catalán y vasco, multiplicando por diecisiete, y que después se desarrollase por los nefastos pactos autonómicos del 81 y del 92, que homogeneizaron ya todas las autonomías y después con la LOAPA trataron de disminuir a todas. Yo creo que gran parte de los problemas de nuestro sistema autonómico proceden de ahí, de la homogeneización. Porque es claro que Cataluña y las necesidades de Cataluña, probablemente no son las que dice el señor Puigdemont, pero son las que durante siglo y medio ha mantenido el catalanismo político y que personificó Miquel Roca en la última fase de nuestra vida política constitucional. Esas necesidades no son las de Madrid. Es decir, aquí hace falta reintroducir la asimetría en el sistema autonómico y hace falta, desde luego, poner unos techos infranqueables a las competencias autonómicas para no vaciar el Estado. Y curiosamente Arzallus propuso eso en las Constituyentes. Arzallus quería que hubiera un techo de competencias intransferibles, y eso no se aceptó porque se dijo: si lo dice Arzallus debe de ser malo.

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Miguel Ángel Gozalo y Miguel Herrero de Miñón (Foto: Carole Alfarah)

—También se veía venir la con fusión al distinguir entre nacionalidades y naciones.

—Eso fue inevitable para conseguir, por parte de UCD, un aliado en cuestiones fundamentales. Ese aliado no pudo ser AP, porque Fraga no jugó a esa alianza, y tuvo que ser Miquel Roca. Las partes más moderadas de la Constitución y el que se constitucionalizase la monarquía en el primer artículo y que las relaciones Iglesia-Estado salieran adelante en una fórmula feliz, que inventó José Pedro Pérez Llorca, se consiguieron fundamentalmente con el apoyo de Miquel Roca. Y después, gracias a Miquel Roca, se atrajo al PSOE y se atrajo hasta el Partido Comunista. Pero Fraga nunca jugó a esa alianza en pro de la moderación.

—Y esa minoría catalana, ¿por qué ha derivado en Puigdemont?

—Eso es el misterio, yo nunca lo he entendido. Yo nunca he entendido por qué. Hombre, ha habido errores por las dos partes. Yo creo que ha habido, desde la LOAPA, una política de recentralización innecesaria, en pequeñas cosas y cosas hirientes. El Estado ha planteado recursos de inconstitucionalidad contra normas catalanas, un tanto inocuas. Yo recuerdo que se discutió muchísimo sobre la transferencia de la competencia para otorgar el carné de mariscador, y yo he dicho en público muchas veces: ni la unidad de España pasa por eso y ni la identidad de Cataluña pasa por eso. Es una necedad. Ha habido errores de ese tipo, que produjeron el no menor error del estatuto del 2006. Y que, a su vez, provocó, el que yo creo que fue un disparate, el recurso de inconstitucionalidad contra el Estatuto, que impugnaba cosas que están en el Estatuto de Valencia, en el de Andalucía, en muchos. Que produjo el inmenso error de la sentencia del Tribunal Constitucional del 2010. ¿Qué pasó con esa sentencia? Esa sentencia abrió numerosas heridas. ¿Y qué hicieron desde Cataluña? Aumentar el daño de la herida, dolerse demasiado por las heridas. Y, ¿qué se hizo desde Madrid? Ahondar la herida. Entonces el señor Pujol le pega la patada a su propia formación política con sus escándalos familiares y económicos. Cosa que tampoco es fácilmente comprensible. Cómo un hombre que podría entrar por la puerta grande de Cataluña y de España, tira todo eso por la ventana. Por asuntos familiares...

—¿No sería más bien por codicia? Hay una frase de Unamuno que me encanta: «A los españoles nos trae a mal traer la sobra de codicia y la falta de ambición».

—Pues es muy posible.

—Eso también puede explicar la corrupción. Quizá en la Transición, como había que hacer cosas más importantes, no había tiempo para tanta codicia.

—Eso coincide con la definición que no sé quién daba de la avaricia: «La avaricia es la ambición inhibida por el miedo».

—Volviendo a España como problema, que dijo Laín en la Posguerra, replicado por Calvo Serer con su «España sin problema», ¿cómo estamos ahora? Amelia Valcárcel, que es compañera suya en el Consejo de Estado, decía en una entrevista reciente que los españoles hemos hecho algunas cosas importantes, pero que en el fondo somos gente corriente.

—Es que todo el mundo es corriente, claro. Los romanos eran gente corriente, el que no era corriente era César, por ejemplo, o Cicerón. Pero los romanos eran gente corriente y todo el mundo es gente corriente. Ahora bien, los españoles somos uno de los pueblos sin el cual no puede escribirse la historia del mundo. Es decir, Dinamarca es muy respetable, pero puedes escribir la historia del mundo sin mencionar a Dinamarca. Eso no se hace con España, Inglaterra, Francia, Alemania, Rusia, Estados Unidos, China, y no hay más. Un pueblo sin el cual no se puede escribir la historia del mundo. Eso ya es una baza. Un pueblo sin el que no se puede escribir la historia del mundo, porque ha hecho cosas como América.

—¿Y no hemos perdido como pueblo un poco de patriotismo?

—Yo creo que mucho patriotismo y lo hemos sustituido por la introducción de la leyenda negra. Es decir, después de haber vivido unos años de falso entusiasmo, diciendo que éramos lo más grande que había en Europa, hemos pasado a decir que no hemos hecho nada, que estamos en pleno desorden, que todos los países de nuestro entorno son mejores. No lo son. Yo tengo una nuera italiana y un yerno argentino. Los dos dicen que este es el país del orden y de la seriedad. E Italia es un país muy serio, muy importante. Y Argentina es un país muy grande, muy valioso. España es un país serio, que ha hecho cosas muy serias, que tiene la segunda lengua del mundo. No es para estar tan triste como a veces se está. Y en eso, Rajoy tiene mucha razón, y hace bien en insistir en ello. Somos un gran país. No podemos considerarnos el culo del mundo.

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Gozalo y Herrero de Miñón (Foto: Carole Alfarah)

—Y el fenómeno de Podemos y Ciudadanos, como decíamos antes, ¿puede quedarse en unos apéndices de dos corrientes mayoritarias?

—Yo creo que Ciudadanos ha sido una aventura que no sabemos cómo acabará, una aventura muy parecida a la famosa operación Roca, sin un líder político de la experiencia y calidad política que tiene Miguel Roca. Una desconfianza frente al Partido Popular, desconfianza que el Partido Popular ha dado motivo en ocasiones de tenerla, pero esa desconfianza ha creado un partido que no se ve muy claro cuál es su fuste ideológico. Y Podemos yo creo que es un fenómeno populista, muy parecido a otros en Europa y que tiene no una raíz, pero sí una causa, y la causa está en las medidas económico-sociales que ha impuesto la Unión Europea. Es decir, la Unión Europea también tendrá que pensar hasta qué punto puede supeditar todo a una lógica económica. Porque no todo son las reglas contables, y prueba de ello es que esas reglas contables no se las ha aplicado a Alemania o a Francia en muchas ocasiones, y cuando las han aplicado a Francia hay populismo en Francia.

Yo creo que ahí, los políticos no solo europeos sino nacionales, y en este caso el partido que gobierna en España, tienen que ponderar lo que la lógica económica exige y lo que exigen otras lógicas. Es decir, cuando se habla de la Reforma de la Administración Local, y se dice: para ahorrar dinero hay que suprimir los pequeños municipios. Oiga y desertifica usted el territorio. Hay ocho mil y pico municipios en España, de los cuales siete mil y pico tienen menos de 20.000 habitantes. Lo que no se puede es suprimir eso. Eso enraíza e identifica la población y mantiene vivo el territorio. Habrá que buscar otras medidas, se podrán fusionar servicios, no necesita cada municipio sostener un polideportivo, pero lo que no se puede es, por razones de ahorro económico, desertificar el territorio.

—La frase de Unamuno sobre la ambición y la codicia se complementa con otra perla de Chateau-briand: «La ambición sin talento para sostenerla es un crimen». Y esto nos ha pasado también aquí y nos está pasando. No vamos a dar nombres. Ha habido quien se ha creído Napoleón.

—El Estado Social es indispensable. Pero tiene que ser un Estado Social justo, aunque no tiene porqué ser opulento y en ningún caso tiene que ser dispendioso. Se pueden poner muchos ejemplos. La sanidad española es estupenda, los médicos españoles son estupendos. Algunas veces hay derroche en el Estado Social, que como prestador de servicios esenciales, como tenemos en España, es irrenunciable. Pero hay que ajustar los gastos. Se ha gastado más de lo debido y se ha gastado en cosas rigurosamente inútiles, como los aeropuertos sin aviones.

—Le veo crítico como siempre, según era su fama, pero optimista.

—Yo soy más optimista en conjunto. Yo tenía un maestro, Jaime Guasp, que me decía, «Miguel, España es como el musgo, no dará flores pero lo aguanta todo». Y es cierto que ha dado muchas flores, nuestra historia es una historia llena de flores. Y el que no lo vea así y crea solo en la leyenda negra, es que no sabe historia.

—Y la Transición fue un auténtico centro de mesa.

—Un centro de mesa muy florido y muy hecho por todos, porque la verdad es que la Transición consiguió aunar el entusiasmo de políticos de derechas y de izquierdas, del centro y de la periferia. La Constitución fue votada en Cataluña más que en ningún otro sitio de España, de la clase alta y la clase menos alta, de intelectuales y trabajadores manuales. Fue un empeño nacional, y todavía en la calle hay mucha gente que a mí me para, y me figuro que pararán a muchos políticos de esa época, y me dicen: «Qué bien lo hicieron ustedes. ¿Por qué no se hace ahora así?».

—¿Usted ahora se siente más político o más espectador?

—Yo no soy político activo, pero toda mi actuación tiene un fondo político. Sea en el servicio público, sea con las cosas que escribo o predico por ahí. Y predico bastante, porque esta semana voy a Alicante a una reunión de Presidentes de Diputación para hablar del futuro de las Diputaciones provinciales. Yo creo que es una institución muy importante que sería un disparate suprimir. Y el mes que viene tengo que ir a un seminario de Derecho Constitucional que se organiza en Sevilla. Yo, todos los meses hago una o dos cosas docentes.

—Y sigue escribiendo, claro. Recuerdo lo que escribió sobre Antonio Fontán, el fundador de esta revista: «La vida política española no ha sido en las últimas décadas un camino de rosas, propicio para el fácil cultivo de ciertos valores ajenos en la práctica rufianesca del navajeo. Pero Fontán, sin dejar de estar de una manera o de otra presente en la escena pública durante más de treinta años, se ha mostrado imperturbablemente leal, tolerante, liberal, amable y valiente». Eran virtudes muy romanas, según usted.

—He escrito muchísimo en la prensa. Tengo recogidos cerca de mil artículos. Empecé a escribir en el año 66.

Desde el año 88 al 2009 yo he escrito al menos dos artículos semanales. Me gustaría hacer una selección. Si no, se pierde. Yo recuerdo que Fontán me habló de los estatutos, y lo cuento en las memorias mías en la Semana Santa del año 79, cuando él era ministro de Administración Territorial.

Eso fue un disparate que le metieron a Suárez desde dos perspectivas: la derecha porque quería ahogar la autonomía catalana y vasca, generalizándola, y la izquierda porque no estaba segura de ganar las elecciones siguientes y quería trozos de poder en Extremadura, Andalucía, donde sabían que iban a ganar. Lo cual es muy patriótico, como ve.

Aunque parezca que a Antonio Fontán, político ilustre si los hay, se le atribuyó en 1979 un Ministerio que parecía carecer de importancia, si se le hubiera dejado actuar hubiera sido trascendente, por ejemplo en lo relativo a los estatutos catalán del 36 y el vasco del 36, adobados con oropeles monárquicos. Fontán nunca fue partidario de la generalización y homogenización de las Autonomías.

—En esa etapa de la Transición, ¿cómo consiguieron los siete ponentes crear ese clima de entendimiento entre gentes tan dispares?

—Hombre, la verdad es que había varios vínculos previos. El único no vinculado era Fraga por razones de edad. Pero Gabriel Cisneros, Peces Barba y yo habíamos sido compañeros de Facultad y con un año también de diferencia con José Pedro; Solé y yo habíamos hecho oposiciones juntos a Cátedra de Derecho Constitucional y nos habían echado a los dos. Lo cual une mucho y revela la agudeza del Tribunal. Y Roca, al que no conocíamos ninguno, es un hombre que cultiva las buenas relaciones. Yo, la verdad es que siempre tuve por el catalanismo especial simpatía antes de conocerle y eso facilitó el entendimiento. Fraga, cuando quería cautivar, cautivaba. Es decir, cuando quería ser simpático y amable, lo era. E inmediatamente entabló relaciones con todo el mundo. Y su mejor relación fue con Peces Barba. Entabló una tremenda amistad porque sedujo a Peces Barba, que probablemente era el más ingenuo de todos...

Pasa siempre igual, uno seguiría hablando toda la tarde, y ainda mais. Pero en algún punto hay que detenerse. Salgo a la calle Mayor añorante de la Transición y reconfortado por el optimismo de uno de sus protagonistas. Al día siguiente, en el centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Juan Pablo Fusi va a insistir en lo mismo, al trazar, en la inauguración del curso académico, la perspectiva sobre la Transición, gracias a la cual España se había transformado y había conquistado la libertad, y que, según este historiador, fue «una respuesta a la crisis española del siglo XX que no queremos ver ni deshonrada ni rectificada». A ver si es verdad. •

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