Testimonio del franquismo

Título: Memorias.
Autor: Laureano López Rodó.
Editorial: Plaza-Janés/Cambio 16. Barcelona, 1990, 789 páginas.
Precio: 3.500 pesetas.


Esta es la tercera salida al mundo de la literatura memoriográfica del que fuera uno de los puntales de la dictadura de Franco en su última travesía. Si en sus anteriores libros de recuerdos nos había dado ya una alta prueba de su acribia documental y atención al matiz, dichas cualidades continúan sin empañarse en la obra glosada. Más farragosa que las precedentes -modelo de prosa notarial-, despierta igualmente el interés del lector por la trascendencia de los temas abordados desde una atalaya privilegiada.

Muy sobria y contenida en los detalles íntimos de su autobiografía -niñez acomodada y estudiosa, juventud cartesiana y ennortada por una firme vocación cristiana, cuajada madurez, equivalente todo ello a la trayectoria de un triunfador-, en la descripción de la modernización del franquismo iniciada a mediados de los años cincuenta la pluma de su eficaz servidor se vuelve muy circunstanciada y, a las veces, enfática.

El autor habla de lo que vio. Así su relato -cerrado provisionalmente en la fecha, áurea y decisiva para la Dictadura de 1965- reconstruye el ideario y la fuerza que dieron expresión a un franquismo que, echando lastre autoritario, se esforzaba por legitimar su imagen externa, al par que no perdía la dirección de una sociedad ya fermentada por los elementos de un cambio muy dinámico. Ninguno de los jalones esenciales del recorrido de la Dictadura entre 1957-65 deja de tener su pertinente análisis, a menudo discretamente elogioso. Aunque no llegue a confesarlo, escuela y despensa, administración y orden son para López Rodó las columnas de toda política fecunda. Desde tales premisas, el franquismo comparece ante la historia con innegable título de aplauso. Si a ello se añade un hondo y sincero propósito de institucionalizar el régimen -convertido en Reino desde 1947- para encarar sin sobresaltos el difícil tránsito hacia la normalidad monárquica, el periodo reconstruido en estas memorias se ofrece a la mirada limpia de prejuicios como uno de los más dignos de recuerdo de nuestro pasado más reciente.

Juicio que, naturalmente, admite réplicas y discrepancias, como otras muchas de las tesis menores sostenidas en el libro comentado. Así, v.gr, resulta muy artificiosa y cansina la permanente reivindicación de la libertad personal del autor a la hora de sus opciones políticas, terreno en el que, en ocasiones, intenta casar el agua con el fuego. Igual sucede en su afán por lavar los gatuperios y tropelías cometidos por un poder personal a ultranza, sin que sirva de excusa el fácil, si bien oportuno, recurso comparativo a etapas precedentes, y, sobre todo, posteriores…

Algún error factual, como la datación del Concordato Bravo Murillo (p. 25) o de excesiva imaginación, como denominar «venerable» a un arzobispo hijo adulterino de un grande de España, que sólo se distinguió por su afilada inteligencia (p. 391) o atribuir una mutua simpatía a dos elevados personajes eclesiásticos, cuyas relaciones estuvieron muy distantes de ser cordiales.