Uwe Wittstock: «Marsella 1940. Los artistas que huyeron del nazismo»

El grupo de idealistas que salvó a cientos de amenazados por Hitler

El puerto de Marsella en 1935
El puerto de Marsella en 1935
Ángel Vivas

 Uwe Wittstock es periodista y escritor. Ha trabajado como redactor y crítico literario para medios como el Frankfurter Allgemeine Zeiting, Die Welt y Focus. En España ha publicado Febrero de 1933. El invierno de la literatura.

Avance

Los desastres de la guerra evidentes son las matanzas, las batallas, los bombardeos. Hay otro menos patente, el de los refugiados y perseguidos lejos del frente. El escritor y periodista Uwe Wittstock, que ya se ocupara en un libro anterior del ascenso de Hitler al poder, trata ahora del drama humano de miles de refugiados forzados a huir ante la invasión alemana de Francia en 1940. La conexión entre ambos libros es evidente. Junto a los escritores y artistas en los que se centra (por ser ellos los que dejan un rastro documental), un protagonista al que rescata de las sombras de la historia es el norteamericano Varian Fry, que se encargó de ayudar y sacar de Francia a miles de perseguidos por el régimen nazi, por su condición de judíos o de opositores. Gente como Heinrich y Golo Mann, Walter Benjamin, Hanna Arendt, Max Ernst, Lion Feuchtwanger, Alma Mahler, Franz Werfel, Victor Serge, Albert Hirschman, Marc Chagall o André Breton, cabeza de un movimiento, el surrealismo, que los nazis consideraban degenerado y filocomunista.

Como es costumbre en Wittstock, su relato es un tenso y vívido reportaje de las tremendas peripecias que vivieron todos ellos, y que a más de uno (Walter Benjamin) les costó la vida. Marsella, por sus excepcionales condiciones (era la mayor ciudad de la zona no ocupada y el único puerto ultramarino no controlado por los alemanes, con consulado americano y oficinas de organizaciones como la Cruz Roja y otras) se convirtió en el lugar ideal para que Fry y sus colaboradores (destacadamente, el socialista Albert Hirschman y el católico y conservador Franz von Hildebrand) establecieran su centro de apoyo a los refugiados. En un año de actividad, posibilitaron la salida de Francia de más de mil personas. La tarea era inmensa y arriesgada. Había que localizar a gente que se escondía, sacarlos de los campos de internamiento franceses, procurarles papeles y visados, lidiar con la fatigosa burocracia. Por supuesto, no todo era legal. El cruce de los Pirineos, en el que destacó el matrimonio Fittko, fue uno de sus hitos.

Hubo generosidad, valentía y aventura; a veces, todo junto, como muestran los casos de Mary Jayne Gold y Charles Fawcett. O Peggy Guggenheim, capaz de entregar una sustanciosa donación al centro de Varian Fry, tras haberse hecho con una valiosísima colección de arte aprovechando la urgente necesidad de vender por parte de sus propietarios.

Por encima de esta y otras muchas peripecias vividas por todos estos personajes, emerge del libro una lección de solidaridad. La de quienes dieron «un ejemplo de inconmovible humanidad en tiempos de la mayor inhumanidad imaginable». Como dijo Lisa Fittko, «ninguno de nosotros habría podido sobrevivir sin la ayuda de franceses en cada rincón del país: franceses cuya humanidad les dio el valor para acoger, esconder, alimentar a aquellos extranjeros perseguidos».

Los múltiples avatares narrados en el libro hacen que este —sin menoscabo y valga el tópico— se lea como una novela.

ArtÍculo

Este nuevo libro de Uwe Wittstock enlaza en más de un sentido con el anterior Febrero de 1933. Tiene un mismo esquema cronológico, hay una clara continuidad histórica, incluso algunos protagonistas (los Mann) son comunes a ambos títulos. Aquel relataba el ascenso al poder de Hitler y la precipitada huida de muchos intelectuales amenazados por su régimen. Este comienza con la ocupación de Francia por Alemania en 1940 y la nueva amenaza para muchos intelectuales instalados en el país galo, bien por su condición de judíos, bien por su oposición al nazismo, del que muchos de ellos vienen huyendo.

Uwe Wittstock. Marsella 1940. Los artistas que huyeron del nazismo. Galaxia Gutenberg, 2026. 382 páginas.

También como en el título anterior, el autor se fija en escritores y artistas porque son estos los que dejan rastro documental, pero consciente de que hubo muchísimos más perseguidos, anónimos, a los que le gustaría dedicar el libro; incluso los destinos de algunos de los que aquí aparecen estuvieron entrelazados con los de otros que no constan en sus páginas. Además de nombres menos conocidos del lector español, aquí está la odisea de Heinrich y Golo Mann, Walter Benjamin, Hanna Arendt, Max Ernst, Lion Feuchtwanger, Alma Mahler, Franz Werfel, Victor Serge, Albert Hirschman, Marc Chagall, André Breton, Lévi-Strauss

Ante aquella catástrofe, no faltaron quienes se arriesgaron para salvar a tantos como pudieron, dando «un ejemplo de inconmovible humanidad en tiempos de la mayor inhumanidad imaginable». Wittstock se centra en el caso concreto del norteamericano Varian Fry, un ejemplo típico de intelectual de la Costa Este, que, tras haber sido testigo de la violencia nazi en las calles de Berlín en 1935, puso en pie un voluntarioso centro de ayuda a estos refugiados en peligro.

Campos de internamiento

La cruel paradoja que se produjo es que, dada la situación de guerra, es Francia la que se apresura a recluir en campos de internamiento a cualquier ciudadano alemán por el hecho de pertenecer a un país enemigo y ser sospechoso por ello de quintacolumnista. De modo que, de la noche a la mañana, miles de refugiados se ven en una trampa, sin poder salir de Francia y con la amenaza sobre sus cabezas de ser encarcelados o asesinados por los nazis. Los campos de internamiento, los mismos o parecidos a los que han conocido los republicanos españoles el año anterior, tienen unas condiciones pésimas de hacinamiento e insalubridad, con predominio de enfermedades como la disentería. Hace falta una salud robusta para sobrevivir en ellos; y, según pase el tiempo, se diferenciarán menos de los campos de concentración nazis.

Tras el armisticio, con buena parte de Francia ocupada y la otra bajo el régimen colaboracionista de Vichy, presidido por el filofascista Pétain, Marsella se convierte en el destino de la mayoría de los refugiados. Marsella, la mayor ciudad de la zona no ocupada y el único puerto ultramarino no controlado por los alemanes, cuenta con consulado americano y oficinas de organizaciones como la Cruz Roja, iglesias y sindicatos. Su población de 900.000 habitantes se ha incrementado en más de medio millón de refugiados belgas, holandeses, soldados ingleses huidos de Dunquerque y exiliados de muchas nacionalidades. Atestada de gente, «revienta por todas sus costuras». La policía patrulla a todas horas, hace redadas, registros al azar en cafés y hoteles; carecer de papeles es estar en un peligro constante. Una poderosa y bien asentada mafia completa el panorama de la ciudad.

Varian Fry crea en Nueva York el Emergency Rescue Committee, y a primeros de agosto del 40 marcha a Marsella con el propósito de estar menos de cuatro semanas para poner en pie el correspondiente centro de ayuda a los refugiados. Permanecerá allí un año, durante el cual él y sus colaboradores posibilitarán la salida de Francia de más de mil personas. Fry, de 32 años, es intelectual e idealista, pero no tiene experiencia en el trabajo ilegal, no es el tipo de combatiente de la resistencia; a cambio habla bien francés y alemán. Los múltiples problemas técnicos van desde localizar a gente que está escondida y no quiere ser encontrada a conseguir papeles y visados, lidiando con una compleja burocracia que levanta sucesivas barreras de declaraciones, certificados y las revisiones correspondientes.

Fry contará en Marsella con dos colaboradores muy distintos que constituirán para él el equipo ideal: el socialista (Otto-)Albert Hirschman, con una experiencia en el submundo ilegal muy útil a la hora de conseguir pasaportes falsos, escondites o cambiar dólares en el mercado negro, y el conservador y católico riguroso Franz von Hildebrand, moviéndose cada uno en sus respectivos ambientes políticos. El voluntarismo y las dificultades presiden su trabajo en una pequeña habitación de un hotel, con el riesgo de que, entre los que acuden a solicitar su ayuda, se cuelen espías, ya que no todos son nombres conocidos. Cuando tratan cuestiones secretas, lo hacen en el cuarto de baño con la puerta cerrada y los grifos abiertos. Desde Estados Unidos Thomas Mann ayuda por su cuenta como puede. Su hijo Klaus dirá que los exiliados eran como una nación que veía a Mann como su embajador.

Una millonaria inocente

Como se decía en Casablanca, película que en algún momento acudirá a la mente del lector por la semejanza de los hechos narrados, el mundo se había vuelto loco (y ellos, Rick e Ilsa, se enamoraban). Algunas manifestaciones de esa locura, en un momento en que parece que Europa va a desaparecer —posibilidad que llevó a Stefan Zweig y otros al suicidio— sirvieron al grupo de Varian Fry. Así, el hecho de contar con el cónsul de un país desaparecido, la Checoslovaquia ocupada, el llamado por los alemanes Protectorado de Bohemia y Moldavia, pero cuyo trabajo todavía reconoce Francia. Junto a los éxitos, no faltan huidas que fracasan, incluso alguna estafa de la que son víctimas.

En literatura hay dos tópicos: las novelas basadas en hechos reales y los relatos históricos que se leen como novelas. Una faceta de Marsella 1940 pertenecería, sin desdoro, al segundo género. Por la índole de los hechos narrados —arriesgados pasos de controles y fronteras, las muchas ocasiones en que los personajes (reales) tienen que fiarse de desconocidos— y porque, al tratar de otros poco o nada familiares para el lector, a este le resulta más fácil verlos como entes de ficción. Es el caso de los muy atractivos Mary Jayne Gold y Charles Fawcett. La primera, una bella millonaria (parecía predestinada por su apellido) que dona al Ejército francés el avión que, hasta el comienzo de la guerra, ella misma ha pilotado para moverse por los escenarios europeos del lujo; y cuyos encantos («tienes el rostro más inocente que he visto en mi vida», le dirá Albert Hirschman) abrirán puertas difíciles. El segundo, un aventurero moral, al decir de Fry, en cuya exagerada vida y por lo que a esta historia respecta, destaca el capítulo de sucesivos matrimonios y divorcios exprés con mujeres prisioneras que, de ese modo, conseguían papeles y la libertad.

En el caso de los personajes más conocidos, el lector apreciará la información que se da de ellos, a veces trágica, a veces tragicómica; el presentar un retrato cercano, como el de un Walter Benjamin «torpe en todas las cuestiones prácticas», que «se abre paso por la vida con una torpeza conmovedora». Un Benjamin que viaja con manuscritos que considera lo más importante que posee, más que su persona, y que se perderán tras su suicidio, descrito casi en primer plano. Victor Serge, «monumento viviente de las revoluciones europeas del siglo», «convertido en símbolo de la protesta comunista contra la dictadura comunista». Alma Mahler —«aunque nunca ha sido atractiva, hace mucho que ha aprendido a despertar en los hombres la idea de que es la mujer más hermosa de Viena»—, desesperada porque le han perdido sus doce maletas en las que van partituras de Mahler y Bruckner que le deben proporcionar el dinero para sobrevivir en Estados Unidos (las recuperará). Franz Werfel promete en la gruta de Lourdes que, si su fuga sale bien, escribirá una novela sobre santa Bernadette, promesa que cumplirá. La historia de los padres de Stéphane Hessel, que inspiró a Truffaut su Jules et Jim. Peggy Guggenheim, que se muestra muy generosa con el centro de Fry, tras haber hecho «la pesca de su vida» comprando a precios de risa obras de Braque, Mondrian, Léger, Delaunay, De Chirico, Magritte… hasta reunir una colección de primera fila, aprovechando la urgencia de los dueños de obtener dinero; colección que embarcará a América camuflada entre múltiples enseres domésticos y declarando todo como tales enseres. El juego de seducción entre ella y Max Ernst, que se acabarán casando al llegar a Nueva York, y separándose a los dos años.

Juegos surrealistas

Un grupo específico lo constituyen André Breton y sus acólitos surrealistas, perseguidos por los nazis y por Vichy por degenerados y filocomunistas, que llevarán a Villa Air Bel sus sectarias rencillas. En Villa Air Bel, una mansión decimonónica, financiada por Mary Jayne a precio de ganga por las ventajas del cambio en dólares, los surrealistas juegan a los cadáveres exquisitos, Max Ernst, que no ha dejado de pintar en los campos de internamiento, organiza una exposición que, por poco tiempo, se convierte en punto de encuentro del arte de vanguardia francés con cuadros expuestos en los árboles, a la que acuden René Char y Marcel Duchamp, entre otros; un grupo diseña un tarot surrealista que queda incompleto. Los seguidores de Breton se muestran altaneros con el resto del mundo, excepto cuando van a las oficinas del Centro y necesitan que les resuelvan los problemas con los visados.

Por encima de todas las peripecias personales, queda como conclusión del relato de Uwe Wittstock una idea de solidaridad. La de funcionarios y policías que pasan por alto pistas evidentes, no siguen todos los rastros o archivan expedientes con rapidez. Los refugiados necesitan tener la suerte de dar con uno de ellos. La de muchos ciudadanos que los protegen: «¿Extranjeros? Estos son nuestros vecinos». Lisa Fittko, que, junto a su marido, ayudó a cruzar la frontera francoespañola por los Pirineos a muchos perseguidos, lo expresó meridianamente: «Ninguno de nosotros habría podido sobrevivir sin la ayuda de franceses en cada rincón del país: franceses cuya humanidad les dio el valor para acoger, esconder, alimentar a aquellos extranjeros perseguidos». El autor del libro lo dice casi con las mismas palabras: «Sin la ayuda de esos franceses, sin su valor a la hora de acoger y esconder a los extranjeros, ningún refugiado habría podido sobrevivir en Francia más que unas semanas».

Marbella 1940 presenta ese alto ejemplo de solidaridad dentro de esa otra faceta de la catástrofe que siempre es una guerra, la que se da al margen de las batallas y los bombardeos. El protagonista del libro, Varian Fry, ha tenido escaso reconocimiento en Alemania, pese a que la cultura alemana les debe bastante a él y su gente, dice el autor del libro. El Estado de Israel le reconoció en 1994 como «Justo entre las naciones».


La foto que ilustra el artículo muestra el puerto de Marsella en 1940. Es de Willem van de Poll. Tiene licencia Creative Commons. Puede consultarse aquí.