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Ver productosJosé María Barrio Maestre disertó en el congreso «Universidad, quo vadis?». Para que la universidad sea lo que debe ser, en primer lugar hay que «restituir el prestigio de la verdad», advirtió

10 de febrero de 2026 - 5min.
José María Barrio Maestre (Madrid, 1960) es doctor en Filosofía y profesor titular de la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado numerosos libros y artículos sobre temas filosóficos y educativos. Su último ensayo es Sócrates en el aula (2026).
Avance
En su conferencia, el pasado día 7 de febrero, en el congreso Universidad, quo vadis?, Barrio Maestre se ocupó sobre todo de la «misión educadora» de la universidad, dejando para otros ponentes el compromiso de la universidad con la investigación y la promoción del conocimiento de alto nivel en todas las áreas científicas, de acuerdo con la tradición humboldtiana.
Su punto de partida y resumen de toda su charla es esta idea: para que la universidad sea lo que debe ser, en primer lugar hay que «restituir el prestigio de la verdad». Esa es «la principal urgencia de la universidad, y el mejor servicio que puede rendir a la sociedad». Dicho de otra manera: «Contribuir a una auténtica cultura del diálogo racional».
ArtÍculo
Barrio Maestre advirtió que a las ideologías no les importa lo que las «cosas sean en sí mismas», sino la transformación que con ellas se puede producir. La mentira «vale» si «sirve para transformar la realidad social». Se supone siempre que la transformación a la que se aspira «es necesariamente mejora». El marxismo es el arquetipo de la ceguera ideológica. Pero no se queda solo.
En nuestro tiempo se ha dado un paso más: la verdad está desaparecida del vocabulario o ha sido suplantada por la voz posverdad. La verdad ya no interesa en este tiempo posmoderno». En todo caso, la verdad es «lo que vende», y de ahí su imbricación con el constructivismo, para el que la realidad es una construcción en cierto grado «inventada» por quien la observa. El constructivismo pone el énfasis en que la ciencia y el conocimiento deben «construir conocimiento», más o menos aproximado a la verdad, pero eso es lo de menos si vende, recordó Barrio Maestre. Con esas premisas, «el ser humano es un mono promocionado», lo que «come», y «contar, la única forma seria de emplear la razón», lo que evidentemente es falso ante las preguntas por el sentido de nuestras vidas y por lo que ocurre tras la muerte.
La universidad, señaló Barrio Maestre, la inventaron cristianos que procuraban entender lo que profesaban en su credo y lo que leían en la Biblia. El embrión de la institución fueron las escuelas catedralicias altomedievales. Los creyentes cristianos de esa época experimentaron «una más exigente ambición intelectual de comprender a fondo lo que creen». Ese embrión medieval se fue extendiendo a otras disciplinas, sobre todo a la medicina y al derecho, que junto con la teología constituían (y constituyen) el núcleo central de la atención académica universitaria.
Lo que se puede aprender hoy de ese origen es que armaba un espacio adecuado para continuar la conversación socrática, «naturalmente sobre la base del previo estudio de la documentación pertinente, requisito indispensable para que la discusión pueda tener algún rendimiento interesante». Entonces como hoy la base de todo es la lectio (lectura o lección), la quaestio (pregunta socrática sobre lo leído o escuchado) e, inducida por esta, la disputatio (discusión). «El ponente —por regla general un magister artium— proponía un texto; después hacía preguntas con la intención de provocar la discusión. Buena parte de la literatura académica que se conserva de aquella época tiene el formato de quaestiones disputatae».
Contrariamente a la moda woke actual, discutir era algo bien visto por quienes crearon la universidad. Estaban convencidos de que «la racionalidad humana es discursiva», es decir, se desenvuelve en un un cursus (carrera) a lo largo del cual «confrontamos razones, ponderando su peso lógico más allá de su brillo retórico». Sin despreciar la retórica, «lo fundamental es medir el valor de verdad de los argumentos en juego». Discurrir y discutir son dos caras de una misma realidad. «La razón es discursiva: se desarrolla en el contraste de pareceres y en el ejercicio de ponderar las opiniones que comparecen en la discusión». Sopesar viene de (pondus, en la latín) ‘medir el peso’».
Aprendemos a pensar en serio «tomando partido en discusiones serias, realmente significativas, y buscando razones para defender lo que pensamos en contraste con otras posturas, tal vez contrarias a la nuestra, pero que si están respaldadas en argumentos bien armados y pensados a fondo nos obligan a repensar los nuestros, a pulirlos, a afilarlos mejor, tanto dialéctica como retóricamente».
Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, dejó claro que discutir es lo que hacen los amigos, y lo que les hace amigos. Lo sabemos todos por experiencia, dijo el conferenciante. «Quien se presta a discutir con nosotros nos hace un gran favor. Cuando tenemos la oportunidad de discutir con alguien nos vemos forzados a pensar más a fondo. En modo alguno la discusión fomenta la violencia o la enemistad; más bien es el motor fundamental de la cultura humana».
Según Barrio Maestre, «lo más interesante que ha producido la historia cultural de Occidente, gracias a su raíz griega, judeo-cristiana y latina, es la idea de que la razón puede abrirse camino en su búsqueda de la verdad, el bien y la justicia, y que el diálogo es el método más humano de resolver los conflictos». Como pasa en la discusión honesta, en la que los interlocutores nutren la disposición de aceptar la verdad venga de y por donde venga, «los grandes progresos de la civilización han sido posibles gracias a la disposición a rectificar los desatinos que como tales se han revelado a lo largo de la discusión».
¿Y qué significa ser profesor, y en concreto profesor universitario? Dos cosas, según el ponente: «proferir» y «profesar» lo que se profiere. Los profesores deben comunicar con convicción lo que han «acrisolado en el estudio, el contraste crítico y la discusión racional». Al cuestionar, intentan «inducir en otros la necesidad de buscar una respuesta a esa pregunta», que nos convenza porque entienden que es verdadera, ya que hasta las preguntas más pragmáticas «delatan el interés humano por la verdad».
Más información: https://doi.org/10.14201/teri.27524
La fotografía de la biblioteca del Trinity College en Dublín (Irlanda) es de Diliff, tiene licencia de Creative Commons CC BY-SA 4.0 y se puede encontrar aquí.