«Yo, Claudio», la serie sobre la razón de Estado que hizo historia

Cincuenta años después de su emisión, la serie de la BBC, basada en la novela de Robert Graves, ofrece una mirada atemporal sobre la política, el poder y la ambición que no ha perdido actualidad

Claudio recibe homenaje como nuevo César tras el asesinato de su predecesor. CC Wikimedia Commons
Javier Memba

Robert Graves (Wimbledom, Inglaterra, 1895 – Deià, Mallorca 1985). Escritor, poeta y traductor. Estudioso de la cultura y los mitos de la Antigüedad griega y romana. Autor, entre otras obras, de las novelas Yo Claudio, El conde Belisario y El vellocino de oro, del ensayo La diosa blanca, y de la autobiografía Adiós a todo eso.

Avance

Si Yo, Claudio (1934) fue todo un hito en la novela histórica, la versión de la BBC (1976) constituyó otro no menos notable en las series televisivas. Creada por Jack Pulman y dirigida por Herbert Wise, fue junto con Retorno a Brideshead (1981) una de las primeras series de impacto mundial, décadas antes de fenómenos como Los Soprano, The Wired o Mad men. Contribuyó a divulgar las luchas por el poder en la dinastía Julia-Claudia, en el siglo I de nuestra era, y lo hizo con un enfoque shakespiriano, para lo cual contó con un elenco de actores forjados en el teatro inglés, como Derek Jacobi (Claudio), Brian Blessed (Augusto), Sian Phillips (Livia) y John Hurt (Calígula), entre otros.

El éxito tanto de la novela de Robert Graves como de la serie de la BBC fue debido al peculiar atractivo de su protagonista. Claudio era un hombre marginado por sus minusvalías —tartamudez, cojera…— que acaba sobreviviendo a algunos de los tiranos más grandes de la Historia. Frente al cinismo, la megalomanía y la decadencia moral del resto de la corte, Claudio se revelaba como un observador sensato y aparentemente inofensivo, cuya supervivencia dependía de hacerse pasar por tonto. Todo lo cual despertaba la complicidad del telespectador.

ArtÍculo

afinales del verano de 1976, la BBC envió a Deià (Mallorca) a uno de sus equipos para que Robert Graves pudiera ver la adaptación de sus novelas Yo, Claudio (1934) y Claudio, el dios, y su esposa, Mesalina (1935), sobre el emperador romano Claudio (10 d.C. – 54 d.C). Se trataba de una miniserie de trece capítulos de 50 minutos de duración cada uno que, en lo que a su técnica se refiere, fue una de las primeras producciones de la antena británica grabadas en vídeo analógico de dos pulgadas.

Creada por un equipo de guionistas —Joan Sullivan, Martin Lisemore y Herbert Wise— liderados por Jack Pullman, en sus trece entregas —dirigidas todas ellas por Wise— se unían las dos novelas de Graves bajo el título genérico de la primera.

Algo más que teatro filmado

La serie fue un fenómeno televisivo sin precedentes. Y lo fue sin que formalmente hubiese nada que pudiera considerarse novedoso. Todo lo contrario; era una reafirmación del más clásico de los procedimientos de la ficción televisiva —el teatro filmado— cuando la antena ya pedía esa renovación que, como lo fuera en el cine varios años antes, con el neorrealismo italiano y la Nouvelle Vague, suponía la ruptura con los estudios en favor de los emplazamientos del tomavistas en exteriores. Unos meses posterior, Poldark, otro de los grandes éxitos de la BBC, hizo época, entre otras cosas, por sus secuencias localizadas en los hermosos paisajes de Cornualles.

Yo, Claudio apuntaba tan decididamente al teatro clásico que incluso estaba interpretada por un elenco de shakesperianos de pro: Derek Jacobi (Claudio), Brian Blessed (Augusto), Sian Phillips (Livia), John Hurt (Calígula), Sheila White (Mesalina) y un largo etcétera. Además, el Yo, Claudio televisivo tenía en el Julio César (1599) de Shakespeare su modelo inequívoco. Tanto fue así que, en 1979, Wise quiso revalidar el éxito adaptando esa obra de teatro, aunque con menos éxito.

La versión de la BBC partía de un valioso material. Un Robert Graves necesitado de dinero la había escrito en los años 30, después de estudiarse la Vida de los doce césares, de Suetonio. Excombatiente en la Primera Guerra Mundial, especialista en Grecia y Roma, amigo del célebre T. E. Lawrence (sobre el que escribió el libro Lawrence y los árabes), Graves había recalado en Mallorca diciendo Adiós a todo eso, como refleja su autobiografía, dedicándose a la poesía y la erudición.

Robert Graves «Yo, Claudio». Edhasa, 2003

La novela, que recreaba las intrigas cortesanas de la Roma imperial, se convirtió en un hito de la ficción histórica, al nivel de Sinuhé, el egipcio, de Mika Waltari, y Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, y la obra más conocida de su autor. Fue considerada como una de las diez mejores novelas del siglo XX por The Guardian; y una de las diez mejores ficciones históricas por The Spectator. La Sociedad de Novela Histórica afirmó, en fin, que Yo Claudio es «la referencia moderna definitiva» sobre la Roma imperial.

Escrita en primera persona por el protagonista, cuyo nombre completo era Tiberio Claudio César Augusto Germánico, narra la lucha por la supervivencia de un personaje sumamente frágil en lo físico, mas no en lo psíquico, que demostró una sorprendente astucia.

A diferencia de los grandes peplum de Hollywood, que primaban lo espectacular (Ben Hur, La caída del Imperio Romano, etc.), el material de partida se prestaba a una representación psicológica, a duelos de caracteres y diálogos brillantes más que a escenas de masas o de acción. Lo que la entroncaba con la tradición teatral. Y ese fue el enfoque que le dio la BBC.

Como en un escenario del West End

La realización estuvo marcada por el método de producción de los años 70: una combinación entre técnica teatral estricta y limitación presupuestaria. Wise supo valerse del sistema multicámara, tan genuinamente televisivo. Pinchaba las cámaras en tiempo real desde la sala de realización, conmutando los planos sobre la marcha en lugar de rodar toma a toma como en el cine. De este modo, los shakesperianos que integraban el reparto podían trabajar exactamente igual que si estuvieran interpretando al Bardo en un escenario del West End.

Las escenas se grabaron en tomas continuas de larga duración. Con frecuencia de hasta diez o quince minutos sin corte alguno. Las ediciones en cinta de dos pulgadas eran complejas y precisaban cortar o realizar empalmes físicos o electrónicos, sumamente delicados. De ahí que, cuánto más largos fueran los bloques, mejor.

El actor Derek Jacobi interpretaba a Claudio en la serie. Foto: © BBC

Los decorados de los palacios imperiales, diseñados por Tim Harvey, estaban montados en una suerte de simbolismo claustrofóbico. Se recurrió a un diseño estilizado con columnas, arcos y murales que daban prioridad a la iluminación dramática y al trabajo actoral. Derek Jacobi, Sian Phillips y los demás actores encontraron en los diferentes romanos que recrearon en Yo, Claudio a los grandes personajes de sus respectivas filmografías. La ausencia de distracciones visuales, y no digamos de efectos especiales, obligó a que la tensión dramática dependiera por completo del guion de Jack Pullman y de las interpretaciones del elenco.

Fue el trabajo de sus intérpretes lo que acabó convirtiendo Yo, Claudio en una serie de culto, sin olvidar la entrega del equipo de maquilladores. Dado que las memorias de Claudio nos llevan por la Roma de Augusto y Livia, de Mesalina y Tiberio, de Calígula y Drusila, la serie avanzaba a lo largo de varias décadas y, en consecuencia, los actores debían envejecer en pantalla. Así las cosas, el equipo de maquillaje tuvo que realizar prótesis y caracterizaciones complejas en tiempos récord entre bloques de grabación.

La profecía de la sibila de Cumas

En 1968, Granada Television, otra de las grandes productoras de la antena británica, había puesto en marcha The caesars, miniserie sobre los emperadores de la Antigua Roma —de Augusto a Claudio—, todo un precedente de la adaptación de Graves, si bien conoció un aplauso muy relativo. A fe nuestra, el aplauso que conocieron en la antena internacional los recuerdos del más insospechado de los emperadores romanos fue debido a la profecía de la sibila del oráculo de Cumas.

Una de las licencias literarias más hermosas concebidas por Graves es aquella en que la adivinadora augura a Claudio que, dentro de mil novecientos años, se le entenderá perfectamente. Siendo el tiempo del emperador tartamudo el que se fue entre el 41 y el 54 de nuestra era, está claro que Graves alude a su propia novela cuando nos dice que un milenio y novecientos años después se comprenderá perfectamente a Claudio. Y, por extensión, también habría de entendérsele en la adaptación televisiva de su peripecia, así como desde las perspectivas de la posteridad.

Ingenuo entre los malvados

En gran medida, el éxito de Yo, Claudio (tanto la novela como la serie de la BBC) fue debido a la capacidad de resiliencia del singular personaje: un hombre marginado por sus minusvalías —tartamudez, cojera…— que acaba sobreviviendo a algunos de los tiranos más grandes de la Historia. Y lo hace porque estos, habida cuenta de las limitaciones del gobernante que también fue historiador, en un principio le consideran inofensivo. No hay que olvidar que Claudio I, amén de uno de los más brillantes etruscólogos, fue un estadista notable, así como autor de una autobiografía de ocho tomos, que se considera perdida. Un extravío que, en cierto sentido, quiso paliar la novela de Graves. Una escena recurrente de su adaptación, que articula las evocaciones del protagonista, es mostrárnoslo escribiendo sus crónicas.

Tanto la novela de Graves como su versión televisiva retrataban a Claudio frente al cinismo, la megalomanía y la decadencia moral del resto de la corte. Nuestro hombre representaba, como pocas veces se ha visto en la historia de la televisión, el punto de vista del televidente. Su punto de vista focaliza el relato y nos descubre en Claudio a un observador sensato, irónico y aparentemente inofensivo, cuya supervivencia depende de hacerse pasar por tonto. Ingenuo frente a Livia, la matriarca calculadora que maneja el imperio a su antojo, merced al veneno y a la manipulación. Cándido ante el Calígula de John Hurt, un festival perturbador de interpretaciones memorables de la locura y el absolutismo desatados. Y el inolvidable Claudio de Derek Jacobi, aparentemente un desvalido, era el único cuerdo en aquel éxtasis de locura criminal de la corte romana. De hecho, terminaría siendo asesinado por orden de su esposa Agripina, madre del futuro emperador Nerón, al ingerir una setas envenenadas, en el año 54.

Y otro tanto ocurrió en aquella España que veía series como Curro Jiménez, donde cosechó éxito y popularidad. «Con Yo, Claudio ocurrió en España lo mismo que con Los gozos y las sombras, de Torrente Ballester —escribió en 2002 José Carlos Llop en el prólogo a una edición del texto de Graves—: la televisión, además de descubrir esa novela, creó a sus lectores, que no fueron pocos y que además eran, en su mayoría, lectores ajenos a la poesía de Graves. La impecable adaptación de la BBC adentró a los españoles —y supongo que en otros países no anglosajones debió de ocurrir algo parecido— en la Roma de la dinastía Julio-Claudia».

Robert Graves ya era un anciano de ochenta y un años cuando el equipo de la BBC se desplazó hasta Deià parar mostrarle la serie. Fue allí, en su casa de Ca n’Alluny, donde el escritor concibió en los años 30 el díptico de Claudio. Varios proyectos editoriales e inmobiliarios, emprendidos junto a la escritora estadounidense Laura Riding, su compañera cuando arribaron a Mallorca, habían acabado siendo ruinosos. Total, que Graves necesitaba dinero con cierta rapidez, y en cierta cantidad, para saldar las deudas. Reciente aún su lectura de Suetonio, siempre aseguró que el propio Claudio se le apareció en un sueño invitándole a contar su historia. Por eso, cuando los enviados de la BBC le preguntaron qué le había parecido, don Roberto contestó que a Claudio le habría gustado.


Foto: Detalle de Un emperador romano 41 d. C.,(1871). Óleo sobre lienzo de Lawrence Alma-Tadema. El archivo de Wikimedia Commons se puede consultar aquí.