Artículo

La Iglesia Católica que peregrina en Cuba

por Ivette Fuentes

Investigadora Titular de Literatura y Linguística del Ministerio cubano de la Ciencia.

Publicado en Religión, Iglesia y sociedad

June 2012 - Nueva Revista número 138

ABSTRACT

Benedicto XVI ha estado en Cuba durante los días 26, 27 y 28 de marzo de 2012 cuando Fidel Castro, fundador del régimen declaradamente marxista y ateo que lleva gobernando la isla más de medio siglo, ya no es formalmente su presidente. La prensa del mundo entero ha especulado sobre el significado y consecuencias de esta visita, que continúa la que Juan Pablo II efectuó en 1998, primera vez que un papa puso su pie en la isla. Pero nadie ha reparado en que lo que centra la atención de la Iglesia en Cuba es la celebración de los 400 años del hallazgo de la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, coronada por Juan Pablo II como Reina de Cuba y obsequiada por Benedicto XVI con la «Rosa de Oro». Para conocer qué pasa con la Iglesia en Cuba quizá convenga hablar fundamentalmente de religión.

ARTÍCULO

De ayer a hoy

Como es bien sabido, en su empresa americana, España llevó siempre el anuncio de la Fe Católica. En Cuba, no de modo muy distinto que en otros lugares, cultura y fe católica forman parte desde entonces de la idiosincrasia cubana, nacida criolla, o sea, ligada a un catolicismo cuya ortodoxia se tiñó de una inculturación especial a lo largo de la historia. Pienso que en la Iglesia Católica de Cuba se reconocen no solamente los bautizados católicos que viven su fe de manera consciente y comprometida, sino todo un «pueblo de Dios» que alcanza a ver en la Iglesia el referente propio de una religiosidad inherente y latente, y que participa en ella a través del culto y otras realidades que de él emanan. Inspirada en el Evangelio, como «germen firmísimo de unidad, de esperanza y de salvación», según las palabras del Concilio Vaticano II, también la Iglesia en Cuba va más allá de los muros de sus templos para anunciar a todo el pueblo su mensaje de fe y vida espiritual.

Atenta a los signos de los tiempos, la Iglesia cubana, «misionera, orante y encarnada», convocó en el año 1986 el Encuentro Nacional Eclesial Cubano, que sería conocido por sus siglas ENEC, que impulsó una acción más enérgica y audaz, consonante con las nuevas realidades de la nación. Se ha producido un cambio constitucional que califica el estado cubano como «laico» y no, como antes, solamente «ateo», aunque se siga identificando en cuanto a su actuación con el «ateísmo científico» de la doctrina marxista-leninista. Pero se reconoce la ayuda que la fe cristiana y, por ende, las iniciativas pastorales y evangelizadoras de la Iglesia pueden aportar al bien social y a la promoción espiritual del cubano. Y, así, El ENEC pudo marcar derroteros y previsiones que aún están presentes en el quehacer pastoral, como se ve por la confirmación que recibieron en la Reunión Nacional Conmemorativa celebrada en 1996, y luego revalidada en 2006.

En 1992, nuevas enmiendas a la Constitución de la República repercuten favorablemente en el trabajo de la Iglesia, al presentarse ahora la nación en su Carta Magna también como «laica», y no ya como «atea», tal y como lo hacía en su versión de 1976. Tal revisión preparó el terreno para la participación eclesial de ciertas gentes que, sintiéndose católicas, se inhibían de todo compromiso ante los múltiples escollos y dificultades que el llamado «ateísmo de Estado» procuraba. La Iglesia redobla ahora su proclama de unidad salvífica para atraer a su seno también a una parte de las personas del «mundo de la increencia» que, está convencida, son portadoras del credo, aunque no sepan cómo expresarlo.

Sin duda, a lo largo de este último medio siglo, los distanciamientos e incomprensiones hacia la Iglesia Católica contribuyeron a un panorama de cierta grisura religiosa a escala nacional. Las dificultades sociales impusieron unas carencias evangelizadoras muy notables. La Iglesia debía enfrentarse con un sincretismo arraigado, fruto de un mestizaje cultural y religioso, que fue configurando una religiosidad popular, trufada de los llamados cultos afrocubanos. Sin embargo, la vocación religiosa y creyente del pueblo, expresada en su devoción a Cristo y a la Virgen, en su advocación de la Caridad del Cobre, conformó un núcleo en torno al cual se ha venido produciendo una purificación hacia los valores espirituales genuinos, que han dado lugar al cultivo de la fe, expresada de disímiles formas, pero todas gravitando en torno a la columna vertebral que la Iglesia presta en su misión evangelizadora.

Los caminos de hoy

Hoy, la Iglesia en Cuba cumple su misión evangelizadora a través de una acción pastoral progresivamente más presente en toda la sociedad. En el imaginario nacional, en consonancia con su cultura de raíz hispánica, nunca dejaron de estar presentes las celebraciones litúrgicas tales como el nacimiento, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, la conmemoración del Día de los Difuntos, las fiestas populares alrededor del santo patrón de la localidad, el reposo dominical. Y eso, aun en medio de incontables presiones en su contra. También ha permanecido un alto grado de conservación del credo católico dentro de la familia cubana. Además de la educación doméstica, junto a las convivencias de jóvenes y de matrimonios, las reuniones de comunidades, los encuentros de oración y reflexión y los retiros espirituales han ayudado a mantener viva una fe que en estos momentos gana espacios públicos. Las procesiones, por muchos años prohibidas, vuelven a aparecer con una participación masiva de fieles cubanos (católicos practicantes o no) que expresan sin tapujos un sentir nacional, mantenido por años en la paciencia y solo con las fuerzas de la propia fe. Además, la venida a Cuba del Santo Padre Juan Pablo II en 1998, sirvió, entre otras cosas, para declarar festivo el 25 de diciembre. La reciente visita pastoral del Papa Benedicto XVI en marzo de 2012, permitió que, por vez primera en más de cincuenta años, el Viernes Santo fuera declarado no laboral.

En este clima de mayor tolerancia la Iglesia organiza sus iniciativas con dos Comisiones episcopales (Seminarios y Mixta COCC-CONCUR, que agrupa todas las órdenes y congregaciones religiosas asentadas en el territorio nacional); y cuatro departamentos con sus correspondientes secciones: Fe y Misión; Liturgia y Ministerios; Laicos y Cultura; Social. Existen en el país 10 Diócesis, de ellas dos Arquidiócesis: San Cristóbal de La Habana y de Santiago Apóstol de Cuba, mayores en extensión territorial y en complejidad estructural. La de Santiago de Cuba es la diócesis primada, al ser la primera fundada en Cuba en 1517. Dos siglos después, fue erigida la habanera, el 17 de septiembre de 1787. Actualmente ofrecen servicios pastorales 591 parroquias (de las que dimanan como nueva modalidad de apoyo las Casas Misión, situadas en domicilios particulares de fieles católicos) y 168 sacerdotes diocesanos en todo el país (a los que se unen sacerdotes de distintas órdenes religiosas enclavados en las respectivas diócesis), cifra que no llega a alcanzar la que existiera antes de 1960, cuando eran alrededor de 800 los sacerdotes, y ni siquiera la de 200 que quedaron tras las primeras expulsiones de sacerdotes y religiosos.

La educación católica es quizás la primera asignatura pendiente de la Iglesia en Cuba. Las distintas diócesis mantienen grupos de formación religiosa, tanto de reflexión como educativos e instructivos sin apoyo estatal alguno. Sin embargo, esta situación ha sido superada con convenios con universidades extranjeras, muy en especial españolas, que han validado los planes docentes. Como centros de formación, podemos mencionar el Centro de Estudios de la Arquidiócesis de La Habana (ya en 2012 devenido Cátedra de Estudios Culturales Vivarium) que fuera creado en la crucial fecha de 1990, en el llamado «periodo especial en tiempos de paz». Otro espacio alternativo que vivió durante cerca de 15 años, fue el Centro de Formación Cívica religiosa y su revista Vitral, de la Diócesis de Pinar del Río, que hoy continúa, aunque con un perfil menos intenso al propuesto en su creación. Un foco de gran proyección nacional, más dirigido a las artes en general (plásticas, musicales), es el Centro «San Antonio María Claret», de la parroquia homónima, perteneciente a la Arquidiócesis de Santiago de Cuba. Inclinados a la docencia pura, los institutos «María Reina» y «Félix Varela», ambos de la Arquidiócesis de La Habana, ofrecieron durante años la posibilidad de acceder a altos estudios filosóficos y teológicos, en convenio y patrocinio con la Universidad de Comillas. Espacio indiscutible de cultura y docente es el Aula «Fray Bartolomé de las Casas», llevada por los PP. Dominicos de la Habana, que, además de ofrecer ciclos de conferencias del más alto nivel y con la concurrencia activa y participativa de los más encumbradas figuras de la intelectualidad cubana, ha creado cursos de corta duración (aunque sin validación titular universitaria) en especialidades tan disímiles como la informática, los idiomas y la cultura cubana y universal. Todas estas iniciativas consolidan indudablemente los cimientos de lo que se anuncia como una de las más ambiciosas metas de la Iglesia en Cuba, en particular de la Arquidiócesis de La Habana, con la creación del Centro Cultural «Félix Varela», conjunción de espacios (culturales, editoriales, artísticos) que complementarán el Instituto de Estudios Eclesiales «Félix Varela». Se espera que sea la simiente de una futura Universidad Católica en Cuba, que podrá tener su sede en el edificio histórico del que fuera Seminario de San Carlos y San Antonio, fundado en 1772 como Real Colegio-Seminario y que tan decisivo papel tuviera en la formación, consolidación y desarrollo de la conciencia nacional. El Instituto «Félix Varela» se propone como un proyecto de formación laical y civil, en consonancia con los más altos fines docentes que permitan una enseñanza con cobertura eclesial, pero homóloga a cualquier centro superior educativo. Sus materias curriculares abordarán especialidades filosóficas, literarias, teológicas, económicas, pedagógicas e informáticas, para un Laurea y Licenciatura en Humanidades. De cierta manera, el magno edificio del Seminario volverá a sus propósitos iniciales, cuando fuera centro formativo seglar y laical, y no solamente lugar para futuros sacerdotes, tal y como luego pasó a ser.

Para dejar paso a una consecuente evolución de la labor cultural de la Iglesia en Cuba, y poder acoger en un mismo núcleo tantos pequeños grupos dispersos (el Centro tendrá a su haber servicios de Biblioteca pública, Museo Diocesano, exhibiciones fílmicas, galería de arte, revistas especializadas, sala de conferencia, Aula Magna para clases magistrales, hospedería, etc), fue inaugurada en 2011 la nueva sede del Seminario San Carlos y San Ambrosio, en terrenos alejados de la ciudad, tal y como aconseja la Santa Sede. La dimensión reflexiva y contemplativa que ha de tener el aspirante a sacerdote, encuentra así un clima más propicio, lo que no impide su inserción y participación activa en la vida de la sociedad, que se adquiere con la colaboración, dentro de los años de estudio del seminarista, en parroquias de la Diócesis, lo que contribuye a ganar en experiencia por el contacto con las personas a quienes ha de servir en su futuro ministerio.

En Cuba existen dos Seminarios, ambos de larga tradición historica: el Seminario de San Basilio, el Magno (en Santiago de Cuba), que está bajo la dirección de los padres de la Compañía de Jesús, y el de San Carlos y San Ambrosio. En el primero de los Seminarios, los candidatos al sacerdocio cursan los dos primeros años de formación humana y espiritual y de Filosofía y Humanidades, y en el de La Habana, se cursan los estudios filosóficos complementarios y los estudios teológicos, con acento especial en la formación pastoral a través de los propios estudios y la implicación en la vida activa de las parroquias. En los momentos actuales la llamada al sacerdocio es uno de los retos mayores de Iglesia Católica, pues, en Cuba, se encuentra con la dificultad especial de años de educación atea, que no ha permitido el menor asomo al vasto mundo de la vida consagrada o que incluso ha conseguido crear una visión tergiversada de su significación y alcance. No obstante, continúa el lento crecimiento de las vocaciones sacerdotales de las que dependerá fundamentalmente la estabilidad de una estructura eclesial sólida.

Dos temas acompañan el concierto actual de la Iglesia católica cubana. Uno de ellos es el amor al Padre Félix Varela, presbítero, baluarte en la historia cultural cubana, «aquel que nos enseñó a pensar», según dijera otro gran patricio cubano, José de la Luz y Caballero en referencia a su lugar dentro de la conciencia nacional cubana. Félix Varela fue profesor de física experimental, química y filosofía, entre otras disciplinas, y ejerció en el mencionado Seminario San Carlos y San Ambrosio, donde formó múltiples próceres de nuestra historia, incluido Rafael María de Mendive, maestro de José Martí. Su aporte esencial fue la formación de valores en la juventud en general y el ejemplo de su vida consagrada al sacerdocio, que ejerció tanto en Cuba como en los Estados Unidos. Sus escritos son hoy seguidos con devoción tanto en la formación académica, como en la cultural, cívica-social y pastoral. Se ha instado su proceso de beatificación y canonización. Poco después de terminada la visita de Benedicto XVI a Cuba, este proclamaba a Félix Varela como Venerable, dejándolo ya en camino de que pueda en el futuro ser proclamado beato y santo. La Iglesia en Cuba espera que sea este hijo suyo quien pueda convertirse en emblema cultural e histórico del país y, a la vez, en símbolo de unidad y reconciliación para todos los cubanos.

De consonancia aún más popular, por su representatividad no solo dentro de la conciencia católica, sino de todo el imaginario religioso cubano, es la celebración de los 400 años del hallazgo de la Virgen de la Caridad del Cobre en la bahía de Nipe, en el Oriente cubano, en el año de 1608 (coincidentemente la fecha que se señala como inicio de la literatura cubana, con la publicación del poema épico «Espejo de paciencia» del canario Silvestre de Balboa). Durante cuatro años, que terminarán en septiembre de 2012, las acciones pastorales de la Iglesia en Cuba pondrán su mirada en esta imagen venerada de la Virgen, conocida como la Virgen mambisa, que se convirtiera en la Patrona de Cuba en 1927 por autorización del Papa Pío XI (tras la solicitud hecha desde 1915 a Benedicto XV por los veteranos de la guerra mambisa) y que fuera entronizada en el Santuario del Cobre, en Santiago de Cuba, el 20 de diciembre de 1936.

La bella historia del hallazgo de la Virgen de la Caridad del Cobre está más allá de su verdad histórica, situada para siempre en el afectuoso terreno de la leyenda piadosa. Lo importante es que, desde aquella lejana fecha, se ha invocado a la Virgen, madre de los cubanos, pidiéndole favores, lo que, en todo caso, ha repercutido en un enriquecimiento de la fe cristiana. En correspondencia con las distintas advocaciones de la Virgen María, «aparecida» como las del Pilar, Guadalupe, Lourdes o Fátima, por especial providencia de Dios, la veneración a La Virgen de la Caridad, incluso alentada por los dos últimos pontífices, sigue siendo figura salvífica y mediadora para todos los católicos cubanos e incluso para los meros «creyentes» de la Caridad.

La realidad de la Iglesia Católica en Cuba, como en cualquier parte, no se avista sino a través del fiel que en ella vive la fe. Despertar a la espiritualidad las conciencias por años aherrojadas tiene que ser el objetivo básico de convocación que ahora parece poderse renovar, más allá de cualquier acción o estrategia evangelizadora. Por lo demás, en la nueva hora de la libertad, tan simple como leer un libro de historia antigua, rescatado del polvo, será la tarea de redescubrir el sentido en la historia nacional de la Iglesia Católica, sin la cual habría renglones de silencios y culposas omisiones. Más allá de tropiezos infortunados y de tantísimas incomprensiones, más allá de las mezclas primitivas de saberes y de credos, como en el principio, la Iglesia es parte del gran «ajiaco» transculturado que don Fernando Ortiz viera en nuestra nación. Cuba canta con mil voces diferentes un coro, a veces disonante y grave, pero en cuyo estribillo no deja de estar nunca su católica fe.

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